EL FUEGO QUE NO SE CONSUME

Foto tomada de internet.

Teología y espiritualidad del sacerdocio de Cristo

Exordio: la zarza y el hombre

Hermanos, amigas y amigos:

Antes de que Moisés comprendiera nada, ya se había descalzado. Vio una zarza que ardía y no se consumía, y supo —con ese saber que precede a las palabras— que estaba pisando tierra santa (cf. Éx 3, 1-5). Me gustaría que esta tarde nos acercáramos al misterio del sacerdocio con la misma reverencia descalza, porque el sacerdocio de Cristo, y el sacerdocio que de Él participa, es precisamente eso: un fuego que arde sin consumir lo que toca. Un hombre que se ofrece entero y, sin embargo, no se destruye. Un Dios que se abaja hasta la carne y, sin embargo, no deja de ser Dios. Una zarza que arde… y sigue siendo zarza.

San Juan Crisóstomo, comentando la Carta a los Hebreos, se detiene extasiado ante esta paradoja: contempla a Aquel que es «resplandor de la gloria e impronta de la sustancia» del Padre, el que está sentado a la derecha del Padre, y lo ve descender, hacerse hermano nuestro, no honrarnos solo con la fraternidad, sino de diversas maneras, hasta querer ser nuestro Sumo Sacerdote ante el Padre.

«No existe otra causa de la redención; ¡esa sola! En efecto, nos ve abatidos en tierra, perdidos, tiranizados por la muerte, y tiene misericordia.»

— SAN JUAN CRISÓSTOMO, Sobre la Carta a los Hebreos, hom. 5, 12

Ahí está el primer movimiento del misterio: el sacerdocio no nace de una necesidad de Dios, sino de su amor compasivo, que desciende hasta nuestra miseria para levantarnos. Pero ese amor, en cuanto nos alcanza, no se detiene en un solo sentido: nos capacita también para responder, para devolver al Padre, por Cristo, la alabanza y el culto perfectos que la creación, por sí sola, jamás hubiera podido ofrecerle (cf. Hb 5, 1). Compasión que desciende, adoración que asciende: ese doble movimiento es ya la clave de todo lo que sigue. Y de él nace también el sacerdocio ministerial que la Iglesia sigue engendrando: no como una estructura de poder, sino como la prolongación de esa doble mediación.

Quiero proponerles un itinerario en siete tramos. Miraremos primero al único Sacerdote, Jesucristo, tal como lo contempla la Carta a los Hebreos. Veremos después cómo ese único sacerdocio se participa —sin dividirse— en un pueblo sacerdotal y en un ministerio ordenado, y nos detendremos en el misterio de actuar in persona Christi. Recorreremos las tres hebras con que ese ministerio se teje: la Palabra, el Sacramento, el Pastoreo. Hablaremos de la santidad que exige y produce. Escucharemos el testimonio del Cura de Ars. Y terminaremos a los pies de una Madre.

I. El único Sacerdote: Cristo según la Carta a los Hebreos

La Carta a los Hebreos es, de todo el Nuevo Testamento, el tratado más denso sobre el sacerdocio de Cristo. Y lo primero que afirma es que este Sumo Sacerdote puede «compadecerse de nuestras debilidades, porque ha sido tentado en todo según nuestra semejanza, excepto en el pecado» (Hb 4, 15). Es decir: antes de ser eficaz, el sacerdocio de Cristo es compasivo. Antes de ofrecer, se ha dejado herir.

San Juan Crisóstomo comenta un versículo que a primera vista escandaliza: «por haber sido puesto a prueba en los padecimientos, es capaz de ayudar a los que también son sometidos a prueba» (Hb 2, 18). Y advierte que esto suena, a primera vista, «muy humillante, bajo e indigno de Dios». Pero inmediatamente explica el sentido:

«Vino para tener la misma experiencia de lo que nosotros padecemos; ahora ya no ignora nuestros sufrimientos; en efecto, no los conoce solo en cuanto Dios, sino también los conoció como hombre mediante la experiencia que tuvo; padeció mucho, supo compadecerse.»

— SAN JUAN CRISÓSTOMO, Sobre la Carta a los Hebreos, hom. 5, 2

No es que Dios necesitara aprender el dolor para poder amarnos: es que quiso conocerlo desde dentro para que ningún sufrimiento nuestro le fuera ajeno. Simeón el Nuevo Teólogo lo dirá con una imagen entrañable: Dios, a quien sirven miríadas de potencias, aquel cuya majestad nadie puede resistir,

«No ha desdeñado hacerse padre, amigo y hermano de los rechazados; ese mismo ha querido encarnarse para parecerse a nosotros en todo, menos en el pecado, y hacernos partícipes de su gloria y de su reino. ¡Qué riqueza tan grande la de su bondad! ¡Qué inefable condescendencia la de nuestro Dios y Señor!»

— SIMEÓN EL NUEVO TEÓLOGO, Catequesis, 2, 4

Pero la Carta a los Hebreos no se detiene en la compasión: busca también el antecedente de este sacerdocio, y lo encuentra en una figura enigmática del Génesis, Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Altísimo, que sale al encuentro de Abrahán con pan y vino (cf. Gn 14, 18; Sal 110, 4; Hb 7). Cristo no es sacerdote según el linaje de Aarón —eso lo habría hecho tributario de una Ley que él mismo venía a cumplir y a superar—, sino «sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec» (Sal 110, 4; Hb 7, 17). El venerable Beda explica por qué esta figura era necesaria:

«Melquisedec era sacerdote de Dios mucho antes que el sacerdocio de la Ley y ofreció al Señor pan y vino […]. Nuestro Redentor era sacerdote según el orden de Melquisedec, porque, abolidas las víctimas conforme a la Ley, instituyó un sacrificio a partir del ofrecimiento del misterio de su cuerpo y de su sangre en el Nuevo Testamento.»

— SAN BEDA EL VENERABLE, Homilías sobre los Evangelios, 2, 19

El pan y el vino de aquel rey antiguo eran, sin saberlo el propio Melquisedec, una profecía esperando su cumplimiento. Y hay más: la misma Carta lo describe «sin padre, sin madre, sin genealogía» (Hb 7, 3), sin origen ni fin conocidos en el relato del Génesis, precisamente para prefigurar un sacerdocio que no depende, como el levítico, de la carne y de la sangre, sino que permanece —como Cristo— para siempre.

Y aquí llegamos a lo que podríamos llamar el corazón teológico de toda la Carta a los Hebreos, resumido por Crisóstomo en una fórmula lapidaria:

«No hay sacerdote sin sacrificio; por eso conviene también que Cristo tenga un sacrificio.»

— SAN JUAN CRISÓSTOMO, Sobre la Carta a los Hebreos, hom. 14, 1

Si Cristo es Sumo Sacerdote no es solo por su dignidad sino porque tiene, como todo sacerdote, algo que ofrecer (cf. Hb 8, 3). Y lo que ofrece no es un cordero ajeno: se ofrece a sí mismo, sacerdote y víctima a la vez, el que ofrece y lo ofrecido.

Conviene fijar aquí, con toda precisión, algo que la teología católica nunca ha dejado de subrayar: Cristo «se ofreció una sola vez para siempre» (ephapax, Hb 9, 28; 10, 10), y precisamente por eso «vive siempre para interceder» por nosotros desde su resurrección (Hb 7, 24-25). El sacrificio de la cruz es, así, único e irrepetible: nada puede añadírsele, y ningún altar ofrece «otro» sacrificio junto al suyo. ¿Qué significa entonces que Cristo sea sacerdote «para siempre»? Significa que aquel único sacrificio, ofrecido una sola vez, sigue alcanzando a cada generación por el ministerio de quienes actúan en nombre de Cristo. La Misa no repite ni completa la Cruz: la hace sacramentalmente presente, como memorial vivo, sin añadirle nada. El venerable Beda describe esta actualización con una ternura casi materna:

«Todos los días Él quita los pecados del mundo, todos los días nos lava de nuestros pecados con su sangre, cada vez que se renueva la memoria de su pasión en el altar.»

— SAN BEDA EL VENERABLE, Homilías sobre los Evangelios, 1, 15

Quedémonos, pues, con esta primera certeza, sólida como piedra angular: hay un solo Sacerdote verdadero, Jesucristo, que se ofreció en sacrificio a sí mismo, una sola vez, para siempre. Todo lo demás que digamos esta tarde sobre el sacerdocio ministerial no es sino la manera en que ese único misterio sigue tocando la historia.

II. Un sacerdocio que se derrama: de Cristo a la Iglesia

Si existe un solo Sacerdote y un solo Sacrificio, ¿qué son entonces los sacerdotes que la Iglesia ordena desde hace veinte siglos? San Agustín de Hipona formuló la respuesta con una precisión que todavía hoy sostiene toda la teología del ministerio:

«Él es el verdadero Sacerdote que se ofreció a sí mismo en holocausto por nosotros. Él mismo es el Sacerdote y Él mismo es la Víctima. Y quiso que el sacrificio que la Iglesia ofrece diariamente fuera el sacramento de aquella realidad.»

— SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, X, 20

Sacramento: es decir, signo eficaz, no repetición ni añadido. Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía no ofrece «otro» sacrificio junto al de Cristo, sino que lo reactualiza sacramentalmente, de modo incruento, como memorial vivo (anámnesis), haciendo presente bajo las especies de pan y vino al mismo Cristo, real, verdadera y sustancialmente inmolado una sola vez en la cruz (cf. Concilio de Trento, DS 1740).

Y sin embargo —aquí está la maravilla— ese único Sacerdote no actúa solo desde fuera de nosotros: nos incorpora a su propio sacerdocio.

«Él, que era el verdadero Sacerdote, se hizo para nosotros la Víctima; de modo que nosotros, haciéndonos su cuerpo, tuviéramos en Él nuestro sacerdocio.»

— SAN AGUSTÍN, Comentarios a los Salmos, Sal 129, 3

De ahí nace lo que el Concilio Vaticano II llamará el «sacerdocio común de los fieles»: todo bautizado, incorporado a Cristo, participa de su unción sacerdotal y puede ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios (cf. 1 Pe 2, 5.9; Presbyterorum Ordinis, 2). Agustín lo expresa con una fórmula memorable:

«Así como a todos los llamamos cristianos por el místico crisma, así a todos los llamamos reyes y sacerdotes, porque son miembros del único Rey y del único Sacerdote.»

— SAN AGUSTÍN, La Ciudad de Dios, XX, 10

Pero dentro de ese único pueblo sacerdotal, Cristo quiso instituir otro tipo de participación que el Concilio califica, con toda precisión, de diferencia no solo de grado, sino de esencia (essentia et non gradu tantum, cf. Lumen Gentium, 10) —sin que ello suponga otra naturaleza humana ni otra gracia bautismal, sino una configuración sacramental nueva—, para que la acción salvífica de Cristo no quedara difusa, sino que tuviera manos concretas, voz concreta, rostro concreto en medio de la comunidad. Así lo recoge el decreto conciliar Presbyterorum Ordinis:

«[Cristo] entre ellos constituyó a algunos ministros que, ostentando la potestad sagrada en la sociedad de los fieles, tuvieran el poder sagrado del Orden, para ofrecer el sacrificio y perdonar los pecados, y desempeñar públicamente, en nombre de Cristo, la función sacerdotal en favor de los hombres.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 2

Y el decreto añade una frase que resume en pocas palabras toda la fundamentaciónsacramental del Orden: los presbíteros, «por la unción del Espíritu Santo, quedan marcados con un carácter especial que los configura con Cristo Sacerdote, de tal forma que pueden obrar en nombre de Cristo Cabeza» (Presbyterorum Ordinis, 2).

Adviertan las dos palabras que no podemos dejar pasar: unción y carácter. Es el Espíritu quien consagra —como consagró al mismo Cristo, ungiéndolo para su misión (cf. Lc 4, 18; Hb 9, 14)—, y lo que imprime es un sello espiritual e indeleble (character indelebilis: Concilio de Trento, DS 1609; Catecismo de la Iglesia Católica, 1582-1583) que ni el pecado ni el abandono del ministerio pueden borrar: el sacerdote no hace de sacerdote en ciertos momentos, sino que es sacerdote para siempre. Y ese carácter nunca se recibe de manera autónoma: se confiere por la imposición de manos de un obispo que sucede a los apóstoles, e inserta al ordenado en un presbiterio diocesano que comparte, en comunión con él, un único ministerio (cf. Lumen Gentium, 28; Presbyterorum Ordinis, 7). No hay sacerdote sin obispo, y se es presbítero en medio de un presbiterio.

Santo Tomás de Aquino había preparado el terreno para esta afirmación siglos antes, con su habitual precisión quirúrgica. Define lo propio del sacerdote como mediación:

«Lo propio del sacerdote es ser mediador entre Dios y el pueblo: en cuanto que entrega al pueblo las cosas divinas […] y en cuanto que ofrece a Dios las oraciones del pueblo y satisface por sus pecados.»

— SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, III, q. 22, a. 1

Y remata con una fórmula que ordena de un plumazo toda la historia de la salvación:

«Cristo es la fuente de todo sacerdocio; pues el sacerdote de la Antigua Ley era figura de Él, mientras que el sacerdote de la Nueva Ley obra en su persona.»

— SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, III, q. 22, a. 4, ad 2

Obra en su persona. In persona Christi. Ninguna otra expresión ha marcado tanto la teología del sacerdocio ministerial. Y quizás nadie la defendió con más coraje pastoral que San Agustín, enfrentado a la herejía donatista, que pretendía que la validez de los sacramentos dependía de la santidad personal del ministro. Contra esa tentación —tan actual, por cierto, cada vez que juzgamos la eficacia de la Iglesia por la fidelidad o la infidelidad de sus ministros— Agustín escribió una de las frases más liberadoras de toda la patrística:

«Bautice Pedro, es Cristo quien bautiza; bautice Pablo, es Cristo quien bautiza; bautice Judas, es Cristo quien bautiza.»

— SAN AGUSTÍN, Tratados sobre el Evangelio de San Juan, 6, 7

El sacramento no es un espejo de la virtud del ministro: es un cauce de la fidelidad de Cristo. Por eso Santo Tomás podrá afirmar más tarde, con la misma serenidad:

«El sacerdote administra los sacramentos no por virtud propia, sino en virtud de Cristo, de quien es ministro. Por eso la maldad del ministro no invalida el efecto del sacramento.»

— SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, III, q. 64, a. 5

San Ambrosio de Milán, que había sido magistrado civil antes que obispo, y que por tanto sabía bien lo que es y no es el poder humano, describe esta mediación con una imagen litúrgica preciosa:

«No veas en el sacerdote solo las apariencias humanas, sino la gracia del misterio. El sacerdote habla, pero es la virtud de Cristo la que obra; el sacerdote impone las manos, pero es Dios quien concede la bendición.»

— SAN AMBROSIO DE MILÁN, De Sacramentis, I, 2, 4

Y sobre la Eucaristía, con esa audacia verbal propia de los grandes Padres:

«Antes de la consagración es pan; pero cuando se añaden las palabras de Cristo, se convierte en el Cuerpo de Cristo […]. La palabra del sacerdote transforma la criatura terrenal en la realidad divina.»

— SAN AMBROSIO DE MILÁN, De Sacramentis, IV, 4, 14

Adviértanlo bien: no dice «las palabras del sacerdote», sino «las palabras de Cristo» pronunciadas por su boca. El sacerdote presta la voz; Cristo pronuncia la palabra que crea.

III. “Ya no vivo yo”: la expropiación sacerdotal

Quiero ahora hablar de un teólogo que dedicó buena parte de su vida a explicar, con lenguaje contemporáneo, este mismo misterio: Joseph Ratzinger, Benedicto XVI. Su intuición central es que el sacerdocio no puede reducirse a una «función» —administrativa, sociológica, ni siquiera de liderazgo comunitario—, sino que constituye una verdadera transformación ontológica.

«El sacerdocio no es un simple ‘oficio’, sino un sacramento: Dios se vale de un pobre hombre para estar, a través de él, presente entre los hombres y actuar en su favor.»

— BENEDICTO XVI, Homilía en la clausura del Año Sacerdotal, 11 de junio de 2010

Ratzinger describe el núcleo de la ordenación con una palabra fuerte, casi dolorosa: expropiación.

«En el fondo de la consagración sacerdotal está el misterio de la expropiación de sí mismo: la persona ya no se pertenece a sí misma, sino que pertenece a Cristo. ‘Ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí’ (Gál 2, 20). Este ‘en nombre de Cristo’ (in persona Christi) significa que el sacerdote nunca habla en su propio nombre, sino que hace resonar la voz del Único.»

— JOSEPH RATZINGER, Obras Completas XII: Predicadores de la Palabra y servidores de vuestra alegría

Expropiarse no significa aniquilarse, como si la gracia borrara la personalidad, la libertad o la afectividad del sacerdote: la gracia no destruye la naturaleza, la perfecciona (gratia non tollitnaturam, sed perficit). Expropiarse es, más bien, dejar sitio: como un cristal que no se disuelve para dejar pasar la luz, sino que, siendo plenamente cristal —transparente, pulido, él mismo—, permite que la luz lo atraviese sin distorsionarla. El sacerdote sigue siendo enteramente él mismo, con su temperamento y su historia; pero todo eso, lejos de interponerse, se pone al servicio de un Amor que lo desborda.

Y sin embargo esta expropiación no es la aniquilación de la persona del sacerdote, sino su transformación en amistad. Ratzinger insiste una y otra vez:

«Ser sacerdote significa convertirse en amigo de Jesucristo, y esto cada vez más con toda nuestra existencia. El mundo necesita de Dios —no de un Dios cualquiera, sino del Dios de Jesucristo—, y el sacerdote debe ser el hombre que abre este acceso a Dios.»

— JOSEPH RATZINGER, Carta con motivo de la Convocación del Año Sacerdotal, 16 de junio de 2009

El presbítero no es un funcionario de lo sagrado ni un burócrata de lo divino: es, ante todo, alguien invitado a «estar con Él» (cf. Mc 3, 14), y que desde esa cercanía se convierte en puente para los demás. Por eso Ratzinger puede afirmar, con una insistencia casi preocupada, que

«Un sacerdote que no reza o que no adora ante el Tabernáculo se convierte en una fuente seca.»

— JOSEPH RATZINGER, Discurso al clero de la diócesis de Roma, 13 de mayo de 2005

Fuente seca. Qué imagen tan certera para nuestro tiempo, en el que tantas veces medimos el valor de un ministerio por su eficacia organizativa, por el número de actividades, por la agenda llena, olvidando que un río solo puede dar agua mientras permanece unido a su manantial.

IV. Tres hebras de un mismo tejido: Palabra, Sacramento, Pastoreo

El decreto Presbyterorum Ordinis, promulgado por Pablo VI el 7 de diciembre de 1965, tradujo toda esta teología en una descripción concreta, casi arquitectónica, del ministerio presbiteral, organizada en tres funciones que corresponden a la triple misión de Cristo, Maestro, Sacerdote y Rey (cf. Presbyterorum Ordinis, 1).

La primera es el ministerio de la Palabra:

«El Pueblo de Dios se reúne, ante todo, por la palabra de Dios vivo, que con todo derecho hay que esperar de la boca de los sacerdotes […], porque con la palabra de salvación se suscita la fe en el corazón de los no creyentes y se robustece en el de los creyentes.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 4

Adviertan la precisión que el decreto añade de inmediato, y que sigue siendo tan necesaria hoy como entonces: «es siempre su deber enseñar, no su propia sabiduría, sino la palabra de Dios» (Presbyterorum Ordinis, 4). El presbítero no predica sus opiniones: presta su lengua a un Verbo que no le pertenece y que lo trasciende. Por ello muchas veces tiene la experiencia de estar predicando una Palabra que lo sobrepasa y que se vuelve, para él mismo, espada de doble filo que penetra hasta lo más hondo.

La segunda función es sacramental, y culmina en la Eucaristía. El decreto la describe con una densidad extraordinaria:

«Congrega Dios a los presbíteros, por ministerio de los obispos, para que, participando de una forma especial del Sacerdocio de Cristo, en la celebración de las cosas sagradas, obren como ministros de Quien por medio de su Espíritu efectúa continuamente por nosotros su oficio sacerdotal en la liturgia.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 5

Y añade la frase que resume la eclesiología eucarística del Concilio:

«En la Sagrada Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia […]. Por lo cual, la Eucaristía aparece como la fuente y cima de toda la evangelización.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 5

Y hay un matiz que conviene no perder: cuando el presbítero reza el Oficio divino o intercede en el Canon eucarístico, no habla solo in persona Christi Capitis, sino también in persona Ecclesiae, prestando su voz a la Esposa entera que se dirige a su Esposo (cf. Santo Tomás, Summa Theologiae, III, q. 82, a. 1). Las dos mediaciones no compiten: se implican. Todo lo demás que el presbítero hace —predicar, visitar, organizar, acompañar— fluye de este centro y hacia este centro regresa, como los radios de una rueda que solo tienen sentido en relación con el eje.

La tercera función es el pastoreo:

«Los presbíteros, ejerciendo según su parte de autoridad el oficio de Cristo Cabeza y Pastor, reúnen […] a la familia de Dios, como una fraternidad unánime, y la conducen a Dios Padre por medio de Cristo en el Espíritu.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 6

Y aquí el decreto hace una opción que no es accesoria, sino evangélica en su misma raíz: «aunque se deban a todos, los presbíteros tienen encomendados a sí de una manera especial a los pobres y a los más débiles, a quienes el Señor se presenta asociado» (Presbyterorum Ordinis, 6).

Pero este pastoreo no se agota en la cercanía diligente y afectiva hacia los pequeños; incluye también, cuando las circunstancias lo exigen, una libertad incómoda frente a quienes ostentan el poder de este mundo. Ya en el siglo IV, San Ambrosio de Milán, que había gobernado antes como magistrado civil y sabía por ello medir el peso de un trono, no dudó en plantarse ante el propio emperador Teodosio para exigirle penitencia pública tras la masacre de Tesalónica. Aquel gesto no nacía de la soberbia clerical, sino de una convicción teológica muy precisa, que formuló así:

«El obispo y el sacerdote deben preferir la verdad a la adulación. No es propio del sacerdote callar la verdad ante los poderosos, ni es propio de un buen gobernante rechazar la libre voz del pastor que busca el bien del rebaño.»

— SAN AMBROSIO DE MILÁN, Epistulae, carta 40 [al emperador Teodosio], n. 2

Adviertan la reciprocidad de la frase: no solo el pastor tiene el deber de hablar, también el gobernante tiene el deber de escuchar. Lo que mueve a Ambrosio no es un afán de protagonismo político ni la defensa de intereses eclesiásticos, sino algo mucho más sencillo y, a la vez, mucho más exigente: el bien de la grey que se le ha confiado. Un pastor que calla por miedo, o que adula por conveniencia, deja de ser pastor: se convierte en cortesano. Y un rebaño confiado a un cortesano queda, tarde o temprano, abandonado a su suerte.

Quince siglos después, Joseph Ratzinger reconoció en esta misma libertad una de las tareas más urgentes del sacerdote frente al relativismo de nuestro tiempo, que ya no persigue con espadas ni con edictos imperiales, sino con la presión más sutil, y a veces más eficaz, de la indiferencia y de la moda:

«El sacerdote debe tener la valentía de enseñar la Verdad de Dios, incluso cuando sea impopular o incomode. Su misión no es gustar al mundo ni adaptarse a sus corrientes cambiantes, sino ser un faro que señale el horizonte de la eternidad.»

— JOSEPH RATZINGER, Carta a los Sacerdotes con ocasión del Bicentenario del Cura de Ars, 19 de junio de 2009

Ambrosio ante un emperador y Ratzinger ante una cultura entera coinciden en el mismo punto de apoyo: el sacerdote no recibe su autoridad del consenso ni de la simpatía que despierte, sino de Aquel a quien representa. Por eso puede permitirse “no gustar”. No busca en ello la incomodidad como mérito, ni el enfrentamiento como estilo; busca, sencillamente, no vender el bien de su pueblo a cambio de una aprobación pasajera. El pastor que se debe a Cristo Cabeza no puede, sin traicionarse, dejarse gobernar por los compromisos del siglo. Su libertad ante los poderosos no es rebeldía, sino fidelidad; y es esa fidelidad, no la conveniencia, la que en definitiva protege al rebaño.

Palabra, Sacramento, Pastoreo: tres hebras de un mismo tejido, que no pueden separarse sin desgarrar la identidad presbiteral. Un sacerdote que solo predicara sin celebrar se convertiría en un conferenciante religioso; uno que solo celebrara sin predicar ni pastorear, en un funcionario del rito. Solo las tres juntas —anunciar, celebrar, pastorear— dibujan el rostro completo del presbítero.

La reflexión teológica posterior al Concilio ha sabido nombrar estas mismas realidades con otras tres palabras, que ofrezco como llave de lectura: sacramentalidad, ministerialidad, relacionalidad. La sacramentalidad nos dice que el sacerdote no actúa por cuenta propia, sino que su ser mismo se convierte en signo eficaz de la acción salvadora de Cristo, presencializandosacramentalmente al único Sacerdote. De ahí una exigencia concreta: los sacerdotes han de «ocultarse» para que en su acción se haga visible el Señor, pues cuanto más disponible se hace el ministro, más se identifica con Aquel a quien sirve. La relacionalidad, por su parte, nos recuerda que el sacramento del Orden introduce al presbítero «en una red de relaciones constitutivas de su identidad», de modo que su vocación no puede vivirse en el aislamiento, sino como «hombre de comunión» (cf. Juan Pablo II, Pastores Dabo Vobis, 43). El sacerdote, en definitiva, no es sacerdote para sí, sino en medio de, y para, un pueblo.

V. La santidad exigida: vocación a la perfección y unidad de vida

Todo esto tiene una consecuencia que el Concilio no dudó en formular con firmeza: si el sacerdote representa a Cristo, está llamado también a parecérsele.

«Por el Sacramento del Orden los presbíteros se configuran con Cristo Sacerdote […] para poder proseguir, a través del tiempo, su obra admirable, que reintegró, con divina eficacia, todo el género humano. […] Puesto que todo sacerdote representa a su modo la persona del mismo Cristo, tiene también […] la gracia singular de poder conseguir más aptamente la perfección de Aquel cuya función representa.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 12

No se trata, pues, de una exigencia moral añadida desde fuera, como una norma más entre otras, sino de una gracia inscrita en el sacramento mismo: el Orden no solo capacita para actuar, sino que impulsa —si el sacerdote se deja llevar— hacia la santidad.

El Concilio es realista sobre las tensiones de la vida sacerdotal en el mundo moderno. Reconoce que

«Siendo en el mundo moderno tantos los cargos que deben desempeñar los hombres y tanta la diversidad de los problemas […], no es raro que se vean en peligro de desparramarse en mil preocupaciones.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 14

¡Qué actual suena esta frase, escrita hace sesenta años, en nuestra época de agendas saturadas y notificaciones incesantes! Pero el remedio que propone el decreto no es una mera gestión más eficiente del tiempo, sino algo más profundo: la unidad de vida se logra «uniéndose a Cristo en el conocimiento de la voluntad del Padre y en la entrega de sí mismos por el rebaño que se les ha confiado» (Presbyterorum Ordinis, 14). Y añade la clave que da nombre a toda espiritualidad sacerdotal católica: la caridad pastoral, que

«Fluye sobre todo del Sacrificio Eucarístico, que se manifiesta por ello como centro y raíz de toda la vida del presbítero, de suerte que lo que se efectúa en el altar lo procure reproducir en sí el alma del sacerdote.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 14

Lo que se efectúa en el altar, reproducido en el alma. Ahí está, me parece, la fórmula más bella de cuanto el Concilio dijo sobre la espiritualidad sacerdotal. En cada Misa el sacerdote pronuncia sobre el pan y el vino las palabras de la consagración; pero esas mismas palabras deberían, poco a poco, consagrarlo también a él: esto es mi Cuerpo, entregado; esta es mi Sangre, derramada. El altar no es solo el lugar donde el sacerdote actúa: es también el espejo donde debería reconocerse.

A esta configuración con Cristo Cabeza y Pastor, la reflexión posconciliar añade una tercera clave, tan discreta como decisiva: el presbítero actúa también in persona Christi Sponsi, del Esposo que entrega la vida por su Iglesia Esposa (cf. Juan Pablo II, Pastores Dabo Vobis, 22). En esa misma clave se comprende el celibato por el Reino de los cielos: no como una renuncia estéril, sino como signo —y participación real— de esa entrega esponsal, total y sin condiciones, con que Cristo se ha unido para siempre a su Iglesia.

VI. El testimonio incandescente: San Juan María Vianney

Toda esta teología, que puede sonar abstracta cuando se enuncia con el rigor de la Escuela, se vuelve incandescente cuando la vemos encarnada en un hombre concreto. Pienso en Jean-Baptiste Vianney, humilde párroco de un pueblecito francés de apenas doscientos treinta habitantes, que llegaría a ser conocido en toda Europa simplemente como «el Cura de Ars», y a quien la Iglesia proclamaría después patrono de todos los párrocos del mundo.

Vianney no escribió tratados. Pero en sus catequesis dominicales, transmitidas oralmente y recogidas después por quienes lo escuchaban, condensó en frases sencillísimas toda la teología que hemos ido desgranando esta noche. Sobre la identidad del sacerdote, decía sencillamente:

«El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús.»

— SAN JUAN MARÍA VIANNEY, en B. Nodet, Le Curé d’Ars: Sa pensée, son cœur, cap. IV

Y sobre su grandeza, con esa desproporción típica de los santos:

«Si comprendiéramos bien lo que es el sacerdote en la tierra, moriríamos no de miedo, sino de amor.»

— SAN JUAN MARÍA VIANNEY, Catequesis sobre el Sacerdocio

Nada expresa mejor la doctrina de la sacramentalidad —de la que hablábamos antes— que esta enseñanza suya, dirigida a sus feligreses con esa mezcla de humor y hondura que lo caracterizaba:

«Vaya a confesarse con la Santísima Virgen o con un ángel. ¿Le absolverán? […] Aunque tuvieseis doscientos ángeles ahí, no podrían absolveros. Un sacerdote, por muy sencillo que sea, sí puede. Puede deciros: ‘vete en paz, te perdono’.»

— SAN JUAN MARÍA VIANNEY, Sermón sobre el Sacramento del Orden

Es la misma teología que enseñaba Ambrosio y sistematizaba Tomás de Aquino, dicha en el lenguaje llano de un párroco de campo: el poder de perdonar y consagrar no depende de la inteligencia ni del mérito de quien lo ejerce, sino de la ordenación que lo configura con Cristo.

Vianney dedicaba entre dieciséis y dieciocho horas al día al confesionario. Y explicaba esa entrega con una imagen conmovedora de la misericordia:

«No es el pecador el que vuelve a Dios para pedirle perdón, sino que es Dios mismo quien corre tras el pecador y lo hace volver a Él. Esta gracia de la reconciliación se ha depositado en las manos del sacerdote.»

— SAN JUAN MARÍA VIANNEY, Sermón sobre la Misericordia de Dios

Y advertía, con esa lucidez a veces dura de los santos, sobre el peligro de una vida sacerdotal vaciada de interioridad:

«¡Ay de un sacerdote que celebre la Misa como si fuera una cosa ordinaria! ¡Qué desdichado es un sacerdote sin vida interior! Si el sacerdote se pierde, no se pierde solo: se lleva consigo a una multitud de almas.»

— SAN JUAN MARÍA VIANNEY, Exhortaciones a los clérigos, en M. Monnin, Le Saint Curé d’Ars, t. II

Palabras que deberían acompañar en silencio a todo sacerdote cada noche: no como amenaza, sino como recordatorio de la fecundidad, o de la esterilidad, que su vida interior siembra en tantas otras vidas.

VII. Cierre: a los pies de la Madre

Quisiera terminar donde termina, providencialmente, el mismo decreto conciliar que hemos citado tantas veces. Presbyterorum Ordinis no concluye con una exhortación abstracta, sino con una mirada a una Mujer:

«Veneren y amen los presbíteros con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio.»

— CONCILIO VATICANO II, Presbyterorum Ordinis, n. 18

¿Por qué María, al final de una conferencia sobre teología del sacerdocio? Porque en Ella se cifra, de manera anticipada y purísima, el mismo misterio que hemos venido contemplando: alguien tomado de la tierra, hecho instrumento de comunicación entre Dios y los hombres, sin dejar nunca de ser plenamente humano. San Juan de Ávila, maestro de tantos sacerdotes españoles, se lo decía así a sus propios clérigos, con una audacia que todavía hoy sorprende:

«Mirémonos de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hechos semejantes a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre… Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración.»

— SAN JUAN DE ÁVILA, Plática primera a los sacerdotes

María dijo un «sí» en Nazaret, y el Verbo se hizo carne en su vientre. El sacerdote pronuncia unas palabras en el altar, y el mismo Verbo se hace presente bajo las especies de pan y vino. Dos mediaciones distintas —una por la Encarnación, la otra por la Gracia del Orden— pero unidas en un mismo asombro: el de ser instrumentos pequeños de una obra inmensamente más grande que ellos mismos.

Por eso el mismo decreto pide para los presbíteros aquello que resplandeció en María: «que pueda dar testimonio de caridad a través de la donación total al Señor y a la Iglesia» (Presbyterorum Ordinis, 18). Ella, la primera discípula, la primera creyente, es también, en un sentido profundísimo, la primera en enseñarnos qué significa dejar que Dios haga en nosotros algo que nosotros solos no podríamos hacer.

Volvamos, para terminar, a la zarza del principio. Moisés se descalzó porque comprendió que el fuego que ardía ante él no era un fuego cualquiera. Yo querría que este día cada uno de nosotros —sacerdotes, familiares, amigos del sacerdocio, todos los que formamos ese único pueblo sacerdotal del que hablaba San Agustín— nos hayamos acercado un poco más, descalzos también nosotros, a ese fuego que arde en cada altar, en cada confesión, en cada mano que se alza para bendecir. Un fuego que —como decía Crisóstomo del mismo Cristo— no tiene otra causa que la misericordia. Un fuego que consume el pecado y, sin embargo, no consume al hombre que lo porta. Una zarza que arde… y sigue ardiendo, generación tras generación, hasta que Él vuelva.

 

Fuentes citadas

Sagrada Escritura

Éxodo 3, 1-5; Génesis 14, 18; Salmo 110, 4; Lucas 4, 18; Marcos 3, 14; 16, 15; Hebreos 2, 18; 4, 15; 5, 1-10; 7; 8, 3; 9, 14.28; 10, 10.19-22; Romanos 10, 17; 12, 1.4; 1 Timoteo 2, 5; 1 Pedro 2, 5.9; Gálatas 2, 20; Filipenses 4, 8; Tito 2, 14.

Padres de la Iglesia y autores antiguos y medievales

SAN JUAN CRISÓSTOMO, Sobre la Carta a los Hebreos, homilías 5, 8 y 14.

SIMEÓN EL NUEVO TEÓLOGO, Catequesis, 2.

ECUMENIO, Fragmentos a la Carta a los Hebreos, 5.

SAN BEDA EL VENERABLE, Homilías sobre los Evangelios, libros 1 y 2.

SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, Apología contra Teodoreto en favor de los doce capítulos, 10.

PSEUDO-DIONISIO AREOPAGITA, La jerarquía eclesiástica, 5, 3.

SAN AGUSTÍN DE HIPONA, La Ciudad de Dios (De Civitate Dei), libros X y XX; Comentarios a los Salmos (Enarrationes in Psalmos), Salmos 26 y 129; Tratados sobre el Evangelio de San Juan (In Ioannis EvangeliumTractatus), tratados 6 y 123; Sermones, 340; Contra las cartas de Petiliano, II.

SAN AMBROSIO DE MILÁN, De Sacramentis, libros I y IV; De Officiis Ministrorum, libros I y II; De Poenitentia, I; De Spiritu Sancto, III; Epistulae, 20 y 40.

SANTO TOMÁS DE AQUINO, Summa Theologiae, III, qq. 22 y 64; Suppl., q. 37; II-II, q. 184.

SAN JUAN DE ÁVILA, Pláticas a los sacerdotes, plática 1ª.

San Juan María Vianney

Recogido en B. NODET (comp.), Le Curé d’Ars: Sa pensée, son cœur; Catéchisme sur le Sacerdoce; Sermons du Saint Curé d’Ars; M. MONNIN, Le Saint Curé d’Ars, tomo II.

Magisterio del Concilio Vaticano II y posconciliar

CONCILIO DE TRENTO, Sesión XXIII, Doctrina de sacramento Ordinis (DS 1609); Sesión XXII, Doctrina de sanctissimo Missae sacrificio (DS 1740).

CONCILIO VATICANO II, Constitución dogmática Lumen Gentium (1964), nn. 10 y 28.

CONCILIO VATICANO II, Decreto Presbyterorum Ordinis sobre el ministerio y la vida de los presbíteros (7 de diciembre de 1965), nn. 1, 2, 4, 5, 6, 7, 12, 14, 18.

Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 1582-1583.

SAN JUAN PABLO II, Exhortación apostólica Pastores Dabo Vobis (1992), nn. 22 y 43.

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Joseph Ratzinger / Benedicto XVI

Homilía en la clausura del Año Sacerdotal, 11 de junio de 2010.

La audacia de Dios, carta de convocatoria del Año Sacerdotal, 2009.

Carta con motivo de la Convocación del Año Sacerdotal, 16 de junio de 2009.

Obras Completas XII: Predicadores de la Palabra y servidores de vuestra alegría. Teología y espiritualidad del Orden, Madrid, BAC.

Homilía en la Misa Crismal, Jueves Santo, 13 de abril de 2006.

Discurso al clero de la diócesis de Roma, 13 de mayo de 2005.

 

 

 


Pbro. Jorge Luis Pérez Soto (Güines, 1981).
Sacerdote católico de La Habana.
Máster en Bioética y Licenciado en Teología.
Profesor y pastor.
Reside en La Habana.

 

 

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