Armando Chaguaceda
Los pueblos sólo aprenden el arte de la libertad ejerciéndola. Sobrepasando sus miedos, sus dudas, sus desesperanzas aprendidas. En Cuba hoy se protesta cada día y cada noche como no ha sucedido jamás en el último medio siglo. Se protesta no gracias a ninguna ley o institución del sistema, que están todas creadas para maquillar o reprimir. Se protesta a pesar de todas ellas.
Es comprensible si algún activista de fogueada trayectoria, en la isla o en el exilio, le reprocha hoy a sus connacionales -a nosotros- por no haber salido antes a protestar. Cuando lo han reprimido en medio de la insolidaridad mayoritaria y decidimos mirar al lado. Ese reproche, dicho desde el ejemplo, es comprensible.
Lo que no es justificable es el acomodamiento de esos cubanos que escaparon del sistema, recibieron acogida en otros países alegando persecución, pero luego que están en suelo seguro se “desconectan” de cualquier acción sistemática de denuncia, organizacion, ayuda o protesta por la situacion del pais donde vivieron hasta ayer. Semejante fenómeno es entendible -ese oportunismo y apatía es un legado del totalitarismo- pero no justificable.
Aún menos justificable es que personas que se dedican profesionalmente a labores ligadas a la vida pública -políticos, periodistas, influencers- no estén haciendo lo que tienen que hacer en el exilio. Líderes -supuestos o reales- que no salen del confort ensimismado y fantasioso de sus conferencias de prensa o sus transmisiones de Facebook para salir a las calles, buscar a la masa de emigrados, organizarlos y politizarlos….justo lo que nos permitiría mostrar músculo y reclamar por la acción tantas veces anunciadas desde las orillas del Potomac y la ventanita del Versalles; esa que se va convirtiendo en una retórica repetitiva y sin consecuencias. Y en Cuba, quienes hoy promueven el espejismo de una transición pactada, posible y acordada -sin dar cuenta con transparencia de su real fuerza, agenda y del trato diferenciado que el régimen les deparado- también son parte de ese problema. Todas esas ficciones políticas, concientes o inconcientes, solo alimentan la propaganda del régimen y la desconfianza en lo político -alimentada por aquel- de la gente comun.
Los pueblos sólo aprenden el arte de la libertad ejerciéndola. En la resistencia cotidiana de un toque de caldero, un comedor comunitario, en la presentación de un habeas corpus. En esas formas de vivir en la verdad, que se levantan imperfectas y a tropiezos de entre el horror. Donde emerge la fuerza contagiosa de lo auténtico, que tanto temen los despotismos.
Y a uno, que no tuvo en su momento la conciencia, el valor o la desesperación que hoy muestran -por la razón que sea- sus compatriotas, solo le queda mirar con respeto lo que estos intentan. Y hacer lo poco que esté en nuestras manos, desde nuestras burbujas de privilegio, para ayudar a que acabe ese régimen de oprobio y las complicidades de quienes, en otros lugares, lo siguen apoyando.
- Armando Chaguaceda Noriega (La Habana, 1975).
- Politólogo e historiador. Especializado en procesos de democratización en Latinoamérica y Rusia. Reside en México.

