Servidores de la verdad, constructores de libertad

La verdad está en crisis, y con ella la sociedad toda. Dedicar un momento de calidad a reflexionar sobre la verdad puede parecer hoy una pérdida de tiempo. Sobre todo porque desde la comunicación es bien sabido que la labor periodística se mueve principalmente por el motor del interés público y hoy día al público, al hombre de a pie, lo tiran otros muchos intereses tal vez menos importantes, pero más urgentes, que no lo dejan detenerse a respirar, a pensar, a buscar la verdad.

La verdad en nuestro tiempo ha ido quedando relegada en el perdido campo de lo inútil, pero eso sí, con importantes consecuencias, que suelen beneficiar a grupos de poder en detrimento de multitudes que son manipuladas sin siquiera advertirlo. Junto con la verdad, ha perdido interés la filosofía, que sin dejar de ser ciencia, es una inquietud constante, una pasión por conocer las causas últimas de la realidad, en definitiva una espiritualidad, un modo de vivir en tensión constante hacia la verdad.

En un salón parroquial, un joven se levantó y desafió al sacerdote profesor: —La filosofía es humo. Yo quiero luchar contra la pobreza, la corrupción, la violencia…

El maestro lo miró con calma, con una mezcla de firmeza y ternura: —¿no ves que esos y otros muchos malos frutos nacen de la misma raíz?: la mentira. La corrupción se disfraza con palabras falsas, la violencia se enciende con engaños, la pobreza se perpetúa con promesas que nunca se cumplen y con estructuras que son medias verdades para tapar medias mentiras que a la larga devienen muerte para esos pobres…

El joven guardó silencio. El maestro prosiguió: —La verdad es semilla. Sin ella, cualquier obra se marchita. La filosofía es amor y compromiso con la verdad, no es humo: es el viento que limpia, es la brújula que señala el norte. Quien desprecia la verdad probablemente prefiere la oscuridad para encubrir el mal o disfrazarlo; pero si acaso no esconde dobles intenciones, construye entonces sobre arena, una empresa destinada a fracasar.

Entre las tendencias que nos han empujado cuesta abajo hacia esta existencia de “funcionar sin pensar”, destacan el relativismo y la situación de posverdad, a las que me resisto a llamar tendencias de pensamiento, porque más bien serían de “no-pensamiento.”

En la era de los titulares virales y las emociones elevadas a categoría de argumento, la verdad parece haber pasado a segundo plano. Es una especie de clima cultural donde los hechos importan menos que las percepciones, donde todo depende de cómo lo sienta cada uno y desde ese sentir lo arguya como su opinión irrebatible. Si todo es opinable, nada obliga. Si no hay verdad objetiva, no hay suelo compartido para el diálogo ni para la justicia.

La afirmación relativista de que no existen verdades universales, hace a la realidad susceptible de ser contada como al comunicador le interese, a menudo prescindiendo del hecho mismo o adaptándolo al relato preconcebido. A esto se le suma el dato de que los comunicadores hoy subsisten en medio de un ecosistema mediático dominado por la velocidad, el impacto emocional y los algoritmos. Ecosistema que mueve a sacrificar la verdad sobre el altar de la viralidad.

Pero no solo a la verdad de las cosas, a la realidad, al hecho mismo, han de servir los comunicadores, sino sobre todo a las personas a las que el producto de comunicación va dirigido. La situación de posverdad, el relativismo y el actual ecosistema mediático reducen a las personas de sujetos a meros objetos. La manipulación de emociones, la exageración o la omisión deliberada de datos dañan la dignidad del receptor, que deja de ser considerado un sujeto racional para convertirse en un consumidor de historias, con un guion preciso y estudiado de cómo ha de comportarse después del impacto mediático. El receptor debe sentirse “informado”, y con autoridad para hablar con los pobres datos que ha recibido, para pensar como conviene a su proveedor de noticias, para ignorar o restarle importancia a ciertos temas, movido a consumir ciertos productos, y un largo etcétera, todo como decidan sus “informadores,” que a su vez presumen de hacer “periodismo objetivista.”

Ahora bien, como usuarios de los medios de comunicación nos convienen tener despiertas algunas cautelas para no caer en la trampa de la desinformación con apariencia de experticia1.

La mayor parte de los materiales a los que accedemos presentan una visión parcial y superficial de la realidad. No es que los hechos sean simples, sino que obedeciendo a ciertos intereses, el relato los presenta simplificados, omitiendo toda la urdimbre de relaciones que el hecho tiene, eligiendo y magnificando aquello a lo que se quiere que prestemos atención, como se hace en una caricatura.   

Otra importante cautela debe despertarse cuando nos encontremos frente a una acumulación de hechos sin sentido, redundantes, homogéneos, trivializados y fragmentarios. Este fenómeno que ya se verificaba en la prensa plana, se ha multiplicado exponencialmente en la era de las redes sociales. Basta un instante para acceder a una cascada de titulares inconexos, con datos escasos aunque todo lo rimbombante posible, diseminados en innumerables plataformas si acaso con cambios insustanciales, que llenan los ojos hasta el cansancio y que prácticamente no dicen nada. Ignorar las relaciones de los hechos entre sí, sobre todo en materia política, impide calcular su alcance, mutila la opinión pública y la inhabilita.

Por otra parte, se pasa de un tema a otro totalmente distinto: del titular sobre un trágico accidente al que anuncia la ganadora de Miss Universo, de una nota sobre la huelga de hambre de un preso político al cintillo que especula sobre el divorcio de una estrella de fútbol. Todos con un método único de tratamiento de la realidad, un aplanamiento de los hechos en el relato, que los presenta a todos como si estuvieran al mismo nivel. Los trivializa y falsea moviendo al destinatario hacia una insensibilidad por saturación, a quedarse con la sensación de saber mucho de actualidad y cansado como para profundizar más.

En su texto sobre la desinformación2, Galdón López advierte sobre la idolatría de la actualidad. La aparente necesidad de tener la “noticia de última hora” conspira también contra el necesario servicio a la verdad. El último titular con su febril impacto a menudo sin verificar, roba toda la atención y hace que queden rápidamente sepultados temas que reclamaban una reflexión que nunca se hizo. No es justo que la noticia de ahora en pocos minutos se convierta en papel amarillo y no es casual. Tal vez el mundo no vaya tan rápido como se piensa, tal vez a algunos les conviene que así sea, con sus consecuentes omisiones.

Frente a la actual crisis de la verdad agudizada por la desinformación mediática, la propuesta es desafiante. Como comunicadores hemos de renovar cada día nuestra conciencia de estar al servicio de la persona humana. Esto implicará tomarnos el trabajo de verificar fuentes, contextualizar los hechos, evitar la modificación tendenciosa del relato y resistir la lógica del fuerte impacto permanente. Otro importante esfuerzo será el de ir más allá de lo que ofrecen los algoritmos, que encierran a los usuarios en la pequeña isla de sus preferencias, haciéndolos ignorar el universo que hay fuera. De este esfuerzo, imprescindible para los periodistas, no se deben sustraer los lectores que a su vez se convierten en periodistas amateur cuando se disponen a dar un like o a compartir lo que acaban de leer en la red social de su preferencia.

Defender la verdad no significa ser altavoces de una utópica y fría neutralidad, sino intérpretes honestos de la realidad. El periodista no es ingenuo: sabe que toda narración tiene un enfoque y es una interpretación, pero también sabe que no todo enfoque es legítimo, que por encima de todo está el bien común, la dignidad humana y la realidad que bajo este enfoque exige ser interpretada y contada. Como constructores de la sociedad, los comunicadores hemos de ser conscientes de que si desde el servicio informativo no se sirve a la verdad, no será posible contar con ciudadanos capaces de diálogo, ni de democracia sana.

El periodismo responsable está llamado a ser una forma concreta de caridad intelectual al buscar la verdad, decirla con responsabilidad y ofrecerla con respeto. En una cultura saturada de ruido e intereses que desinforman, la fidelidad a la verdad, a la dignidad humana y al bien común tendrá un alto precio, pero ofrecerá a quien lo pague el mayor de los consuelos: el de transitar y construir el camino de la libertad.

1 El elenco que menciono sucintamente, lo proporcionó Gabriel Galdón López en 1994 y conserva toda la vigencia.

2 Galdon, Gabriel. (2006). Desinformación, método, aspectos y soluciones. Cuarta edición. Eunsa, Pamplona.

 

 

Pbro. Rolando Gibert Montes de Oca Valero (Camagüey, 1981).
Sacerdote diocesano desde 2009.
MSc. Comunicación Social Institucional por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz en 2019.
Postgrado en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, Missouri.
Coautor del volumen “Transparencia y Secreto en la Iglesia Católica”.
Profesor del Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela, del Centro Fray Bartolomé de las Casas y conferencista habitual del Centro Loyola Reina, todos en La Habana.
Párroco de Güines.

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