LA AUTOESTIMA Y LA DOMINACIÓN

Lunes de Dagoberto

Muchas veces nos preguntamos por qué los Estados totalitarios o autoritarios logran un sistema de dominación de los ciudadanos que dura por años y décadas.

El terror y la represión es una respuesta. El engaño y la vida en la mentira es otra de las causas. Los mecanismos de chantaje por los supuestos beneficios recibidos del Estado paternalista es otra. Y, de hecho, hay otros muchos factores que facilitan la dominación sobre las personas.

Hoy quiero reflexionar sobre uno de los factores de dominación más poderoso y menos visible. Es uno de los que sabe usar muy bien el Poder. Y que, incluso, podemos encontramos con que los propios ciudadanos y hasta opositores y miembros de la sociedad civil, contribuimos inconscientemente a sostener ese mecanismo de dominación. Además, ayudamos sin darnos cuenta a reproducirlo en los demás. Increíble.

Se trata de la baja autoestima. Ese sentimiento de impotencia frente al grande, de indefensión frente al fuerte. Esa sensación que nos han inducido de que no podemos hacer nada mientras “esto” esté aquí. Esa convicción introyectada por la escuela, la propaganda, el rumor de la calle, y hasta por nuestra propia familia, hasta el tuétano de nuestras conciencias, de que ante el minotauro del Poder los ciudadanos no tenemos ninguna fuerza, no tenemos ninguna forma de cambiar la realidad, no podemos hacer nada. La baja autoestima es la postración del ciudadano.

La baja o falta autoestima solo cree que la fuerza o la prepotencia de los grandes o de lo exterior, pueden lograr que las cosas cambien. Sin embargo, la historia de la humanidad está repleta de ejemplos de la eficacia y “el poder de los sin poder” como escribió un dramaturgo que no ostentaba ninguna “fuerza” física, militar, política o mediática. Me refiero a Václav Havel, que fue presidente de Checoslovaquia después del comunismo y que por creer en la fuerza de lo pequeño y en la eficacia y fecundidad de la semilla se convirtió en una de los más grandes referentes de Europa y del mundo solo por su autoridad moral. Por su coherencia de vida, por sostener su autoestima y ayudar a que creciera y se afianzara la autoestima de sus compatriotas.

Así se multiplican los ejemplos que nos confirman que desarrollar la autoestima personal y grupal es un poderoso y eficaz antídoto a la dominación de los fuertes y poderosos. Podemos encontrar historias reales y convincentes desde el muchas veces manipulado relato bíblico del pequeño David contra el gigante Goliat, pasando por santos y héroes que salieron de la postración de creerse impotentes y fueron catalizadores y educadores de la autoestima ciudadana: el más grande, Jesús de Nazaret, el hijo del carpintero.

Los 12 apóstoles, pescadores sin poder ni formación, aunque uno de ellos traicionó, y luego solo uno de ellos, Juan, estuvo al pie de la cruz con tres mujeres, lograron extender el cristianismo por el orbe. Reformadores como Francisco de Asís, Teresa de Ávila, lograron los cambios en la Iglesia y en una sociedad corrupta. Héroes más contemporáneos como Gandhi y su puñado de sal contra el imperio británico, Teresa de Calcuta tan pequeña por fuera y gigante por dentro. El polaco San Juan Pablo II que ayudó a la caída de los muros del totalitarismo en Europa. Otros muy diferentes y con su propia historia pero que creyeron en el poder de los sin poder: Lech Walesa, Havel, Mandela, y tantos otros.

Todos tuvieron algo en común: todos lograron levantarse de la postración personal, todos estaban convencidos que la fuerza moral, la defensa de la verdad, las vías pacíficas y la convicción de los ciudadanos en su propia capacidad transformadora de la sociedad, son factores que pueden contraponerse a los métodos acomplejadores para alcanzar la subordinación, pueden ser superiores a las maniobras del poder para inculcar la indefensión de los ciudadanos y de los grupos de la sociedad civil. Creyeron en que esos factores tienen la fuerza suficiente para cambiar la historia.

Propuestas

  1. En el seno de la familia, cultivar la autoestima de nuestros hijos y nietos y jamás contribuir con el mito inducido de que el poder de los grandes es invencible. Educar en que la fuerza de lo pequeño y de lo moral y espiritual puede vencer pacíficamente frente a la fuerza bruta y al poder avasallador. Es educar a los hijos como personas libres, responsables, independientes y fuertes por dentro.
  2. Cuidar nuestro lenguaje. Estar alertas para no contribuir con nuestro derrotismo, con nuestro complejo de inferioridad, en fin, con nuestra baja autoestima, al desánimo de los demás, a la postración del no puedo hacer nada, a la estrategia del poder de hacernos creer que las cosas solo pueden ser cambiadas “por la fuerza violenta”, “cuando nos unamos todos”, “cuando se cambie todo de una sola vez”. Eso es mentira. Es un mito decadente. La realidad se va cambiando paso a paso, desde lo más pequeño a nuestro alcance, reinventándonos cada día. Es mi experiencia.
  3. No ser cómplices de la dominación aplastante del poder. No repetir, por mucho que parezca obvio: “esto no hay quien lo cambie”, “Ellos nunca van a ceder”, “Nosotros no podemos hacer nada frente a esta maquinaria de dominación”. “No le sirvas de escalera a nadie”, mientras, inconscientemente, estemos postrados en el piso sirviéndole de carretera al poder. Parece que nos hayan convencido de que “escalera de otros cubanos de abajo nunca”, pero servir de “piso para ser aplastado y pisoteado” por el Poder, en el silencio y la postración, eso sí lo aceptamos.
  4. Aportar autoestima y conciencia del poder de los sin poder, en los grupos de la sociedad civil, sean pequeños, grandes, cualquiera que sea su influencia, allí donde vivimos o trabajamos o nos esforzamos por la verdad, la libertad y la democracia. Estar alertas y no dejar que se repliquen al interior del grupo las estrategias de desánimo, la depresión de nuestra autoestima, ni las posturas de subordinación voluntaria o inconsciente.
  5. Creer, convencernos, ayudar a tomar conciencia a los demás, de que no siempre hay que hacer grandes cosas, de que no solo los influencer, o los más activistas más arriesgados, no solo eso va a cambiar la realidad en Cuba. Cada mañana, cada ciudadano que se levante creyendo en sí mismo, en su pequeño y a veces silencioso aporte, puede ayudar a cambiar la realidad. Todos los roles son necesarios para el cambio.
  6. Desterremos la tentación del “no se puede cambiar”. El cambio está sucediendo en las entrañas mismas de la sociedad cubana. Es perceptible e indetenible. Lo vimos en erupción el 11 de julio. Fue solo una llamada de alerta. El pueblo habló. Pero hoy lo seguimos escuchando en cada esquina, lo sentimos en cada familia, en nuestras iglesias, en nuestros trabajos. Es una corriente subterránea e imparable. Es un clamor general. Es una avalancha de anhelos de cambio.

Eso solo no es suficiente, pero sin eso, sería más difícil que el cambio ocurra. Ahora se siente el clamor y lo pequeño cuenta. La conciencia se despierta. Eso, para mí es motivo de esperanza.

Yo sigo creyendo en la fuerza de lo pequeño. Creyendo y actuando.

Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.

 

 


  • Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
  • Ingeniero agrónomo. Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
  • Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 2017.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
  • Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2007.
  • Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
  • Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
  • Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
  • Reside en Pinar del Río.

 

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