El grito de Yara
La tarde caía y el suave crepúsculo antojábaseme manto. Caminaba despacio por la Plaza de Armas aspirando con deleite el olor a tierra húmeda de la brisa presagiosa de lluvia -tan necesaria para calmar la ardiente sequía, de múltiples causas, que lacera hondamente a mi ciudad-. Olor evocador a yerba fresca que transporta mi alma a la finca paterna









