Jueves de Yoandy
Durante más de seis décadas la historia política cubana ha estado atravesada por una misma devoción fatal: la búsqueda del hombre fuerte, el salvador providencial, el mesías-redentor, el héroe de tribuna capaz de resolver de un plumazo las penas de la patria. Desde los caudillos de las guerras de independencia hasta el mesianismo de la Revolución de 1959, Cuba ha pagado un precio altísimo por confundir el destino de una nación con el carisma de un individuo.
El carisma no es virtuosidad, es un amplificador de buenas actitudes. En las manos correctas puede movilizar voluntades hacia una causa noble; en las incorrectas, funciona como un provocador del daño colectivo. El peligro del líder carismático y populista radica en su capacidad para sustituir las leyes por su voluntad, las instituciones por su voz y la ciudadanía activa por la fe fanática. El populismo florece precisamente allí donde la frustración ciudadana busca un atajo, ofreciendo respuestas simples a problemas complejos y construyendo una narrativa del “enemigo externo”, “el pueblo contra sus enemigos”, la reescritura de la historia, encarnada, por supuesto, en la figura del gran líder.
Cuba no necesita más mesías ni caudillos para su futuro. Lo que la sociedad cubana requiere de forma urgente es un cambio radical en la concepción del liderazgo: pasar del líder mesiánico al líder funcional.
Un verdadero liderazgo para la reconstrucción democrática e institucional de Cuba debe medirse no por la masa que arrastra, sino por las instituciones que construye y fortalece. La función primordial de un buen líder en la Cuba futura no es encarnar el poder, sino distribuirlo; no es pedir fe ciega, sino fomentar el pensamiento crítico y la rendición de cuentas. Un liderazgo sano es aquel que se sabe pasajero, que respeta la alternancia y que entiende que su mayor éxito consiste en volverse prescindible porque ha dejado claras las reglas del juego, que deben ser respetadas por todos.
Superar el caudillismo implica desmantelar el culto a la personalidad en todas sus formas. Significa entender que la patria no le pertenece a un partido, a una ideología ni mucho menos a un nombre propio o a un apellido. La democratización de Cuba pasará inevitablemente por la madurez de su ciudadanía, traducida en la capacidad de dejar de esperar a un libertador para empezar a construir, entre todos, una república de ciudadanas y ciudadanos libres sostenida por instituciones sólidas, transparentes y plurales.
El futuro de Cuba no exige épica ni discursos de trinchera, exige competencia técnica y vocación para la democracia. Un buen líder para esa nueva nación que debemos reconstruir entre todos debería reunir algunas de las siguientes características:
1. Ser un arquitecto institucional que desmitifique la figura del líder caudillista o carismático tradicional para defender un perfil cuyo objetivo primordial sea crear instituciones fuertes, donde el futuro del país dependa de las leyes y no de una sola persona.
2. Ser un gestor pragmático de la crisis, manteniendo un perfil técnico enfocado en la resolución de problemas estructurales inmediatos (matriz energética, soberanía alimentaria, inflación y servicios públicos, entre muchos otros) por encima de la retórica dogmática o ideológica.
3. Ser una persona unificadora de la nación dividida. Un liderazgo capaz de construir puentes reales entre la sociedad civil en la Isla y en la Diáspora, reconociendo el capital financiero, profesional y humano del exilio como elemento indispensable para el desarrollo.
4. Funcionar como garante de la equidad en el cambio, desarrollando un perfil con sensibilidad social que promueva la apertura económica y la iniciativa privada sin descuidar a los sectores más vulnerables.
Cuba no necesita más más líderes para controlar, sino referentes capaces de generar confianza y, sobre todo, de mantener la coherencia entre el decir y el hacer. Esta seguirá siendo la responsabilidad mayor que otorga la verdadera autoridad moral que sirve de ejemplo y fuerza motivadora para el futuro edificado “con todos y para el bien de todos”.
- Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
- Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
- Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
- Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
- Reside en Pinar del Río.

