Un Día del Médico con un sistema de salud en quiebra

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Durante mucho tiempo Cuba figuraba como referente para la comunidad internacional en dos sectores clave en la sociedad: por tener la educación y la salud al alcance de todos y con una cierta calidad, aunque en el caso del sistema de educación ha estado politizado.

No es de extrañar que, a pesar de la mala calidad de vida del cubano en la actualidad, aún las estadísticas que brindan algunos organismos nacionales e internacionales ubiquen en puestos aceptables a nuestro país si de índice de desarrollo humano se trata. Son unos cálculos que pocos saben cómo se realizan y muchos, o casi nadie, cree o entiende porque no existe correspondencia entre una cifra fría y la realidad precaria y hasta dolorosa del ciudadano común. Hoy podemos decir que aquellas dos columnas de Hércules que sostenían, digamos, la moral cubana, se han venido abajo con la crisis estructural y sistémica que abarca, más allá de ambos sectores, a todo lo relacionado con el desarrollo humano integral.

A propósito del Día de la Medicina Latinoamericana que recordábamos ayer 3 de diciembre, comemorando, cada año, el nacimiento del gran médico y científico cubano Carlos J. Finlay, me gustaría hacer algunas valoraciones sobre la salud en Cuba.

Dicho sea por adelantado que felicito a todos los médicos, enfermeros y personal de la salud en general, por su meritoria y sacrificada labor, aún en medio de esta crisis terminal. Si su trabajo es bueno, si son profesionales comprometidos con la vida y el bienestar del paciente, solo puede ser por amor a su profesión y por mérito propio, porque las condiciones para desempeñar tan noble labor son ínfimas y el sacrificio que muchos tienen que realizar no encuentra correspondencia con el tratamiento institucional, los salarios recibidos, ni la disponibilidad de recursos para el ejercicio eficaz de la profesión que por vocación y amor al prójimo eligieron un día.

El que no tiene cercano a algún trabajador del sector sanitario, igualmente ha vivido la experiencia como usuario de un servicio médico, como paciente o como acompañante. Desgraciadamente la gestión pública del sector de la salud ha demostrado, como otras esferas del desarrollo del país, un resquebrajamiento general y creciente: la escasez de insumos médicos, de medicamentos incluso de producción nacional (no hablemos de los que provienen de importaciones), las condiciones de las instituciones de salud, ya sean de atención primaria, secundaria o terciaria, la falta de personal calificado, docente, sanitario y paramédico; así como la masificación de la profesión sin tener en cuenta las aptitudes y talentos individuales que se requieren en todos los ambientes de desarrollo, pero en especial en este que trata a la persona y a la vida humana.

En la lista de trabajos por cuenta propia, TCP, el eufemismo que ha empleado durante años el gobierno para evadir la terminología de “sector privado”, “autónomos” o “sociedad de libre mercado”, no aparece establecido el ejercicio de las carreras profesionales como trabajo independiente del sector estatal. El gobierno no ha querido permitir que así como existen mercados proveedores de alimentos, papelerías e imprentas y una larga lista de trabajos privados en el sector de los servicios, se legalice en un registro de asociaciones un bufete de abogados, un aula de música o una consulta médica de cualquier especialidad. Esto sigue siendo considerado ilegal en Cuba.

Sin embargo, así como el propio gobierno sabe que la mayoría de los alimentos de consumo nacional los ofrecen las Mipymes, o los maestros al inicio del curso le sugieren a padres y alumnos que gestionen en tal o más cual negocio privado los libros de texto del curso porque “no han llegado a la escuela”, también sabe que en el sector de la salud todo funciona muy distinto al pregón de “potencia médica” y de “servicio gratuito”. Ni es potencia de nada y son muchos los “regalos” que con frecuencia preceden a cada consulta.

Los cubanos no teníamos dudas, hace varios años atrás, del colapso en la salud, porque era de esperar si todo en Cuba ha venido colapsando paulatinamente. Lo vimos en la crisis sanitaria que generó la pandemia del Coronavirus; pero lo estamos viendo ahora con los distintos arbovirus que afectan a lo largo del país, con la única diferencia que no se puede declarar que existe crisis en la salud; porque tan solo pronunciar la palabra significa reconocer algo que es consabido. A pesar de los enfermos, los funcionarios se empeñan en controlar las cifras, en disminuir la incidencia en los papeles que conforman largos informes de estrategias que nunca se llegan a concretar, mientras en la calle, en la vida cotidiana, vemos la afectación y las carencias en cuanto a diagnósticos, tratamientos y control epidemiológico.

No importa que en la lista de trabajos por cuenta propia, casi medieval, no esté incluido este sector vital; al fin y al cabo, cueste o no asumir la realidad, a las autoridades competentes: la mayoría de las medicinas para tratamientos crónicos o enfermedades emergentes, los insumos para operaciones quirúrgicas o para una sencilla consulta estomatológica, provienen de aquellos que, lo gestionan por cuenta propia, a veces lo venden muy caro, o se lo tienen que enviar sus familiares en el extranjero; pero al fin y al cabo tienen que “resolver” lo que el gobierno, antigua “potencia médica en la salud”, no tiene para ofrecer.

Así proliferan los grupos de venta de medicamentos. El gobierno los persigue, pero las personas los agradecen, porque si no fuera por ellos… Es encontrar un culpable, es desviar la atención hacia el otro para no hacer énfasis en la responsabilidad del Estado en cuanto a: liberar el ejercicio privado de las profesiones, hacerse cargo de la subsidiariedad para atender a los más vulnerables y crear un marco legal de garantías de una vida digna para los ciudadanos. Es doloroso ver, y no hace falta exagerar, porque cada cubano tiene sobrados ejemplos para abrir el debate, cómo muchas personas no pueden acceder no solo a una medicina por los altos precios en el mercado negro, sino a una consulta porque no tienen las relaciones necesarias y si se conducen por los canales establecidos generalmente no fructifican los intentos.

De otro lado tenemos, aparejada al deterioro creciente del sector institucional de salud, la cuestión de la formación del profesional médico y sanitario; es decir, la educación médica. En los últimos años, algunos mecanismos empleados para la elección de las carreras relacionadas con las ciencias médicas se pueden considerar facilistas o propiciadores de la mediocridad: ausencia de formación vocacional que permita la libre y consciente elección de la carrera universitaria, falta de rigurosidad en los exámenes de ingreso, otorgamiento de mayor cantidad de plazas que estudiantes optando por ellas, supresión del servicio militar obligatorio para los varones si acceden a la carrera de medicina, entre otros. No vamos a entrar en otra arista de esa formación que es la de los contenidos ético-morales, porque basta decir que asignaturas como bioética, ética médica o ética de la investigación en las ciencias biosanitarias siguen siendo el talón de Aquiles en las etapas formativas del profesional de la salud.

Aún así, como tengo muchos amigos médicos, enseñé a varios alumnos de la carrera de medicina y he tenido la dicha de encontrarme con profesionales con verdadera vocación médica, considero que, sin enarbolar consignas, ni padecer de falsos triunfalismos, contamos con muchos médicos cubanos que nos muestran su pasión por la vida, su entrega desinteresada al trabajo y su amor al prójimo aún en condiciones tan adversas como las que muestra el sector de la salud en Cuba.

Cuando pienso en los emprendedores, pienso también en los profesionales cubanos de la salud, que si han sido capaces de soportar las condiciones de esclavitud moderna en misiones y colaboraciones internacionalistas del gobierno, ¿cuánto más no serían capaces de dar de sí, en función de tan noble profesión, en la tierra que les vio nacer, sin trabas y con verdadera libertad y responsabilidad?

No renuncio a otear el horizonte con la visión que nos planteamos en 2021 en el VI Encuentro del “Itinerario de Pensamiento y Propuestas para Cuba” que lleva adelante el Centro de Estudios Convivencia, recogida como visión de futuro en su X Informe:

“Cuba avanzará hacia un sistema de salud en el que la persona humana sea el valor supremo y la vida sea respetada desde su concepción hasta la muerte natural.

Cuba avanzará hacia un sistema de salud mixto. Esto significa el acceso universal a los cuidados de salud en todas las etapas de la vida y su mantenimiento mediante una justa combinación de programas y estructuras de salud pública totalmente sostenidas por el Estado; otras mixtas en que se puedan conjuntar financiamiento privado y subsidios del Estado para completar los gastos de salud de instituciones y programas que no puedan ser independientes; y otras instituciones y programas de salud que sean totalmente privadas. El acceso a cada una de estas variantes será según las posibilidades de los ciudadanos, sus seguros de vida, sus ingresos personales, su situación laboral y económica circunstancial, garantizando que nadie quede sin una cobertura de salud integral.

Cuba avanzará hacia la legalización del ejercicio privado de las profesiones y técnicas sanitarias y sus actividades complementarias.

Cuba avanzará hacia un sistema de salud en el que los sectores más vulnerables y desprotegidos tengan un acceso
universal a todos los servicios sanitarios”.
(Cf. https://centroconvivencia.org/wp-content/uploads/2022/06/X-INFORME-CEC-SALUD.pdf).

En fin, sigo pensando que volveremos a ser una potencia médica, pero esta vez de verdad, medida desde la magnitud de la humanidad de sus profesionales, amantes de lo que hacen y valorados como merecen. Ellos lo merecen. Cuba también merece un sistema de salud de calidad.

 

 

 

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

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