Jueves de Yoandy
El término improvisación proviene del latín improvisus, una voz compuesta que designa con precisión aquello que no ha sido visto con antelación, lo inesperado, lo que carece de previsión.
En sus orígenes, el vocablo alude al acto de responder al instante frente a la emergencia o de crear en el flujo vivo del presente sin una estructura rígidamente trazada o previamente pensada. En campos como el teatro, la música, las artes en general, la capacidad de improvisar se celebra como una cualidad superior, una manifestación de virtuosismo e intuición donde el dominio técnico previo permite al creador sortear el accidente y convertirlo en belleza.
Sin embargo, fuera del ámbito escénico, la improvisación cambia radicalmente de naturaleza. Cuando abandona la expresión estética y se traslada al terreno del devenir político, económico y social, deja de ser una virtud artística para transformarse en una peligrosa patología de la gestión pública.
Las desventajas de operar bajo la lógica de la improvisación son tan severas como profundas. En primer lugar, la ausencia de un plan riguroso debilita la coherencia interna de cualquier proyecto, sometiendo las prioridades de una sociedad a los vaivenes del impulso momentáneo o a los caprichos del voluntarismo. Quien improvisa de manera sistemática suele confundir la prisa con la efectividad, reaccionando continuamente ante los síntomas de los problemas en lugar de resolver sus causas estructurales.
Esta dinámica genera un consumo desmedido y estéril de recursos humanos y materiales, puesto que cada ocurrencia requiere correcciones posteriores que resultan infinitamente más costosas que una planificación minuciosa.
Asimismo, la improvisación dinamita la confianza institucional: cuando las reglas del juego y los rumbos colectivos se alteran de la noche a la mañana, la certidumbre desaparece, la inversión se ahuyenta y el tejido comunitario sufre una sensación de inestabilidad y fatiga.
La ecuación del fracaso en el contexto cubano
En la esfera política y social, la efectividad de la improvisación resulta directamente proporcional a la ineficiencia acumulada e inversamente proporcional a la durabilidad de sus resultados. Un destello de espontaneidad puede resolver un escollo menor en la inmediatez, pero resulta incapaz de erigir infraestructuras sólidas, modelos económicos viables o instituciones perdurables. Cuanto mayor es el nivel de improvisación en las decisiones de Estado, menor es la calidad de los beneficios obtenidos y más efímera resulta cualquier aparente solución.
El caso cubano representa, lamentablemente, una de las mejores ilustraciones de este fenómeno a nivel global. A lo largo de más de seis décadas, la Isla ha sido sometida a un régimen de experimentación incesante donde las decisiones transcendentales para la nación han respondido, con alarmante frecuencia, a arrebatos ideológicos, consignas coyunturales y planes megalómanos carentes de sustento técnico y económico. La historia reciente de la nación está descrita por epopeyas voluntaristas que prometían la abundancia, desoyendo sistemáticamente el criterio de los expertos, el clamor de la ciudadanía y los principios más elementales de la ciencia y la economía.
Los ciudadanos cubanos hemos padecido en carne propia el devastador costo de estas decisiones irreflexivas. Desde los giros drásticos en las políticas agrarias e industriales hasta las transformaciones monetarias emprendidas sin las salvaguardas adecuadas, el patrón ha sido dolorosamente recurrente: se lanza una medida de gran calado sin el debido diagnóstico, se enfrenta el inevitable colapso que produce y, lejos de rectificar hacia la planificación profunda, se responde con una nueva improvisación para tapar la brecha abierta por la anterior. Este ciclo interminable ha generado una espiral de ineficiencia que paraliza la productividad, precariza la vida cotidiana de las familias y condena a la nación a una subsistencia en crisis permanente.
El futuro de Cuba no es una puesta en escena
Frente a la gravedad del panorama actual, resulta indispensable comprender que el futuro de Cuba no puede concebirse como un reality show ni como una entrevista improvisada ante los micrófonos y las cámaras. La política de altos vuelos y la reconstrucción nacional no son escenarios para la actuación, la elocuencia hueca o el carisma de ocasión. Tratar la suerte de millones de personas como si fuera un espectáculo televisivo, donde lo importante es salir del paso con una frase ingeniosa o mantener la audiencia mediante el efectismo, constituye una irresponsabilidad histórica de proporciones inaceptables.
El destino de un país no es materia de juego ni un ejercicio efímero que pueda corregirse mediante un corte de edición. El futuro se piensa con tiempo y sosiego, con rigor académico y sensibilidad social, se prepara con diagnósticos precisos y se construye a través de propuestas sólidas, evaluables y viables en el tiempo.
La verdadera transformación en Cuba exige abandonar la arrogancia de la ocurrencia para abrazar la humildad del estudio, el debate transparente y el consenso fundamentado. Los grandes dilemas que atraviesa la sociedad cubana, desde el colapso energético y el desabastecimiento hasta el vertiginoso envejecimiento poblacional y el éxodo masivo, demandan estrategias trazadas con precisión quirúrgica, donde cada paso responda a una visión integral de desarrollo y no a la urgencia de salvar la jornada.
La imperiosa necesidad del pensamiento previo
Superar la cultura de la improvisación no representa únicamente una opción metodológica; constituye el requisito indispensable para la supervivencia y el renacimiento de Cuba. El país no cuenta ya con tiempo, ni grandes márgenes de error, ni con recursos sobrantes para continuar dilapidándolos en ensayos fallidos.
La urgencia de no improvisar radica en la necesidad imperiosa de devolverle a la ciudadanía la certidumbre, la dignidad y el derecho a trazar planes de vida a largo plazo dentro de su propio suelo.
Planificar el futuro implica convocar al conocimiento, escuchar a los especialistas de todas las disciplinas, estudiar las experiencias exitosas del resto del mundo y diseñar políticas públicas orientadas por datos reales y no por dogmas intransigentes.
La Cuba del mañana debe erigirse sobre la solidez del pensamiento estratégico, donde cada proyecto responda a un análisis riguroso de sostenibilidad, impacto y viabilidad financiera. Solo rompiendo definitivamente con el hábito de la improvisación se podrá edificar un modelo de sociedad próspero, justo y duradero, capaz de transformar el sufrimiento acumulado en una base firme sobre la cual levantar al país con serenidad, método, competencia y esperanza realista.
- Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
- Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
- Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
- Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
- Reside en Pinar del Río.

