La Guerra Chiquita, una interpretación diferente

 

 

 

Dimas Castellanos Martí

La segunda guerra de independencia –bautizada conocida como  Guerra Chiquita se desarrolló entre agosto de 1879 y diciembre de 1880, iniciada en el Oriente de la Isla bajo la dirección de Guillermón Moncada.

En cumplimiento de los acuerdos paz firmados en el Zanjón en 1878, el general Calixto García al ser puesto en libertad, encabezó el Comité Revolucionario de la Emigración Cubana, renombrado como Comité Revolucionario Cubano, creado para auxiliar a los combatientes que estaban luchando en la isla y encabezar la Guerra Chiquita que alcanzó al centro del país.

 Por diversas razones los principales jefes de la Guerra de los Diez Años (Guerra Grande), Antonio Maceo y Máximo Gómez no participaron. Varios oficiales fueron detenidos y deportados. Guillermón Moncada fue apresado en mayo de 1880 y Calixto García con el resto de sus fuerzas fue detenido al desembarcar en Cuba. El 13 de diciembre de 1880, el coronel villareño Emilio Núñez Rodríguez, después de consultar a José Martí fue el último oficial cubano en deponer las armas, después decidió que  era inútil seguir combatiendo en esas condiciones. Faltaron armas, municiones, ayuda exterior.

Esos hechos, indiscutibles, indican que una guerra dirigida a la libertad de un pueblo, además de la disposición de un grupo de combatientes, requiere de otros factores. Por ello considero que, más útil que repetir que la Guerra Chiquita fue continuidad de la Guerra Grande, es detenerse en las causas de su fracaso y extraer las enseñanzas que la misma contiene para el presente.

Lo primero es que los males que condujeron a la Paz del Zanjón volvieron a hacer acto de presencia: nuevas desuniones y contradicciones manifestadas en las derrotas sufridas por las huestes mambisas en los pocos combates efectuados. Meses antes de la firma de la paz, tropas holguineras se erigieron en cantón independiente, uno de los regimientos de Jiguaní se presentó al enemigo, el presidente Estrada Palma fue capturado por tropas españolas, el general Vicente García celebró un contacto secreto con el general español Martínez Campos, hubo varias sediciones y rendiciones, representantes de la Cámara entraron en conversación con las fuerzas españolas, hasta que el 10 de febrero de 1878 el Comité del Centro, encargado de las negociaciones de paz, firmó el documento que puso fin a la guerra.

Antonio Maceo, en representación de su tropa, el 15 de marzo de 1878, en Mangos de Baraguá, se negó a dar por terminada la guerra sin haber alcanzado los objetivos que la promovieron: la independencia y la abolición de la esclavitud. Para que la protesta fuera enérgica y elocuente –escribió el historiador Fernando Figueredo Socarrás– era preciso romper nuevamente las hostilidades; decisión que sintetizó el Capitán Fulgencio Duarte en la exclamación “Muchachos, el 23 se rompe el Corojo”. Cuando las tropas cubanas reanudaron el ataque con cargas al machete, las fuerzas españolas respondían con gritos de “¡Viva la Paz!”. Al siguiente mes el General Maceo salió rumbo a Jamaica y sólo permaneció combatiendo en Cuba el brigadier Ramón Leocadio Bonachea con otros patriotas villareños que escenificaron la protesta de Hornos de Cal en abril de 1879.  

Separada por año y medio de la firma del Zanjón, la destrucción material, la pérdida de vidas humanas, el cansancio, los sufrimientos ocasionados, y la escasa formación política,impidieron a los combatientes de la Guerra Chiquita una valoración crítica de lo ocurrido.

Al respecto, Manuel Moreno Fraginals, plantea que ciertamente: “El pacto del Zanjón no dio la libertad a Cuba, pero instauró en la Isla el sistema político vigente en España, con lo cual le otorgó condición de provincia española. Tampoco concedió la libertad a los esclavos, sino solo a aquellos que hubiesen peleado en cualesquiera de los dos bandos”; una decisión que hirió de muerte a la esclavitud. Por ello el Pacto no fue una derrota, sino un acto de política, entendiendo por esta el arte de lo posible en cada momento.  

Mientras Ramón Roa, coronel de la Guerra de Independencia e historiador, asegura que el fracaso radicó en las indisciplinas y contradicciones que tuvieron lugar desde el mismo inicio de la contienda. Y narra un hecho al que se le presta menos atención de lo que merece. Dice Roa que después de la firma, al llegar a la marina en Santiago de Cuba, estaba llena casi completamente de curiosos: “triste y dolorosa impresión me causó la vista de aquellas masas; allí había más de 3.000 hombres útiles para las armas […], y no pude menos de exclamar, volviéndome hacia mis compañeros: Cuba no puede ser libre”. El pacto era inevitable, como inevitable resultaba y sigue resultado el análisis crítico correspondiente. No se ha tenido en cuenta la relación de esos fracasos con nuestra historia política: me refiero al proceso, aún inconcluso de conformación de la nación cubana. La Guerra Chiquita, como la Guerra Grande se produce tras tres siglos y medio de dominación colonial, sin conocimiento alguno de prácticas democráticas.

Las naciones se caracterizan por la conciencia de pertenencia y destino compartido, algo muy distante de la Cuba de 1879, cuando aún la separación entre libres y esclavos, ricos y pobres, blancos y negros era tan distante.

El estudio posterior realizado por José Martí, previo a la preparación de la guerra de 1895, del que poco se habla, contiene las claves del fracaso: La guerra no nos la quitó nadie de la mano, sino que la dejamos caer nosotros mismos; Un estudio crítico acerca del papel de la política y su carácter democrático y participativo, y de la necesidad de tener en cuenta los diversos factores, del cual emergió la necesidad de una institución para la organización de la guerra y la formación política de los participantes: el Partido Revolucionario Cubanopara alcanzar la independencia y arribar a la república con todos y para el bien de todos; no para prohibir al resto de los partidos después de la toma del poder, como ocurrió en 1959.

La Habana, 24 de agosto de 2026

 

 


Dimas Cecilio Castellanos Martí (Jiguaní, 1943).
Reside en La Habana desde 1967.
Licenciado en Ciencias Políticas en la Universidad de La Habana (1975), Diplomado en Ciencias de la Información (1983-1985), Licenciado en Estudios Bíblicos y Teológicos en el (2006).
Trabajó como profesor de cursos regulares y de postgrados de filosofía marxista en la Facultad de Agronomía de la Universidad de La Habana (1976-1977) y como especialista en Información Científica en el Instituto Superior de Ciencias Agropecuarias de La Habana (1977-1992).
Primer premio del concurso convocado por Solidaridad de Trabajadores Cubanos, en el año 2003.
Es Miembro de la Junta Directiva del Instituto de Estudios Cubanos con sede en la Florida.
Miembro del Consejo Académico del Centro de Estudios Convivencia (CEC).

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