La atomización política y sus consecuencias

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

​Hace poco tiempo me sucedió algo curioso. En dos lugares diferentes, venido de distintas personas, escuché por primera vez un término relacionado con Cuba que no había escuchado antes. La primera ocasión fue mientras presentaba el Duodécimo Informe del Centro de Estudios Convivencia sobre la transición en Cuba, en el marco de la Decimoquinta Conferencia Anual del Instituto de Estudios Cubanos en la Universidad Internacional de la Florida, que tenía por título “Cuba: el día después de mañana”. La segunda vez que lo escuché fue en la presentación de mi libro sobre bioética en Cuba, en la Biblioteca Pública de Hialeah. Me refiero al término: atomización.

Las dos personas usaron el vocablo, que a mi entender describía el proceso que está experimentando Cuba, o más bien, la sociedad civil independiente, en cuanto a nuevas iniciativas, nuevos liderazgos y una avalancha de propuestas como quien se da cuenta de que ha llegado la hora, y no se nos puede hacer tarde. Pero esa sería la acepción buena, que es en la que pensé creyendo que se referían a que ahora hay más grupos que antes, que ahora muchos se han puesto las pilas para no quedar rezagados ni, por supuesto, excluidos. Sin embargo, aquello de atomización fue empleado en sentido negativo, como especie de crítica a quienes recorren apresurados los caminos queriendo llegar primero, a veces sin base, sin conocimientos y, fundamentalmente, sin mucha experiencia.

Aquello me lo apunté en la memoria y hoy, algún tiempo después, he vuelto a pensarlo. Yo le pondría un apellido, porque el simple fenómeno de atomización me sigue resultando positivo en cuanto indica velocidad, cambio y paso acelarado de un estado a otro. Prefiero llamarle: atomización política.

La atomización política en el contexto cubano actual está relacionada con la fragmentación de grupos, iniciativas y actores. En lugar de formar alianzas y llegar a convivir bajo una ética de mínimos consensuados, algunos se empeñan en el protagonismo, la unipersonalidad, el descrédito a la pluralidad y la crítica de la diversidad de métodos de trabajo. En este sentido, la atomización política, en lugar de generar bloques sólidos de trabajo mancomunado por la causa común que es el futuro viable para Cuba, provoca fragmentación. Ese es el símil más adecuado: múltiples partículas aisladas, con poca conexión entre sí.

Más allá de la naturaleza de la atomización y las diferentes acepciones que pueda tener aplicada al contexto cubano, son mucho más preocupantes las consecuencias. La primera que podemos describir está relacionada con la dispersión de esfuerzos que provoca ese estilo de aislamiento, enquistamiento o creencia de que somos los únicos poseedores de la verdad absoluta sobre Cuba y de que tenemos la mejor salida para el cambio. La fragmentación puede conducir a la dilución del impacto de las acciones de cada grupo, que comparte con los demás objetivos generales como la democratización de la Isla o el respeto a los Derechos Humanos, pero a la hora de socializar la propuesta o convivir con el diferente provoca encontronazos.

El protagonismo exacerbado es otro de los fenómenos que acompaña a la atomización, también considerado como una consecuencia negativa. En este caso no se trata de la corriente filosófica que ubica a la persona y su dignidad en el centro de todas las relaciones, sino de la preeminencia de agendas individuales o el protagonismo de ciertos líderes que, con su carisma o influencia mediática, prevalecen y evitan la fusión con los demás grupos, impidiendo de esta forma la unidad en la diversidad para lograr un fin mayor.

Y la tercera consecuencia que me gustaría comentar es la brecha generacional y geográfica que está generando la atomización. Tras varias oleadas migratorias vemos hacia el exterior lo mismo que podemos ver hacia el interior de la Isla: una desconexión a veces no solo en cuanto a métodos, sino en los contenidos y las esencias. Una desconexión entre el exilio, la oposición histórica interna y los nuevos movimientos y figuras cuyo espacio de trabajo puede ser, incluso, el de las redes sociales. No podemos negar todo el trabajo que nos ha antecedido. No podemos creernos o erigirnos como la única propuesta válida. No tenemos el derecho a considerarnos nosotros mismos los libertadores de Cuba, sin tener en cuenta al soberano, por y para quien decimos que trabajamos, a la vez que decidimos por ellos. Este proceso de atomización es un tema peliagudo y pasa como con tantos otros comportamientos o tendencias de los últimos tiempos y los liderazgos más recientes: queriendo ser demasiado diferentes, terminamos replicando lo que tanto criticamos.

Después de todo, la atomización, ese vocablo que no había empleado hasta entonces, describe un serio fenómeno desde el punto de vista político. La atomización política es como ese spray del cubano, que a decir de algunos cuando quieren hablar de constancia y sistematicidad, tiene muy buen perfume, pero poco fijador. Lo que traducido a la ciencia política significa que, el fenómeno en cuestión, constituye una traba para que la diversidad de la sociedad civil cubana se convierta en una fuerza política con verdadera capacidad de negociación y fuerza de empuje para un cambio real. Ese que esperamos todos, pero que debe ser alcanzado contando con el esfuerzo de todos y cada uno de los cubanos de la Isla y de la Diáspora.

 

 

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

 

 

 

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