José Agustín Caballero, el precursor (Parte 2)

 

  • V. Educador de educadores
  • El presbítero Caballero abrió el camino que seguirían más tarde Varela,
  • Saco, Luz y Caballero,… Martí y Varona.
  • Humberto Piñera

Hemos llegado a la médula, a la razón de ser de esta conferencia. La educación –decía el Apóstol– es obra de infinito amor, y la vida de este sacerdote dedicada a buscar el bien de su tierra es su obra educativa: sembrada en los surcos que encontraba propicios y regaba con su entrega generosa. Hoy es el tiempo de la siega, que será fecunda si sabemos rescatar nuestras raíces y vivir los valores que antaño caracterizaron al maestro cubano.

  • El maestro
  • Los sabios no ignoran que hay un cierto modo en las cosas.
  • ¡Qué lástima que no sean sabios los maestros de escuela!
  • Papel Periódico de La Habana, 19 de enero de 1792

El 28 de febrero de 1785 comienza la carrera profesoral de José Agustín Caballero en el Colegio-Seminario, lugar donde ejercería la docencia hasta su muerte acaecida cincuenta años después. Y me pregunto, ¿qué motivó a este joven, con vocación de sacerdote diocesano, a la docencia? Su hermano era dominico, y los predicadores regenteaban la Universidad, los franciscanos tenían colegio afamado, conventos no faltaban en la Habana de la época para un candidato de sus condiciones.

El obispo de Cuba era aún el ilustrado Hechavarría, y este hombre de pensamiento avanzado, de seguro atento a los progresos de su “semillero”, debe haber vislumbrado en el joven Agustín madera excelente para llevar adelante sus ideas. Pienso que vio en él al maestro que necesitaba el Seminario y le dijoquizá alguna palabra que le decidiera, pues su inteligencia, preparación, la libertad de cátedra y la entrega plena a lo que hacía, se encargaron de conformar al patricio devenido educador.

Si la Sociedad Patriótica es la institución a través de la cual el Padre encauza sus preocupaciones pedagógicas, pues en ella ocupó durante tiempo el cargo de director de la Sección de Ciencias y Artes—especie de Consejo Técnico de Educación—, sus ideas acerca de la instrucción y la educación se hacen conocidas para todos a través de los artículos que escribe en el Papel Periódico de La Habana.

Muy a los inicios del periódico aparecen ya escritos donde se plantea la cuestión de la educación. En un artículo titulado La Educación de los Hijos, de marzo de 1791, el Padre Agustín ante la actitud de muchos padres frente a la crianza de sus hijos, contrapone los efectos saludables de una buena educación como vehículo seguro para alcanzar el honor y la virtud. «El alma —dice— es una tabla rasa dispuesta a recibir los colores, y será culpa del pintor a quien se encomienda no poner en ella las imágenes de que es capaz… Las costumbres sobre el bien y el mal, no tanto se transfunden con la sangre como con el ejemplo». Sin la promoción de la virtud que nace de una educación esmerada y sensata, «no puede haber hombre útil a la Patria».

Aquí están sentadas las bases de por qué no es suficiente la creación de escuelas si éstas no cuentan con la presencia de un educador capaz de ser ejemplo que forja personas. Por eso el Padre insiste en la figura del maestro, al que brinda toda una serie de consejos para su actividad. Pero quiere que sus ideas lleguen a ser realidad, que haya escuelas para todos con maestros capaces, y para ello trabaja en el seno de la Patriótica.

En 1794 la Sociedad Patriótica, con miras a fundar las escuelas necesarias, designó a tres de sus miembros para que estudiaran las posibilidades reales para la creación de centros de primera enseñanzay redactaran una propuesta de Ordenanzas que sirvieran para regular el proceso docente. Las“Ordenanzas de las escuelas gratuitas de la Habana”, que llevan la firma de José Agustín Caballero, Francisco de Isla y Fray Félix González, constituyen un reflejo fiel de las concepciones del Padre, y parece que le correspondió la mayor responsabilidad en su elaboración.

El documento comienza reconociendo que: «Es indisputable que la Habana necesita de escuelas patrióticas de primeras letras. Las que hasta ahora han enseñado al público ni han tenido los requisitos necesarios…, ni la generosidad de enseñar gratuitamente». Se prevé en las Ordenanzas la creación de dos escuelas gratuitas, una de niñas y otra de niños, y se explicita dónde deben ser ubicadas para facilitar que pudiesen concurrir a ellas los niños de toda la ciudad.

En la Primera Parte se consignan las “Obligaciones de los Maestros”, y vale la pena que tengamos en cuenta algo que se escribió hace más de dos siglos:

II. Trabajarán por sanar la voluntad de sus discípulos y sobrellevar con paciencia las faltas propias de la edad, no los llamarán con apodos ni palabras que los hagan despreciables a los otros.

III. … La paciencia, el celo, varios ardides que dicta la prudencia, y sobre todo el ejemplo, quitarán a los maestros la ocasión de castigar… todo el trabajo ha de ser de los maestros…

Tanto en la escuela de niñas como en la de varones los educandos debían aprender a leer, escribir y contar; la educación de las niñas incluía, además, la clase de costura. Esta introducción de lo elemental de las Matemáticas en el nivel de las primeras letras, era un paso necesario con vistas a las transformaciones que era necesario emprender, pues el grave problema al que se enfrentaba la Sociedad Patriótica, y a su cabeza el Padre Agustín, era la existencia de un sistema de enseñanza que,teniendo Universidad, carecía de un sistema de enseñanza primaria, como dice él claramente al referirse a la ausencia de escuelas para los pobladores del campo.

En su Informe a la Sociedad Patriótica de noviembre de 1798 leemos: «la educación de nuestra población campestre, la mayor en número y quizá la más juiciosa comparada con la de otras Islas extranjeras, yace en total abandono». Pero no se sorprende de lo que constata, ya que la educación «de nuestros urbanos… aunque tenemos universidades y seminarios… destinadas a un cortísimo número de hombres en la República, los que componen el cuerpo de la población,… carecen hasta de escuelas de primeras letras» que funcionen debidamente.

Por eso es necesario comenzar por la reforma universitaria. Los resultados inmediatos debían ser la introducción en los planes de estudios de la enseñanza de las ciencias con carácter experimental, tal como reclamaba desde las primeras páginas del Papel Periódico, así como el definitivo destierro de la escolástica de la Universidad. Con ello sería mucho más sencillo acometer una obra más amplia en materia de educación, tanto desde el punto de vista de las instituciones como de los métodos y el contenido de la enseñanza. El Padre pide: «que la Universidad junta en claustro pleno, tratase de formar un plan libre de estudios, según el estado actual de los conocimientos humanos». Con la reforma se lograría que los jóvenes estudiaran «la verdadera filosofía» y conocieran «la configuración del cuerpo humano, para saber curar sus enfermedades con tino y circunspección».

Si uno de los pilares esenciales de la reforma de la enseñanza, tal como la entiende el Maestro del Colegio San Carlos, es la implementación de los principios de la experimentación, no menos hincapié hace en la cuestión del aprendizaje de idiomas. Es ésta una cuestión con dos vertientes importantes. Una de ellas implica a la lengua materna. La segunda, las lenguas extranjeras. Son estas últimas, expresa en más de una ocasión, vehículo imprescindible para acceder a los tesoros de las ciencias y el pensamiento. Es por eso que las recomienda como el ejercicio más útil para todo aquel que aspire a penetrar el mundo de las ciencias y las letras.

Caballero es un defensor del estudio de las lenguas en general, pero su atención queda en gran medida centrada a las problemáticas relativas al castellano y al latín, por demás estrechamente relacionadas con la cuestión general de la reforma de estudios. En septiembre de 1796 redacta, por encargo de la Sociedad Patriótica, una “Representación al Monarca solicitando la reforma de los estudios”, y en la misma pide «el establecimiento de una escuela de gramática castellana». Fue el primero en Cuba en pedir que se enseñara en la lengua vernácula.

En su texto de Philosophia Electiva encontramos reflexiones dirigidas a maestros y estudiantes en los capítulos en que trata las cuestiones de método en la Última parte de la Lógica. Su obra era didáctica.

En el capítulo siguiente, propone un método de estudio, que es el “que debe presidir nuestros estudios para extraer por nosotros mismos, de la lectura de los libros, la disciplina que investigamos”. Y expone “las reglas con cuya aplicación se extrae el fruto de la lectura de un libro”, veamos:

No se debe emprender ningún estudio sino después de haber purgado la mente de los prejuicios temerarios que hayamos adquirido, a través bien de lecturas de malos libros, bien del trato con gentes vulgares. Debemos escoger un buen autor. Léase mucho, pero no muchas cosas. No pasemos de una cuestión a otra sino después de haber comprendido bien la primera. No se debe prescindir de nada, ni aun de aquello que nos parezca de poca importancia.

No se deben desperdiciar las ocasiones de tratar los asuntos con otras personas para comprender con claridad lo que se sepa de cada uno. No se debe prescindir de los autores que sostienen tesis contrarias a la nuestra hasta haber comprendido perfectamente el sistema de aquél a cuyo estudio nos hayamos aplicado. Conviene, por último, consultar una y otra vez los conocimientos que hayamos adquirido en nuestro estudio, con personas doctas.

Estas reglas están pensadas para garantizar la calidad del proceso de enseñanza-aprendizaje, son, por tanto, reglas de contenido pedagógico destinadas a mediar en la relación a establecer entre educadores y educandos. El filósofo es ante todo maestro.

Desde la Sociedad Patriótica que fue, junto con el Seminario, la gran abanderada del progreso en la Cuba colonial, el P. Agustín convirtió el tema de la instrucción pública en una de las claves de su labor ilustradora. Esta preocupación por la educación de los pobres fue como una huella indeleble que dejó en todos los que lo conocieron.

  • Soñador de la ciencia experimental
  • Caballero fue el primero que habló a sus alumnos
  • sobre experimentos y física experimental.
  • José de la Luz y Caballero

Ya no es el Padre Agustín profesor de Filosofía cuando el Seminario llega a tener su laboratorio de física y química, el primero de la Isla; pero es de justicia consignar que la lucha por la enseñanza de las ciencias al estilo moderno, buscando la verdad mediante los experimentos, la comenzó el Padre, y fue tal su empeño en esta lid, tan profundo su pensamiento y amplios sus argumentos, que he preferido dedicarle un acápite aparte, precedido por el de su labor magisterial y precediendo al de sus aportes a la Pedagogía cubana.

Durante siglos, la física aristotélica fue la que se enseñó en las universidades, pues los instrumentos científicos sólo llegan a ser de uso corriente durante la primera mitad del siglo XVIII, y es en esa época que comienza la práctica de los experimentos en la enseñanza de la física de una forma organizada. En Francia, no es hasta 1753 que se crea, en el colegio de Navarra, una cátedra de física experimental confiada al abate Nollet.

Es por todo esto admirable que en nuestro país, y en época tan temprana como a finales del siglo XVIII, se levante la voz del Padre Caballero pidiendo instrumentos de física para que la enseñanza deje de ser escolástica, pues él sabe aprovechar la libertad que permiten los Estatutos del Seminario, libertad que no tenían los profesores de la Universidad.

En 1791 publica en el Papel Periódico de La Habana Discurso sobre la Física, y apunta en el mismo:

Estamos persuadidos que la palabra Filosofía, que significa amor a la sabiduría, no puede tener otra base que la verdad. Ésta es la que busca la Física, y el medio único de encontrarla es ser amante de ella, y abrazarla como tal, de cualquier parte que venga, sin preciarse de ser newtoniano o cartesiano. … Aquel autor ha de seguirse con preferencia, que demuestre mejor su opinión con experiencias ciertas, o por reglas seguras, sin preocuparnos de que es francés, inglés o español; pues todos los que aman y profesan la Física deben mirarse como conciudadanos.

Esta cita la considero clave para entender su pensamiento, pues en ella se nos muestra el buscador impenitente de la verdad: no para poseerla en secreto, sino para ponerla en práctica; vemos al hombre abierto al diálogo y libre de ataduras.

Siete años más tarde, publica en el Papel Periódico un artículo titulado Discurso filosófico, en él leemos: «Murió para siempre el horrísono escolasticismo en Europa. (…) Entró en su lugar la antorcha de la verdad: el experimento». Y concluye el mismo diciendo:

Yo fui, en mis primeros años, de esta secta, y la amaba tiernamente; es más, la recomendé y enseñé a mis discípulos. … ¡Experiencia! Lo mismo era oírla nombrar que cerraba y apretaba los ojos hasta arrugarlos. Pero los abrí al fin, y la vi con tiempo; me avergoncé mucho de no haberla visto antes. Deserté de las banderas del engaño y pasé a las de la verdad, y mis discípulos mismos pusieron a la puerta de mi estudio el siguiente epitafio, que quisiera yo poder fijar a la puerta de cada uno de los ergotistas de esta Ciudad:

EPITAFIO

Yace aquí un entendimiento,
que ayer todo lo entendió,
y hoy que vio lo que no vio,
vio que cuanto vio era viento.

Dos meses después escribe Pintura filosófica, histórica y crítica de los progresos del espíritu, y en este artículo se pregunta:

¿Cuál es nuestra Química? ¿Cuál nuestra Física experimental? ¿Cuáles son nuestras matemáticas? ¿Cuáles son…? Quizá yo inquiero demasiado. Pero ¿se me querrá quitar el anhelo de que se sepa lo que deseo?

El Padre Agustín dio un vuelco a la enseñanza de las ciencias. Ya en el Discurso sobre la Física había dejado claro que no está interesado en una ciencia erudita que se deleita en su propio saber, que es necesario desarrollar la Física porque «cada nuevo descubrimiento tiene una aplicación que redunda en provecho de la sociedad».

A la Física aristotélica Caballero opone la Física Moderna, quiere que se enseñe con seriedad la Física Experimental. El Padre quiere que los experimentos se repitan y se comparen los resultados, y dice: “Los descubrimientos se multiplican, los errores se corrigen, las dudas se aclaran y se obliga a la naturaleza a descubrir sus secretos”.

  • Que sea nuestra divisa descubridora, como en él, anhelante de infinito y forjadora de libertad.
  • Aportes a la pedagogía
  • La mayor gloria de un maestro es hablar por boca de sus discípulos.
  • Padre Félix Varela

Si en un punto no he dudado un instante para escoger el exordio apropiado ha sido en éste, puesto que la obra del Padre Varela está en ciernes en el pensamiento ilustrado de su preceptor: el Padre Agustín.

Aunque ya hemos ido viendo a lo largo de su obra los aportes del Padre a la Pedagogía, ahora, siendo consecuente con lo que se espera de esta ponencia, hago una síntesis de sus principales aportes:

La necesidad de una educación popular, gratuita, al alcance de todas las capas sociales, incluidas las mujeres, de las que dice que su comprensión «es tan rápida como un relámpago; su penetración es una ojeada, es casi un instinto».
El rechazo al método escolástico.
Pide la enseñanza experimental de las ciencias.
El cultivo de la lengua vernácula y su empleo como medio preferencial en la instrucción.
La preocupación porque los maestros estuviesen bien preparados en la materia que enseñan. Esto se ve claro en la redacción de las Ordenanzas.
La urgencia de reformar la enseñanza, cuya realización sería como una «feliz y deseada revolución».
La petición de un plan libre de estudios para la Universidad.
La utilidad del estudio de las lenguas extranjeras.
El concepto del educador como ejemplo que forja hombres.
La importancia de la educación en la formación de valores.
El respeto a la dignidad de los niños. Rechazaba el castigo corporal y las ofensas.
Su actitud dialogal, no rechaza las opiniones contrarias.
Quiso que los alumnos pensaran y obtuvieran conocimientos de los libros.
Apostó por la erradicación del magíster díxit.

En este apretado elenco he tratado de condensar lo que a mi entender constituyen las ideas esenciales que reflejan la nueva manera de ver la enseñanza que tuvo el Padre. Sé que es perfectible; pero aun así, limitado, nos muestra a un Maestro que sienta escuela, una escuela que sus discípulos enriquecerán. Ellos son buen ejemplo de su aporte a la educación cubana. Bastan dos nombres: Félix Varela y José de la Luz.

Resumiendo, podemos afirmar que el reconocimiento de la dignidad de la labor del educador, del potencial educacional del ejemplo, de la utilidad y necesidad de apelar a la conciencia del alumno, a su sentido del honor, son principios sobre los que se sustenta la más genuina pedagogía cubana en toda su evolución posterior. El plantearlos y establecerlos como premisas obliga a comenzar por el Padre Agustín cualquier genealogía del pensamiento pedagógico cubano.

  • renovador del pensamiento
  • Que los hombres hablen y razonen con bizarra libertad,
  • que expresen sin reserva lo que mejor les parece.
  • José Agustín Caballero

La labor del Padre Agustín, tal como hemos visto hasta ahora y en particular su tarea como formador de las nuevas generaciones, fue la de edificar en las mentes de los que habrían de ser constructores de la Cuba que soñaba. Lo que no pudo su acción se hizo realidad en la obra de sus continuadores. Los aspectos más significativos de su obra son aquellos con los que abrió rumbos que luego serían audazmente explorados por sus discípulos.

Si genio es aquel hombre capaz de encarnar las ideas y la voluntad de una generación, el que se adelanta a ésta en inspiraciones y proyectos, bien puede llamarse así a José Agustín Caballero. Fue un plasmador de conciencias: desde su misión como sacerdote ejemplar, desde su sabia cátedra, desde su útil periódico, desde su silencioso aposento. Y más que ciencia fría, huidiza del drama del mundo, desplegó la más noble ciencia del modelador de un pueblo en ciernes.

Si no existen fundamentos más que para considerarlo como un iniciador en materia de renovación filosófica, su pensamiento adquiere vuelos mucho más radicales en su actividad práctica de reformador. Desde el Papel Periódico de La Habana, o desde la Sección de Ciencias y Artes de la Sociedad Patriótica, el Padre Agustín luchó con denuedo por la aplicación de reformas cuya urgencia proclamaba. Así lo reflejan sus reclamos en materia de reforma educacional y los llamados constantes a desarrollar la ciencia experimental.

El reformador de nuestra ciencia quiere que haya algo que pueda llamarse nuestra física experimental, nuestra química, y pide instrumentos de física para que la enseñanza no sea escolástica, sino técnica. Ve al físico rodeado de instrumentos, y quiere algo más: quiere la aplicación de las ciencias al fomento nacional.

El Padre poseyó una fina percepción de su entorno sociocultural y político, su opinión influyó en casi todas las problemáticas importantes de la Cuba de la época.

Mas, en verdad, si fuera a colocar en primer lugar lo que más me impresiona en la obra de este maestro, pondría en alto su reclamo por la libertad de enseñanza —que es termómetro que mide la apertura al pluralismo en una sociedad—, y esto lo hacía un sacerdote en tiempos en que la enseñanza era prácticamente monopolio de la Iglesia. Cito ahora algunos fragmentos del discurso que pronunciara en la Clase de Ciencias y Artes de la Sociedad Patriótica de La Habana el 6 de octubre de 1795 refiriéndose a la reforma de los estudios universitarios:

Yo os convido esta noche, amigos míos, a intentar una empresa la más ardua quizás; pero ciertamente la más útil a nuestra patria […].

El sistema actual de la enseñanza pública de esta ciudad, retarda y embaraza los progresos de las artes y ciencias, resiste el establecimiento de otras nuevas, y por consiguiente en nada favorece las tentativas y ensayos de nuestra Clase. Esta no es paradoja; es una verdad clara y luminosa como el sol en la mitad del día. Mas confieso simultáneamente que los maestros carecen de responsabilidad sobre este particular, porque ellos no tienen otro arbitrio ni acción que ejecutar y obedecer. Me atrevo a afirmar en honor de la justicia que les es debida, que si se les permitiese regentear sus aulas libremente sin precisa obligación a la doctrina de la escuela, los jóvenes saldrían mejor instruidos…, y los mismos maestros no lamentarían la triste necesidad de condenar tal vez sus propios juicios, y explicar contra lo mismo que sienten […].

… ¿Y por qué no amigos míos? ¿Por qué no hemos de acelerar la llegada de este día afortunado, promoviendo cuanto antes la reforma de los estudios? ¿Habrá alguna preocupación que nos ciegue? Juzgo que no; y si la hubiera, sacudámosla como tal.

Cierro, con esta cita, la mirada al precursor que supo decir sin ambages lo que pensaba, y buscó caminos amplios sin atenerse a trillos preestablecidos seguidores de sendas erróneas. El Padre Agustín no temió ser diferente. Sabía llegada la hora de abrir las avenidas que otros habrían de transitar. Grabemos nosotros, educadores de hoy, sus sabias palabras en nuestras almas.

VI. Concluyendo

  • ¿Qué es la gloria verdadera y útil, sino abnegarse, y con la obra silente y continua tener la hoguera henchida de leños, para la hora de la combustión, y el cauce abierto, para cuando la llama se desborde,
  • y el cielo vasto y alto, para que quepa bien la claridad?
  • José Martí

Casi al terminar, unas palabras que quizá pude expresar al principio. Cualquier trabajo bibliográfico, y éste lo es, requiere de una pequeña investigación, y toda obra de investigación es una obra de colaboración. Por lo tanto, son muchas las personas que —aún sin saberlo y hasta fallecidas— han participado en la redacción de esta ponencia: lo valioso que pudiere haber en ella les pertenece.

Y ahora, al llegar al final de este acercamiento a la persona de José Agustín Caballero, sacerdote sin mácula y pionero de nuestro pensar autóctono, se impone un breve resumen, y me pregunto: ¿cómo decir en síntesis lo que siento por este maestro gigante y olvidado, incomparable y sublime, que supo ver lejos, y fiel siempre a la religión que profesaba hizo de su magisterio “religión”?

Me es grato pensar que cuando don José de la Luz y Caballero escribió: «Instruir puede cualquiera, educar sólo quien sea un evangelio vivo», estaba pensando en su tío y maestro en el Colegio-Seminario. Porque el padre Agustín fue un Evangelio vivo, un seguidor de Jesús de Nazaret que vivió para servir y entregar lo mejor de sí a sus alumnos y conciudadanos.

Sin lugar a dudas, el Padre Agustín poseía, en el más alto grado, la cualidad fundamental de todo gran educador: una visión clara y penetrante de las necesidades sociales más profundas de su época, y amor entrañable a su Patria. Para él, la escuela es una institución cuyo destino está estrechamente ligado al destino de la Patria.

Por eso propongo que le hagamos conocer de manera efectiva, que popularicemos su obra y el ejemplo de su vida: creo que es nuestro deber como educadores cubanos. Porque es la manera de honrarlo con ese homenaje que va más allá de las palabras; porque sólo así el Padre Agustín, que no tuvo otra aspiración que ser útil a sus compatriotas, seguirá siendo útil a esta Cuba que aún lucha… por alcanzar para sus habitantes la felicidad y la justicia.

Incapaz de encontrar palabras para hacer una valoración justa y elocuente del Maestro a quien hoy rendimos homenaje recordándolo, y sabido que ésta es reunión de educadores, tomaré ideas de aquéllos que en esta profesión —que es sacerdocio cuando se vive a plenitud— fueron sus discípulos cercanos, con él precursores y de él deudores en lo mejor que el XIX dejó a nuestra cultura. Dejo, pues, que sean “el santo cubano” y Don Pepe de la Luz los que hablen por mí, pues a la hora de enjuiciar un hombre, son sus actos y las circunstancias de su momento vital los que nos permiten aquilatar su valor real, que mucho indica, y su valor en potencia, que indica mucho más.

Don José de la Luz, sobrino y discípulo, figura extraordinaria de la historia cubana, en medio del dolor que le causara su desaparición física, escribía: El Padre Caballero, era de aquella rara estirpe de hombres que “nunca ni a nadie teme declarar la verdad, que no guarda contemplaciones con la causa de Dios y de los hombres”. “Éstos son los hombres a cuyo influjo duran y florecen las instituciones: ni halagaba a los superiores, ni tiranizaba a los subalternos, y era a un tiempo espada y escudo…”.

Pero quizá nadie mejor que el mismo Padre Varela para resaltar el valor de la obra y la persona del Padre Caballero. En una carta que escribió desde Nueva York a Don José de la Luz, y refiriéndose a la “noticia necrológica” que éste había publicado con motivo de la muerte de su tío, dirá:

Sin lisonja, digo a usted que ha escrito muy bien, pero se le escapó muchísimo que ha debido entrar en el ligero bosquejo que usted ha formado. La dirección del Colegio estuvo tres veces en sus manos, si lo hubiera querido, pues Mendoza no hubiera hecho oposición, si Caballero hubiera consentido en ser Director. Tampoco dijo usted que el señor Espada, que a nadie chiqueaba, siempre que vacó alguna canonjía, le hizo hablar o habló directamente para que aceptase, hasta que se convenció que era inútil proponerle dignidad alguna. Debió usted haber dicho que Caballero fue uno de los hombres de gran mérito, con gran influencia y en constante ejercicio de ella, que han vivido 72 años y han muerto sin enemigos. Aquí está, querido Luz, aquí está el gran prodigio y el mayor elogio que pueda hacérsele al incomparable Caballero. Debe agregarse que con un carácter semejante al de san Ambrosio, atacaba sin reserva cuanto creía injusto, y tal era su dignidad, tal la idea que todos formaban de su alma grande, que todos sus golpes, lejos de desviar, atraían a los heridos. Jamás buscó la popularidad, antes procuró ahuyentarla, mas ella le persiguió siempre y reclamándole como su natural objeto. ¡Cuánto podría yo decir!

Para concluir la carta exhortando a José de la Luz: “Vamos a lo que ahora debemos hacer para que Caballero viva, no sólo en la indeleble memoria de sus virtudes, sino en el saludable influjo de su doctrina… Debe hacerse una edición completa, sin dejar absolutamente nada, en la inteligencia de que todo es oro”.

Tanto Varela como Luz consideraban que las jóvenes generaciones debían tener un ejemplo en la vida del Padre Caballero. Sobre todo, creía Luz que era imprescindible asimilar:

…la más importante de cuantas lecciones pueden darse al linaje humano. El que mira la vida y la muerte con los ojos que él las miró, lejos de ser un hombre tétrico o un calculador egoísta, vive más contento consigo mismo, es más útil a sus semejantes; y llenando mejor su fin sobre la tierra, marcha por el camino más directo hacia el cielo. Ved aquí conciliados los intereses de Dios con los del hombre; ved aquí la obra exclusiva del Evangelio; y ved aquí la vida del hombre que nos acaba de arrancar la muerte.

Termino haciendo mías unas palabras que el eximio profesor Manuel F. Gran, dedicara al Siervo de Dios Félix Varela y las aplico al Padre Agustín:

Si nosotros tuviésemos que darle un título no le diríamos Doctor, no le diríamos Sacerdote, no le diríamos ni físico, ni matemático, ni filósofo, sino que con la reverencia espiritual más sentida, y el más vibrante de nuestros tonos, le diríamos simple y llanamente: Maestro.

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  • María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).  
  • Profesora de Física jubilada.
  • Directora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.
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