Los años acumulados y el desafío de la esperanza en Cuba

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

​Hoy es 1 de octubre, una fecha fijada en el calendario por la Organización de las Naciones Unidas como el Día Internacional de las Personas Mayores. Conmemorar esta jornada en el contexto de Cuba no puede limitarse a la repetición de consignas vacías ni al falso triunfalismo institucional. Hablar de la tercera edad en nuestra Isla exige una mirada valiente, honesta y profundamente humana. Se trata de un ejercicio de justicia y gratitud hacia quienes han sostenido con el sudor de su frente la historia de este país, y que hoy enfrentan el tramo más vulnerable de sus vidas en medio de una crisis sistémica sin precedentes.

​Hacer un homenaje a los abuelos y abuelas de Cuba es reconocerlos como los pilares invisibles de un hogar fracturado por el éxodo masivo, la escasez y la desesperanza. Son ellos quienes, muchas veces, aun con los brazos cansados y el alma estrujada por la ausencia de hijos y nietos dispersos por el mundo, asumen la crianza de los que se quedan, convirtiendo su propia vejez en una fuente de reserva afectiva. En una Cuba donde el tejido familiar ha sido violentamente dañado, el anciano no es solo el patriarca o la matriarca a quien se consulta, es el cuidador a pesar de estar necesitado de cuidados, el malabarista cotidiano que estira una chequera de subsistencia para malcomprar un mendrugo de pan o una medicina en el mercado informal.

Y es precisamente en este escenario de extrema fragilidad donde cobra una dimensión titánica la labor humanitaria y pastoral que, desde los márgenes de la oficialidad, realizan instituciones de la sociedad civil y, de manera muy destacada, la Iglesia Católica. A través de iniciativas concretas como los programas de atención al adulto mayor de Cáritas y la labor de asociaciones comunitarias de inspiración cristiana y laica, se teje una red de misericordia muy valiosa. Comedores comunitarios, entrega de medicamentos, acompañamiento espiritual, visitas a domicilio y espacios de socialización, representan un oasis de dignidad para miles de abuelos que, de otro modo, estarían completamente abandonados a su suerte por un Estado ineficiente que desentiende sus obligaciones sociales. Estas organizaciones y estos proyectos no suplen solamente carencias materiales, sino que devuelven el rostro humano, la escucha y la sonrisa a quienes la sociedad a menudo margina porque sus aportes ya son mínimos o no resultan productivos.

​Pero es imperativo detenerse en las causas estructurales que han colocado a la población cubana en una encrucijada demográfica alarmante. Cuba es hoy uno de los países más envejecidos de América Latina y el Caribe. Este fenómeno se ha acelerado por una combinación difícil: una tasa de fecundidad desplomada por debajo del nivel de reemplazo (consecuencia directa de la crisis económica y la falta de futuro para los jóvenes en la Isla) y una emigración masiva que ha vaciado el país de su fuerza laboral joven, dejando a los mayores sin relevo familiar para su cuidado.

​A esto se suma una calidad de vida que roza la precariedad extrema para el jubilado promedio. El sistema de pensiones cubano colapsó financieramente hace años. Las chequeras estatales son un insulto a la aritmética elemental frente a una inflación galopante y dolarizada. ¿Cómo sobrevive un anciano que aportó cuarenta años de su vida trabajando para el Estado con una pensión que apenas alcanza para comprar un cartón de huevos?

​El panorama se agrava dramáticamente al examinar el acceso a la salud y la alimentación diaria. La crisis farmacéutica nacional condena a los hipertensos, diabéticos y enfermos crónicos a la mendicidad por un blíster de enalapril o insulina, dependiendo de remesas familiares inciertas, en el caso de quien tenga amparo en el exterior o de la caridad pública. Por otro lado, la dieta del adulto mayor, que debería ser rica en nutrientes, proteínas y cuidados específicos, se reduce al mínimo, sin opciones en el caso de quienes pueden acceder a todas las comidas diarias requeridas.

​Por si fuera poco, vivimos en una era digital donde la tecnología es condición de ciudadanía, y en Cuba el acceso a las tecnologías digitales para la tercera edad es un lujo lejano, si no una barrera infranqueable. La digitalización de trámites bancarios, los pagos electrónicos y la necesidad de conectarse con los familiares en el exterior o en el interior se convierten en fuentes de angustia y exclusión para los abuelos que no entienden de teléfonos inteligentes, que carecen de conectividad o que simplemente no pueden pagar las tarifas abusivas que impone el monopolio de las comunicaciones en Cuba.

​Ante este panorama desolador, la respuesta no puede ser la indiferencia. Este 1 de octubre nos convoca a una reflexión profunda, tanto en el presente inmediato como de cara al futuro de la nación que estamos obligados a reconstruir, entre todos. No podemos llamarnos una sociedad civilizada si permitimos que nuestra ancianidad muera en el olvido, la soledad y el hambre.

Vale la pena traer a la memoria las palabras inspiradoras del Papa San Juan Pablo II, un peregrino de la Verdad que conoció bien las entrañas de nuestra patria, cuando expresó: “La ancianidad es una estación propicia para el diálogo fecundo entre las generaciones. Es el tiempo de la transmisión de la sabiduría, de la memoria y de la fe”.

En la misma Carta a los Ancianos, que escribió el 1 de octubre de 1999, refiriéndose al sentido de la vejez frente al sufrimiento y la esperanza, el papa polaco nos dice que: ​“Hacer fructificar los años vividos es el empeño al que están llamados los ancianos, superando la tentación de encerrarse en la nostalgia de un pasado que no vuelve o en la preocupación ante un futuro incierto”.

​Nuestros abuelos no pueden ser un estorbo presupuestario ni una estadística de la seguridad social en números rojos. Ellos son el archivo vivo de nuestra identidad y los custodios de nuestra memoria histórica. Resolver su situación actual y garantizarles un porvenir digno es una tarea urgente. Es hora de devolverles con justicia, amor y políticas públicas efectivas todo lo que ellos, con paciencia infinita y resiliencia, sembraron para nosotros.

 

 

 

 


  • Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
  • Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
  • Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
  • Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
  • Reside en Pinar del Río.

 

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