¿Vivir “de” o “para” la política”?: Un dilema crucial para el futuro cubano

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

​La política, en su concepción primigenia, nació como la ciencia y el arte de ordenar la vida en comunidad para alcanzar la justicia y la prosperidad para todos. Sin embargo, a lo largo de las décadas, una fisura ética ha socavado los cimientos de la gobernanza global: la transformación del servicio público en un mecanismo de subsistencia y privilegios. Fue el sociólogo alemán Max Weber quien, a principios del siglo XX, formuló con brillante lucidez la distinción entre dos tipos de actores que habitan la esfera pública: aquellos que viven “para” la política y aquellos que viven “de” la política. Esta frontera, por muy sutil que pueda parecer, marca la diferencia entre la salud de una nación y su descomposición moral.

​Vivir “para” la política implica concebir la gestión pública como una misión permanente, una vocación guiada por ideales, convicciones y un compromiso irrenunciable con el bien común. Quien abraza la política de este modo entiende que el poder es para servir, que es una carga temporal, una responsabilidad ante los ciudadanos y una herramienta para transformar la realidad en favor de los más vulnerables. Que todo pasa y se es recordado por todo el bien prodigado, que en política se traduce en gestión social, obras públicas, justicia social.

Por el contrario, vivir “de” la política convierte la función pública en un medio de vida, en una carrera profesional donde la meta primordial deja de ser el servicio a la comunidad para transformarse en la conservación del cargo, el acceso a prerrogativas y la acumulación de influencia o capital, para luego, cesado el servicio vivir de todo ello.

​En las sociedades contemporáneas, el predominio del político profesional que busca en la gestión estatal su medio de vida ha generado una crisis profunda de representatividad y confianza. Cuando la política se transforma en un mercado laboral cerrado, la toma de decisiones deja de responder al interés general y pasa a subordinarse a la supervivencia de los aparatos partidistas o a los intereses de camarillas reducidas. La cosa pública, la “res publica”, deja de ser el terreno común de todos los ciudadanos para convertirse en un botín disputado por élites que se perpetúan en sus posiciones. Ya lo vamos viendo los cubanos, quizá con mayor claridad, en los últimos tiempos.

Esta modo de parasitar al Estado no solo asfixia la economía y degrada las instituciones, sino que destruye el tejido social, sembrando la corrupción, el descontento y la falta de credibilidad entre la población.

​Cuba se encuentra en un cruce de caminos histórico. La construcción de esa sociedad del mañana, concebida con el espíritu martiano de ser “con todos y para el bien de todos”, exige una reflexión profunda sobre las virtudes y valores éticos que deben guiar a sus futuros líderes y servidores públicos. El país no puede darse el lujo de reproducir los vicios de la profesionalización corrupta de la política, ni de permitir que el ejercicio del poder se convierta en una plataforma de privilegio individual o de un grupo específico. Para evitar que la nueva arquitectura social padezca de esta patología tan dañina, es imprescindible ofrecer formación ética, cívica e institucional que fomente actitudes honestas y claras en quienes asuman la alta responsabilidad de dirigir la nación. Esto, vale aclararlo, también es válido para los diversos grupos de trabajo de la sociedad civil independiente y para los partidos políticos de oposición en Cuba.

​La primera gran lección para el liderazgo es que la vocación pública debe nutrirse de la transparencia radical y la rendición de cuentas constante. Un líder que vive “para” la política no teme al escrutinio ni a la mirada crítica de sus compatriotas, pues comprende que la legitimidad no se otorga por decreto ni por monopolio del discurso, no por herencia familiar, ni por tráfico de influencias, ni por fama en las redes sociales o medios de comunicación, sino que se revalida diariamente a través de la honestidad y la eficacia, a través de la coherencia y la constancia, a través de la eticidad.

La transparencia no es una concesión benévola del gobernante hacia el gobernado, sino un derecho inalienable de la ciudadanía y la única salvaguarda efectiva contra la tentación de utilizar al Estado para el beneficio personal.

​En segundo lugar, resulta vital desmantelar la idea de que la política puede ser un refugio de la ineficiencia o un camino para el ascenso socioeconómico de unos pocos. Los líderes del futuro deben ser ciudadanos bien formados, con excelentes capacidades profesionales demostradas fuera del aparato estatal, capaces de generar valor e ingresos por su propia cuenta antes de aspirar a administrar los recursos colectivos. Quien sabe que puede ganarse el sustento al margen del poder público conserva su independencia de criterio y la libertad moral de renunciar cuando sus principios entren en conflicto con las exigencias del cargo. Aquel que, en cambio, depende exclusivamente del Estado para mantener su estatus o su nivel de vida, terminará inevitablemente transigiendo con la arbitrariedad y la mediocridad con tal de conservar su puesto. Aplaudirá todos los discursos y proclamará, sin disenso o análisis propio, todas las consignas. Al fin y al cabo, para ese tipo de políticos no importa la verdad, porque esta es construida y reconstruida desde una tribuna que cambia hacia donde se muevan las aguas, con tal de mantener el poder traducido en beneficio personal.

​Asimismo, la renovación generacional y la alternancia periódica en el mando deben constituirse como principios innegociables de la nueva sociedad. La nueva Constitución de la República de Cuba deberá establecer este mecanismo para evitar la perpetuación en los cargos, que no es más que el suelo fértil donde germina la confusión entre el interés público y el interés privado.

Cuando un dirigente permanece indefinidamente en la cúpula del poder, en el círculo estrecho que toma las decisiones, la visión del Estado se nubla, la capacidad de autocrítica se erosiona y las estructuras que le rodean tienden a convertirse en redes de clientelismo y adulación. La alternancia no solo oxigena las instituciones y aporta nuevas perspectivas a la resolución de los problemas, sino que recuerda de forma saludable a cualquier gobernante que su paso por el poder es efímero y que tarde o temprano volverá a caminar por las calles como un ciudadano común, sujeto a las mismas leyes e impresiones que el resto de la sociedad.

​La construcción de un país justo requiere también la desmitificación del poder. El servicio público no debe estar rodeado de ostentación, privilegios materiales injustificados ni lejanía con respecto a las realidades cotidianas que enfrenta la población. La verdadera autoridad moral de un líder nace de su capacidad para compartir las vicisitudes de sus semejantes y de la austeridad con la que conduce su vida. Un gobernante alienado del día a día del ciudadano pierde la sensibilidad indispensable para diseñar políticas públicas efectivas y humanas, convirtiéndose en un burócrata insensible que solo busca mantener el orden de las cosas para preservar su propia tranquilidad.

​Vivir “de” la política es una plaga que para erradicarla requiere generar una nueva cultura ciudadana, donde el pueblo entienda que el control sobre los gobernantes no es un acto de deslealtad, sino el deber supremo de una sociedad madura. Instituciones fuertes e independientes, mecanismos efectivos de auditoría social y una prensa libre y rigurosa, son herramientas indispensables para que los líderes recuerden en todo momento para quién trabajan, por quién han llegado al poder, a quiénes sirven, allí donde hayan elecciones libres, transparentes y democráticas.

El destino de la nación dependerá en gran medida de su capacidad para convocar a las mentes más lucidas y capaces y a los corazones más éticos, personas dispuestas a entregarse con pasión a la causa colectiva sin esperar a cambio más recompensa que la satisfacción del deber cumplido.

Solo cuando la política vuelva a ser entendida como un servicio exigente, austero y subordinado a la voluntad de la ciudadanía, podremos garantizar que la sociedad que estamos llamados a edificar no sucumba a la ambición desmedida de unos pocos y sea, verdaderamente, un hogar digno para todos.

 


  • Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
  • Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
  • Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
  • Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
  • Reside en Pinar del Río.

 

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