Jueves de Yoandy
El futuro de Cuba no es un destino que aguarda a la vuelta de un calendario, sino una construcción que requiere planos precisos y cimientos sólidos. Tras décadas de un modelo que ha intentado uniformar el pensamiento y ha dañado el alma no solo de la persona, sino de la Nación, la transición hacia una sociedad libre, justa, próspera y democrática requiere una madurez política que evite los vicios del pasado. No podemos caer en el mismo discurso ni en la réplica de estilos de liderazgo fallidos.
Tal como aparece en los tres Evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), que devienen en enseñanza para todos los tiempos: “el vino nuevo en odres nuevos se ha de echar”. Por tanto, para que la reconstrucción de Cuba sea un proceso efectivo debemos articularla sobre tres pilares irrenunciables: la memoria histórica, la diferenciación de roles y la humildad cívica.
En primer lugar se nos presenta la memoria como un escudo contra el olvido. Edificar el futuro no significa borrar el pasado para empezar de cero, como borrón y cuenta nueva: eso es populismo. Edificar el futuro no es olvidar, o lo que es peor, negar toda la experiencia anterior para innovar sobre la marcha: eso es empirismo. Y tanto el populismo como el empirismo constituyen afectaciones graves para la salud de la futura República.
Durante años de totalitarismo han existido innumerables proyectos de la sociedad civil en Cuba, desde bibliotecas independientes y movimientos de derechos humanos hasta redes de periodistas y artistas que han mantenido viva la llama de la libertad. No olvidar cada uno de estos esfuerzos es un acto de justicia, un deber cívico de cada cubano. Reconocer el trabajo de quienes lo ofrecieron todo hasta el martirio, de quienes no claudicaron, de quienes han sido perseguidos, calumniados, golpeados, apresados, exiliados, permite que el nuevo país no nazca de la nada, sino de la valentía acumulada durante muchos años que va conformando el acervo de la Patria. Sin memoria histórica corremos el riesgo de que la nueva libertad sea extremadamente superficial y probablemente muy vulnerable a los mismos errores.
La memoria no es solo un ejercicio de retrospección, sino un acto de justicia y una salvaguarda contra la repetición de totalitarismos. Ella nos viene a recalcar que la democracia no se construye desde el vacío, sino sobre los hombros de quienes mantuvieron vivos los valores cívicos en las condiciones más adversas. Sin este reconocimiento, la nueva nación carecerá de raíces éticas y, a la larga, seguirá aumentando la magnitud del daño.
En segundo lugar, en la Cuba del futuro, la “unidad en la diversidad” debe dejar de ser una frase hecha para convertirse en un verdadero mecanismo de respeto a la diferenciación de roles.
Esa unidad no debe ser confundida con la unanimidad. La verdadera cohesión nacional surge cuando grupos con intereses y visiones distintas aceptan colaborar bajo un marco de reglas comunes. La diferenciación de roles impide que un solo sector (con frecuencia el político) intente absorber a los demás, evitando que la política contamine la cultura o que la economía soborne a la justicia. El valor de la sociedad civil, en general, radica en pasar de una masa indiferenciada a una sociedad donde conviven ciudadanos con funciones claras y diversas.
Uno de los grandes desafíos de cualquier oposición o sociedad en transición es la tentación a caer en la “todología”, esa tendencia descrita como la habilidad para opinar y hacer de todo. Sin embargo, tanto la vida ordinaria, como la democracia se nutren de la especificidad. En la Cuba del futuro, para que funcione como hemos venido pensando desde hace varias décadas, cada grupo debe comprender su función específica:
• Los políticos deben gestionar el poder y la representación.
• Los activistas deben vigilar los derechos humanos para todos.
• La sociedad civil organizada debe articular las demandas sociales y presentarlas ante los políticos que deberán reponder adecuadamente.
Respetar esta diferenciación es lo que permite la “unidad en la diversidad”. No se trata de que todos pensemos igual, sino de que todos aceptemos las reglas del juego, y de que sobre el tablero del juego estén colocadas todas las piezas. La cohesión no se logra mediante la fusión de las identidades, sino mediante el respeto mutuo a la labor que cada quien desempeña en el entramado nacional.
En tercer lugar me quiero referir a un valor que contrasta con el protagonismo de los cubanos y que es muy necesario en el arte de gobernar o en el ejercicio de diseñar los futuros posibles. La humildad cívica frente al mesianismo, la humildad cívica frente a la arrogancia de creernos salvadores supremos, únicos edificadores del mañana.
Finalmente, este es uno de los vicios más peligrosos que ha acechado nuestra historia. El futuro de Cuba no pertenece a un “hombre fuerte”, ni al “hombre nuevo” dañado por los efectos del sistema, ni a un grupo de elegidos, sino a la voluntad soberana de su pueblo. Se requiere la humildad de escuchar al pueblo, ese que a menudo ha sido ignorado o utilizado como escenografía. Se trata de escuchar a todos los hermanos de la sociedad civil en Cuba. Se trata de escucharnos entre nosotros mismos.
La estrategia de minimizar los protagonismos individuales es vital para no repetir los patrones autoritarios que tanto daño han causado a lo largo de nuestra historia. Debemos rescatar el espíritu de la Asamblea Constituyente de 1940, recordando las palabras del pinareño José Manuel Cortina: “La Patria dentro, los partidos fuera”.
Esta máxima nos recuerda que, por encima de las siglas, las ideologías o los intereses personales, debe prevalecer el bienestar de la nación. Solo con humildad, contando con todos, respetando el disenso y desplazando el ego político, podremos asegurar que la Cuba que viene sea, de una vez y por todas, “con todos y para el bien de todos”.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

