La construcción del poder simbólico y el antídoto contra la manipulación

Foto cortesía del autor.

A lo largo del siglo XX, los estudios sobre los sistemas totalitarios han concentrado buena parte de su atención en los mecanismos más visibles del poder, díganse la represión, el aparato policial, la censura, el control económico y la subordinación de las instituciones al Estado. Sin embargo, estas formas de dominación, aunque indispensables para comprender el funcionamiento de dichos regímenes, resultan insuficientes para explicar uno de sus rasgos más sorprendentes: su capacidad para moldear durante décadas la percepción de la realidad, las lealtades colectivas y los criterios morales de amplios sectores de la población.

Ningún sistema político se puede sostener en el tiempo exclusivamente mediante la violencia física, administrada por el aparato estatal. La coerción puede devenir enobediencia, pero difícilmente genera convicción a largo plazo; obliga a actuar y a fingir comportamientos sociales, pero no consigue por sí sola que los individuos interpreten el mundo desde las categorías cognitivas del poder. Para alcanzar ese nivel de estabilidad, los regímenes totalitarios como el cubano, han desarrollado una forma más profunda y sofisticada de intervención que es la construcción sistemática de un universo simbólico capaz de organizar la experiencia cotidiana, definir los marcos de interpretación de la realidad y convertir un proyecto político en un horizonte moral aparentemente natural e inevitable.

Esta dimensión del poder opera mucho antes de que aparezca la censura o la represión abierta porque actúa sobre los símbolos, los relatos, los mitos, los héroes, el lenguaje, las emociones y los rituales colectivos mediante los cuales una sociedad construye e interpreta su propia existencia.

La construcción simbólica del poder constituye, por ello, uno de los pilares menos visibles y, al mismo tiempo, más decisivos de la arquitectura totalitaria. Comprender esta arquitectura resulta hoy especialmente necesario porque el sistema totalitario en Cuba esta dando sus últimos estertores, pero la ciudadanía carece de un marco de interpretación apropiado para entender las razones de fondo que nos han mantenido cautivos en esta trampa de sentido que es el totalitarismo de izquierdas.

La construcción simbólica como tecnología de poder

Todo poder dogmático aspira a influir sobre la conducta humana, pero no todos lo hacen mediante los mismos mecanismos. Las limitaciones estratégicas y tácticas de una élite de poder, que se ha posicionado como clase dirigente de una sociedad, están relacionadas no solamente con sus propias flaquezas y condiciones de base, sino con las características psicosociales de la propia sociedad donde esta opera. La elite revolucionaria cubana, durante muchos años, contó con un gran teatro de operacionespara ejercer la persuasión ideológica en los propios escenarios nacionales que fueron configurados por factores objetivos (económicos, jurídicos, institucionales) y subjetivos (psicológicos, sociales y culturales). Esta campaña persuasiva que fue implementada de manera sistemática y continuada, ha llegado (ya desgastada) hasta el día de hoy.

Empleando todos los recursos de difusión de las ideas a su alcance: radio, televisión, cine, educación, literatura, arte, cultura en sentido general e incluso los rituales públicos (mítines, celebraciones, galas, marchas, actos de reafirmación y repudio etc.), el poder comunista no perdió ni un día en su esfuerzo por convencer a las personas de que la narrativa revolucionaria era la única capaz de explicar el mundo y proveer un marco de sentido estable para el ser cubano, que ya habitaba en esa burbuja simbólica que el régimen había construido cuidadosamente.

Hay que entender que esta forma de intervención trasciende ampliamente la propaganda como la conocemos en su sentido convencional. La propaganda es solo una de las herramientas puntuales en todo este andamiaje de distorsión de la realidad. De igual manera el adoctrinamiento no es mas que otra herramienta táctica empleada en coordinación y sincronicidad con todo el esfuerzo manipulador. Cuando se controla el tejido simbólico en sí mismo es muy difícil notar que se está siendo manipulado porque los propios puntos cardinales morales de la sociedad están fijados por el mismo poder que los ha secuestrado e instrumentalizado. Esto explica por qué, aun hoy, tantos individuos se siguen sintiendo adheridos al credo de los revolucionarios a pesar de la enorme carga de evidencia que prueba el fracaso rotundo del totalitarismo a nivel humano, material y moral.

La eficacia de este proceso reside precisamente en su invisibilidad. Cuando la construcción simbólica alcanza suficiente profundidad, se convierte nada menos que en el agua que contiene los peces o la propia atmósfera en la que vivimos: se “naturaliza”. Entonces solo escapándose de ese ecosistema simbólico se pueden comenzar a divisar los bordes y límites del engaño. Justo eso ha comenzado a hacer la sociedad cubana, lenta pero gradualmente, desde hace algunos años. La llegada controlada del internet y otras formas de comunicación, han creado una grieta en la coraza mitológica del relato colectivista. El proceso emancipatorio ha comenzado. Aunque parte de la intelligentsia cubana ha tratado de acompañar e incluso liderar este proceso, lo cierto es que aun falta tracción, sincronización y alcance operativo. No obstante, los esfuerzos van en aumento y su continuidad constituye una responsabilidad ineludible para intelectuales, creadores, personalidades públicas y líderes civiles.

Hay que mencionar también que el régimen verde oliva no se ha quedado paralizado ante la fractura de su elaborado engaño, muy al contrario, están realizando ingentes esfuerzos para recuperar su supremacía simbólica en la sociedad, reciclando y regurgitando eslóganes, consignas y viejos ideales que aun tienen alguna capacidad movilizadora de cara a sus seguidores más leales y anquilosados.

Comprender esta dimensión del poder resulta hoy más necesario que nunca. En una época caracterizada por la saturación de información, la competencia permanente entre relatos y el creciente protagonismo de los entornos digitales, la disputa por el control de los marcos simbólicos ha adquirido una importancia comparable —y en ocasiones superior— a la del control territorial, económico o militar. La lucha por el poder es, cada vez más, una lucha por la capacidad de definir cómo las personas perciben, interpretan y atribuyen significado al mundo que habitan; es la contienda cognitiva en la que la victoria no está asegurada para el lado de la verdad y la libertad, por eso es tan importante librar esta batalla con las herramientas morales e intelectuales que se tienen a mano. Esta es una tarea urgente, necesaria, justa.

Una cosa hay que recordar: toda forma de manipulación pierde parte de su eficacia cuando sus procedimientos dejan de ser invisibles. La comprensión crítica de los procesos de construcción simbólica constituye, por ello, una condición esencial para preservar la autonomía intelectual y fortalecer la capacidad de juicio de los ciudadanos. Allí donde el poder busca monopolizar el significado, la reflexión crítica, el contraste de perspectivas y el examen consciente de los relatos dominantes se convierten en herramientas fundamentales de libertad.

Tal vez la primera forma de resistencia no consista en responder a un relato con otro relato, sino en recuperar la capacidad de preguntarnos quién construye los significados que organizan nuestra experiencia, con qué propósito y mediante qué mecanismos. Solo a partir de esa conciencia es posible reconstruir un vínculo más libre entre realidad, verdad y responsabilidad individual. Comprender la arquitectura del poder es el primer paso para defender la soberanía de la propia conciencia. Este proceso de comprensión toma tiempo, exige preparación intelectual y conlleva sacrificios, no es fácil ni placentero, especialmente al principio, pues precisa que el individuo sea capaz de confrontar sus ideales con la propia realidad y aprenda a someter las certezas al escrutinio de la razón. La alternativa es mucho peor, es permanecer en la esclavitud y la ignorancia para beneplácito de los déspotas y objetores de consciencia. Precisamente para evitar esto último, proponemos de forma adelantada una brevísima guía que consideramos una herramienta de defensa cognitiva, frente a los intentos enajenantes de la manipulación y la mentira.

Mini guía de defensa cognitiva frente a la manipulación simbólica

Si la manipulación simbólica actúa sobre la forma en que interpretamos la realidad, la mejor defensa no consiste únicamente en consumir más información, sino en desarrollar mejores criterios para comprenderla. La libertad de pensamiento no depende de conocer todos los datos disponibles, sino de conservar la capacidad de analizarlos sin entregar a otros la construcción del significado, de nuestros sentidos personales y colectivos. Estos principios pretenden servir como una orientación civil muy sencilla para fortalecer esa autonomía.

1. Desconfíe de las explicaciones que pretenden explicarlo todo.

La realidad humana es compleja. Cuando un discurso reduce todos los problemas a una única causa, divide el mundo entre buenos y malos absolutos o presenta soluciones perfectas para cuestiones profundamente complejas, probablemente no esté describiendo la realidad, sino simplificándola para hacerla más fácil de controlar.

2. Observe los símbolos, no solo los argumentos.

El poder rara vez persuade únicamente mediante razones. También utiliza héroes, enemigos, consignas, imágenes, rituales, ceremonias, emociones y relatos repetidos durante años. Pregúntese siempre qué emociones intenta despertar un mensaje que se difunde y qué representación del mundo busca instalar en su imaginación.

3. Diferencie los hechos de las interpretaciones.

Los hechos existen, son acciones objetivas que están situados en un tiempo y un espacio (contexto); las interpretaciones son procesamientos subjetivos de esos hechos y pueden estar sujetas a distorsiones y manipulaciones. Aprender a separar ambos niveles constituye uno de los mejores antídotos contra el engaño. Antes de aceptar una explicación, procure identificar qué ocurrió realmente y qué parte corresponde a la lectura que alguien hace de esos acontecimientos.

4. Busque deliberadamente perspectivas distintas.

La diversidad de fuentes no garantiza la verdad, pero reduce el riesgo de quedar encerrado dentro de un único universo interpretativo. Leer autores diferentes, escuchar posiciones opuestas y contrastar argumentos fortalece la independencia intelectual mucho más que confirmar permanentemente nuestras propias creencias.

5. No permita que la emoción sustituya al juicio.

Toda comunicación eficaz moviliza emociones, pero cuando la indignación, el miedo, la euforia o el odio se convierten en el único criterio para interpretar la realidad, la capacidad crítica comienza a deteriorarse. Las emociones son parte indispensable de la vida humana; convertirlas en un instrumento prioritario de comunicación política es otra cosa muy distinta, apunta a la instrumentalización de la emotividad colectiva en detrimento de la razón.

6. Defienda el derecho a formular preguntas.

Ninguna idea debería situarse fuera del alcance del cuestionamiento racional. Allí donde preguntar comienza a considerarse una forma de traición, de inmoralidad o de herejía, la libertad de pensamiento ya se encuentra amenazada. Aquí no hablamos solo de libertad de expresión sino de libertad de cuestionamiento. La una sin la otra se convierte a la larga en una forma de demagogia. La posibilidad de hacer preguntas incómodas de forma pública y abierta constituye uno de los fundamentos de toda sociedad o relación abierta.

7. Cultive una vida cultural propia.

Leer buena literatura, estudiar historia, conocer filosofía, apreciar el arte y mantener conversaciones profundas amplía el horizonte simbólico del individuo. Cuanto más rico sea ese universo interior, más difícil resultará que una única narrativa consiga monopolizar la interpretación de la realidad. La mejor defensa frente a la manipulación no consiste únicamente en rechazar los relatos impuestos, sino en construir una conciencia suficientemente amplia para dialogar críticamente con ellos.

Nos gustaría terminar recordando que la autonomía intelectual no significa desconfiar de todo ni vivir permanentemente a la defensiva. Significa conservar la capacidad de decidir por uno mismo cómo interpretar el mundo. Los sistemas totalitarios intentan administrar el significado; las sociedades libres descansan sobre ciudadanos capaces de producirlo críticamente. La defensa cognitiva comienza cuando dejamos de preguntar únicamente qué debemos pensar y empezamos a preguntarnos por qué pensamos como pensamos. Esa pregunta, sencilla en apariencia, constituye una de las formas más profundas y poderosas de libertad.

 


Fidel Gómez Güell (Cienfuegos, 1986).
Licenciado en Estudios Socioculturales por la Universidad de Cienfuegos.
Escritor, antropólogo cultural e investigador visitante de Cuido60.

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