Jueves de Yoandy
La narrativa oficial en Cuba ha encontrado en la palabra “resistencia” su recurso retórico más gastado y, a la vez, el más peligroso. En las recientes declaraciones del Ministro de Energía y Minas (quien, ante el último colapso del sistema eléctrico nacional, vuelve a pedir paciencia y comprensión a las familias que pasan días enteros a oscuras) y en los incontables discursos del presidente Miguel Díaz-Canel apelando a la “resistencia creativa”, la demanda al ciudadano de a pie sigue siendo la misma: “aguanta un poco más”. El ciudadano de a pie se sigue preguntando: ¿hasta cuándo? ¿Hasta dónde?
Hay un punto de ruptura donde la exhortación a la épica de la supervivencia deja de ser una estrategia política y se convierte en una profunda falta de ética. Sencillamente, resistir no es vivir. La dignidad humana no es un recurso renovable: pedirle a un pueblo que resista de manera indefinida la falta de libertad, de electricidad, la escasez de alimentos, la ausencia de medicamentos, la exacerbada burocracia y las trabas de las instituciones, y el deterioro absoluto de sus condiciones más elementales de vida es normalizar la precariedad. Desde una perspectiva ética, la resistencia es una respuesta temporal ante una catástrofe inevitable. Bien puede ser un huracán, una pandemia, un desastre natural, en general; pero jamás la resistencia sin más puede ser el proyecto de vida de una nación. Jamás puede ser un pilar o un presupuesto sobre el que se organice la estructura de un país.
Cuando la cotidianidad se reduce a calcular cómo pasar el día, qué comer mañana o cómo dormir con un calor sofocante y con mosquitos proliferando porque tampoco hay combustible para las campañas de fumigación, la existencia se despoja de su propósito superior, que es vivir lo mejor posible, vivir con calidad de vida.
La dignidad humana exige que las personas tengan la posibilidad de proyectar un futuro, desarrollarse, descansar y disfrutar de su privacidad y tiempo libre. Obligar a los ciudadanos a vivir en un constante estado de alerta y privación atenta directamente contra esa dignidad. Se nos pide que resistamos como si el cuerpo y la mente humana tuvieran una capacidad infinita de absorción del sufrimiento, ignorando el trauma colectivo y el desgaste silencioso de varias generaciones. Es aquí donde recurre la pregunta: ¿Hasta cuándo vamos a estar resistiendo? Para aseverar desde lo más profundo de la existencia: ¡esto no es vida!
El meollo del problema radica en una alarmante distorsión del rol del Estado. En cualquier sociedad moderna, los políticos son servidores públicos. Su legitimidad no proviene de su capacidad para pronunciar discursos morales, sino de su aptitud para administrar los recursos comunes y resolver los problemas prácticos de la ciudadanía.
En un Estado fallido no funciona el Estado, porque ha sido superado, constitucionalmente hablando por el Partido Único. Esto hace que se alteren los roles y, por tanto los servidores públicos tal pareciera que pasan de administradores de la “cosa pública” a predicadores.
La función de un Ministro de Energía, para el ciudadano común que no sabe (y no tiene que preocuparse siempre que pague el servicio) de kilovatios, estaciones de energía, sistemas eléctricos, calderas, consumos, potencias, es garantizar que la luz se encienda cuando el ciudadano pulse el interruptor. La función de un Presidente es diseñar políticas públicas que generen prosperidad, estabilidad y certidumbre.
Cuando un gobernante sustituye la presentación de soluciones viables, reformas estructurales y resultados tangibles por un llamado casi “místico” al sacrificio, está dimitiendo de sus responsabilidades técnicas y éticas. Un servidor público no es un líder espiritual que pide fe; es un gestor contratado indirectamente por la sociedad para asegurar su bienestar. Exigirle al administrado que “resista” la ineficiencia de la administración es un acto de soberbia gubernamental.
Y la “resistencia creativa” tiene un costo y no es más que la romantización de la escasez. Inventar cómo cocinar sin gas ni electricidad, cómo remendar lo irreparable o cómo sustituir lo indispensable, no es un motivo de orgullo; es el síntoma de un sistema que ha fallado en sus promesas más básicas, es la erupción que sale a flor de piel una vez más como detonante de una enfermedad que parece incurable porque se usan, reiteradamente, los mismos métodos.
Exigir resistencia desde la comodidad del poder ensancha una brecha que puede ser insalvable entre gobernantes y gobernados. La ética política exige empatía real, y la empatía real se traduce en soluciones, no en viejas consignas.
Cuba no necesita más llamados al heroísmo cotidiano de sobrevivir. Necesita, con urgencia, un sistema de vida donde el ciudadano pueda, por fin, dejar de resistir para empezar a vivir en plenitud.
- Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
- Licenciado en Microbiología.
- Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
- Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
- Responsable de Ediciones Convivencia.
- Reside en Pinar del Río.

