LA MODERNIDAD, EL HISTORICISMO Y EL TERRORISMO

Foto de Archivo Convivencia.

La lucha contra el terrorismo en el mundo entero es uno de los fenómenos globales que más consenso ha articulado en la acción política y en la conciencia social. Es necesario señalar las contradicciones de la modernidad y del historicismo, como ideologías políticas contemporáneas, analizando cómo las acciones políticas concretas que se han concertado para combatir este flagelo mundial no guardan coherencia con las teorías expresadas en ambas corrientes de pensamiento porque han tenido como eje de consenso un valor permanente y universal: la primacía de la persona humana y el respeto a la vida.

Cuando las ideologías se convierten en religión secular y cuando la religión se reduce a una ideología política

En temas anteriores hemos considerado las circunstancias en las que las ideologías políticas llegan a ser como una “religión secular”. El fenómeno del terrorismo, llamado así genéricamente aunque existen diferentes tipos de ellos, puede ser una de las formas en que una ideología o un interés económico pueden ser tratados como un dogma por el cual morir y matar.

Según Gutiérrez (2006): “Los diferentes tipos de terrorismo que nacieron paralelamente a la modernidad, se fundamentan y se organizan alrededor de un discurso ético, ideológico o religioso en donde buscan justificar la satisfacción de intereses particulares de un conjunto de personas miembros de una identidad cultural… Estos intereses se relacionan con aspectos principalmente políticos y económicos.”[i]

Según la concepción historicista, como estos fenómenos solo pueden ser entendidos y tratados desde la subjetividad de cada tiempo, cultura, circunstancia, y no existen valores universales y eternos por los que se pueda buscar un sentido a la vida y a la historia, entonces estos grupos están actuando determinados por su historia concreta y prácticamente pierden su libertad y responsabilidad haciéndolo obligados por sus circunstancias.

El terrorismo visto desde la perspectiva historicista

En este sentido, Óscar Cornblit (1996) haciendo la crítica a K. Popper describe el relativismo que afirma “que la objetividad y el ideal de verdad son completamente inaplicables en las ciencias sociales”[ii]. De ahí podríamos deducir que frente al terrorismo no habría un ideal común, un valor universal que nucleara la lucha contra esas criminales acciones.

Por otro lado, se confunden las ideologías vividas como dogmas y explicaciones globales de la historia con algunos rasgos religiosos que devienen en fanatismo guerrerista. El relativismo moral que impone la modernidad permite brechas en la interpretación y en la valoración ética de las acciones terroristas. Como para estudiar las ideologías historicistas hemos escogido el caso del terrorismo, debemos precisar que algunos justifican acciones violentas que crean igualmente el terror en poblaciones inocentes, como medios de legítima defensa, o como “normales” en tiempos de guerra. Sin embargo, esos mismos grupos califican de terrorismo inaceptable a las acciones igualmente de terror contra poblaciones civiles pero que provienen de ideologías o fanatismos religiosos diferentes a las suyas.

Otra precisión es la diferencia entre el terrorismo de grupos clandestinos y el terrorismo de Estado que es organizado y ejecutado por parte de grupos constituidos en el poder que intentan legitimar su proceder por razones de “seguridad nacional”.

El historicismo, el terrorismo y la primacía de la persona humana

Las filosofías, las creencias religiosas, las ideologías mesiánicas y las visiones globales de la realidad son acotadas a su tiempo y lugar, son relativizadas por el llamado “pensamiento de nuestro tiempo”, una especie de “todo vale” y “nada vale”, según sea el ángulo y las circunstancias específicas y temporales con que se analicen. De acuerdo con Leo Strauss (1970) “La conclusión historicista, o moderna, es que estas cosmovisiones, filosofías, religiones y las teorías de todo tipo no son, así, ni verdaderas ni falsas, sino relativas al momento y al lugar, sin que pueda establecerse una jerarquía entre ellas o realizar juicios de valor.”[iii]

De ahí que podría llegarse a la deducción de que si todo es relativo y coyuntural, no sería posible no solo poder hacer un juicio de valor, sino que se pone también en duda sistemática a los mismos valores. En esta lógica, según Strauss (1970), “que para la Modernidad historicista no existe validez universal. Y en efecto, ni en el conocimiento ni en la acción, ni en las acciones, ni en los juicios, existe objetividad alguna. Dicho en otros términos: No existe ningún tipo de principio de carácter universal que sirva para orientar la acción humana en general y política en particular.”[iv]

Estas tesis modernas historicistas están llenas de contradicciones y conducen a una lógica sin sentido, pues de ser ciertas sus tesis de que tanto para el “actor” de la historia, como para el “observador” que la narra, sus actos están predeterminados por las circunstancias históricas, mismas que desea transformar o narrar, según sea su propio protagonismo. En el texto de Leo Strauss que hemos citado se dice que “el historicismo implica para el actor la negación de la libertad de los actos. Incluso, la imposibilidad de ser consciente de dicha negación. Desde el punto de vista del observador –del historiador, periodista, analista o académico- los problemas no son menores… Si todo hombre actúa en un determinado universo social e histórico, tampoco el observador puede escapar a sus condiciones particulares. Dicho en otros términos, si desde el punto de vista moderno el actor pierde su libertad, el observador pierde de antemano la capacidad de alcanzar la verdad. Ningún ser humano mínimamente cuerdo admitirá jamás que sus actos no son libres sino determinados siempre por el entorno histórico; y ningún observador puede admitir sin más que sus juicios no pueden ser verdaderos en ningún aspecto.”[v]

En el ejemplo de los terrorismos, que hemos escogido para presentar estas contradicciones en el historicismo moderno, esos postulados criticados por Strauss, son también negados por los hechos y por las opciones que los Estados, la sociedad civil y las organizaciones internacionales han tomado en la lucha contra todo tipo de terrorismo.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿Qué valor o qué verdad ha servido para que la mayoría absoluta de la humanidad haya logrado unirse en un consenso demostrado en la acción política frente al fenómeno del terrorismo? La respuesta niega la esencia del historicismo. Lo que ha logrado esa unidad en la acción política frente al terrorismo es la primacía de la dignidad de toda persona humana y el valor supremo de la vida.

La actitud y las acciones concretas, políticas, diplomáticas, militares, de inteligencia y de educación, de los medios de comunicación, de las manifestaciones públicas de todas las fuerzas políticas y de las diversas organizaciones de la sociedad civil, en la denuncia y lucha mancomunada contra el terrorismo en cualesquiera de sus manifestaciones no hubieran sido posibles, ni siquiera pensables, si la conciencia de la humanidad no hubiera desarrollado y aceptado que la vida y la dignidad de la persona humana, sea cual fuere su opinión, incluso la de los propios terroristas, están por encima y deben ser respetadas absolutamente, independientemente de su religión, ideología, cultura o sexo.

La lucha concertada contra el terrorismo prueba de los valores imperecederos de la humanidad

Esto que estamos demostrando para probar las contradicciones propias de la modernidad y el historicismo, también ha quedado patente en las protestas, denuncias y acciones contra la violación de los derechos humanos de los reclusos terroristas en la Base Militar de los Estados Unidos en Guantánamo, Cuba.

En efecto, el respeto al valor imperecedero de la vida humana, a su dignidad inalienable, a sus derechos universales, no solo de las víctimas del terrorismo, sino también de sus victimarios, demuestra el desmentido de la universalidad del relativismo moral, del callejón sin salida del determinismo de la historia, que ni puede coartar la libertad humana, ni avanza inexorablemente hacia etapas superiores de la sociedad, pues al igual que se consiguen estos consensos universales contra el terrorismo, su misma aparición, incluso con aspiraciones de regresar, en el caso del llamado Estado islámico, al antiguo Califato, a la obsoleta organización de una teocracia en pleno siglo XXI y la visión hegemónica trasnochada de conquistar el mundo occidental.

Las alianzas que se han concertado, las acciones coordinadas de los Estados alrededor del mundo, incluso las guerras defensivas frente al terror de ese “Estado Islámico” hasta ya casi lograr reducirlo, por lo pronto, a escala local mínima, es otra demostración de que la libertad de actores y observadores, de los medios y la sociedad civil, de los Estados y organismos mundiales, pueden modificar el curso de la historia, pueden oponerse a las tendencias nacionalistas que regresan y pueden construir una comunidad internacional frente a los peligros que acechan a la civilización contemporánea.

Al final de este análisis debemos mencionar, por lo menos, uno de los aspectos positivos del pensamiento moderno que es el concepto de Estado laico, del respeto a la libertad religiosa como un derecho universal inalienable, la prohibición de imponer una religión por cualquier medio, sea la fuerza o la educación, y el fomento de la convivencia civilizada y pluralista, que permite la articulación entre la razón, señora absoluta de la modernidad, y la subjetividad y la espiritualidad, columnas de la llamada post modernidad.

Otros dos valores universalmente reconocidos a lo largo de la Modernidad hasta nuestros días son la libertad como expresión de la naturaleza de la persona humana en su autonomía heterónoma y la responsabilidad, como la capacidad de toda persona de responder y asumir todos sus actos libremente escogidos.

Ni el materialismo histórico de Marx se ha cumplido, ni el relativismo de los historicistas conducen a los ciudadanos a una concepción del mundo, del ser humano y de la historia que conjuguen al mismo tiempo, ciencia y conciencia, libertad y responsabilidad, tradición e innovación, valores imperecederos y circunstancias cambiantes.

No son las ideologías, ni las corrientes filosóficas; no son las religiones, no es la fuerza de las armas, ni la propaganda manipuladora, quienes dan sentido a la historia y al desarrollo de la sociedad. Cada vez que se ha intentado hacer de algunos de estos factores el motor absoluto de la historia, se ha comprobado su ineficacia y sus excesos. La relación entre la verdad y la libertad es la clave para entender la “dialéctica de la acción humana”.

En este sentido el Papa San Juan Pablo II expresó en la Encíclica “Veritatis Splendor” (1993) esta clave para la historia humana: “la cuestión fundamental… es la cuestión de la relación entre libertad y verdad”. En efecto, “la cultura contemporánea ha perdido en gran parte ese vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad… La obra de discernimiento de estas teorías éticas trata de guiar (…) en la formación de una conciencia moral que juzgue y lleve a decisiones según la verdad”[vi].

Por otra parte, el imperio de las ideologías, sean cuales fueren han provocado la inversión de la escala de valores en muchas culturas, así lo expresó el Papa Francisco en su discurso a los líderes religiosos de Albania, el 21 de septiembre de 2014: “Cuando, en nombre de una ideología, se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba por adorar ídolos, y enseguida el hombre se pierde, su dignidad es pisoteada, sus derechos violados. Ustedes saben bien a qué atrocidades puede conducir la privación de la libertad de conciencia y de la libertad religiosa, y cómo esa herida deja a la humanidad radicalmente empobrecida, privada de esperanza y de ideales”[vii].

Ni las ideologías, ni las religiones, ni las escuelas filosóficas, han podido dar un sentido universal y permanente a la historia humana, entonces podemos llegar a la conclusión de que hay un valor eterno y fundamental que ha logrado consensuar en proyectos y acciones comunes a las diferentes formas de cosmovisiones: la supremacía de la vida, la dignidad, y los derechos de la persona humana.

Referencias

[i] Gutiérrez, D. (2006). “Terrorismo de Estado: entre ética, ideología y religión”. Documentos de Investigación. Colegio Mexiquense. 2006.

[ii] Cornblit, O. (1996) “Karl Popper, el historicismo y la narración” Estudios Públicos, 62 (otoño 1996). p. 200.

[iii] Strauss, L. (1970) “¿Qué es la filosofía política?”. Alianza Editorial. El Libro de Bolsillo. Ciencias Sociales. p. 3.

[iv] Strauss, L. (1970) “¿Qué es la filosofía política?”. Alianza Editorial. El Libro de Bolsillo. Ciencias Sociales.  p. 4.

[v] Strauss, L. (1970)” ¿Qué es la filosofía política?”. Alianza Editorial. El Libro de Bolsillo. Ciencias Sociales.  p. 5-6.

[vi] San Juan Pablo II (1993) Carta Encíclica “Veritatis Splendor” No. 84-85.

[vii] Papa Francisco (2014) “Homilía en Tirana, Albania”. 21 septiembre 2014.

 

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
    Ingeniero agrónomo. Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
    Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
    Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
    Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
    Reside en Pinar del Río.
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