No hace falta fama para ser personas de bien

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

​Hace unos días me encontré con alguien que me conoce desde hace poco y su saludo fue asombroso, al más puro estilo cubano: “¡Niño, ya eres famoso, estás en la alfombra roja!” Confieso que me quedé asombrado, no por lo de la alfombra roja, que obviamente no podía estar más alejado de la realidad, sino porque la persona asociaba un evento negativo con algo que, según su razonamiento, era positivo.

Este tipo de confusiones suelen suceder con frecuencia. Y es que, como también se dice con frecuencia en Cuba: parece que el miedo cambió de acera. La señora se refería a una nota que había sido publicada en las redes sociales a razón de un interrogatorio de la Seguridad del Estado sobre mi reciente viaje al exterior. No consumí tiempo en explicarle a ella que dicha nota no es para buscar reacciones en el ciberespacio, ni pretende caminar hacia esa “fama” de la que hablaba. Solo le contesté que no soy famoso y mucho menos quiero serlo por eso.

Ahora bien, puedo entender que para alguien que no le conoce a uno, cuando ve el alcance de una noticia en el ciberespacio, y la réplica en medios o perfiles de periodistas conocidos, cree que se trata de un momento de fama. Desgraciadamente, este tipo de publicaciones responden al derecho humano de la libertad de expresión como recurso, en este caso, para denunciar un atropello a otros derechos fundamentales. Quizá a lo que expresó la señora no le deberíamos llamar confusión. Es la interpretación que muchas personas le dan hoy en día, aún sin ser religiosos, poniendo en práctica una de las bienaventuranzas: “Dichosos los perseguidos por causa de la justicia…”

En lo relativo a mi persona no busco ese, ni ningún tipo de fama. Al fin y al cabo, ¿qué es la fama? ¿Quién la otorga? ¿Cómo se mide? ¿Para qué sirve?

La fama no es más que el reconocimiento, renombre o distinción que una persona alcanza en la sociedad debido a sus talentos, a sus logros o a las acciones que desarrolla. En algunas ocasiones todo ello puede estar determinado por circunstancias accidentales.

La fama tiene un componente al que podemos llamar “interior”, que es ese motivo por el cual somos reconocidos y que depende de nosotros mismos. Sin embargo, a nivel sicológico, la fama actúa más bien como un amplificador de la presencia pública, lo que provoca que en ocasiones la percepción que tienen los demás sobre uno mismo pesa más que la realidad personal y privada.

La fama, así como la inteligencia, puede ser empleada para hacer el bien o para destruir las relaciones humanas. Generalmente nos referimos en la mayoría de las ocasiones a la “fama positiva”, es decir, al prestigio adquirido por la trayectoria de vida, por las obras publicadas, por la sistematicidad y coherencia en un proyecto, por los estudios, los talentos artísticos, entre otros motivos diversos. En todos estos casos se produce respeto y admiración hacia la persona del “famoso”, inspirando a los demás, generando autoridad moral y permitiendo utilizar dicha visibilidad por el camino de las causas nobles.

Por otro lado, también está la “fama negativa”, cuyos fundamentos son distintos porque se basan en rechazos, situaciones escandalosas o hechos que transgreden las normas de convivencia social o los principios elementales de la ética. En este caso lo que se produce, al tener lugar esa notoriedad, es descrédito, rechazo, pérdida de la credibilidad y, en los tiempos que corren, una presión-ebullición mediática que conduce al aislamiento y al silencio por largo tiempo.

Ante cualquiera de los dos tipos, debemos tener claro que cuando la atención pública aumenta, es mucho más fácil perder el control y actuar desatinadamente. Por supuesto que es mucho mejor ser reconocido por las buenas acciones que por las malas, sin llegar a llamarle fama. Entonces, obremos por los caminos del bien, y si algunos, incluso, consideran esas acciones como negativas o le buscan la quintaesencia para desacreditarnos, desprestigiarnos o pretender destruirnos, no olvidemos que la fama no es nuestra verdadera identidad. Es la apreciación del otro, de los demás, hacia mi persona. Por tanto, no es algo esencial, es puramente accesorio. Siempre ha sido mucho más fructífero conocer a la persona, que al personaje, porque detrás de una portada, un liderazgo, o un profesional, hay una mente y un corazón para escudriñar, y en esa mente, y en ese corazón es donde encontramos el verdadero valor humano.

La fama, en caso de que así se prefiera llamar a ese estado transitorio de reconocimiento público (sí, transitorio, porque todo pasa) nos debe venir a recordar que es producto de la conjunción del talento personal, las oportunidades y también el apoyo de los demás. Detrás de cada “famoso” hay un equipo y una historia, una familia, una educación y unos valores que han sido cultivados.

Lo más importante seguirá siendo enfocarse en las metas, sin pretender llegar a ese estado de fama. Poner todas las energías vitales en todo lo que hacemos. Mantener los pies bien puestos sobre la tierra significa en estos tiempos de redes, de cantos de sirenas y de alabanzas que pueden desorientarnos, recordar que la fama se evapora, pero la obra noble y perdurable, esa sí, deja una huella para toda la vida.

La fama no es siempre sinónimo de una vida exitosa. La fama a veces esclaviza y la libertad debe ser siempre la mayor virtud de la que goce cada persona. Si entendemos la fama como una admiración por los talentos que podamos poseer, recordemos, como decía el Apóstol José Martí, que “El talento es un don que trae consigo la obligación de servir a las demás personas, y no a nosotros mismos”. ¡Que así sea!

 

 

 

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

 

 

 

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