LA BANALIZACIÓN DEL MAL EN CUBA

 

 

 

 

Lunes de Dagoberto

Estoy escribiendo esta columna en medio de otra caída del Sistema Eléctrico Nacional. Es decir, pienso, escribo y vivo en una Isla sumida en una oscuridad total. El totalitarismo es el gran apagón de la vida normal. Las circunstancias en que estoy escribiendo esto es una prueba que el totalitarismo comunista puede llevar a todo un país a las tinieblas totales pero no puede y no podrá jamás apagar el espíritu humano: ese resplandor imborrable de la luz de Dios que todo ser humano conserva dentro.

La tozudez de atornillarse al poder persevera en infligir un mal totalitario a Cuba. Es un mal inenarrable. Es un mal concreto. Es un mal criminal y despiadado. Es un mal intrínsecamente perverso.

Pero no es un mal eterno. Es un mal que lleva en sus entrañas el germen de su propia destrucción. Mientras mayor es el mal más cerca está su propia destrucción. La autofagia del mal es una razón para nuestra esperanza.

Hay algo que atenta contra ese sistema de luz interior, contra esa fuente de energía que nos sostiene en nuestra lucha pacífica contra las tinieblas sistemáticas: es la banalización del mal.

Hannah Arendt lo vivió y tomó conciencia de este fenómeno al asistir y reportar un juicio contra un dirigente nazi. Nosotros los cubanos podemos caer en esta avería que nos desconecta de la Fuente del Bien y del sistema que nos une en comunidad de personas libres y responsables.

La banalización del mal es presentarlo como la levedad del ser, es llamar al bien mal y es presentar el mal como un bien. Esa es su perversión total.

La banalización del mal es normalizar lo perverso. Es acostumbrarnos a la calamidad. Es renunciar a pensar con cabeza propia. Es relativizar el discernimiento entre lo bueno y lo malo. Es aceptar ser parte de un engranaje diabólico como si fuera normal. Es consentir ser, pensar, sentir y actuar como una masa despersonalizada. Es enmascarar el mal y esconder su causa real, echando la culpa a otros. Es domesticarnos al corral y a vivir en el mal y, además, decir que no es tan malo porque todos lo hacen y que es responsabilidad de afuera y que es culpa de otros.

El argumento usado es que yo
cumplo órdenes. Es que esto no depende de mí. Es que tengo que adaptarme para sobrevivir pasivamente… calmadamente… y además, tengo que comprender, creer en las mentiras y “resistir”, aguantar, como rebaño en silencio que, además, se nos inculca la culpabilidad de no agradecer el cepo y las tinieblas. Normalizar el mal y banalizarlo es una de las causas más graves del sometimiento de nuestro pueblo y un signo visible del daño antropológico que le ha causado este régimen.

Propuestas

1. Tengo la convicción de que el bien vencerá al mal, pero se necesita un bien total para acabar con un mal totalitario. Y el bien total es Dios. No todos creen en Dios. Pero cada ser humano conserva dentro de sí un destello de ese Bien Total. Solo es necesario conectarnos a esa fuente que no se descarga: somos la Imagen recargable de Dios. Las tinieblas del mal no pueden apagar para siempre esa luz interior. Es la que nos da vida a pesar de los innombrables sufrimientos. Es la que nos recarga esas ganas de seguir luchando por la vida y por la libertad.

2. “Vencer el mal a fuerza del bien” nos invita la Biblia. Es muy necesario cultivar la “fe” en que el bien es más fuerte que el mal. En que la luz del bien puede vencer a las tinieblas de este mal. Este no es un mal cualquiera, no es otro mal. Es el mal totalitario. Un mal infligido por un régimen deshumanizado y deshumanizante que controla y oprime cada rincón de nuestras vidas, hasta poner a oscuras a toda una nación, a oscuras por fuera y por dentro de nosotros mismos, en repetidas, y cada vez más frecuentes, ocasiones. No hay derecho. No hay justicia. No es ético ni legal. El mal nunca es legítimo porque va contra la naturaleza humana.

3. Sin embargo, si no tratamos al mal como normal, si no lo consideramos como lo que nos ha tocado vivir, como lo que es ya costumbre, e incluso, como un “deber”; si logramos sanar ese mecanismo que relativiza el mal haciéndolo sistema de vida cuando es régimen de muerte, entonces, si logramos vencerlo a fuerza de denunciarlo, de identificarlo, de derrotarlo con la virtud de pensar el bien, sentir el bien, hacer el bien, entonces habremos dado un paso indispensable y fuerte en el camino hacia la libertad y la democracia en Cuba.

No sé cuándo les llegará esta columna del lunes. Cuando la puedan leer me avisan. Lo que no quiero es rendirme ante el mal. Y mucho menos acostumbrarme a él. Y menos todavía banalizarlo.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Ingeniero agrónomo.
Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 20a17.
Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
Director del Centro de Estudios Convivencia (CEC). Reside en Pinar del Río.

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