Jueves de Yoandy
A menudo confundimos dos figuras que, aunque habitan el mismo espacio entre el emisor y el receptor, operan bajo principios éticos y funcionales opuestos. Ellas son: el intermediario y el mediador. En un mundo saturado de canales y ruidos, diversidad de redes sociales, medios de comunicación digitales e impresos, revisar la calidad de los puentes que construimos es una urgencia no solo comunicativa, sino profundamente ética.
El intermediario ocupa una posición intrínsecamente desventajosa en la transmisión de cualquier mensaje. Su función suele limitarse a ser un conducto por el que la verdad debe pasar. El problema radica en que, en esa transición, el intermediario con frecuencia añade su propio sesgo, administra la información según sus intereses o, en el peor de los casos, fragmenta el mensaje original. Al carecer de una autoridad creadora sobre el contenido y de un compromiso real con el mismo, el intermediario se convierte en un factor de riesgo. En el lugar donde debería haber fluidez aparece la opacidad.
Y es que el papel del intermediario en la comunicación humana arrastra, por su propia naturaleza, una fragilidad estructural. Cuando el flujo de un mensaje depende de un eslabón que solo replica lo que recibe, el riesgo de distorsión, malentendidos o sospechas se multiplica. Bien sabemos los cubanos de este mal que a veces suponen los intermediarios.
Frente a esta patología del proceso comunicativo, la transparencia y la verdad no son opciones accesorias, sino vienen a erigirse como los únicos antídotos eficaces. Cuando el mensaje se transmite con honestidad desde la raíz, la necesidad del intermediario se disuelve. Sin embargo, en escenarios complejos donde el emisor y el receptor están separados por barreras culturales, emocionales o técnicas, políticas o ideológicas, el vacío no debe ser llenado por el oportunismo de la intermediación, sino por la facilitación que acarrea la mediación.
Es aquí donde emerge el mediador como la antítesis del intermediario. Mientras el primero busca controlar el flujo de la información para beneficio propio, el segundo se desvive por desaparecer una vez que el entendimiento se ha logrado, porque ha cumplido su cometido, sin alardes y sin necesidad de protagonismo.
El mediador no es un traductor de las realidades, sino un facilitador cuyo propósito no es retener el mensaje, sino contextualizarlo, limpiarlo de ruidos y asegurar que la esencia de la verdad llegue intacta al otro lado. Para el mediador, el éxito radica en la transparencia, siendo su mayor logro que las partes se sienten sobre la mesa y se entiendan, como si él nunca hubiera estado allí.
El intermediario vive de la distancia entre las personas mientras que el mediador vive para acortarla.
En una sociedad cada vez más fragmentada, donde unos y otros hacen de intermediarios destruyendo reputaciones, acuerdos institucionales y relaciones humanas, urge rescatar la figura del mediador. Necesitamos menos filtros que oscurezcan la realidad y más facilitadores que la iluminen. A fin de cuentas la verdad no necesita intérpretes que la vigilen, sino puentes legítimos, voces comprometidas y defensores acérrimos, que la dejen correr libre y transparente.
- Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
- Licenciado en Microbiología.
- Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
- Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
- Responsable de Ediciones Convivencia.
- Reside en Pinar del Río.

