
Me encontraba en Washington D. C. en un día que rompió los registros históricos de calor; la sensación térmica era de 110 grados Fahrenheit. Era el cuatro de julio de 2026, el semiquincentenario de la fundación de la república norteamericana. Alrededor de los Archivos Nacionales, la gente se amontonaba en una fila kilométrica. Los vendedores de agua, helado y gafas de sol se enriquecían a un ritmo espeluznante.
Fue legítimamente doloroso estar afuera. No era aquel sol acariciador de nuestras Antillas, sino una caldera, tierra adentro, con escasos árboles y el hedor indistinto de la aglomeración. Sin embargo, el entusiasmo era invencible. Confluían estadounidenses de una y otra latitud para prestar justa reverencia a la nación que cambió el mundo; aquella que, desafiando al imperio de los mares y océanos, fusionó, bajo la égida de la Ilustración y la cristiandad, el legado de Grecia y Roma en torno a una constitución escrita. Aquella que, aun con la contradicción original de la esclavitud y el desplazamiento bárbaro de las naciones indígenas, dio rienda suelta a las libertades humanas, autocorrigiéndose durante las generaciones sucesivas en aras del ideal de Gettysburg: un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.
Dos horas y media me sostuve, a pura voluntad, en esa procesión interminable. Pasaban intermitentemente los aviones de la Fuerza Aérea, y cada vez que lo hacían eran mayores los vítores y los hurras. Entrando en los archivos, me vi ante una de las copias originales de la Carta Magna de 1215, garante de los derechos de los barones y clérigos en pleno Medioevo inglés. Le siguió otra ringlera de papeles históricos, desde los más remotos años de la independencia hasta cartas escritas por niños negros durante el siglo XX, preguntándole al presidente de los Estados Unidos por qué no podían acceder, como los niños blancos, a las amenidades públicas.
Pero el eje central de los archivos fue, evidentemente, aquel altar en donde se atesoran la Declaración de Independencia, la Constitución y la Carta de Derechos (Bill of Rights), que son sus primeras diez enmiendas. De los tres documentos, era la Declaración el más acechado por la multitud, a tal punto que ni siquiera pude verla. Una fortísima veneración me sobrevino, mezclada de desasosiego, porque pensé, entre aquella pompa y júbilo, en nuestra Cuba encadenada. Pensé que allí, en el Capitolio habanero —más alto que el de Washington—, también hay un fundamento nacional en la tumba del mambí desconocido, como también hay una estatua de la República, con su gorro frigio y su mirada ardentísima, custodiando la casa del pueblo. Y también pensé en aquel fresco que sublima el Palacio Presidencial, pintado por Armando García Menocal, que muestra a un ángel con la bandera de Cuba; y que, por feliz que uno pueda estar en la gran efeméride del cuatro de julio, hay también en nosotros un templo, una gloria y una apoteosis que se nos ha usurpado, y a cuya recuperación han de dirigirse todos nuestros esfuerzos.
Las raíces cubanas son, en este sentido, fundamentales. Y nuestras raíces políticas, habida cuenta de las pocas millas que nos separan del coloso del norte, ya se venían fraguando y fueron reivindicadas por los próceres durante las tres guerras de independencia, desde el cuatro de julio de 1776.
La comunión política
Nótese que empleo la palabra «comunión» en lugar de «unidad». La segunda lleva años emponzoñada por el totalitarismo. Comunión mantiene mejor la pluralidad de toda sociedad venerable mientras reconoce la trascendencia de una obra compartida.
Los Estados Unidos podrá parecer una nacionalidad ubérrimamente consolidada, pero en 1776 las trece colonias eran —y así se pensaron hasta la Guerra de Secesión— trece países soberanos, todos con su identidad e intereses, a menudo enemistados. Tenían en común una vocación: construir una patria basada en ideas que venían pensándose en Europa, pero que no podían aplicarse allá amén del señorío que preservaba una jerarquía social y económica inamovible. América, con sus llanos, costas, praderas y ríos abundantes, era el sitio ideal para romper el Antiguo Régimen. Solo debían dar los estados trece campanadas al unísono, como dijera John Adams. Se dice fácil, pero fue un agotador seminario estival en donde cada bando debía ceder parte de sus intereses individuales a favor de la naciente confederación.
Algunos estados persistían en su deseo de negociar con el rey Jorge III en vez de caer en una contienda fratricida. Otros, como Massachusetts, ya andaban con el pie en el estribo, asediadas navalmente sus principales ciudades. Ponerse contra Gran Bretaña no fue cosa trivial; estaban traicionando a su país y a su rey, y, de haber perdido la guerra, hubiesen sido todos ahorcados sumarísimamente. Se logró al final no porque el proyecto fuera universalmente satisfactorio, sino porque la razón y la prudencia vencieron, en cada uno de los delegados, a la pugnacidad y al ensimismamiento que han frustrado a tantos otros proyectos libertarios. Que el mismo John Adams, por ejemplo, haya pedido a Thomas Jefferson que escribiera la Declaración de Independencia, conociendo la vanidad y la sed de protagonismo de Adams, obedece a esa prudencia edificante y duradera: «Eres de Virginia, que es la colonia más importante, y eres diez veces mejor escritor que yo», dijo Adams.
Las alianzas internacionales
No es una exageración decir que, sin la ayuda francesa y española, no habría Estados Unidos. La contribución ibérica es conocida y celebrada por los cubanos. En 1781, en la campaña de Yorktown del Ejército Continental, las tropas de Washington venían sufriendo los estragos terribles de seis años de guerra, y estaban hambrientas y reducidas. Desde La Habana, las damas criollas reunieron casi un millón de libras esterlinas en joyas, lo cual resultó decisivo para robustecer al raquítico bando de patriotas. La isla de Cuba, punta de lanza de España en América, formó parte de una colaboración mayor desde Madrid. Bernardo de Gálvez, entonces gobernador de la Luisiana española y avezado militar desde los dieciséis años, eliminó en el golfo de México la presencia británica y tomó el control de toda la zona occidental de la Florida; en Texas, la ciudad de Galveston está nombrada en su honor, y él es de las pocas personas en la historia en recibir la ciudadanía estadounidense honoraria.
La ayuda francesa fue aún más importante. Francia había sufrido una derrota estrepitosa durante la Guerra de los Siete Años (1756-1763), perdiendo grandes porciones de su territorio en la América del Norte, incluyendo la hoy provincia canadiense de Quebec. Querían retribución, y tras una alianza con los Estados Unidos en 1778, su apoyo naval, terrestre y logístico marcó la diferencia entre una insurrección fallida y una revolución triunfante. Curiosamente, el imaginario estadounidense no minimiza esa alianza internacional ni lo ve como un hecho que pueda herir el orgullo nacional. Lo ven, más bien, como un testimonio de la pericia diplomática de los padres fundadores, de manera particular de Benjamin Franklin. Sobre todo, no ven la ayuda franco-española desde una posición de subordinación, sino como una gestión de solidaridad entre países soberanos.
Tal es la actitud que los cubanos hemos de asumir para con aquellos actores externos que sienten como suya la causa de nuestra libertad del comunismo. Para ello, dos extremos han de evitarse, particularmente con respecto a los Estados Unidos. Uno desconfía de las capacidades endógenas del pueblo de Cuba y pretende delegar al país vecino toda la responsabilidad y agencia para realizar el cambio. En los casos más lamentables, llegan estas muestras de yanquimanía (para usar el término martiano) a dudar de la factibilidad misma de una nacionalidad cubana y, faltando a su fe de patriotas, apuesta este bando por una anexión más condenable por su amnesia de triunfos pasados que por su imprevisión de triunfos venideros. El otro extremo, implantado desde el régimen (a la vez que este recibía ayudas monumentales de la Unión Soviética), deslegitima toda colaboración de personas en el exterior, sin importar los términos sobre los que se fundamenta esa colaboración. Es aquella filosofía que dice que si no te puedo vencer solo, frío, hambriento y con las manos vacías, no vale mi victoria. Esa idea también es ridícula y solo sirve al castrismo.
El equilibrio es el que mostraron en Francia, España y los Países Bajos los delegados del Congreso Continental, liderados por Franklin. Había nacido una nueva nación y necesitaba aliados que compartieran sus objetivos estratégicos. Así, ellos preservaron la dignidad en la alianza, como hicieron los delegados de Cuba en el siglo XIX, amén de José Morales Lemus, Miguel Aldama y Manuel de Quesada, por solo mencionar unos pocos.
La moderación en el triunfo
A diferencia de la Revolución francesa, la americana no supuso un baño de sangre. Había facciones (como Jefferson, perpetuo soñador) que querían algo más parecido a una subversión de todo el orden social. Y sí es cierto que cerca de 80 000 realistas tuvieron que abandonar el país y asentarse en Canadá. Con todo, no hubo, propiamente dicho, un terror jacobino que cazara despiadadamente a los contrarrevolucionarios y los decapitara con una guillotina.
Doscientos cincuenta años después, Francia está en su quinta república, mientras que Estados Unidos sigue con la primera. Todos los cambios producidos en estos dos siglos y medio —algunos de los cuales han sido profundos, como la abolición de la esclavitud en 1865— han ocurrido dentro del orden constitucional. La moderación en la Revolución americana (de la cual John Quincy Adams diría, de acuerdo con la película Amistad, que fue la Guerra de Secesión su última batalla) ha sido una de sus armas secretas. Precisamente después de la Guerra de Secesión, salvo algunas excepciones, reinó un ámbito de amnistía y reconciliación. Ello contribuyó a que más personas pudiesen sumarse, sin temor a represalias, a la nueva obra nacional, aun cuando la sangre hubiera fluido a borbotones durante cuatro años.
Del terror jacobino sabemos bastante los cubanos. Los fusilamientos sin el debido proceso de miles de personas en los primeros meses de 1959 fueron la señal irrebatible de que la Revolución cubana, promovida como martiana y democrática, había sido traicionada con la adarga de un estalinismo tropical. La Cuba democrática será una revolución nueva, en el sentido literal y descriptivo de la palabra. Y será radical en tanto desarraiga para siempre un sistema descomunalmente cruel. Pero debe evitar un remedio que imite a la dictadura vencida y apostar por aquel respeto, tolerancia y balance tan elusivos para los pueblos recién emancipados. En esto, es Filadelfia, más que París, el modelo a seguir.
Una república de leyes, no de hombres
La historia de George Washington es francamente milagrosa. Dos veces se rehusó al poder absoluto. La primera fue en 1783 en Annapolis, Maryland, al concluir la guerra, coronado ya de laureles por su gesta militar. La segunda fue en 1796, al no optar por un tercer mandato a la presidencia a pesar de que, en ese momento, no había impedimento constitucional para ello; con sus acciones fundó dos tradiciones cívicas admirables: el límite de ocho años en el poder para los presidentes y la transición pacífica del mismo, ambas respetadas durante dos siglos. ¿Qué hubiera sido de la párvula nación sin el ejemplo de Washington, el Cincinato americano?
Aunque nunca fue formalmente educado, Washington también dejó para la posteridad ideas políticas notabilísimas. Una, expresada en su segundo discurso de despedida de 1796, advertía del carácter divisivo de los partidos, que podían convertirse en sucedáneos del país mismo. Otra, articulada en cartas —una a los judíos de Newport, Rhode Island, y otra a John Carroll, arzobispo de Baltimore—, defendía la pluralidad y la libertad religiosa del país. Es difícil saber cómo hubiera sido Estados Unidos sin el comportamiento ejemplar de George Washington. Pero creo que una de las implicaciones más grandes que ha tenido su figura ha sido el que los estadounidenses se definan a sí mismos, no a través de un hombre colosal, sino a través de un sistema moral y jurídico. Es decir, la Declaración de Independencia y la Constitución. La implicación ha sido de incalculables beneficios. Se jura a la Constitución, no al presidente. Ser estadounidense no es ser de una raza, religión o etnia en específico, sino ser parte de un contrato social que defiende el libre albedrío y la dignidad de todas las personas.
En esto, los cubanos nos parecemos bastante. El Manifiesto de Montecristi, que es nuestra Declaración de Independencia, define los principios de magnanimidad y respeto centrales para la nación. Se exalta y reivindica no solo el bienestar del cubano que lucha por su independencia, blanco o negro, sino del español vencido. El ser cubano es, como lo es el ser estadounidense con su Constitución, un culto a una ley primera. Un demagogo, aspirante a César, o proletario con casaca de señor feudal, siempre dará de bruces con la majestad de las dos repúblicas vecinas. La primera, primogénita de América; la segunda, coronación apostólica de todas las demás; ambas, aunque hechas por hombres y mujeres de heroicidad e ilustración, repúblicas de leyes y no de hombres.
Eduardo Álvarez (La Habana, 1996).
Es abogado graduado de la Universidad Internacional de la Florida.
Sus intereses se centran en la reconstrucción jurídica y moral de la nación y el Estado cubanos, a
partir de sus tradiciones históricas más ricas y de las mejores prácticas contemporáneas.
Reside en Miami.
