
Durante décadas, el ecosistema mediático en Cuba ha sido un monolito. Bajo la premisa de la “unidad nacional”, se ha confundido el periodismo con la propaganda, y la información con la consigna. Durante demasiado tiempo hemos aprendido a leer entre líneas, a interpretar silencios y a desconfiar de los titulares.
Sin embargo, ante el horizonte de una ansiada, inminente y necesaria transición en la isla, los medios de comunicación no pueden ser meros transmisores de eventos. Deberán convertirse en garantes de la democratización.
Y escribo en futuro, aunque no esté del todo de acuerdo con utilizar ese tiempo gramatical, porque la transición en un país dictatorial no suele tener un inicio único y definido. Muchos ubicarán el comienzo de la misma, el día en que los actuales gobernantes dejen de ejercer el poder. Para este humilde escribidor la transición ya ha comenzado, pero ese es asunto para otro artículo y sobre el cual pudieran disertar otros especialistas mas cualificados que yo en esos temas.
Pero cuando hablamos de ese anhelo transicional que palpita en las casas a oscuras, en las calles inundadas de basura, en medio de la diáspora y en la tristeza del exilio, no solo hablamos de cambiar gobernantes, leyes o estructuras económicas. Hablamos, sobre todo, de algo incluso más importante y fundamental que es recuperar la voz de un pueblo, nuestra voz.
Una transición no comienza en las urnas. Comienza en la noticia, en la palabra. Comienza el día en que los medios de comunicación dejen de ser un monólogo escrito por el PCC (Partido Comunista de Cuba). Durante décadas, se nos ha contado una sola historia, una épica congelada en el tiempo que no admite matices.
El primer gran papel de los medios de comunicación en una Cuba nueva será ¨limpiar el éter¨, desarticular el discurso único. Necesitamos medios que funcionen como espejos donde nos reconozcamos todos. El que se quedó, el que se fue, el que disiente, el que por ideales defendió el proceso revolucionario y el que aún tiene miedo. En un proceso de cambio, la prensa deberá funcionar como un laboratorio de pluralidad donde quepan todas las visiones de país que han sido empujadas al margen. Desde el cuentapropista hasta el académico exiliado, desde el trabajador asalariado hasta el preso político, desde el periodista independiente hasta el artista censurado, desde el político de turno hasta el ciudadano de a pie. La pluralidad nunca será desorden. Es una riqueza para la democracia y su visibilidad será imprescindible para la salud de una nación que volverá a respirar. Y para que eso suceda los medios de comunicación deberán responder exclusivamente a la verdad sin ser piezas de ajedrez de ningún grupo de poder.
Una transición nunca será un proceso ausente de dolor. Y a la prensa y los medios de comunicación les toca ser parte importante del mismo. Saldrán a la luz verdades incómodas, heridas que han estado mal curadas bajo el vendaje de la propaganda. No se trata de usar la información para la venganza, sino para la justicia transicional. Los medios deben ser el espacio donde los verdugos sean retratados, donde las víctimas sean escuchadas y donde la memoria histórica se reconstruya sin tachaduras. Sin ser fieles a la verdad, cualquier democracia que intentemos levantar tendrá cimientos de arena.
No hay transición sin justicia, y no hay justicia sin verdad. Por tal razón los medios deberán servir también como una plataforma para la reconciliación nacional, pero una reconciliación basada en la realidad y la verdad, no en el olvido. Documentar las historias de exclusión, dar voz a las víctimas de la represión y abrir archivos históricos silenciados será una tarea difícil, pero también necesaria para evitar que los errores del pasado se repitan.
El poder, sea del color que sea, tiende moverse a la sombra si nadie lo alumbra. En un periodo de cambio institucional, el riesgo de que la corrupción se recicle es inmenso. Siempre habrá quien intente aprovecharse del caos, por lo que una prensa libre en la transición cubana tiene el deber ético de fiscalizar a los nuevos y viejos actores políticos, asegurando que los recursos del pueblo no cambien simplemente de manos privadas o burocráticas bajo nuevas etiquetas. Aquí, el periodismo de investigación deberá ubicarse en una de las primeras líneas de defensa. Necesitamos una prensa que no le deba favores a nadie. Activistas y ciudadanos debemos exigir transparencia y medios que auditen cada contrato, cada reforma y cada promesa. El periodismo en transición es, ante todo, un ejercicio de vigilancia ciudadana.
En el contexto cubano, el acceso a la tecnología es y será una pieza clave. La transición requiere que internet deje de ser un lujo controlado o una herramienta de vigilancia para convertirse en un servicio público. Deberán existir infraestructuras que garanticen que la información fluya desde la periferia hacia el centro, permitiendo que la Cuba profunda participe activamente también en el diseño de su propio futuro.
Eso conllevará también a un proceso que ayude a reconstruir la confianza de la gente para con los medios de comunicación. Estamos acostumbrados a que la noticia sea algo que viene de arriba, algo ajeno. El nuevo ecosistema mediático cubano debe nacer de la comunidad. Necesitamos televisoras, periódicos y radios locales con una verdadera visión y vocación comunitaria. Espacios donde el cubano de a pie no sea un extra en un reporte oficialista, sino el protagonista de su realidad.
La tecnología ya nos ha dado una probada de esto. Hoy, un teléfono móvil es más poderoso que una antena estatal. Cada vez que un periodista independiente narra la realidad de un solar, cada vez que un ciudadano comparte una verdad sin permiso, cada vez que un familiar de un preso político habla de su situación, cada vez que alguien señalado exige su derecho a réplica, estamos ensayando para el futuro. Pero la tecnología sola no basta, hace falta una ética que nos mueva a usar esa conexión para, desde la realidad bien contada, construir puentes en vez de trincheras.
Pasar de un modelo de prensa de partido a uno de prensa ciudadana será un reto sísmico. Requiere formación, ética, y, sobre todo, la valentía de aceptar que la crítica es el motor del progreso, no un acto de traición. No queremos una Cuba donde cambie un dueño de la verdad por otro. Necesitamos una Cuba donde la verdad sea de todos, donde podamos discutir sin odio y donde, por fin, el derecho a informar y ser informados sea tan natural como el aire que respiramos frente al Malecón. Ese día, los medios no serán el eco de un gobierno, sino el latido y la voz de un pueblo.
En el Centro de Estudios Convivencia y desde esta revista siempre hemos creído en la fuerza de la sociedad civil. No por gusto llevamos más de una década trabajando entre cubanos dentro de la isla y la diáspora en el Itinerario de Pensamiento y Propuestas para Cuba. Entre sus informes, el numero seis estuvo dedicado a “Los Medios de Comunicación Social (MCS) y las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) en el futuro de Cuba” (https://centroconvivencia.org/category/propuestas/medios-de-comunicacion-y-tics/)
Durante la transición, la prensa y los medios serán el puente sobre el cual caminaremos hacia esa Cuba donde la diferencia sea celebrada y la verdad sea, finalmente, un bien común. La libertad de información y de prensa no es el destino final de la transición, es un vehículo indispensable para la construcción de la nueva Cuba.
- Manuel A. Rodríguez Yong (Holguín, 1990).
- Productor y Realizador Audiovisual egresado de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV).
- Licenciado en Dirección de Medios de Comunicación Audiovisual por la Universidad de las Artes de Cuba.
- Fue Presidente de SIGNIS Cuba y Miembro de la Junta Directiva de SIGNIS ALC.
