La intransigencia: ¿firmeza moral o retórica revolucionaria?

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

​La palabra intransigencia suele estar cargada de contenidos asociados a la rigidez, al punto que evoca la imagen de un muro que se niega a ceder ante la marea.

Sin embargo, en el tablero de la ética y la política, su significado resulta mucho más complejo. Ser intransigente no es simplemente ser terco; es la negativa a transigir, es decir, a no conceder ni un ápice de los principios propios bajo ninguna presión. Y eso no es malo.

Desde una perspectiva puramente ética, la intransigencia puede ser vista como la máxima expresión de la integridad, la coherencia y la irreformabilidad de los principios. Si creemos que existen valores absolutos, como son la libertad, la dignidad humana o la justicia, también podemos entender que negociarlos sería como una traición al ser mismo. En este sentido, la intransigencia es el escudo de los valientes ante disímiles situaciones de la vida en las que corresponde dejar clara la posición de cada uno. Y eso no es malo.

Lo malo podría estar relacionado con el sostenimiento de la intransigencia ante todo tipo de situaciones. Es ahí donde esa línea se desdibuja porque no sabemos discernir entre lo válido y lo peligroso que se deriva de esta posición. Por un lado podemos decir que la intransigencia es necesaria cuando el compromiso implica participar en una injusticia o validar un sistema opresivo. Algunas verdades y algunas definiciones no admiten términos medios. Por otro lado, debemos analizar lo peligrosa que se vuelve la intransigencia, al punto de ser problemática, cuando se confunden las opiniones o los métodos con los principios. Cuando la intransigencia se aplica a la convivencia, el resultado no es integridad, sino parálisis, y generamos un clima de rivalidad, incomprensiones y, a fin de cuentas cerramos la puerta al diálogo. Todo esto puedo conducir a la violencia y a la no resolución de los conflictos.

​Aunque la intransigencia ofrece una satisfacción moral inmediata para quien la ejerce, conlleva desventajas pragmáticas que no se pueden ignorar. Al no aceptar matices, y ubicarnos en los extremos rechazando el equilibrio, el centrismo, el punto medio, se cierran los canales de diálogo, convirtiendo a los aliados potenciales en enemigos por el simple hecho de no compartir visión, objetivos y propuestas. Ello provoca un aislamiento político y social.

La realidad es dinámica, por lo que mantenerse en una posición intransigente, cada vez, y ante toda situación, aún cuando el cambio es inminente, provoca estancamiento, inmovilización, incapacidad para evolucionar y pasar de una condición menos favorable a una más favorable.

La cultura del “todo o nada” puede terminar en no aceptar un avance parcial y conducir a la pérdida de todo lo que se haya podido hacer con la cabeza, tranquilamente pensado y en función del bien común. En el ejercicio de prospectiva estratégica, es decir, en el diseño de los futuros deseables, la intransigencia puede ser el enemigo de lo posible.

A lo largo de nuestra historia, y en medio de la realidad nacional actual, la intransigencia ha estado insertada en el ADN del cubano. No se trata de un concepto abstracto, sino de una categoría histórica y emocional que ha puesto freno a grandes cosas. Desde la intransigencia de Baraguá, protagonizada por Antonio Maceo frente al Pacto del Zanjón, este término, y más que el término el estilo y la esencia, se grabaron en el alma de la nación.

A los cubanos han intentado enseñarnos que la intransigencia significa resistencia para soportar las carencias y las presiones externas al precio que sea necesario, por aquello de enarbolar la consigna de que “morimos con las botas puestas” o “sin doblar las rodillas”. Se ha confundido un rasgo puntual, el de ser intransigente, en identidad como forma de reafirmar la soberanía. Existen muchas otras formas de alcanzar la independencia y de ejercer las libertades. La intransigencia podría ser una trampa retórica utilizada por el poder para silenciar el disenso, equiparando la duda o la crítica con la traición o la falta de principios.

​En el contexto de la Isla y su Diáspora, la intransigencia es a la vez orgullo y tragedia. Ha permitido conservar la esperanza de un ideal, pero también ha dificultado los puentes necesarios para una reconciliación nacional. Ser intransigente es una cuestión ética, sin lugar a dudas; pero la ética también nos exige discernir. No se negocia la libertad, pero se debe negociar el camino para alcanzarla. De lo contrario, la intransigencia deja de ser una virtud para convertirse en un impedimento. La verdadera sabiduría consiste en saber qué principios son inamovibles y qué estrategias, nunca principios, pueden ser modificadas.

A los cubanos, desgraciadamente, nos han querido demostrar que la intransigencia va aparejada a resistir y vencer. Una exigencia a los cubanos de a pie, que no se aplica para “los de arriba”, que mantienen el discurso, pero puede ser que negocien, acuerden, establezcan pactos o alianzas. La intransigencia puede conducir al ataque de los argumentos del otro, a la descalificación personal y, al fin y al cabo, a la incomprensión. Cuba transita por momentos de gran incertidumbre. Si de verdad pensamos en los cubanos y para los cubanos, la “intransigencia revolucionaria” está pasada de moda. Hay que colocar a la persona en el centro, defender los derechos humanos y trabajar para el cambio hacia la verdadera libertad, que se traduce en el tránsito hacia condiciones de vida más dignas.

La intransigencia entendida desde la concepción martiana nos habla de firmeza ética, del rechazo a la complicidad con el opresor y de una lealtad inquebrantable a la justicia y la libertad. No de sacrificios inhumanos para unos pocos. Es ir a la raíz del mal, desarrollar acciones decisivas y encontrar soluciones de fondo. En el discurso en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en el Templo Masónico de Nueva York, el 10 de octubre de 1887, el Apóstol nos alertaba:

“Los pueblos, como los hombres, no se curan del mal que les roe el hueso con mejunjes de última hora, ni con parches que les muden el color de la piel. A la sangre hay que ir, para que se cure la llaga. No hay que estar al remedio de un instante, que pasa con él y deja viva y más sedienta la enfermedad. O se mete la mano en lo verdadero, y se le quema al hueso el mal, o es la cura impotente, que apenas remienda el dolor de un día, y luego deja suelta la desesperación… A la raíz va el hombre verdadero. Radical no es más que eso: el que va a las raíces…”

Curemos el mal de raíz y vivamos con el compromiso de trabajar por los cambios estructurales y duraderos que Cuba necesita.

 

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.


Scroll al inicio