Morir de Exilio. Lejos de Cuba (EriginalBooks, 2026) puede leerse también como un ejercicio de caridad. Más que una colección de semblanzas, constituye una obra de misericordia. En la tradición cristiana, rezar por los difuntos es una de las obras de misericordia espirituales; Uva de Aragón prolonga esa antigua práctica con la palabra escrita. Cada página rescata un nombre del silencio y cada evocación se convierte en una oración por quienes murieron lejos de la patria. Frente a la muerte del exilio, la autora responde con la memoria; frente al olvido, con la esperanza de una vida que perdura en el recuerdo agradecido de quienes aún peregrinamos.
La primera edición de Morir de Exilio (Ediciones Universal, 2006) fue uno de los primeros libros —si no el primero— que leí al comienzo de mi propio destierro. Su lectura confirmó una intuición que ya me acompañaba: yo no era simplemente un emigrante más. Había salido de Cuba más de cinco décadas después que Uva de Aragón. Nadie me expulsó físicamente y mi salida fue, en términos estrictos, libre y voluntaria. Sin embargo, siempre me he sentido exiliado. Porque, en el orden natural de las cosas, yo nunca me hubiera ido de Cuba.
Leer a Uva entonces fue un descubrimiento y un asombro que aún perduran. Me encontré con aquellas vidas escamoteadas de la cultura cubana, especialmente de la literatura, la política y las artes. Cada página era una lección magistral, un curso de posgrado para corregir mi propia ceguera e ignorancia. Descubrí una Cuba amputada por la historia oficial. Pero, sobre todo, comprendí que este libro no solo venía a rescatar nombres; venía a recomponer un país.
Creo que ese es el verbo que mejor define esta obra: recomponer. Uva de Aragón recompone una Cuba escamoteada por la historia oficial y por el paso del tiempo. Rehace una tradición intelectual y moral fragmentada por el exilio, la censura y el olvido. Nos devuelve una comunidad nacional dispersa por el mundo y, al hacerlo, reconfigura también la imagen que muchos lectores teníamos de nuestro propio país.
Los ejemplos que siguen no pretenden resumir Morir de exilio…. Habría podido escoger muchos otros. Elijo estos porque iluminan la forma en que leo este libro y dialogan con algunas de las inquietudes que hoy me acompañan. No propongo una lectura académica, sino profundamente personal. Leído desde esa perspectiva, Morir de exilio… se sostiene, a mi juicio, sobre cinco grandes ejes: la restitución de una Cuba escamoteada; la memoria como acto de justicia y de caridad; su extraordinario valor pedagógico; la honestidad intelectual de una autora que no sacrifica la verdad en el altar de las afinidades o discrepancias; y una profunda reflexión cristiana sobre el exilio, la muerte y la esperanza.
La muerte completa un ciclo y autoriza un balance. Quizás por eso las páginas de Morirde exilio… están escritas con una extraordinaria honestidad intelectual. Uva de Aragón no aprovecha la desaparición de sus contemporáneos para fabricar hagiografías ni para ajustar cuentas.
Uno de los ejemplos más elocuentes es la semblanza dedicada a Jorge Mas Canosa. Lejos de escribir un elogio acrítico, Uva comienza reconociendo que muchos desterrados no coincidían «ni con su estilo ni con sus planes para una Cuba post-castrista». La observación desmonta cualquier tentación de convertirlo en una figura unánime. Las diferencias existieron y la autora no las oculta. Pero precisamente porque escribe después de la muerte, cuando las pasiones ceden espacio al balance, descubre aquello que permanece: «todos, sin embargo, compartíamos con él la esperanza de una patria libre». Ahí aparece una de las Uvas que más admiro: la intelectual que no permite que las simpatías o las discrepancias le impidan hacer justicia.
Hay un momento particularmente conmovedor en esa semblanza. Uva deja de hablar del líder político para hablar del hombre que muere lejos de su tierra. «Lloramos a Mas Canosa porque es otro cubano que muere en suelo extranjero», escribe. Y añade que lloramos también «por el temor de que también nosotros podríamos morir sin cumplir el anhelo de regresar». De pronto, Jorge Mas Canosa se convierte en el rostro de una de las grandes tragedias del exilio cubano: morir lejos de la patria sin haber podido verla libre. Solo entonces Uva formula un juicio histórico sobre su legado al afirmar que logró «invertir la ecuación de poder» y que, gracias a su liderazgo, «los cubanos dejaron de ir a Washington a recibir órdenes; fueron a darlas». Esa capacidad de reconocer la grandeza de una vida sin ocultar sus controversias constituye una de las mayores lecciones morales de Morir de exilio….
Si Mas Canosa ejemplifica la honestidad intelectual, Heberto Padilla revela otra de las grandes virtudes de Uva de Aragón: su fidelidad a la verdad por encima de cualquier pertenencia. La semblanza dedicada al poeta trasciende la biografía de un hombre para convertirse en una reflexión sobre la condición humana y las tentaciones de toda comunidad, incluso del propio exilio.
«Heberto fue siempre un sospechoso, en ambas orillas. Nadie le abrió las puertas sin reservas. Quedó, en verdad, fuera de juego.» Difícilmente pueda resumirse mejor el drama de quien termina siendo juzgado desde posiciones enfrentadas sin sentirse plenamente acogido por ninguna. Uva no escribe para absolver ni para condenar, sino para comprender. Y, al hacerlo, ofrece también una discreta autocrítica del exilio. Sin establecer falsas equivalencias con la naturaleza represiva del régimen cubano, reconoce que también entre los desterrados puede surgir la tentación de exigir una determinada uniformidad ideológica y de mirar con sospecha a quien no encaja del todo en los relatos establecidos.
Hay otro detalle profundamente revelador. Al recordar una conferencia de Padilla en la Universidad Internacional de la Florida, Uva confiesa que entonces no comprendió plenamente algunas de sus afirmaciones. «Dos décadas después, comprendo», escribe. Solo una inteligencia verdaderamente libre es capaz de reconocer que también necesita el paso del tiempo para comprender mejor a una persona. La honestidad intelectual consiste también en aceptar que el propio juicio puede madurar.
La autora concluye aquella semblanza con una frase que resume toda su mirada sobre Padilla: «Este hombre inteligente y bueno merecía haber tenido una vida mejor.» No hay propaganda, reivindicación ideológica ni voluntad de ajustar cuentas. Solo la compasión serena de quien contempla una existencia compleja y se niega a reducirla a uno solo de sus episodios.
Otro de los grandes hallazgos de Morir de exilio… es la recuperación de figuras cuya importancia histórica no siempre ha recibido el reconocimiento merecido. Rosario Rexach constituye un ejemplo admirable. Uva no la presenta únicamente como discípula y auxiliar de Jorge Mañach. Ante todo, la reconoce como una mujer de letras, autora de importantes ensayos sobre Félix Varela, José Martí y el propio Mañach. Es decir, le devuelve su identidad antes de situarla junto a una figura mayor. En este retrato reaparece con fuerza la idea de recomponer un país. Por eso resulta tan significativa la frase con que concluye la semblanza: «La muerte la devuelve a la vida.» No es solo una hermosa paradoja literaria; es casi una profesión de fe. Rosario volverá a vivir en las tesis que la estudien, en los intelectuales que la citen y en las mujeres que encuentren inspiración en su ejemplo. Recordar, para Uva, es una forma de devolver la vida.
En Celia Cruz descubre otra manera de entender la grandeza. No se detiene únicamente en la artista universal, sino también en la mujer que «nunca tuvo una palabra peyorativa para nadie», capaz de expresar su generosidad tanto en los grandes gestos como en las pequeñas delicadezas cotidianas. Uva admira en ella una serena dignidad que nunca necesitó estridencias y una admirable claridad para distinguir entre el Estado y la nación, entre la ciudadanía y la nacionalidad. Celia salió de Cuba, pero Cuba nunca salió de Celia. «Representa, sin duda, lo mejor de nosotros», escribe. No habla del exilio frente a la Isla, sino de la nación cubana: una nación mucho más amplia que cualquier frontera política y mucho más duradera que cualquier régimen.
Una de las semblanzas más conmovedoras de Morir de exilio… es la dedicada a Jorge, su exesposo. «Los dos nos amamos y nos herimos», escribe Uva. No oculta las heridas, pero tampoco deja que tengan la última palabra. Prefiere recordar al muchacho del que se enamoró, al padre de sus hijas y al abuelo de sus nietos. La memoria se convierte aquí en reconciliación.
La semblanza más entrañable es, probablemente, la dedicada a su hermana Lucía. En ella la autora comienza a hacerse las preguntas esenciales que acompañan a todo ser humano cuando la muerte deja de ser una idea remota para convertirse en una realidad cercana. No desaparecen las preguntas; cambia la manera de habitarlas. La fe no elimina el misterio, pero permite contemplarlo con inquietud y una palpitante esperanza. Es entonces cuando Morir de exilio… revela su significado más profundo. El exilio deja de ser únicamente una experiencia histórica para convertirse también en una categoría espiritual. La nostalgia de Cuba permanece, pero ya no es la última nostalgia. La patria perdida continúa doliendo, pero ya no es la última patria. Comencé diciendo que este libro podía leerse como una obra de misericordia. Después de recorrer sus páginas estoy aún más convencido. Uva de Aragón prolonga la oración por los difuntos escribiendo sus nombres,rescatando sus historias y devolviéndoles un lugar en la memoria agradecida de quienes aún peregrinamos. Porque, al final, Morir de exilio… no es un libro sobre la muerte. Es un libro sobre la victoria de la memoria, de la esperanza y de la vida. Tal vez por eso también pueda leerse como una invitación a descubrir, en medio del destierro, la promesa de la vida infinita.
Osvaldo Gallardo González (Vertientes, 1975)
De formación pedagógica, ha trabajado como profesor, editor y promotor cultural. Textos suyos de crítica y narrativa aparecieron en revistas cubanas, y publicó un libro de poemas (Diálogo sin luz, Ácana, 2009) íntegramente compartido por varias antologias de poesía en Cuba. Durante una década, trabajó para la Iglesia Católica en Cuba, en varios proyectos culturales y de comunicación. Fue director fundador del Museo Arquidiocesano “Monseñor Adolfo Rodríguez Herrera” en Camagüey. Emigró a Estados Unidos en 2015, a su llegada trabajó como maletero en el Miami International Airport y chofer de Uber. Actualmente comparte roles como activista de libertad religiosa, escritor Web, bibliotecario en la John F. Kennedy Library de Hialeah y padre de una hermosa familia de cuatro hijos.
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