Es hora de que los cubanos que pensemos así digamos, alto y claro: no queremos ni transición híbrida, ni cambio fraude, ni más inventos, ni experimentos con seres humanos. ¡Queremos democracia!
Yo, por mi parte, les comparto mi opinión:
No a la transición híbrida.
Esto quiere decir que no quiero para mi patria un “modelo híbrido” como el de China o Vietnam, que combine una transformación económica hacia una economía de mercado manteniendo el mismo modelo político de un solo partido y una sucesión “monárquica” familiar.
Todos podemos comprobar que en las condiciones de un poder totalitario que controla todo: ya sea saltándose, a discreción, según le convenga, las instituciones y las leyes, o sea agazapado detrás de esas instituciones que le sirven para disfrazarse de Estado o de institucionalidad. Todos sabemos quiénes ostentan el poder real en Cuba. Y mientras no haya un cambio político real, total y ágil, no habrá ninguna posibilidad de democracia en Cuba. Ninguna ruta será efectiva, ni rápida, ni lenta, ni de adentro, ni de fuera.
Me parece importante una precisión: una democracia de calidad no podrá edificarse manteniendo ripios de un sistema totalitario, ni de la renovación de la hegemonía familiar, ni de otras combinaciones manteniendo a los mismos que han hundido a Cuba en esta situación. Basta de buscar “Delcys” ni algo parecido. Cuba no es Venezuela. Ni lo aplicado en Venezuela serviría para Cuba. Lo que hay que buscar no es a uno de ellos que haga la transición. Ninguno de los mismos del orden totalitario puede ser garantía de ningún tipo de estabilidad ni de orden justo y democrático. Solo saben y quieren controlar y reprimir.
La “estabilidad” que surge de la represión es engañosa, inestable y, al final, conduce a la “continudad” del mismo régimen bajo máscara de proceso de transición. Dilata el sufrimiento del pueblo. Siembra desesperanza. Acaba con la confianza en que un cambio es posible.
Aprender de otras transiciones
Aprendamos de la experiencia de Venezuela, aunque Cuba se diferencia mucho del modelo de Venezuela, aunque lo que se quiso implantar fue la versión más “actualizada”, del llamado socialismo del siglo XXI, vale decir, el engendro más enmascarado de democracia. Entonces, ¿qué podríamos aprender del raro “experimento” de Venezuela? Que es incompleto e insuficiente porque:
– Todavía hay presos políticos.
– Miembros del régimen anterior se mantienen activos en las estructuras.
– Quien está protagonizando este proceso es otra de las personas que pertenecía al núcleo fuerte del mismo sistema que se pretende cambiar.
– Las últimas elecciones han quedado sin validar y sus resultados sin implementar, aunque se consta de suficientes pruebas de que fueron robadas.
– La lideresa legitimada por la mayoría de los venezolanos aún está en el exilio.
– Se está alargando la hoja de ruta a costa de: debilitar las mismas energías de los ciudadanos venezolanos que podrían ser invertidas en la reconstrucción de Venezuela.
Todo lo anterior debe ser lección y alerta.
Cuba no es Venezuela, pero podemos aprender de su experiencia.
Aprendamos de la las transiciones en Europa comunista. Hubo de todo en Europa central y del Este. Pero hubo transiciones exitosas como la de Polonia, con Walesa y Checoslovaquia con Havel, entre otras, como las de los países bálticos. Habría mucho que aprender en cuanto a liderazgo y transición real y ágil, así como los indispensables procesos de lustración escogiendo los tiempos y alcance que se consideraron más apropiados, pero lustrando todo lo del régimen anterior. Cuba no es ninguno de esos países europeos, pero podemos aprender de sus transiciones y hacer la nuestra propia.
Aprendamos de la transición de España con su diálogo nacional, los consensos alcanzados, con el desmantelamiento del régimen dictatorial y la rápida redacción y aprobación de una nueva Constitución y la celebración de elecciones democráticas. Todo ello en alrededor de tres años. Cuba no es España, pero podemos aprender de su transición y hacer la nuestra propia.
Propuestas
La hoja de ruta que proponemos en Convivencia trata de evitar los errores que hemos mencionado y otros. Es un camino pacífico, seguro, ágil y verdadero. Es una transformación para desembocar en la democracia, el Estado de Derecho y la reconstrucción nacional.
Esa transición consta de tres procesos implicados, holísticos, que son:
1. Comisión de la Verdad y de Memoria Histórica
Para evitar la amnesia de todo lo pasado, para preparar los informes para los tribunales de justicia transicional y devolver la honra y la buena reputación a las víctimas del comunismo.
2. Justicia transicional y restauración
Para evitar la impunidad. Para ejercer justicia con debido proceso y evitar la venganza y romper la espiral de la violencia. Para restaurar, rehabilitar e indemnizar a las víctimas.
3. Reconciliación nacional y reconstrucción del país
Para sanar el daño antropológico, restañar las heridas de las víctimas. Para abolir la cultura del odio y de la muerte. Para edificar la nueva República sobre los pilares de la suprema dignidad de la persona humana y la correspondiente búsqueda del bien común. Sobre los arquitrabes de la virtud y el trabajo, la convivencia pacífica, la libertad responsable, la participación ciudadana y el amor cívico que debe ser la base de toda sociedad.
En síntesis, no inventemos más engendros híbridos, ni más estrategias fraude.
Cuba necesita que le respeten su propia hoja de ruta confeccionada por los propios cubanos que somos los que mejor conocemos lo que necesita Cuba.
Cuba tiene ya preparados a cubanos honestos, inteligentes, probados, sacrificados, que pueden tomar las riendas de su propia transición, asegurar el orden interno y garantizar la estabilidad hemisférica. De esto no tengo la menor duda. Esos cubanos serían los interlocutores válidos para cualquier apoyo internacional o para los necesarios asesores especializados en temas medulares.
Cuba necesita democracia real y efectiva.
Y la necesita a su forma ya.
Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.
Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Ingeniero agrónomo.
Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 20a17.
Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
Director del Centro de Estudios Convivencia (CEC). Reside en Pinar del Río.

