Madre y Patrona: una historia de Amor y Libertad

 

Foto de archivo de Convivencia

Para escribir su leyenda, que es alba primaveral,

busqué una tiza de luna; y ahora quiero llegar

a la pizarra del cielo, por mi escala de cristal.

Luisa Muñoz del Valle

Ha pasado más de un siglo de aquel Día de la Merced en el que un grupo de veteranos orientales, arropados por el cálido sol de esa mañana septembrina, fue desde Santiago hasta El Cobre, erguidos en sus cabalgaduras y galopando a impulsos del espíritu cual si los años no gravitaran sobre ellos, para allí, ante la Madre que les acompañó en la manigua y a cuyos pies celebraron el triunfo libertario, solicitar al Papa Benedicto XV que declare Patrona de Cuba a la Virgen de la Caridad “para que realice la más hermosa de nuestras esperanzas y la más justa de las aspiraciones del alma cubana” como culmen del más hermoso de sus sueños. Corría el Año del Señor de 1915.

Mas, la historia no se construye por acasos ni tiene aconteceres aislados: evocar este hecho implica hurgar en sus raíces y descubrir sus influjos. El presente nace del pasado y se proyecta al futuro. Y en esta trilogía cuyo eje es María del Cobre, encontramos la simiente de rasgos idiosincrásicos del cubano: su devoción a la Virgen y su anhelo de libertad, como ensueño inextinguible en la pesadilla de sus noches sombrías de encierro, destierro, marginación y carestía. Y en los adentros sentimos cual si el tiempo ido volviera a decursar.

Esta historia es tricentenaria: cimarrones apalencados, esclavos escarnecidos, mambises aguerridos, humanos con derechos pisoteados, hombres todos a quienes los siglos separan en el tiempo, todos viviendo su tiempo con ansias de un futuro mejor.

El «hecho cobrero» tiene su historia de pasión y libertad, de amor y coraje, es una cadena de eslabones entrelazados, imbricados, implicantes, con un cauce común que lleva las ilusiones a los pies de la Virgen. No se comprende cabalmente si lo miramos aislado. El espíritu de libertad aletea desde antaño en la Villa de las Minas de Cobre: el hálito de la Madre aún le sostiene y él se cierne, dadivoso, sobre todos los que aman al estilo de Varela: con un solo corazón a Cuba y a Cristo.

Como jirones de los tiempos idos vaya esta historia de Amor y Libertad. Nace así: Mediando el siglo XVIII corrían por Santiago del Prado aires de protesta y rebeldía. Los descendientes de los esclavos llevados a sus Minas estaban en las montañas, dispuestos a morir antes que ser esclavizados, sólo trabajarían si les respetaban sus derechos. Y en nombre del Rey se les prometió que gozarían de la libertad que habían conquistado: tenían que sacar el mineral de las entrañas de la mina.

Más de un siglo había transcurrido sin que lograran reducirlos a servidumbre cuando, a fines del siglo XVIII, el Gobernador de la Isla ordenó la reducción de los «cobreros», pero éstos, indómitos, pedían el reconocimiento de su absoluta libertad y el derecho a la tierra que cultivaron sus ancestros. Entonces dispuso la remisión a España del P. Alejandro de Paz y Ascanio, Capellán de la Virgen, por considerarlo líder de los rebeldes, orden que se negó a cumplir el obispo santiaguero. Al agravarse el conflicto, el Padre Ascanio convocó a los cobreros ante la Iglesia del pueblo, y la reunión terminó demandando el reconocimiento oficial de sus derechos. La Virgen de la Caridad y los Remedios sería su mediadora.

La situación cambió al temer España que la rebeldía de los cobreros –que ya movía ánimos en Santiago– se pudiese convertir en una lucha emancipatoria: sobre Cuba se cernía la amenaza de Haití. La prudencia se volvió justicia, y declararon libres a todos los descendientes de los siervos de la Corona llevados a Santiago del Prado en el siglo XVI.

Y el 19 de mayo de 1801, convocado el pueblo ante la ermita-santuario, con el nervio en la palabra leía el Capellán Ascanio, delante de la Madre que salió a la puerta para festejar con sus hijos, la Real Cédula mediante la cual se devolvía a los cobreros las tierras que laboraban y la libertad conquistada. Así, fueron los esclavos de El Cobre los primeros a quienes se otorgaba la libertad en Cuba: a Ella, a la Virgen, le agradecían el triunfo logrado después de más de un siglo de constante bregar.

El Cobre era faro de libertad para la Isla, la Madre daba fuerza a la esperanza y bríos al espíritu, al calor de su amor, seguía forjándose la identidad de este pueblo que veía crecer, junto a sus raíces, la devoción a la Virgen de la Caridad.

Como en las gestas anteriores, al iniciarse en 1895 la Guerra de Independencia, la Virgen de la Caridad subió con los cubanos a las montañas alentando sus corazones, y cual escarapela tricolor iba su “medida” rodeando el sombrero alón. A Ella se encomendaban en el combate, para Ella había velas encendidas en el altar de campaña aunque la comida escaseara, a Ella habían consagrado su lucha seguros de que les daría la victoria: su amor era su fuerza.

Terminada la guerra que con sobrada valentía ganaron los mambises, el 16 de julio de 1898 los jefes de los ejércitos español y americano firmaban el Acta de Capitulación bajo la entonces esplendorosa ceiba que los americanos llamaron “Árbol de la rendición”, y nosotros, más muníficos, “Árbol de la Paz”. Al día siguiente, se llevaron a cabo las ceremonias formales en las cuales tampoco pudieron estar presentes los cubanos: el General William Shafter negó a las fuerzas del Mayor General Calixto García, el gran estratega que hizo posible la victoria, el derecho -ganado con sangre y sacrificio- de marchar victoriosamente por las calles de Santiago de Cuba.

La respuesta viril y criolla del Jefe del Ejército Oriental no es de extrañar, fue la de un hombre de identidad cubanísima y de fe inculturada: ordenar a su Estado Mayor -al mando del General Agustín Cebreco– que “celebre el triunfo de Cuba sobre España en Misa solemne con Te Deum a los pies de la imagen de la Virgen de la Caridad”. Y el 8 de septiembre de 1898 se celebró en el antiguo Santuario “la primera fiesta religiosa en Cuba Libre e Independiente”.  El tema del sermón que predicara el P. Desiderio Mesnier no deja lugar a dudas sobre la intención político-religiosa de la celebración: “los cubanos tienen en la Virgen de la Caridad una Madre que los enseñará a consolidar una República Cristiana”.

Y para que así constara en los anales de la historia, firmaron esa mañana el Acta levantada junto a la imagen venerada los oficiales del Ejército Libertador Cubano, y también los del ejército americano presentes en la celebración. Esta Acta, que se conserva en los archivos como preciada reliquia, se considera como la Declaración Mambisa de la Independencia, y es expresión del compromiso del cubano con la Iglesia de su tierra y para su tierra.

Después que ondeara, ella sola, la bandera de la estrella solitaria en mayo de 1902, muchos acudieron, desde todos los confines de la Isla, a dar gracias a la Virgen por la Independencia de la Patria. Pasaron los años, y la joven República crecía en medio del desaliento, el caudillismo, las injusticias sociales, y aún cierta pérdida del sentido patrio. El ambiente anticlerical imperaba.

Y es en esos momentos difíciles para la Iglesia y para la Patria que los mambises veteranos del Consejo Territorial de Oriente, encabezados por los generales Jesús Rabí y Agustín Cebreco, van hasta El Cobre para solicitar al Papa que declare Patrona de Cuba a la Virgen de la Caridad.

Proclamarse devoto de María del Cobre en las postrimerías del siglo XIX, y en los albores del XX, significaba confesarse católico y valorar lo propio sobre lo foráneo, era un gesto de cubanía acendrada, y es dentro de este contexto político-religioso que enmarcamos el hecho con el que iniciamos estas líneas.

No fue este tercer hito del hecho cobrero un simple gesto piadoso de guerreros devotos, sino expresión singular de fe vivida con compromiso patrio, de coherencia en su actuar de laicos con sentido profundo de Iglesia y Nación, de católicos que ven en María de la Caridad a la Madre de Dios y de Cuba en un estrechar de lazos entre fe y cubanía.

Han pasado los años, se han sucedido los cambios, y nuestra sociedad se ha transformado grandemente. La emigración constante ha desangrado las familias, la penuria desvanece los valores tradicionales, la pena consume el alma nacional. Y el amor a la Madre del Cobre renace, revive tradiciones, y busca entre los mares la ansiada libertad.

Hoy nosotros, como ayer nuestros viejos mambises, pedimos a la Madre nos ayude a construir la República cordial con todos y para el bien de todos que soñara Martí.

Esta plegaria resuena también en otras tierras, allende el mar, doquiera se halleun hijo de esta Nación en diáspora, que aunque saliera de la Isla con la maleta vacía y el corazón en vilo, preso de emociones opuestas, llevaba en lo hondo de su ser el amor a la Patria que atrás quedaba junto al deseo -quizá recóndito- de alcanzar su libertad. Y volcaba ese amor en símbolos: la Bandera patria y la Virgen cubana. Por eso nombra a su barca “Cachita” y lleva al cuello su medalla.Así muestra su cubanía el hermano de la diáspora: ser amante de María del Cobre le hace sentir su arraigo a tradiciones ancestrales de su suelo natal, buscador de la Madre y de la Libertad, aunque no vaya a la Iglesia ni haya oído la Palabra. Han cambiado los signos de los tiempos.

Ayúdanos Madre, en medio de nuestras dudas y miserias, a tender la mano al que necesita ayuda, a compartir nuestro escaso pan con el hambriento, a dar sin reservas de lo poco que tenemos al que necesita más, a sacar fuerzas de nuestra flaqueza porque nos fortalece la esperanza de la fe. Que no aceptemos el mal como necesario, ni miremos las carencias injustas como una nueva normalidad. Porque lo injusto nunca será normal. Protege a Cuba con tu manto maternal de la violencia creciente, que la penuria no menoscabe nuestra humanidad.

Tú, que en tus manos sostienes a tu Hijo y a la Cruz, sé nuestra intercesora ante Él para que nuestro pueblo crucificado reviva en sí el valor desbordante del pasado, para que nuestro presente sea el empeño por construir una Patria fraterna que garantice un futuro límpido donde reinen la Paz que es fruto de la Justicia y la verdadera Libertad.

Te invoco, Madre del Amor, con la “Plegaria de un yagüero” :

Estrella de la mañana,

que anuncias un nuevo día:

Apresura para Cuba

el alba de la libertad.

Y termino con una estrofa de Virgen Mambisa, en su versión original, tal como la he oído en otros lares, tal como quisiera escucharla aquí en mi tierra:

Madre, que en tus campos sembraste,

flores de paz y comprensión.

Dale libertad a tu pueblo,

siembra amorosa la unión.

Todos tus hijos a ti clamamos,

Virgen Mambisa, que seamos hermanos.

 

 


María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).
Profesora de Física jubilada.
Profesora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.

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