
- “Yo las estoy viendo siempre:
- a mi Chata romántica,
- a mi Carmen digna, a mi dolorosa Amelia, a mi sagaz Antonia…
- Yo no ceso de verlas un instante”.
- José Martí
En las páginas de la historia de Cuba relacionadas con la familia de José Martí, solo han sido recordadas la madre de Martí, doña Leonor Pérez Cabrera; don Mariano Martí y Navarro, el padre; la esposa, Carmen Zayas Bazán, y el único hijo del matrimonio: José Julián Martí y Zayas Bazán. Sin embargo, las siete hermanas que tuvo Martí y sus respectivas familias permanecieron en el anonimato por más de 100 años. Muchos me preguntan intrigados, ¿pero Martí tuvo hermanas? Y es que no fueron mencionadas en los libros de historia, ni nos enseñaron sus vidas en las escuelas cubanas. Solo el periódico El Fígaro, de comienzos de siglo XX, y más tarde, ya entrada la República, en la revista Bohemia, salieron retratadas algunas de ellas junto a esposos e hijos. En este ensayo vamos a recordar a estas siete mujeres que han estado ausentes de nuestra memoria histórica tantos años. También repasaremos la vida de los padres, Mariano y Leonor yla familia que estos instituyeron, en la que nació nuestro Apóstol.
Empecemos por la madre. Leonor Pérez Cabrera había nacido en 1828 en Santa Cruz de Tenerife. Pasa a Cuba a fines de 1842 pues su padre, Antonio Pérez Monzón, quien es militar, pide un traslado a Cuba y va a prestar sus servicios en el batallón de artillería de La Habana. Con él va toda la familia: su esposa, Rita Cabrera Carrillo y las tres hijas del matrimonio: Joaquina, Rita y Leonor. En ese momento Leonor es una muchacha de catorce años que se dedica a los trabajos del hogar; es buena en la costura y borda bien. El escritor Jorge Mañach la describe como “una isleña guapa moza, de talle de avispa, bucles negrísimos y una gracia algo chinesca en el pómulo”. Sabe leer y escribir porque sus hermanas mayores le han enseñado los conceptos básicos, pero esto es algo singular pues por entonces no es costumbre que la mujer estudie. En esa época la mujer se debe al hogar y a la iglesia, y nada más.
El que sería padre de José Martí, don Mariano Martí y Navarro, es natural de Valencia, aunque reside en Barcelona de donde parte para Cuba en 1844, requerido por las quintas, destacado en La Habana como sargento primero de artillería. Deja atrás a sus padres, Vicente Martí Guillot y Manuela Navarro Beltrán, y a sus hermanos Vicente y Antonio. Tiene 29 años y es de oficio cordelero y sastre. En La Habana, Mariano tiene a su primo hermano, Juan Martín Navarro quien le ha escrito maravillas de la Isla.
Ya en aquellos años se palpaba en Cuba un gran descontento entre los criollos, y comenzaban a estallar las conspiraciones. Algunos cubanos que estaban en el extranjero se infiltran en Cuba en expediciones, entre ellas las de Narciso López. Luego de varios intentos insurreccionales, en 1850 llega López a desembarcar en la ciudad de Cárdenas, y luego en 1851 regresa y desembarca en Playitas, Pinar del Río, donde es apresado y luego ejecutado. En sus investigaciones, la historiadora Olivia Cano afirma que en esa última acción militar Mariano Martí se estrena como soldado en suelo cubano.
¿Cómo era don Mariano? Jorge Mañach, en su hermoso y fundamental libro, Martí el Apóstol, apunta que Mariano causaba una agradable impresión por su pulcritud, sus modales, su firme mirada y seriedad; que aparentaba ser un hombre en quien se podía confiar, que tenía mucho éxito con el bello sexo, aunque con un sello inconfundible de dureza. En esto último coincide con el escritor y político, Carlos Márquez Sterling, quien así lo personifica en su obra Martí, ciudadano de América.
Según unos, Leonor y Mariano se conocieron en un baile, mientras que otros afirman que las familias ya estaban relacionadas pues Rita, una de las hermanas de Leonor, se había casado con Juan Martín Navarro, primo hermano de Mariano, quien servía en la brigada de artillería. Es ineludible que fuera por esta relación que los jóvenes hicieron amistad y que más tarde naciera el amor. Es así como el 7 de febrero de 1852 Leonor y Mariano contraen matrimonio en la iglesia de Monserrate de La Habana, y el convite se lleva a cabo en la residencia de los padres de la novia en la calle Colón. Los recién casados alquilan la casita de Paula no. 41. Allí ya residían Juan, el primo de Mariano, y Rita, la hermana mayor de Leonor, quienes se habían casado en 1846.
La casa de Paula. “Es pequeña como una jaula; como un manantial fresca y cálida, al mismo tiempo como un paisaje cubano [..]”. Así la describe Félix Lizaso en su obra La casa de Martí. “Nada en ella resalta. Nada es ostentoso” – dice Lizaso – “y todo está sujeto a las limitaciones de la pobreza”. Luego añade:
“Sin embargo, esta casa posee un encanto único que no lo indican sus líneas ni sus exteriores. Tampoco su estilo colonial… ese encanto, que sin verse se siente, está en el ambiente poético que como nimbo de luz envuelve la vivienda en su memoria clarísima de un siglo atrás, y en el alto destino que jugó en la vida de la última colonia española”.
Aquella casa tan singular estaba predestinada a realizar la importante tarea de recibir al Maestro,a José Martí y Pérez, el primogénito del matrimonio. En aquella casita insignificante aquel matrimonio recién casado haría historia para la historia.
Mariano y Leonor ocupan el segundo piso del inmueble, y es allí donde crían a sus primeros hijos. Hay historiadores que afirman que Martí y su primera hermana nacieron en La Cabaña,como aparece en el expediente militar de Mariano Martí. Los militares tenían por entonces acceso a la enfermería de La Cabaña, y posiblemente doña Leonor acudió a ella para dar a luz a sus primeros hijos. De todos modos, se cree que una vez que nacen van enseguida a residir a la casa de Paula.
Los hijos José Julián nace el 28 de enero de 1853. La segunda hija sería Leonor Petrona, conocida cariñosamente como “La Chata”, que nace el 29 de julio de 1854. Leonor Petrona contrae matrimonio a los 15 años con Manuel García y Álvarez con quien tiene cuatro hijos. El último nacería en México. Leonor Petrona fallecería en La Habana a los 46 años de una enfermedad del corazón, el 10 de julio de 1900.
El tercer vástago nace también en la casita de Paula, en 1856. Le ponen por nombre Mariana Salustiana Matilde, aunque la llamarán siempre “Ana”. Pepe, como llamaremos a Martí de ahora en adelante, quiere mucho a esta hermana, como lo demuestran sus escritos. Han vivido juntos la niñez, y luego cuando Pepe está en España, mantienen una amplia correspondencia.
En 1857, al fallecer el padre de doña Leonor, esta hereda cierta cantidad de dinero lo que facilitaa la familia plantearse un viaje a Valencia. Achacoso de salud y sin trabajo, don Mariano quiere ir a probar fortuna a su tierra, y es así como marchan a la Península. Sus hijos: Pepe de 4 años, Leonor de 3, y Ana de meses, los acompañan en el viaje. Doña Leonor va embarazada, por lo que el viaje en barco no le resulta agradable. Al poco tiempo de llegar a Valencia viene al mundo María del Carmen, a la que llaman «la valenciana» y que sería la única de sus ocho hijos que nacería fuera de Cuba. En 1882 María del Carmen se casa con Juan Radillo y Riera en Cuba, y de esa unión nacen 5 hijos. María del Carmen muere en La Habana el 14 de junio de 1900.
Luego de un par de años residiendo en Valencia, y también unos meses en las Islas Canarias, tierra natal de doña Leonor, Don Mariano no ha logrado conseguir trabajo ni la manera de encaminarse en España, por lo que la familia regresa a Cuba en junio de 1859. En el viaje de regreso doña Leonor está en cinta, y meses después de su llegada a La Habana, el 13 de noviembre de 1859, nace María del Pilar, pero la niña fallece el 12 de noviembre de 1865 cuando cuenta solo 6 años.
El 10 de enero de 1862, nace en La Habana Rita Amelia. Cuando esta cumple los 21 años, el 10 de febrero de 1883, contrae matrimonio con José García y Hernández. El matrimonio llega a tener siete hijos, pero pierden al mayor, José Joaquín de 19 años, de fiebre tifoidea. Sabemos que el esposo de Amelia mantenía correspondencia regular con su hermano, y en una de aquellas misivas Martí le dice al cuñado: “cuídame bien a Amelia, que es flor fina y de más aroma mientras el aire es más suave”.
El 6 de octubre de 1864 llega al mundo la séptima hija de Mariano y Leonor: Antonia Bruna, quien a los 21 años contrae matrimonio con Joaquín Martínez Fortín y André. Son cuatro los hijos que tiene el matrimonio, y algunos historiadores apuntan que dos de ellos se establecieron en México donde aún quedan descendientes y que residen en la ciudad de Tepic, capital del estado de Nayarit. Antonia Bruna fallece en La Habana a los 36 años, el 9 de febrero de 1900.
La última hija que tuvieron Mariano y Leonor fue Dolores Eustaquia, «Lolita», que nace en La Habana el 2 de noviembre de 1865, pero fallece en la niñez en 1870.
La economía familiar
La familia ha ido creciendo y ya son diez: 8 hijos y el matrimonio, y don Mariano aparenta seguir pasando trabajo para encaminarse, a pesar de que, como dice el historiador y político Carlos Márquez Sterling, este “vivía de comisiones; vendía bozales; acudía a los remates de paños en la calle de la Muralla”. También apunta Márquez Sterling que los capitanes generales que se oponían al negocio despiadado de venta y compra de “carne humana”, duraban poco en el palacio de la Plaza de Armas. La misma reina era negrera, por lo que la buena fe no era un escudo para Mariano Martí quien también traficaba con esclavos africanos. Él era profundamente español, y su vida era la vida de la tradición y la lealtad a España.
En un exhaustivo ensayo sobre el tema de la esclavitud y la infancia de Martí, la historiadora Marial Iglesias Utset nos dice, – y en esto también coincide Márquez Sterling, – que don Mariano tenía al menos dos esclavos que alquilaba, como aparecen anunciados en el Diario de La Marina de 1870, ya que “toda la economía giraba alrededor de un modelo de explotación intensiva de trabajo forzado que infligió extraordinarias dosis de sufrimiento a los esclavizados”. También añade Iglesias que don Mariano era propietario de dos casas, una en la calle Peñalver y otra en la calle San Rafael. No se explica, entonces, lo que siempre se ha dicho que la familia pasaba penurias.
Después de intentar encaminarse en una dulcería y más tarde trabajar como sastre, y al no tenersuerte en esas empresas, Don Mariano por fin logra empleo seguro cuando es nombrado juez pedáneo en la provincia de Matanzas. Decide llevarse a su hijo Pepe con él quien por entonces es un niño de 9 años. Leonor y las niñas permanecen en La Habana acompañadas por Joaquina, la mayor de las hermanas de doña Leonor.
El primer exilio y el encuentro en México
En 1870 el joven Martí es encarcelado y luego expatriado a España por su rebeldía y declaraciones en contra de la metrópoli. Aprovecha su estancia en España para estudiar y en 1874 se gradúa de derecho y en filosofía y letras, y decide ir a México para reunirse con la familia que lo quiere ver luego de varios años de separación. Don Mariano reúne el dinero imprescindible para hacer el viaje y van todos a su encuentro. En Cuba se está librando la Guerra de los Diez Años, habiendo muerto en combate Carlos Manuel de Céspedes unas semanas antes de que la familia partiera para México.
Ya en suelo mexicano, Manuel Mercado y de la Paz, quien por entonces es diputado al Congreso de la unión y que luego se convertiría en fiel amigo de Pepe hasta su muerte, ayuda a la familia a salir de su necesidad económica, y por sus trámites obtiene para ellos un contrato con el ejército mexicano. Enseguida, toda la familia se dispone a confeccionar artículos militares lo que contribuye a mejorar la situación económica. Pero en realidad sería Pepe el que, con su trabajo como periodista, colaboraría más con el mantenimiento de su familia.
En la capital azteca Anita había conocido y se había comprometido con el pintor mexicano Manuel Ocaranza e Hinojosa. Pero Ana fallece el 5 de enero de 1875, a los 19 años mientras su novio se halla ausente cursando estudios en España. Cuando Pepe llega a la capital de México en febrero de ese año, toda la familia sale a recibirlo, pero Martí enseguida advierte que Anita, su hermana querida, no está. Se entera entonces que ha muerto de tuberculosis unas pocas semanas antes. La sacudida que esto causa en él es inmensa pues los hermanos se querían mucho. En medio de su tristeza y dolor, el 28 de febrero escribe Martí su hermoso poema “Mis padres duermen” y que publica en marzo la Revista Universal de México. Aquí unas líneas:
Es hora de pensar. Pensar espanta, La tierra la quería
Cuando se tiene el alma en la garganta.Como quiere a los niños la mañana.
Ellos tienen las canas en la frente, Era hermana del sol, y era mi hermana.
La noche del amor en la memoria¡pero en la tierra vil se me moría!
Y en la faz una lágrima caliente[…]
Y un caliente cadáver por historia.
[…]Decidme como ha muerto
Ella nació con flores en la frenteDecid como logró morir sin verme
Ella brotaba luz de su cabeza,y puesto que es verdad que lejos duerme
Y en sus brazos dormía blandamente¡decidme como estoy aquí despierto!
La virgen sin color de la pureza.
Es en ese viaje cuando Pepe conoce a la camagüeyana Carmen Zayas Bazán procedente de una familia adinerada, con quien se casaría dos años más tarde en la capilla del Sagrario de la Catedral Metropolitana de México, el 20 de diciembre de 1877. Pero aquel matrimonio no sería nunca feliz. Pepe tenía sus inquietudes revolucionarias y sus aspiraciones de independencia para Cuba, mientras que Carmen no entendía aquella entrega y lo quería a su lado.
Una vez casados, Pepe y Carmen van de luna de miel por Acapulco y Guatemala, hasta que el 27 de julio de 1878 regresan a La Habana vía Honduras, ya que debido a la firma del Pacto del Zanjón Martí podía regresar a la Isla sin repercusiones. El 22 de noviembre de ese año Carmen da a luz a José Francisco, el primero y único hijo del matrimonio. Quizás por primera vez está toda la familia reunida en La Habana y todos disfrutan del nacimiento del nieto. Los abuelos estarían felices, así como las tías, pero la felicidad duraría poco. Pocos meses después del bautizo de José Julián, estando Martí almorzando con el patriota Juan Gualberto Gómez en su hogar, el 21 de abril de 1879, Pepe es arrestado por sus discursos en el Liceo de Guanabacoa. El gobierno español le pide que renuncie a sus ideas revolucionarias, pero Martí se niega y una vez más es deportado a España el 17 de septiembre de 1879. La familia se vuelve a separar, pero esta vez ya Pepe no volverá a ver más a sus hermanas.
El segundo exilio
En 1880, exiliado en Nueva York, Martí escribe, traduce y labora junto al exilio cubano de esa ciudad, e invita a su padre a que lo visite. Don Mariano está enfermo, pero accede a hacer el viaje y se pasa con el hijo un año. Regresa a Cuba en 1881, y seis años más tarde fallece, el 2 de febrero de 1887, a los 72 años. Doña Leonor lo sobrevivirá 20 años. En el invierno de 1887, Pepe invita a su madre a que también vaya a Nueva York. Estando allí ocurre el cumpleaños de doña Leonor y los exiliados de esa ciudad le organizan un sencillo homenaje. El 13 de diciembre de 1887 escribe Pepe a su amigo Manuel Mercado: “mamá está como conociéndome de nuevo: y yo triste, porque las dificultades de obrar bien, y de hacer bien en el mundo no me dejan disfrutar plenamente del goce de verla”. En la víspera del cumpleaños de Pepe, el 27 de enero de 1888, doña Leonor se despide del hijo y regresa a Cuba. Ya no se volverán a ver más.
Regreso de Martí a Cuba
Durante los siguientes siete años, Martí viaja sin tregua para unir a las colonias de exiliados en diferentes países y ciudades, preparando la futura guerra. Eso le cuenta a su hermana Amelia en una carta: “ando como piloto de mí mismo, haciendo frente a todos los vientos de la vida, y sacando a flote un noble y hermoso barco, tan trabajado ya de viajar, que va haciendo agua”. En abril de 1895 Máximo Gómez y Martí se alistan para salir para la guerra. Comienza así Martí unepistolario con la gente más allegada a él. Desde Montecristi escribe a su madre:
Madre mía: hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yo sin cesar pienso en usted. Usted se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre.
Como despidiéndose, escribe a su esposa y a su hijo. A Pepito le dice: “Hijo: esta noche salgo para Cuba: salgo sin ti, cuando debieras estar a mi lado. Al salir, pienso en ti. Si desaparezco en el camino, recibirás con esta carta la leontina que usó en vida tu padre. Adiós. Se justo. Tu José Martí”.
El 19 de mayo de 1895, en plena manigua, dejaba de existir el Apóstol de la libertad. Dejaba a la Cuba de sus amores y anhelos “de cara al sol” como él quería, y a la que había dedicado su vida. ¿Cómo recibirían la triste noticia? ¡Cuánto no habrán llorado sus hermanas al enterarse de su muerte! Martí, siempre amoroso, siempre sensible, siempre con amor filial, les dejaba un mensaje en una carta que le escribe a su madre antes de salir para la guerra. En ella le dice: “Abrace a mis hermanas, y a sus compañeros. ¡Ojalá pueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí! […]”. Sus hermanas acompañaron siempre a Martí, física y espiritualmente, y él siempre las tuvo presente y las amó, como vemos en otra de las cartas que escribió en mayo de 1894 a su madre: “Yo las estoy viendo siempre: a mi Chata romántica, a mi Carmen digna, a mi dolorosa Amelia, a mi sagaz Antonia… Yo no ceso de verlas un instante”.
¿Cuánta congoja no sentiría doña Leonor ante su muerte? Casi ciega y muy pobre se lamentaamargamente: “no sé para que Dios no me llevó a mi primero que al pues no puedo tener el consuelo ni de ver su retrato ni sus letras. No puedo dictar más porque mi corazón se oprime con estos tristes recuerdos”. ¡Pobre mujer! ¡Cuánto sufrimiento, cuanta necesidad y cuanto dolor! ¡Qué vida tan dura había llevado! Aquella madre estoica y sufrida no se recuperaría nunca de la pérdida.
Y ¿qué decir de su esposa Carmen y su hijo Pepito? Carmen reclama a las autoridades españolas el cuerpo de su esposo, pero estos se lo niegan. También aboga por el bienestar de su suegra que vive en la penuria. Lo mismo hace Carmen Miyares desde Nueva York cuando le escribe a Estrada Palma para pedir ayuda para doña Leonor.
Cinco años después de Martí fallecer, en 1900, mueren una atrás otra ¡tres de las hermanas! Ya en México había muerto Anita, y también las 2 hermanas pequeñas. De manera que de todas solo sobrevivirá Amelia.
Doña Leonor está pasando necesidad. Es muy difícil de entender que esta mujer tan digna estuviera pasando por momentos de precariedad cuando a otras viudas de veteranos de la guerra ya les habían asignado pensiones. Es vergonzoso pensar que Leonor tuviera que acudir al gobierno interventor norteamericano para solicitar un puesto de oficial tercero en la Secretaria de Agricultura, Industria y Comercio y así mitigar su necesidad. El gobierno norteamericano le otorga una pensión de 80 dólares. El Congreso de la República de Cuba se reúne para estudiar la posibilidad de otorgarle una pensión. Es cierto que había entonces mucha confusión; la República no acababa de organizarse y levantar vuelo; había que reconstruir al país destruido por la guerra, y todo marchaba a cámara lenta. Algunos alcaldes quieren aportar con su ayuda individual a las necesidades de Leonor y le entregan cincuenta pesos y le piden que espere a la siguiente reunión del Senado. Mientras tanto, su hija Rita Amelia se ocupa de la madre a quien cuida hasta el final.
El 19 de junio de 1907 fallece Leonor Pérez Cabrera en la casa de Rita Amelia en la calle Consulado en La Habana. Tenía 78 años. Los exiliados tramitan su entierro, y Leonor es enterrada junto a don Mariano, su esposo en el Cementerio de Colón, en el Panteón de los Emigrados de las Guerras de Independencia. Amelia, la única hija sobreviviente, fallece en La Habana el 16 de noviembre de 1944, a dos meses de cumplir los 83 años.
He aquí la historia de esta insigne familia que la mayor parte del pueblo cubano desconoce. Mariano y Leonor tuvieron 8 hijos, 22 nietos y muchos bisnietos. Y aunque no fueron perfectos, enseñaron a todos sus hijos el respeto, la moral y la responsabilidad, y sembraron la unión y el amor entre todos los miembros de la familia. A pesar de ausencias, dificultades, separaciones, muertes, carencias, incomprensiones y dos guerras, la unidad familiar nunca se fragmentó. Que su ejemplo nos ayude hoy a fundar familias cubanas amorosas, unidas y honradas; que amen a Cuba y conozcan su herencia y su historia para que, en un futuro cercano, cuando en nuestra tierra brille la luz de la libertad, las familias sean las que levanten a la Patria de sus escombros y construyan un país digno, virtuoso y hospitalario pues, como decía la ilustre poeta camagüeyana Aurelia Castillo de González, “el que ama a la patria, le debe todos los sacrificios”.
- Teresa Fernández Soneira (La Habana, 1947).
- Investigadora e historiadora.
- Estudió en los colegios del Apostolado de La Habana (Vedado) y en Madrid, España.
- Licenciada en humanidades por Barry University (Miami, Florida).
- Fue columnista de La Voz Católica, de la Arquidiócesis de Miami, y editora de Maris Stella, de las ex-alumnas del colegio Apostolado.
- Tiene publicados varios libros de temática cubana, entre ellos “Cuba: Historia de la Educación Católica 1582-1961”, y “Mujeres de la patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba” (2 vols. 2014 y 2018).
- Reside en Miami, Florida.
