No recuerdo exactamente cómo conocí a Yanet. Coincidimos, creo, en algún curso. No sabría decir la fecha ni el contexto con precisión. Sin embargo, hay recuerdos que no necesitan coordenadas para permanecer nítidos. De aquel primer encuentro me quedaron grabadas dos cosas: la sencillez con la que estaba vestida, casi como si quisiera pasar desapercibida, y una tristeza contenida en el rostro que me provocó un impulso inmediato de abrazarla. No lo hice. Contuve el gesto. Solo pensé, en silencio, que todo iba a estar bien, aunque no sabía por qué, ni cómo.
A veces la fraternidad comienza así: con un gesto tan concreto como no apartar la mirada, con una conmoción interior que nos saca por un momento del centro de nosotros mismos. Muchas veces percibimos el dolor del otro y seguimos de largo porque no sabemos qué hacer con él, o porque la realidad nos parece demasiado dura como para dejar que nos toque.
Durante un tiempo no supe más de Yanet. Meses después, por caminos que solo puedo llamar misteriosos, supe que había encontrado un espacio para confiar el peso que llevaba dentro. Una amiga mía se cruzó en su vida, y con ella llegó la posibilidad de poner palabras a un dolor que hasta entonces había sido casi secreto. Yanet y su novio habían sido víctimas de una estafa. En un intento por comprar un pequeñísimo espacio donde vivir, perdieron todos sus ahorros. El engaño los dejó sin nada: durante varios días durmieron en la calle hasta conseguir prestado un cuartico donde vivir.
¿Qué sucede dentro de una persona cuando pierde de golpe lo poco que había logrado construir? ¿Qué queda cuando la seguridad mínima —un techo, un lugar propio— se desvanece? Cuba está llena de historias así, muchas de ellas nunca contadas, sostenidas en silencio por quienes no quieren o no pueden exponer su fragilidad.
Cuando volví a saber de Yanet, tiempo después, la noticia fue otra: estaba esperando un bebé. Gracias a Dios el niño crecía bien, pero ella estaba demasiado delgada, visiblemente frágil. La vida se abría paso en medio de una precariedad extrema. No eran cristianos. No tenían certezas materiales. No tenían garantías. Y, sin embargo, habían decidido tener a ese hijo.
Esa decisión me desarmó. Más allá de toda lógica, más allá de cualquier cálculo razonable, eligieron la vida. En un contexto, como el nuestro, donde todo invita humanamente a protegerse, a cerrarse, a reducir riesgos, ellos apostaron por algo que no ofrecía ninguna seguridad inmediata.
En ese período viví una experiencia que me marcó profundamente: pude acompañar a esa joven familia que esperaba su primer hijo. No tenían nada para recibir al bebé. Ni medicinas para la futura madre, ni pañales, ni sábanas, ni biberones, ni ropa. Nada. Frente a esa realidad, la pregunta no soportaba teorías; era concreta y urgente: ¿qué podemos hacer?
Con un grupo de amigas decidimos empezar por lo más sencillo y a la vez lo más difícil: contar la historia. No para exhibirla, sino para compartirla con verdad. Junto con la joven pareja hicimos una lista de lo necesario. Todo lo necesario. Escribimos un mensaje narrando, con pudor, lo que esta familia estaba viviendo, acompañado de ese listado —no tan breve— de necesidades.
Lo que sucedió después todavía me conmueve. Entre amigos, conocidos y amigos de amigos se generó una comunión como nunca había visto. Llegó todo lo que estaba en la lista y más. Algunas personas enviaron dinero, con lo que se pudieron comprar otras cosas y hasta pintar la cuna. Hubo quien, no teniendo nada material para dar, se ofreció a lavar la ropita del bebé. Personas con muchas carencias propias se hicieron disponibles para otros que estaban aún más necesitados.
No fue una gran campaña. Fue vivir la fraternidad de manera silenciosa, concreta, encarnada. En nuestra casa estábamos profundamente tocadas al ver la generosidad de tanta gente. Cada gesto, por pequeño que pareciera, decía algo esencial a esa familia: no están solos.
El niño nació hermoso y sano. Todo salió bien. Esa familia conocía muy poco de la Iglesia y, marcados como estaban por el miedo a ser engañados de nuevo, les resultaba difícil confiar en la bondad de los demás. Sin embargo, el amor de Dios —aunque no lo nombren así— lo encontraron en esos gestos concretos, en manos que se tendieron cuando más lo necesitaban. Y quizás precisamente porque venían de personas también vulnerables, esos gestos valían mucho más.
A partir de esta historia, no puedo evitar hacerme algunas preguntas. ¿Qué revela sobre nosotros mismos y sobre nuestras posibilidades reales de responder al dolor que nos rodea? ¿Qué nos dice sobre lo que todavía es posible, incluso en medio de tanta precariedad?
Vivimos en un país profundamente herido, marcado por la escasez, la desconfianza, la fragmentación y el cansancio. Muchas familias están divididas, muchas personas sobreviven al límite de sus fuerzas. Esta situación, en ocasiones, saca a la luz lo peor que tenemos dentro: una mezcla de desesperación, miedo y elecciones fáciles. No es raro que, cuando todo falta, la tentación sea aplastar al otro para poder sobrevivir.
En ese contexto, la fraternidad —entendida como experiencia y no como consigna— puede ser una respuesta. No la única, ni una solución mágica, pero sí una respuesta real. Ver al otro como un hermano no elimina los problemas estructurales ni sustituye las responsabilidades políticas y económicas, pero transforma el modo en que atravesamos la crisis. Cambia el clima humano en el que vivimos.
¿Qué pasaría si, en medio de tanta polarización, decidiéramos no reducir al otro a su posición, a su opinión, a una parte de su historia? ¿Qué pasaría si el dolor ajeno dejara de ser una cifra o una noticia y se convirtiera en un rostro concreto que nos interpela? Incluso en el desacuerdo, incluso en la diferencia, el otro seguiría siendo alguien digno de cuidado.
La fraternidad tiene un costo. No es ingenua ni cómoda. Exige tiempo, escucha, renuncia al juicio rápido, disponibilidad para dejarse afectar. A veces implica exponerse a la incomprensión o a la crítica. No siempre produce resultados visibles ni inmediatos. Pero genera algo que hoy escasea profundamente: tejido humano, confianza, sentido de pertenencia.
En un contexto donde muchos sienten que nadie los ve, un gesto fraterno puede devolver la dignidad. En un país donde abundan las carencias materiales, compartir lo poco que se tiene puede parecer una locura; sin embargo, es justamente ahí donde se revela una riqueza inesperada. Esta capacidad de cuidarnos unos a otros ha permitido a muchas personas resistir, día tras día, sin perder del todo la humanidad.
No se trata de idealizar la pobreza ni de romantizar el sufrimiento. Se trata de reconocer que, incluso en condiciones durísimas, la relación puede ser fuente de vida. La amistad, la cercanía, el amor recíproco no resuelven mágicamente los problemas, pero cambian el modo en que los enfrentamos. Nos recuerdan que no somos individuos aislados luchando solos, sino personas vinculadas, responsables unas de otras.
Hoy Cuba necesita muchas cosas: reformas, diálogos, decisiones valientes. Pero también necesita —urgentemente— espacios donde el otro no sea una amenaza, donde la diferencia no rompa el vínculo, donde la fragilidad no sea motivo de vergüenza. Necesita gestos que, sin hacer ruido, digan: tu vida me importa.
Tal vez la fraternidad no sea una solución espectacular ni inmediata. Tal vez no salga en los titulares ni cambie las estadísticas. Pero sostiene la vida. Y cuando la vida está en riesgo, sostenerla ya es un acto profundamente cívico.
La historia de Yanet, su esposo y de su hijo no es excepcional. Es una entre muchas. Pero en ella he visto algo que me acompaña como una certeza silenciosa: cuando alguien decide no cerrarse, cuando una comunidad se deja tocar y responde, algo nuevo nace, incluso en medio de la precariedad.
Quizás no podamos cambiar de golpe la realidad que nos rodea. Quizás no tengamos respuestas para todas las preguntas. Pero sí podemos decidir cómo mirar al otro, cómo acercarnos, cómo no dejar que el miedo o el cansancio nos roben la capacidad de reconocernos hermanos.
Y tal vez, solo tal vez, sea esta fraternidad discreta —vivida día a día, sin consignas ni aplausos— la que, silenciosamente, sigue sosteniendo la vida y haciendo posible una Cuba más humana.
Liliana Frontela Inclán (Holguiín, 1992).
Ingeniera en Telecomunicaciones y Electrónica. Graduada en el ISPJAE.
Actualmente es estudiante de Humanidades en el Instituto de Estudios Eclesiásticos Padre Félix Varela. Colabora en procesos de acompañamiento con jóvenes y adultos en áreas de formación humana y espiritual, discernimiento vocacional y vida comunitaria. Miembro del Movimiento de los Focolares. Reside en La Habana.
