El devenir de las sociedades en momentos de crisis o de cambio profundo suele depender de la calidad de sus mentes guiadoras. En contextos de profunda transformación, como el que se vislumbra y necesita el horizonte cubano, la figura del líder emerge no como un nuevo mesías (que ya de eso bien sabemos), sino como un facilitador de procesos plurales y verdaderamente democráticos.
Existe una tendencia a confundir la capacidad de conducción con el simple magnetismo personal, otorgando al carisma un peso absoluto que la realidad se encarga de desmitificar. Si bien esa chispa natural o capacidad de conectar emocionalmente con las mayorías es un catalizador potente para despertar la esperanza, mucho más en sociedades cansadas o afectadas por años de crisis sobre crisis, discursos vacíos y control del Estado sobre la vida pública, el carisma por sí solo es un ente vacío si no está respaldado por una estructura ética y conceptual sólida.
El peligro de los liderazgos puramente carismáticos radica en su volatilidad, ya que suelen construir lealtades hacia la persona y no hacia las instituciones o los valores compartidos. Y un país es más fuerte, en la medida en que sean fuerte sus instituciones. No por gusto el totalitarismo ha querido copar todas y cada una de ellas con su metodología autoritaria, imponer su ideología y tener en ellas fieles representantes para poder mover los hilos a su antojo con relativa facilidad.
La característica primordial del liderazgo es la capacidad de servicio. Más allá de la oratoria elocuente es esencial la vocación de servicio. Quien asume la responsabilidad de guiar un proyecto, más aún un proyecto de Nación, debe poseer una profunda empatía para interpretar los dolores y las aspiraciones de su pueblo, acompañada de una probada honestidad y una visión clara del puerto seguro al que quiere llegar. Y eso a veces no lo tenemos tan claro en algunas propuestas que se nos presentan.
Para garantizar un buen liderazgo se requiere una capacidad de escucha activa, la humildad para reconocer los propios límites y la firmeza para tomar decisiones complejas que no atenten contra el bien común. En etapas de transición, estas virtudes morales se vuelven el único antídoto eficaz contra los nuevos autoritarismo y la fragmentación social, permitiendo tender puentes donde antes solo había polarización y desconfianza.
Es precisamente en la urgencia del cambio donde se libra la batalla más grande entre la improvisación y la formación ética y cívica. Las transiciones políticas y sociales son terrenos sumamente complejos que no admiten el ensayo y el error de la espontaneidad, pues los costos humanos y sociales de un paso en falso son demasiado altos. No debemos repetir los mismos errores del pasado. La formación de quienes encabezan los procesos transicionales no debe entenderse como la acumulación de títulos académicos, sino como la maduración del pensamiento crítico, el conocimiento de la gestión pública, la comprensión de la bioética, el respeto estricto a los derechos fundamentales y la colocación de la dignidad de la persona humana en el centro de todo el proceso. El líder preparado sabe que su misión no es perpetuarse en el poder, ni propiciar la centralización, sino coordinar los distintos elementos de una sociedad civil diversa y plural, permitiendo que cada sector desempeñe su rol específico de manera armónica.
La realidad cubana actual, y la Cuba de mañana, requiere un cambio radical respecto a los modelos del pasado. Cuba necesita de hombres y mujeres capaces de encarnar un liderazgo democrático, incluyente y profundamente institucional. La transición cubana no se sostendrá sobre la misma retórica, los viejos discursos plagados de consignas y vacíos de contenido, ni sobre las nuevas promesas populistas, sino sobre la reconstrucción del amplio tejido de la sociedad civil, la reconciliación y el diseño de políticas públicas eficientes que devuelvan la dignidad al ciudadano y aumenten su bienestar.
Quienes asuman este reto histórico deben ser servidores bien formados para la convivencia pacífica, con la lucidez necesaria para sustituir el autoritarismo por la fuerza de la ley, y la improvisación por una organización rigurosa, garantizando así que el camino hacia el futuro sea un esfuerzo plural y con unas bases éticas inquebrantables.
