Jueves de Yoandy
Por estos días, con el paso del huracán Melissa por el Oriente cubano, se ha suscitado una vez más el tema de la ayuda humanitaria. Un tema escabroso en el contexto cubano porque siempre corre el riesgo, como casi todo en Cuba, de politizarse. Las terribles secuelas que ha dejado el fenómeno natural, así como el ofrecimiento de diferentes tipos de ayuda humanitaria que se donan por caridad, nos sugieren la necesidad de un reflexión profunda sobre estos temas: ayuda humanitaria, caridad y justicia.
Comencemos por definir claramente estos términos.
Ayuda humanitaria: Según el glosario de la Educación en Emergencias, se refiere a la ayuda y las acciones dirigidas a salvar vidas, aliviar el sufrimiento y mantener y preservar la dignidad humana, tanto durante las situaciones de crisis de origen humano o resultantes de desastres, como en las etapas posteriores a ellas, así como prevenir y reforzar la capacidad de respuesta para cuando se presenten tales situaciones.
El término “caridad” proviene del latín Cháritas, derivado de carus (“querido”), y por lo tanto es un concepto vinculado con el de amor. De acuerdo al pensamiento cristiano, es una virtud teologal que consiste en la práctica del bien y la fraternidad universales, es decir, la benevolencia, la generosidad y la ayuda desinteresada. En ningún caso aparece entre su sinonimia el vocablo “limosna”.
Justicia: Según el Diccionario panhispánico del español jurídico, es un principio constitucionalmente consagrado como valor superior del ordenamiento jurídico en el que confluyen los de razonabilidad, igualdad, equidad, proporcionalidad, respeto a la legalidad y prohibición de la arbitrariedad, ya que, según los casos, se identifica con alguno de estos otros principios. Por otra parte, la RAE la define como idea moral que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece.
Una vez definidos los tres términos, pasemos a reflexionar sobre la relación entre ellos:
Caridad sin justicia
Caridad sin justicia es “pan para hoy y hambre para mañana”. Este refrán popular refleja que este tipo de caridad asistencialista sola no remedia las causas profundas que provocan las pobrezas materiales, morales y espirituales. Mientras no se instaure un sistema que combine libertad de mercado con verdadera justicia social, se regeneran las pobrezas e incluso se incrementan como ha ocurrido en Cuba. Se van acumulando las injusticias como la inflación, los salarios que no dan para vivir, la falta de electricidad, la falta de agua, de medicamentos, de alimentos, de vivienda, de transporte y una larga lista de pobrezas materiales.
A estas se suman las pobrezas morales con la falta de principios éticos, la crisis de los valores morales, la vida en la mentira, la simulación, la corrupción, la chusmería, la delación, entre otra larga lista.
Y a las dos anteriores se suman las pobrezas espirituales: la falta de una espiritualidad, la sequedad de la vida interior, el ateísmo, el agnosticismo, el materialismo de cualquier tipo, la mundanidad, la falta de prácticas religiosas auténticas, la impiedad, entre otras.
Ninguna de estas pobrezas se resolverá en Cuba solo con obras de caridad puntuales y asistenciales. Es necesario cambiar de raíz las estructuras de pecado, de injusticia, de explotación y de represión.
Justicia sin caridad
Justicia sin caridad es lo contrario. Las estructuras e instituciones que promueven la justicia se vuelven tan complicadas y burocráticas, que se demoran en llegar al necesitado, y cuando llegan no logran satisfacer todas las necesidades materiales, morales y espirituales que las mencionadas pobrezas demandan.
Siempre será necesaria la caridad puntual junto con la seguridad social y la asistencia social. Dice un refrán latino que “la suprema justicia es la suprema injusticia” porque se deshumaniza, despersonaliza a los que la ejercen y no incluye el amor y la entrega desinteresada al prójimo.
La síntesis: Justicia con Caridad
Esta es la síntesis que Cuba y el resto del mundo necesitan. Esa combinación entre justicia y caridad a nivel estructural, cívico y personal, será la mejor propuesta para que nuestro pueblo pueda salir de la miseria existencial en que nos han hundido.
Para que haya justicia con caridad es indispensable un cambio económico, político y social, cultural y espiritual. Sin cambio no habrá justicia y la caridad se politizará, se desviará, se corromperá.
Es por ello que la Iglesia y las demás organizaciones de la sociedad civil no deben esperar todo del Estado, ni deben convertirse en meras correas de transmisión como si fueran meras agencias de distribución. La Iglesia tiene la grave responsabilidad de acudir en auxilio de los pobres y necesitados de cualquier vulnerabilidad; pero igualmente, y al mismo tiempo, tiene la grave responsabilidad de trabajar por la sanación antropológica, por la regeneración moral, por la educación cívica y por la reconstrucción espiritual de Cuba.
Quiera Dios que con el deber de la ayuda material no olvidemos jamás que la misión de la Iglesia va más allá de los alimentos y los medicamentos del cuerpo, más allá de los techos, los tanques y la ropa. La misión de la Iglesia debe ser el desarrollo humano integral: cuerpo, eticidad, civismo y espíritu.
Este es el anuncio íntegro del Evangelio de Jesucristo. Esta es la buena noticia de liberación integral y no solo de la pobreza material que espera nuestro pueblo después de este ciclón que dura ya más de 66 años.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

