Las reglas no escritas de los dirigentes

Foto tomada de Internet.

Estas reflexiones personales son el fruto de mis experiencias e interpretaciones, pero puede que muchos puedan contradecirme, o enriquecer estas ideas.

Al triunfo de lo que llaman revolución cubana, era imprescindible para el nuevo orden destruir todo la anterior y restablecer un nuevo modo de hacer. Una frase que refleja claramente eso decía, con la revolución, todo. Sin la revolución, nada. Y la pregunta lógica seria identificar hasta dónde llega el todo.

Una práctica muy común contemplaba como principio fundamental el designar dirigentes administrativos a personas por su fidelidad a la revolución, sin importar sus conocimientos o preparación para las actividades a las que tendría que dirigir. Ese principio produce lógicamente errores muy costosos, tal ve uno de los más famosos fue el del comprador que importó barredoras de nieve para Cuba. Pero otros menos conocidos no son menos costosos.

Durante mis veinte años en la industria turística viví personalmente tantos ejemplos que es muy difícil de cubrir en un breve espacio. No es fácil vender el antiguo hotel Playa Ancón en Trinidad y recibir las burlas del operador que se burlaba que un hotel frente al mar tuviera todos lo balcones dirigidos a la montaña y ninguno a la playa. Resulta difícil convencer a un dirigente de aprobar una política que puede destruir el trabajo de muchos años en un mercado. Pero construir y ver a otros destruir, era una realidad muy frecuente en muchas industrias.

La falta de conocimientos se sustituye por otras cosas: empecinamiento, oídos sordos, imposición. Y seguía entonces un largo periodo de aprendizaje. Al final, justo luego de conocer todo, el dirigente era sustituido por otro que comenzaba el ciclo nuevamente.Cuando comprendí eso, entendí que el movimiento era un pasito para adelante, y dos para atrás, o viceversa. Nunca se avanza, todo retrocede o se mantiene.

El principio en el fondo era que, si eras confiable, eras impune. Eso a todos los niveles.

Hace poco vi las declaraciones de un oficial del ministerio del interior decir con orgullo que tenía en su historia tres muertos, pero nunca había ido a prisión. Era un jovencito cuando se unió a los rebeldes, y cuando tomaron el poder se sentía un campeón. La primera muerte ocurrió cuando en un club nocturno alguien tocó inapropiadamente a su pareja. El rebelde sacó la pistola y mató al ofensor en el acto. El máximo dirigente en el país se pronunció, de acuerdo con el que relató la historia: “a ese hombre nadie me lo toca”. El segundo muerto se produjo cuando ese oficial era un guardia en una de las pocas tiendas en divisa que existían en los primeros años. Alguien salió huyendo mientras robaba un pantalón. El rebelde impune sacó su arma y lo mató. El tercer muerto fue otra discusión también de menor tono, pero también produjo otra muerte y otra impunidad.

En todo estos años la cantidad de asesinatos de ciudadanos, por la decisión en los errores de personas al mando, son enormes y no sé se lograremos algún día conocer todas.

La impunidad lo abarca todo: errores, asesinatos, trafico de influencias… Eso produce un sentimiento dentro de la dirigencia del reconocerse superiores, estar más allá del comportamiento regular. La parte que los afecta más es el no reconocer es que su impunidad tiene caducidad, no porque cometan un error, sino porque la máxima autoridad ya no quiere seguir otorgando ese nivel de permisibilidad, o lo quieren sustituir por miembros de otro clan. La prueba de eso es la larga lista de ministros, directores, oficiales y dirigentes de todo tipo que han cumplido condenas a cárcel o las están cumpliendo.

El dirigente tiene muchos recursos bajo su dirección, su responsabilidad implica trabajar sin tener horas ni límites. Llegar a altos puestos dentro del sistema implica negarse a sí mismo múltiples veces y probar en muchas ocasiones, de manera sistemática, su fidelidad a la revolución. Pero en la concreta, su salario es miserable, aunque maneje millones en su trabajo.

De manera que, si tiene la oportunidad de poner a sus hijos en lugares preferenciales, en el extranjero, en puestos con acceso al dólar, la justificación moral es: me lo merezco, soy fiel, me sacrificio. Mi hijo será fiel, aunque no se sacrifique. Otros desde afuera los critican, pero ellos lo interpretan como envidia por lo justo.

Para muchos en el exilio es escandaloso que los hijos de la cúpula en el poder dirijan empresas privadas en Cuba, en empresas creadas con dinero público en el extranjero, en empresas extranjeras vinculadas con Cuba, estudien en altas instituciones en el extranjero, visiten el mundo gastando dólares. El exilio denuncia. La respuesta de ellos esta muy clara: es lo que ellos se merecen.

Leí en la prensa cuando la jefa del parlamento alemán, Rita Sussmuth, fue duramente atacada por lo oposición por el uso del auto oficial. Resulta que su esposo manejaba el auto y la dejaba a ella en el trabajo. El seguía para su trabajo en el auto. Al final del día el pasaba y la recogía en el trabajo y se iban juntos a casa. Me maravillaba que ella misma era responsable de manejar y se ahorrara el sueldo de un chofer. Yo leía la prensa, veía la televisión alemana escandalizada por la acusación y me preguntaba qué harían si supieran la práctica común en Cuba.

Las normas morales y justas que algunos consideran correctas no son las mismas de una gran cantidad de dirigentes. Y en el fondo esta el obviar cuales son las oportunidades de los hijos de nadie, los hijos de los trabajadores y campesinos, los hijos del ciudadano común. Y sencillamente los dirigentes están en otra nube, no necesitan ver el cielo a su alrededor.

 

 


  • Estela Teresita Delgado Rosales (La Habana, 1956).
    Graduada como traductora e interprete en la Universidad de La Habana en 1984.
    Graduada del Klessheim Institute de Austria en la especialidad de Turismo. Autora de tres libros:
    Almas escondidas, 2009, La revolución de Castro al desnudo, 2023 (segunda edición) y Crónica de
    un aldabonazo, 2024.
    Reside en Miami.
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