ENTRE EL ESTIéRCOL DE BELéN, NACE LA ESPERANZA

Historia de Salvación”. Crucifijo tallado en madera. Obra de Wendy Ramos Cáceres.

Porque la bota que pisa con estrépito y la túnica empapada en sangre serán combustible, pasto del fuego. Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva al hombro el principado, y es su nombre: Maravilla de consejero, Dios fuerte, Padre de eternidad, Príncipe de la paz.

Isaías 9, 4 y 5

Desde el siglo IV, el 25 de diciembre fue la fecha elegida por el Cristianismo para celebrar la Navidad. En Cuba, después de muchos años sin celebrarla por estar prohibida, se “permite” su festividad y el feriado después de la petición hecha por el papa Juan Pablo II en su visita en enero de 1998 como “Mensajero de la Verdad y la Esperanza”.

Actualmente muchos cubanos no tienen idea o noción de por qué ese día es feriado; “el día que nos dio el papa”, dicen muchos. Es la mayoría la que se vuelca a una celebración vacía de su contenido. Se ha convertido en unir a la familia –que ya es mucho- y comer, y emborracharse… Es apenas la minoría cristiana, o familias muy tradicionales las que conmemoran este día en su esencia: un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Y con Él la luz, el amor, la esperanza.

Pasamos de un extremo al otro: tener prohibido consagrar ese día al culto, al descanso, a la familia, a que se nos vendiera la Navidad como otra propaganda. Pero no es “la Navidad” lo que se recuerda en este tiempo, sino que se considera como otra oportunidad de entretener al pueblo. Es hacer creer que por vender árboles y luces en las tiendas, que por decorar locales –incluso estatales- con campanas, lazos y aguinaldos, que comprando mucha bebida o mucha comida, estamos celebrando la Navidad.

Y comprando quien puede, porque aun siendo esta la intención, los mercados siguen vacíos, las colas son interminables, y hacer llegar a la mesa algo de alimento digno, es casi un reto.

Este tiempo es asumido como ocasión de “descanso y vacación”. Se interrumpe el período docente por un breve espacio, y además del feriado de Navidad -casi como competencia- se hacen libres los días últimos y primeros del año para todos los trabajadores. Repito: no para descansar en el verdadero sentido. Ni festejar y recordar que Dios se hizo hombre y asumió nuestra carne; que se metió en el estiércol de un establo de Belén -el establo del mundo- para redimir nuestra humanidad, para alcanzarnos la santidad, para iluminarnos con su presencia y educarnos en un reinado de justicia y de paz. Sino que se convierte en la sacralización de hombres o de ideologías, o de un proyecto fracasado, de “un año más de victorias”. ¿Victorias sobre quién? ¿Sobre un pueblo agostado por la marcha sin rumbo? ¿Es la victoria de celebrar que cientos de miles de cubanos viven en la ignorancia civil y religiosa, o la apatía?

Como cristiana que vive en Cuba insisto y me repito: “un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado”. Y en la cuadrilla que como país nos toca en el “establo de este mundo”, también nace y renace la esperanza. Porque la esperanza, como virtud teologal, no es cosa que se compra o se intercambia, sino que es don del cielo. Es la capacidad de creer que Dios no defrauda, que es gracia que se renueva, virtud que curte y sostiene nuestra fe cuando las fuerzas parecen vencidas.

Cuba debe y tiene que poner su esperanza en Dios y su Hijo; en sus hijos, saber que no es escapando de la miseria –aunque sea legítimo- que se soluciona el problema, sino asumiendo la propia realidad y transformándola.

“El Hijo de Dios no hizo alarde de su condición divina, sino que se anonadó, asumiendo incluso la muerte, y una muerte de cruz”, dice el cántico de la Carta a los Filipenses. Si Jesús, Príncipe de Paz, Maravilla de Consejero, Dios fuerte, quiso por amor al hombre hacerse uno como nosotros, encarnarse en nuestra naturaleza, que no rehuyó de su destino, no hemos nosotros de correr como corderos al precipicio frente a las necesidades que se nos presentan, frente a las carencias de todo tipo que padecemos y lanzarnos, sin más preámbulo, hacia un destino incierto en tierras de otras cuadrillas.

En Cuba puede y debe renacer la esperanza, la que invita al cambio. Cambio que no va a llegar desde fuera, sino desde lo profundo de nuestro interior y de cuanto estemos dispuestos a arriesgar. La “bota que nos oprime”, sin lugar a duda, creo que será en verdad “pasto del fuego”, un fuego de amor y de paz que

arrase cualquier rastro de indiferencia y haga renovar la faz de la tierra, la faz de Cuba.

Aquí, rodeados del mismo estiércol al que estaban acostumbrados aquellos lejanos pastores de Belén, también nace la esperanza de un Nuevo Sol, de una gran luz. Son la esperanza y la alegría propias de un nacimiento, cuánto más el del Hijo de Dios. Como ellos, hemos de lanzarnos al anuncio, al convite, a la fiesta y la celebración del gran acontecimiento. Ya sin miedos, ya sin noche, porque viene Jesús a iluminarlo todo, a cambiar el orden de las cosas. “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz” (Is, 9,1). Cuba debe y tiene que abrir los ojos a esa gran luz, que no ciega, sino que alumbra e indica el camino. Luz que hace brillar y renacer todas las cosas. Luz que calienta y da nuevos bríos a los que en ella se adentran.

 


Wendy Ramos Cáceres (Guane, 1987).
Artista de la plástica.
Estudiante de Conservación y Restauración en el Instituto Superior del Arte.

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