Una encíclica audaz

Foto tomada de Internet.

La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos.

Magnifica Humanitas1

Con estas palabras sencillas y categóricas comienza León XIV su primera encíclica, publicada al conmemorarse el 135° aniversario de aquélla que dio inicio al hoy llamado corpus de la Doctrina Social de la Iglesia.

Desde el inicio -con esta alternativa simbólica, que se mantiene como leitmotiv a lo largo del textointroduce la confrontación entre una construcción basada en el poder y la autosuficiencia y un camino de responsabilidad compartida y comunión.

Y no fue una simple coincidencia la elección del día de su promulgación, pues, cuando dos días después de su elección como Pontífice el Papa se reúne con el Colegio Cardenalicio, dice en su Discurso: Precisamente, al sentirme llamado a proseguir este camino, pensé tomar el nombre de León XIV. Hay varias razones, pero la principal es porque el Papa León XIII, con la Encíclica Rerum novarum, afrontó la cuestión social en el contexto de la primera gran revolución industrial y hoy la Iglesia ofrece a todos, su patrimonio de doctrina social para responder a otra revolución industrial y a los desarrollos de la inteligencia artificial, que comportan nuevos desafíos en la defensa de la dignidad humana, de la justicia y el trabajo.

Mas, quizá nos preguntemos qué puede tener en común esta nueva Encíclica -cuyo subtítulo es “Sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la Inteligencia Artificial”- con la leonina decimonónica que lleva por subtítulo “Sobre la situación de los obreros. Hoy lo veo claro, es la salvaguarda de la dignidad humana, la dignidad ontológica, que es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado yamado por Dios (MH 52). Si las res novae del siglo XIX fueron motivadas por la primera Revolución Industrial, las de nuestro siglo van de la mano con la cuartaRevolución Industrial que avanza galopante y la quinta que ya asoma.

Ambas encíclicas comparten una característica esencial: fueron concebidas en momentos de transición civilizatoria. Rerum Novarum apareció cuando la industrialización estaba redefiniendo las relaciones económicas y sociales; Magnifica Humanitas emerge cuando la inteligencia artificial (en adelante IA) comienza a redefinir las relaciones entre seres humanos, máquinas e instituciones.

Rerum Novarum no rechazó el mercado ni la iniciativa privada. Al contrario: reconoció el papel necesario del empresario como generador de empleo y riqueza, y defendió el derecho a la propiedad privada como fundamento de la libertad personal. Pero lo hizo con una condición: la propiedad tiene una función social, y su ejercicio está limitado por el bien común. La Encíclica abrió la puerta a los derechos de los trabajadores salario justo, límites a la jornada laboral, libertad de asociación sin oponer capital y trabajo, sino mostrando que ambos se necesitan, cada uno reconocido en su papel.

Hoy también vivimos un cambio epocal que genera riqueza extraordinaria y, a la vez, concentra poder en pocas manos. Los algoritmos toman decisiones sobre millones de personas sin rendir cuentas a nadie. El trabajo humano se transforma a una velocidad que ni las instituciones logran acompañar. Las asimetrías que el mercado genera no las corrige el mercado solo. Como su antecesor, León XIV no espera a que los daños sean irreversibles: avisa a tiempo, para que el cambio tecnológico sirva al hombre y no al revés. Y me pregunto, ¿haremos caso esta vez a la urgencia de la respuesta necesaria?

He leído con verdadero gusto Magnifica humanitas, repetida y lentamente. Es una defensa apasionada de la dignidad humana frente a un mundo que corre el riesgo de reducir al ser humano a un simple puñado de datos, métricas de productividad o cálculo estadístico. No es un texto sobre la inteligencia artificial, no entra en los detalles de procesos que están en continua evolución. Es más bien una summa, que aplica los principios de la Doctrina Social de la Iglesia (en adelante DSI) a nuestro tiempo, que es el tiempo de la IA, consolidando y actualizando los puntos principales del magisterio.

Está claro que los desafíos tecnológicos actuales no pueden comprenderse únicamente desde la ingeniería o la informática. La revolución digital es un fenómeno que, como humano, es a la vez cultural, político, económico y espiritual. Comprender esta cuarta revolución industrial exige un lenguaje que permita establecer puentes entre especialistas de distintas disciplinas y que pueda ser comprendido por personas con disímiles niveles de formación.

Ahora bien, antes de comenzar a comentar la Encíclica, creo pertinente señalarque no se trata del primer documento vaticano sobre la IA, aunque sí el de mayor categoría. La publicación de Magnifica Humanitas no constituye un acontecimiento aislado, sino el resultado de un proceso de reflexión desarrollado durante varios años en el seno de la Iglesia y en diálogo con especialistas de múltiples disciplinas. Durante las primeras décadas del siglo XXI se hizo cada vez más evidente que la inteligencia artificial estaba dejando de ser una tecnología especializada para convertirse en una infraestructura básica de la vida económica, política y cultural.

En enero del 2025, el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y el Dicasterio para la Cultura y la Educación publicaron conjuntamente Antiqua et Nova, una Notasobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. El documento aclara que la inteligencia, en su sentido pleno, implica una apertura moral y espiritual a la verdad: conciencia, responsabilidad, alma, y que ningún algoritmo, por muy sofisticado que sea, puede sustituir al discernimiento humano. Al año siguiente, el 9 de febrero del 2026, la Comisión Teológica Internacional publicó Quo Vadis, Humanitas?Pensar la antropología cristiana ante algunos escenarios futuros de la humanidad.

Hecha esta aclaración, vuelvo a la Encíclica.

En la Introducción encontramos dos imágenes bíblicas que, a manera de eje transversal, nos van a guiar en toda la reflexión de la encíclica: “la construcción de la torre de Babel (cf. Gn 11,1-9) y la reconstrucción de los muros de Jerusalén (cf. Ne 2-6). Y un poco más adelante nos dice: “no temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo. (…) pido a todos que detengan la construcción de la enésima Babel y que unan fuerzas para edificar en el bien, para que la humanidad nunca pierda su propia belleza y el mundo pueda reconocer una vez más, en el corazón del ser humano, el lugar donde Dios desea habitar.” (MH 7. 16).

Además, nos deja claro su pensar sobre la DSI:Hoy, la Doctrina social de la Iglesia es un patrimonio de sabiduría, en el que encontramos principios para pensar, criterios para discernir y juzgar, y orientaciones concretas para actuar. Se fundamenta en la Sagrada Escritura y en la Tradición y, en diálogo con las ciencias, nos ayuda a leer con lucidez los desafíos del presente, identificandocaminos adecuados para vivir un testimonio cristiano límpido, con alegría y al servicio del mundo. No es un conjunto estático de conceptos, sino un corpus vivo de verdades, que custodia e interpreta la vocación de la humanidad a una vida plena y justa. A esta tradición viva deseo, por tanto, sumar mi voz, invocando la asistencia del Espíritu de sabiduría, que habita en el mundo desde su creación(MH 3).

Magnifica Humanitas examina las consecuencias de la inteligencia artificial sobre la dignidad humana, el empleo, la educación, la libertad y la convivencia social. Desde esta perspectiva, el documento constituye una nueva etapa en el desarrollo del magisterio social de la Iglesia, adaptada a las condiciones de la era digital.

En el primer capítulo, Un pensamiento dinámico fiel al Evangelio, hace un repaso de la DSI desde la Rerum Novarum -que en palabras de Pío XI es laCartaMagna del orden social hasta nuestros días, esclareciendo así la metodología con que piensa afrontar las transformaciones del presente. La presenta como un pensamiento vivo, capaz de leer la historia a la luz del Evangelio y de acompañar a la humanidad en sus experiencias concretas, pues nace de una Iglesia que no se sitúa fuera del mundo, sino que comparte el camino de los pueblos y reconoce en la historia el lugar en el que el Evangelio interpela la experiencia humana.Porque precisamente es en la Historia vivida que se encuentra nuestro lugar teológico, nuestra Historia de la Salvación. De ahí la importancia de mirar el mundo con ojos de Evangelio: ése es el modus operandi de la DSI.

En este capítulo podemos visualizar la evolución histórica de la Doctrina Social de la Iglesia a través de sus encíclicas, mostrando cómo cada una de ellas surgió como respuesta a los grandes desafíos sociales, económicos, políticos y tecnológicos de su época. Esta secuencia revela una tradición dinámica que ha buscado interpretar cada cambio de época a la luz de principios permanentes, culminando en nuestros días en Magnifica Humanitas, que constituye la primera encíclica social de la era de la inteligencia artificial.

En síntesis formidable, León XIV nos lleva de la mano por el camino que ha recorrido la DSI. En sus respectivas épocas, cada sucesor de Pedro ha puesto de relieve diferentes aspectos de un único patrimonio: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y la subsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad(45).

Y nos relata su historia: “Lo que hoy llamamos Doctrina social de la Iglesia no surge de improviso en la era contemporánea, sino que recoge y organiza una larga tradición de reflexión eclesial sobre la vida social, que hunde sus raíces en la Sagrada Escritura, en los Padres de la Iglesia y en las elaboraciones teológicas y jurídicas de la Edad Media y la Edad Moderna. La expresión Doctrina social de la Iglesia fue empleada por primera vez por Pío XII en 1950, pero el contenido que encierra, entendido como un corpus orgánico de enseñanzas sociales, comenzó a perfilarse con la Encíclica Rerum novarum de León XIII. (…) San Juan Pablo II vio en esta forma de proceder un paradigma permanente de la Doctrina social: una praxis ejemplar mediante la cual la Iglesia, ante las transformaciones históricas, ejerce su derecho y deber de examinar las realidades sociales, pronunciarse sobre ellas e indicar caminos hacia una solución justa.” (29).

Aclara, como buen conocedor de la DSI lo que ésta no es y dice lo que sí es: “no es un manual de principios y normas que hay que aplicar, sino un camino dediscernimiento comunitario. Nace del encuentro entre la verdad eterna del Evangelio y las preguntas de la historia, se deja interpelar por los signos de los tiempos; se nutre de la contribución de las ciencias, las culturas y las experiencias humanas. Y por eso, concluye, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona o la ciencia traspasa los límites de su método, la Iglesia debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión. Entendida así, la Doctrina Social se convierte en una teología de la comunión en la historia; un lugar en el que la Palabra, hecha carne, sigue convirtiéndose en diálogo, memoria y profecía.” (27).

Antes de terminar el capítulo destaca cómo cada Pontífice hace su aporte escrutando las cosas nuevas de su tiempo a la luz del Evangelio, poniendo de relieve diferentes aspectos de un patrimonio único: la dignidad de la persona, el valor del trabajo, el destino universal de los bienes, la solidaridad y lasubsidiariedad, el cuidado de la creación, la centralidad de la paz y la fraternidad. El resultado no es siempre lineal, pero es un desarrollo armonioso marcado por diferentes acentos. Si hoy podemos hablar de un corpus de principios y criterios compartidos, es porque esta lectura de la historia a la luz de la fe nunca se ha interrumpido y ha sabido dejarse interpelar por las preguntas de cada generación.” (45)

En el segundo capítulo, considera los Fundamentos y principios de la Doctrina social de la Iglesia. Por vez primera, una encíclica sistematiza en un capítulo ad hoc los fundamentos y principios de la DSI, y es, desde estos mismos principios fundamentales, que Magnifica Humanitas examina las consecuencias de la inteligencia artificial sobre la dignidad humana, el empleo, la educación, la libertad y la convivencia social. Podemos decir que constituye una nueva etapa en el desarrollo del magisterio social de la Iglesia, adaptada a las condiciones de la era digital.

En el centro de la reflexión está la visión de la persona humana fundada en el hecho de que el ser humano es creado a imagen del Dios trinitario y está llamado a la comunión. Y este origen como imago Dei constituye el primer fundamento: El ser humano, imagen del Dios trinitario. Por eso la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” (50).

De aquí se desprende el segundo fundamento: La igual dignidad de todos los seres humanos. Es esta dignidad de la persona humana la que le confiere su valor, y es necesario recordarlo, ya que la presión de nuevas ideologías y de determinados intereses muy poderosos puede reducir a la persona a un recurso que se usa y se explota o a lo que realiza o produce (51). Por el contrario, la dignidad fundamental de cada persona no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada. La dignidad de todo ser humano puede definirse infinita por dos razones: porque es infinito el amor de Dios que lo llama a la amistad con Él, y porque es absolutamente incondicionada, ya que, aunque se buscara hasta el infinito, nunca se encontrará nada que pueda suprimirla. (53).

Un tercer fundamento de la DSI es el altísimo valor de los derechos humanos, estos derechos son inviolables porque son inherentes a la persona humana, y por lo tanto son universales e inalienables. Entre estos derechos, el primero es el derecho a la vida desde la concepción hasta su final natural: a este respecto, León XIV define el aborto provocado, el asesinato de inocentes y la eutanasia como decisiones gravemente ilícitas (55).

El Papa valora que hoy en día crece el reconocimiento de los derechos de las minorías, con especial atención a las mujeres, y pide decisiones concretas en las leyes, en el trabajo, en la educación, en las responsabilidades sociales y políticas, para que sean verdaderamente escuchadas y valoradas (57).

Sobre el fundamento antropológico de la dignidad humana descansan los principios de la DSI. El Papa señala cinco y argumenta que: “actualmente, para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social. Igualmente considera que la relación armoniosa entre estos principios requiere que sean analizados conjuntamente, para que se evidencie con claridad cómo se reclaman y se iluminan mutuamente. (46)

El bien común es la “forma social de la dignidad reconocida a cada uno (59), y nose entiende como la suma de intereses individuales, sino como una realidad eminentemente relacional, definida como “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y más fácil de su propia perfección” (60). La búsqueda del bien común es lo que da vida a un pueblo, entendido no como una mera suma deindividuos, sino como una realidad viva donde las personas aprenden a reconocerse vinculadas las unas a las otras y corresponsables de la res publica.(62)

Le corresponde al Estado garantizar la cohesión, la unidad y una justa organización de la sociedad civil, para que el bien común realmente pueda ser procurado con la contribución de todos. Pero cuando la política renuncia a una visión a largo plazo y se reduce a cálculos de corto plazo o a polarizaciones estériles, los discursos sobre el bien común pierden credibilidad, y al mismo tiempo crecen las desigualdades y las fracturas sociales.” (63)

El segundo principio es el destino universal de los bienes, que es una implicación del bien común, pues todos los bienes de la tierra, todos los recursos naturales han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, actualmente debemos reconocer que estedestino universal no se refiere solo a los bienes materiales, sino también a los bienes inmateriales y culturales. Reconoce que existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes. Aquí y en otros puntos de la encíclica, León XIV insiste en la necesidad de que los conocimientos y las tecnologías no se concentren en manos de unos pocos, alimentando la brecha entre los incluidos y los excluidos de la revolución digital (65-67).

El principio de subsidiariedad es el tercero, y exige superar el paternalismo y el asistencialismo en favor de la corresponsabilidad. Si todos estamos llamados a ser protagonistas de nuestra vida y a participar en la construcción de la sociedad, entonces también ésta debe respetar y favorecer esta responsabilidad. La DSIllama “subsidiariedad” al principio según el cual lo que pueden hacer las personas, las familias, las comunidades locales y los cuerpos intermedios -que constituyen la sociedad civil- no debe ser absorbido por instancias superiores (68). Y aunque este principio fue definido formalmente por Pío XI, está presente en el Magisterio social desde León XIII.

Este principio es también válido en el contexto de la revolución digital, aunqueaquí el nivel superior es todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder efectivo sobre las condiciones de la vida común. La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto, sino que estén orientados albien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación. (71)

La subsidiariedad nos recuerda que una sociedad sana no se construye desde el aplastamiento de la iniciativa social, sino desde su fortalecimiento.

El principio de solidaridad, es a la vez “principio y virtud y constituye la expresión de la universal fraternidad humana.

La fraternidad no es solamente una aspiración interior del creyente, sino una forma social y política que debe encarnarse en decisiones e itinerarios compartidos. La solidaridad es el reconocimiento concreto de que el destino de cada uno está ligado al destino de todos, pues cuando la subsidiariedad no está acompañada de la solidaridad, termina transformándose en una simple protección de intereses particulares; y cuando la solidaridad no está sostenida por la subsidiariedad, degenera en asistencialismo que no promueve la responsabilidad.Es indispensable una auténtica participación. La solidaridad se expresa cuando cada uno, y junto con los demás, toma parte en la vida de la comunidad, hace sentir su propia voz, y contribuye a las decisiones y a las opciones públicas,asumiendo responsabilidades para que el bien común se traduzca en toma de decisiones compartidas. (cf. 73)

Tal como el ambiente natural, también el “ecosistema digital” puede ser cuidado o explotado, compartido o monopolizado. La solidaridad requiere que las decisiones en materia de datos, algoritmos, plataformas e IA tengan en cuenta no solo el beneficio inmediato de algunos, sino el impacto en todos los pueblos y en las generaciones futuras. (76)

El quinto principio es la justicia social. Esta justicia no se refiere solamente al comportamiento de los individuos, sino también al modo en el que son concebidas y organizadas las estructuras sociales. Cuando hay justicia social, existe un orden social, económico y político que permite a todosen particular a los más desfavorecidos- vivir de manera realmente humana, sin que ninguno se quede atrás. La idea dejusticia social ayuda a reconocer que las injusticias no nacen solo de decisiones equivocadas de los individuos, sino también de estructuras, mecanismos, sistemas económicos y culturales que producen desigualdad casi automáticamente. (79)

Actualmente, es necesario confrontarla además con el ambiente creado por lastecnologías digitales. La justicia debe garantizar a todos un acceso equitativo a las oportunidades, proteger a los más frágiles, y someter a control público el uso de los datos y las tecnologías, de modo que el criterio no sea solo el lucro, sino la dignidad de cada persona y el bien de los pueblos (80). León XIV señala a los migrantes, los refugiados y los desplazados y hace un llamamiento tanto a custodiar el derecho a la esperanza de quienes se ven obligados a partir, garantizándoles vías seguras y legales, una acogida digna y la integración; como a promover el derecho a quedarse de cada uno en su propia tierra en paz y seguridad, afrontando las causas profundas que obligan a migrar, incluidas las causas vinculadas a las injusticias económicas abordando las causas profundasde las migraciones (81).

El Papa entiende que estos principios también están dirigidos a la Iglesia, y queésta está llamada a un examen de conciencia”, por ello exhorta a sanear las relaciones y las estructuras eclesiales de aquellas distorsiones que generan desigualdades, falta de claridad y atropellos. La invitación es a escuchar a las víctimas de abusos espirituales, económicos, institucionales, sexuales, de poder y de conciencia, ya que ello forma parte integrante de un camino de justicia, que comprende el reconocimiento del daño, la reparación justa y la prevención. De ese modo, la Iglesia es capaz de ofrecer a la sociedad un signo creíble: porque buscar juntos el bien de todos, en la corresponsabilidad y en la fraternidad, no es una utopía, sino una posibilidad real (89). Todos estos principios convergen en el horizonte del desarrollo humano integral.

En el tercer capítulo: Técnica y dominio. La grandeza de la persona humana ante las promesas de la IA, se sitúa el análisis de la relación entre técnica, poder y persona humana con el fin de ubicar las promesas de la inteligencia artificial en el marco de una transformación cultural más amplia, que cuestiona el sentido mismo del progreso. El desarrollo tecnológico es reconocido como expresión de la creatividad humana, pero también se advierte el riesgo de que se convierta en criterio absoluto de juicio, dando forma a un paradigma tecnocrático, capaz de reducir la realidad a lo que es medible, calculable y optimizable. En este contexto, la inteligencia artificial aparece como una herramienta poderosa, capaz de ofrecer beneficios reales, pero también de amplificar formas de dominio cuando se separa de una orientación ética y antropológica. La Encíclica nos advierte que el crecimiento de la potencia técnica no coincide automáticamente con el bien, recordando que “más poderoso no significa necesariamente mejor (92-93). El criterio decisivo sigue siendo la dignidad de la persona y no la eficiencia de los medios.

Para León XIV es importante señalar dos consideraciones: la primera es que cualquier afirmación sobre la IA corre el riesgo de quedar obsoleta en poco tiempo, dada la impresionante velocidad de desarrollo de estos sistemas. En segundo lugar, todos nosotros, incluidos quienes los diseñan, sabemos muy pocosobre su funcionamiento efectivo”, y advierte que hay que evitar el equívoco de equiparar esta “inteligencia” a la humana. (98-99). Por consiguiente, es necesario abordar la IA con moderación y vigilancia, se necesita un código ético sometido a criterios de justicia social compartida, porque no sirve una IA más moral si esa moral la deciden unos pocos. Se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios en los que las comunidades pueden seguir participando e interrogándose. (107).

Por eso insiste en que hay que desarmar la IA para sustraerla de la lógica de la competencia militar, económica y cognitiva; para romper la equivalencia entre poder técnico y derecho a gobernar; para sustraerla de los monopolios e impedir que domine al ser humano. Esta tarea es ética, técnica y ecológica porque la IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar(110).

Buscando los presupuestos culturales que acompañan la revolución digital, el Papa se refiere a algunas corrientes que interpretan el progreso como unasuperación del ser humano y que podemos clasificar con los nombres de transhumanismo y posthumanismo. Estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de “humanidad potenciada” o de “hombre hibridado” con la máquina. (115)

Estas corrientes interpretan el progreso como la superación de los límites de lo humano. Pero el límite no es un defecto que haya que eliminar, sino una dimensión constitutiva de la persona, porque el ser humano no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite (118), reconociendo en la fragilidad y en la finitud lugares en los que maduran la relación, el cuidado y la apertura a Dios y al otro.

La Carta de León XIV señala la dirección a seguir: hacer que la técnica crezca sin que se repliegue el corazón. Y es que la humanidad magnífica y herida no debe ser sustituida ni superada; puede acoger los progresos de la técnica para aliviar los sufrimientos y abrir posibilidades nuevas, siempre que no reniegue de aquello que la hace ser ella misma, es decir, la capacidad de relación y de amor. (126)

Ante la IA, la verdadera alternativa está entre dos formas de construir el progreso: o se construye al servicio de la persona y de los pueblos, o al servicio de las lógicas de poder (129). Y esta elección nos concierne a todos: Como en toda la historia humana, también hoy estos dos amores luchan en nuestro corazón por elpredominio. El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros” (130).

Esta Carta está dirigida no solo a los católicos, sino a “todos los hombres y mujeres de buena voluntad”. En ella el Papa pone de ejemplo a personas ajenas al ámbito eclesial, como Martin Luther King Jr. y Nelson Mandela, mostrando cómo la historia puede cambiar cuando al menos una persona se toma realmente en serio la dignidad de todos. También destaca a mujeres valientes y generosas, como santa Teresa de Calcuta, Dorothy Day, María Skłodowska-Curie, MaríaMontessori, Elisabeth Elliot, y tantas otras que con su esfuerzo han contribuido a hacer más humana la historia. (124)

En el cuarto capítulo: Custodiar lo humano en la transformación. Verdad, trabajo, libertad, están desarrollados los ámbitos decisivos en los que hoy se juega el cuidado de lo humano, y la reflexión deja ver claro cómo la inteligencia artificial y las tecnologías digitales no solo inciden en los instrumentos, sino que también pueden moldear progresivamente los comportamientos, las relaciones y las estructuras de la convivencia.

El primer ámbito abordado es el de la verdad, cuya búsqueda se considera comoun elemento esencial para la democracia, la cual es, en sí misma, un instrumento de participación en el bien común. El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo. Aquí el Papa cita a Hannah Arendt, la filósofa alemana-estadounidense que desentrañó cómo los totalitarismos y los sistemas burocráticos diluyen la responsabilidad moral hasta diluir el rostro del culpable. Ella decía que los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino aquéllos para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción y la distinción entre lo verdadero y lo falso. (134)

El Papa sostiene que la revolución tecnológica ya no puede analizarse sólo desde la teoría, pues está modificando profundamente la forma en que las personas piensan, trabajan, se relacionan y comprenden la verdad. Por eso propone construir una verdadera “ecología de la comunicación”, basada en la transparencia, la verificación de los hechos, el periodismo serio y una educación crítica frente al entorno digital. En el entorno digital, la verdad debe plasmarse en una ecología de la comunicación para que la cultura generada por la web no se convierta en un instrumento de homologación y dominio sino en un espacio de maduración para la libertad interior y el pensamiento crítico. También las comunidades cristianas deben comprometerse con una comunicación transparente y con la búsqueda honesta de los hechos, sobre todo en los casos de injusticias y abusos; y señala que la vigilancia y la transparencia son, ante todo, una grave responsabilidad de la propia Iglesia. (136-138)

León XIV aboga por eliminar las desigualdades en el acceso a la educación y reconoce el rol central de la escuela. La escuela es el lugar donde las nuevas generaciones pueden aprender a buscar y amar la verdad, a cuestionarse el sentido de la vida y la dignidad de cada persona. (…) los padres tienen el derecho primario e inalienable de elegir el tipo de educación y de formación que se imparte a sus hijos, en coherencia con sus propias convicciones morales, culturales y religiosas (143). También la escuela debe “educar en la sobriedad y en el sentido de los límites; educar en el reconocimiento del derecho del otro y de quienes vendrán después de nosotros a disfrutar de los bienes que nos han sido dados, o que el ingenio humano pone a nuestra disposición; educar en la libertad y en la responsabilidad; educar en el sentido de la trascendencia y del bien común. La escuela no está llamada a perseguir la velocidad del mundo digital, sino a ofrecer aquello que lo digital por sí solo no puede dar: tiempo compartido para aprender y relaciones fiables (147). Por eso había señalado que: “Debemos aprender a prescindir de la IA y proteger a nuestros jóvenes de la promesa de la máquina perfecta, de esa sutil seducción que hace parecer inútil el pensamiento humano precisamente cuando más se necesita”. (140)

El segundo ámbito es el del trabajo: una dimensión constitutiva de la dignidad de la persona y vía ordinaria de participación en la vida social. La automatización y la inteligencia artificial ofrecen posibilidades reales de transformación, pero también implican riesgos significativos de exclusión. En la cuarta revolución industrial -representada por la transición digital, el Pontífice destaca la importancia de proteger la dignidad y el valor del trabajo: Las nuevas formas de trabajar no son necesariamente mejores, ya que la tecnología puede descalificar a los trabajadores, relegarlos a funciones marginales y someterlos a una vigilancia automatizada (150). Es necesario diseñar sistemas centrados en la persona y no solo en el rendimiento, porque la tecnología puede sin duda liberar al hombre de tareas pesadas o repetitivas, pero no debe conducir en absoluto al desempleo en nombre de la reducción de costes y el aumento de los beneficiosporque la persona humana es un fin y no un medio, y el orden económico debe permanecersubordinado a su dignidad y al bien común” (152). En un escenario en el que se perfilan mayores niveles de pobreza y desigualdad, provocados por sistemas automatizados que han sustituido al hombre, León XIV aboga también por una renovación de las organizaciones sindicales.

Por último, aborda el tema de la libertad, amenazada tanto por las adicciones digitales como por las nuevas formas de control social basadas en la recolección masiva de datos. Las tecnologías pueden orientar elecciones y comportamientos de manera invisible, reduciendo el espacio de una decisión verdaderamente libre. Por eso afirma con claridad que “la libertad, en la era digital, no es sólo una cuestión interior; es también un asunto público” (171), que requiere normas justas, responsabilidad compartida y educación.

Vivimos con ansias de libertad, y a veces olvidamos que una persona puede ser libre incluso en un campo de concentración o en una cárcel, como lo demostróViktor Frankl, y lo demuestran hoy muchos que por sus ideas están en nuestras cárceles. Pues hay algo dentro de nosotros que nadie puede alcanzar, que nadie nos puede quitar. Una persona puede ser libre también en un sistema totalitario, aunque las amenazas y el miedo coarten la libertad. Puede mantener una creencia, un deseo o un amor en el interior del alma, aunque externamente se decrete su abolición absoluta. Y es que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias para decidir su propio camino». Esa libertad interior nos ayuda a vivir en la verdad.

Al final del capítulo, el Papa denuncia las nuevas formas de dependencia digital y del diseño de plataformas orientadas a capturar la atención de las personas. Frente a ello, pide que los procesos sean gestionados y regulados con visión de futuro por instituciones académicas, empresas, organismos intermedios y ciudadanos que cultiven la responsabilidad, la sobriedad, el discernimiento y el sentido de la Verdad. “Solo así la innovación podrá convertirse realmente en desarrollo humano integral y no en factor de exclusión y dominio; y solo así la promesa del progreso podrá ser reconocida como verdadera, porque estará medida en función de la dignidad inviolable de cada hombre y cada mujer. (181)

Mirando estos tres ámbitos en conjunto, se ve que la transformación digital no es neutra y requiere un compromiso común para custodiar las condiciones de una vida auténticamente humana, capaz de verdad, trabajo digno y libertad real.

En el quinto y último capítulo: La cultura del poder y la civilización del amor, León XIV dirige su mirada hacia la guerra: La revolución digital está modificando la gramática de los conflictos” -dice- y, sin un enfoque ético, las decisiones sobre la vida y la muerte de las personas serán cada vez más impersonales, considerándose el recurso a la fuerza como una opción inmediata y viable (182-183).

En la base de todo hay una cultura del poder que normaliza la guerra, favoreciendo el rearme. Sobre la opinión pública, que en el pasado veía la beligerancia solo como extrema ratio, hoy pesan también las narrativas mediáticas polarizantes, así como una preocupante pérdida de memoria histórica que nos priva de una visión a largo plazo (191). En consecuencia, hoy la paz ya no se entiende como una tarea que hay que asumir, sino como un intervalo precario entre conflictos. Por ello, León XIV reitera que es necesario superar la teoría de la guerra justa, promoviendo más bien el diálogo, la diplomacia y el perdón (192).

Como alternativa a esta lógica, propone la civilización del amor, entendida como un proyecto histórico concreto, fundamentado en la justicia, la fraternidad y el diálogo.En este horizonte, la paz no es signo de debilidad, sino una opción exigente y realista, ya que “con la paz no se pierde nada, mientras que con la guerra todo se puede perder (219).

Y para ejemplificar nuestra responsabilidad y la necesidad del aporte de todos, el Papa utiliza una cita refrescante tomada de John Ronald Reuel Tolkien, quien pone en boca de Gandalf, protagonista de una de sus novelas: No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza. (213)

En la cultura del poder, la eficacia de los medios tiende a sustituir el juicio moral y la protección de los civiles queda subordinada a lógicas estratégicas. Ante esta deriva, el texto afirma con claridad que “no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable” (198), reafirmando que el discernimiento sobre el uso de la fuerza nunca puede reducirse a un cálculo técnico.

Frente a la deriva que tiende a anteponer la eficacia de los medios al juicio moral y los resultados militares a la salvaguarda de la vida humana, la única perspectiva de salvación radica en una civilización fundada en la justicia, la fraternidad y el diálogo. En la civilización del amor, todos podemos aportar nuestro granito de arena, comenzando por el desarme de las palabras, practicando la justicia, adoptando la mirada de las víctimas, cultivando el diálogo; sin refugiarnos en el idealismo, pero confiando en un sano realismo.

León XIV advierte sobre el riesgo de delegar decisiones mortíferas a sistemas autónomos y sostiene que ninguna máquina puede asumir responsabilidad moral:“No es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o irreversibles” (198).Por eso nos invita a repetir las mismas palabras de Pablo VI ante la ONU en 1965: “¡Nunca más la guerra, nunca más la guerra!” (189).

En la Conclusión de la Encíclica, el Papa nos invita a vivir las nuevas tecnologías a la luz del Evangelio: “Al final de este camino, deseo entregarles un itinerario de vida cristiana sobrio y exigente con el cual vivir este cambio de época a la luz del Evangelio. Es un camino que nace de la contemplación del designio de Dios, vive la unidad eclesial nutriéndose de la Palabra y de la Eucaristía, construye el bien en el mundo y ora junto con la Virgen María. (229)

El futuro de la humanidad no puede depender únicamente de algoritmos, eficiencia o capacidad técnica. Por ello, el Papa coloca en el centro de toda la conclusión el misterio de la Encarnación: Dios que se hace hombre y entra en la fragilidad humana. “El Verbo se hizo carne y puso su morada entre nosotros. La carne del Hijo, pobre y vulnerable, evoca la carne de tantos hermanos y hermanas despojados de su dignidad y reducidos al silencio. Y a través de esta cercanía, el don de la paz entra en el mundo de modo paradójico: como el poder de llegar a ser hijos de Dios, que se aviva cuando nos dejamos conmover por el llanto de los pequeños, por la fragilidad de los ancianos, por el silencio de las víctimas, por el esfuerzo de quienes luchan contra el mal que no querrían hacer.” (231).

Al revivir con fuerza los grandes fundamentos y principios de la DSI, MagnificaHumanitas nos ayuda a reconocer, comprender, discernir y, en última instancia, afrontar los numerosos desafíos y no solo los relacionados con la inteligencia artificial que amenazan nuestra humanidad o que constituyen serios obstáculos para el desarrollo humano integral. Ninguna máquina podrá sustituir la capacidad humana de amar, de discernir el bien o de entregarse gratuitamente. “Ningún sistema de cálculo, por sofisticado que sea, genera un corazón que se entrega, ni una conciencia capaz de discernir el bien” (233).

En más de una ocasión, rescatando una expresión de san Pablo VI, León XIV nos recuerda que es preciso construir la civilización del amor.

Mas, para construirla, todos debemos dar nuestro aporte, nadie está exento de responsabilidad. Tenemos que edificar la paz en la justicia siendo capaces de asumir la mirada de las víctimas; y relanzar el diálogo, instrumento insustituible para prevenir conflictos y restablecer lazos de confianza. Con Magnifica Humanitas, el Papa nos advierte la necesidad de que el avance tecnológico no se constituya en un elemento deshumanizador, ni se transforme en un modo de servidumbre para los seres humanos, sino que se configure al servicio de la dignidad humana y del bien común.

Frente a la fría tiranía de las máquinas, Magnifica Humanitas nos propone la revolución más antigua y urgente del mundo: que la verdadera grandeza de la familia humana no consiste en dominar el mañana, sino en no perder nuestra humanidad por el camino.

“Con la misma fe de María”, pongo mi esperanza en el futuro, y termino con esta invitación de nuestro Pontífice misionero, matemático, teólogo y jurista:

Convirtámonos en tejedores de esperanza en nuestro mundo,compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma. En la fidelidad humilde de cada día, también el tiempo de la Inteligencia Artificial puede ser un paso en el que el Espíritu haga madurar la civilización del amor en nuestras vidas. (245)

 

 


María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).
Profesora de Física jubilada.
Profesora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.  

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