La Pasión de Cuba es la Pasión de Cristo

“Martirio”. Obra de Julio Lorente.

Desde el Domingo de Ramos, los cristianos celebramos la Semana Santa, tiempo en que conmemoramos la entrada de Jesús en Jerusalén, pasando por una serie de acontecimientos que culminan con su muerte y con el triunfo de su gloriosa resurrección.

Es la semana mayor en la que recordamos el centro de nuestra fe: la resurrección de Cristo, que es el triunfo sobre la muerte que nos abre el camino hacia la vida eterna.

Los cuarenta días previos a la Semana Santa, conocidos como Cuaresma, son jornadas donde el cristiano se prepara para la Pascua que es la fiesta de la resurrección, el “paso” hacia la plena y definitiva Trascendencia. Es un camino de conversión que nos ha llevado, como Jesús, de la cruz a la luz. Han sido 40 días propicios para intentar superar nuestras limitaciones y errores personales, esforzarnos por solucionar problemas y diferencias, para atender asuntos pendientes con la familia y los amigos, para acercar un poquito más nuestro día a día a las obras de misericordia que el Señor nos propone. Es allanar el camino, podar la hierba, quitar la maleza. Es prepararse para ahora vivir el misterio pascual: el paso del dolor y la muerte a la vida y a la gloria eterna, con todo lo que significa en la dimensión personal y nacional.

Para la Cuba que sufre como nación también puede ser el tránsito a su propia resurrección, que en el caso del país tiene también múltiples connotaciones.

Para algunas personas no creyentes, sobre todo en Cuba, donde la tradición tampoco dice respetar mucho esta Semana, lo que más puede resaltar es que se reconozca como día festivo el Viernes Santo. Esta celebración de la pasión y muerte del Señor fue rescatada con la visita a Cuba del fallecido Papa Benedicto XVI en 2012, año en que fue excepcional, al igual que en 2013. Porque no fue hasta 2014, dos años después, que las autoridades cubanas devolvieran para siempre oficialmente el día festivo cada Viernes Santo. Es un signo civil de respeto al trascendental acontecimiento de la muerte y resurrección de Cristo.

Cabe recordar que durante muchos años, hasta declararse Cuba como Estado laico con la modificación de la Constitución de 1976 realizada en 1992, las prácticas religiosas fueron fuertemente vigiladas, censuradas y en muchos casos motivo para cárcel o destierro. Hoy día, aunque la libertad religiosa es vejada desde otras aristas, los cristianos cubanos podemos exigir, como establece el orden constitucional, la práctica religiosa en torno a estas jornadas, aun con diversas limitaciones y no pocos sinsabores.

Otra cosa muy diferente es que la exigencia de plena libertad religiosa pase por el filtro de la censura, sea recibida, tramitada y satisfecha como debería suceder. Es bien sabido que el catálogo de derechos que expone la Constitución, en muchos asuntos particulares, queda en letra muerta. El derecho a la libertad religiosa, que es mucho más que la libertad de culto, corre las mismas vicisitudes de todos los demás derechos en Cuba.

La Semana Santa de 2024 se presenta en medio de una situación terminal que se complejiza cada vez. Arrastramos la enorme cruz con los mismos problemas del año anterior, más los que se suman como si se trataran de más torturas para la Patria crucificada.

La libertad religiosa sigue quedando reducida al culto en el interior de las iglesias, como una práctica piadosa, intimista o reducida a permanecer encerrada dentro de las cuatro paredes de los templos. Si la fe traspasa los muros de la Iglesia, para ser vivida allí donde más se necesita, en la intemperie y con el necesitado, podría tener sus consecuencias y debemos estar dispuestos a asumirlas. Vivir el Evangelio encarnado, cargar la cruz con Cristo, significa poner el cuerpo a la situación, no quedar inmóviles ante lo que sucede en el país ni ser cómplices de lo que no queremos. Significa ofrecer el aporte del Evangelio en cada ambiente de nuestras vidas y de la vida familiar y nacional en el plano social, económico, político, cultural. Debemos desterrar de nuestras vidas la incoherencia que supone ser unas personas dentro del templo y otras después en el mundo, que es para nosostros el ambiente familiar, el del trabajo y la sociedad. La coherencia en la práctica de la fe significa denunciar lo que va contra la persona humana y contra la plena convivencia pacífica y fraterna. Al mismo tiempo que tengamos el espacio y la libertad para proponer soluciones y caminos de progreso.

No nos podemos conformar con un programa radial o un espacio televisivo una hora, un día, una vez al año. Eso no es libertad religiosa. No nos podemos conformar con un permiso para sacar una procesión a las calles, las que decidan las autoridades, no precisamente religiosas, que indican la hora, el recorrido y deben conocer los guiones de antemano. Eso tampoco es libertad religiosa. No nos podemos acostumbrar a pedir permiso en cada ocasión, si sabemos que lo que hacemos es seguir a Jesús, ser consecuentes con nuestra fe, que cuenta con la libertad humana, con el requisito indispensable de tener por cauce la senda del bien y el amor, de la paz y el servicio.

Si no hacemos esto o aquello porque no podemos, vivimos de permisos, o dudamos sobre cómo será visto por quienes nos controlan, más que vivir nuestra experiencia con Dios, nuestra fe en Jesucristo, lo que estamos es simulando, estamos intentando, como dice el refranero popular, “quedar bien con Dios y con el diablo”. Y eso, todos sabemos, que es imposible.

Somos incoherentes cuando nos dañamos interiormente y, además, dañamos a los demás, cuando no mostramos fortaleza en la fe, y caemos en esas flaquezas humanas que no son las del día a día, sino las de la médula de la vida, las que tienen que ver con la esencia de lo que creemos. Vana es nuestra fe si la escondemos, si edulcoramos la realidad a conveniencia, si en la parroquia somos cristianos y fuera de sus predios no llevamos el sello de Cristo, que es la cruz resucitada

Eso significa extender la mano al necesitado, predicar la verdad y la justicia, lidiar con la autoridad para proponer lo que consideramos mejor para la sociedad y para quienes deben estar a su servicio. Ser coherentes en la fe de Jesús es caer y levantarse, es creer que la vida tiene y siempre tendrá la última palabra.

Un año más chocamos con los mismos problemas. Las manifestaciones de descontento social de los últimos días en varias regiones del país ponen sobre alerta a las autoridades y entonces prohíben las procesiones en determinados sitios para evitar acumulación de personas. En otros casos, los horarios son sugeridos por las autoridades gubernamentales, no religiosas, precisamente a la hora en que los fieles asisten a los oficios de Viernes Santo. O no se asiste, o se cambia la Liturgia, como sucede en la mayoría de los casos.

Si esos fueran los mayores contratiempos el mal no sería tan profundo y grave. Más allá de estos gestos públicos, lo peor no sale a la luz y es guardar dentro del alma la procesión que llevamos dentro. Esa que, desgraciadamente, por muchos años nos han pedido que mantengamos reservada en nombre de una falsa prudencia.

Sin embargo, cuando intentamos ser coherentes y nos rehusamos a colaborar en esas complicidades y en otras; y por el contrario, expresamos nuestra fe, y la vivimos, y la expandimos, y nos buscamos problemas por proponer la Doctrina Social Cristiana… entonces, precisamente por esa actitud, la Fuerza que viene de lo Alto nos hace salir a flote junto a la verdad y la justicia que nos hacen libres.

He ahí el verdadero significado de lo que vivimos por estos días. He ahí el mejor modo de vivir la Semana. Recordemos que los mismos que le daban la bienvenida a Jesús el Domingo de Ramos, con vítores y alegría desbordada, el viernes en la plaza pública le condenaban. No hagamos como Pilato, lavándonos las manos de la agonía de Cuba, comprometámonos con la situación que nos toca vivir en cada caso. A lo mejor es la oportunidad que tenemos de redimirnos, quizá sea nuestro nuestro aporte al plan de salvación. No nos quedemos con el vía crucis, el calvario, la cruz y los clavos, el rostro ensangrentado, el cuerpo herido, ni siquiera con el último aliento o el llanto desconsolado, quedémonos con lo que verdaderamente da sentido a la cruz: la resurrección.

El paso a una vida donde, de una vez, y para siempre, triunfe el amor, la verdad y la justicia. Este es el centro de las fiestas cristianas de la Pascua de Resurrección. Esa es la esencia de nuestra fe y debe ser lo que carguemos en lo mochila para el fatigoso camino que se nos presenta.

Cristo resucitó para salvarnos a todos, para redimir tanto a los que aman y fundan, como a los que odian y destruyen.

Cuba resucitará también, para todos los tiempos, si cargamos juntos la cruz y confiamos que, en el Gólgota de nuestros días, encontraremos la redención de la Patria.

 

 


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

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