
De lo profundo te invoco Señor
Salmo 130
Entre Sandy y Melissa divaga mi pensar. No para confrontar: ni el dolor ni el mal pueden compararse porque se aprecian absolutos. Busco una luz, un pequeño destello que ilumine la lobreguez de mi noche. Porque, por densas que parezcan las tinieblas, siempre dejan lugar para el rayo de luz que de lo alto viene portador de esperanza.
El recuerdo de las horas “sandynas” pervivirá en mis adentros como mezcla agridulce. Sorpresa intempestiva, primicias de huracán vivido. No era sólo, ni tanto, el ulular del viento, eran los golpes ensordecedores y bestiales de techos y árboles volantes, de ladrillos que golpeaban con furia. El aire huracanado liberó tejas de mi sala y un postigo de una de las ventanas bicentenarias quedó penduleando de un gozne -en aquel entonces no se usaban bisagras–. Una rama viajera buscó refugio entre los verdes azulejos de mi baño, y allí dejémi testigo, mudo y elocuente, varios días…
El paso fue rápido y las noticias ausentes. Las emisoras santiagueras, lógicamente, fuera del aire, …entretanto, Radio Reloj daba la hora -minuto a minuto- ignorando la tragedia oriental…
Pero en cuanto pasaron los vientos, en plena madrugada, las calles eran un hormiguero humano: la gente había salido a recoger tejas, pedazos de madera, lo que había perdido, lo que necesitaba, y el hormiguero se hizo un mar de solidaridad. Los vecinos sacaban sus linternas alumbrando a buscadores, el cuidado por el otro -cercano o lejano- era evidente. Detrás quedaba lo que no fuera el bien público, ese tantas veces ignorado bien común. Yo solo podía alumbrar, pero sentía la complacencia inmensa de ver la fraternidad de mi pueblo.
Después del amanecer, cuando el sol reinaba, salí a ver mis calles. ¡Qué dolor profundo me inundaba! Tal parecía que había habido un bombardeo, un terremoto insondable… pero la gente estaba en las calles, limpiando, recogiendo, averiguando, conversando para ver en qué hacía falta ayudar. El espíritu crecía ante la adversidad. Los vecinos compartían su comida, su cocina, sus brazos, su ternura. Al otro día fui al Seminario -entonces radicado en la loma de los Desamparados- y me encontré a los seminaristas cocinando para llevar comida a los vecinos necesitados; y desde su altura contemplé mi destruida ciudad. Luego de reanudadas las clases me dijeron que querían hacer un trabajo sobre las experiencias vividas. Más que letras encontré corazones volcados en el papel. Porque si los estragos eran enormes más grande era el Amor. Y la sociedad toda, como el ave fénix, resurgió de sus cenizas.
Siento que ahora me embarga un sentimiento distinto, aplastante, pavoroso, abrumador. No recuerdo haber oído los estruendos del viento ni golpes escalofriantes. Me sobrecoge el silencio, la pasividad, no oigo risas de niños ni conversaciones vecinales. El silencio me grita, me ensordece y penetra. No hay ruido más atemorizante que el que no se percibe. Y eso que no se oye destapa verdades tan inmensas como incuestionables. La verdad que vive este pueblo exhausto, oprimido, debilitado y enfermo. ¿Do se ha escondido el espíritu bravío? ¿Qué escombros sepultaron la alegría infantil? ¿Qué barrera infranqueable aprisiona las mentes y enceguece la vista?
Me pregunto de más. En lo recóndito de mis arcanos la respuesta es clara, pero no es réplica que contesta, es vivencia, es aliento vital que se derrama, rueda y quema. Las personas ya no pueden resistir más, lo que semeja indolencia es impotencia, es la desesperanza del que vive la metacrisis de esta sociedad desgarrada, vulnerable, agotada, turbada…
Esta vez no he salido a las calles, los años y el Chikungunya obligan a permanecer en el refugio casero, solo miro desde mi puerta, que es mi “belvedere”. Me impresiona el ambiente que percibo, la necesidad que entristece la mirada de los escasos viandantes de mi calle, la gratitud desbordante por un simple pan. La basura se acumula, los mosquitos reparten arbovirus y los ratones aprovechan para salir. Hasta se cobran servicios que antes se proporcionaban como favores.
A través de la mirada de mi hija menor, que sí ha caminado por múltiples lugares, creo verque su discernimiento coincide con el mío. Aquí pongo lo que publicó en su blog:
Cuando estaba de regreso, vi a un niño jugando en el escalón de su casa con una rama que debe haber recogido de alguna de las tantas pilas que hay amontonadas en su cuadra. La estaba acomodando como especie de cubierta de un montoncito de pedazos de ladrillos, piedras, etc., que seguramente recolectó de los escombros. Su expresión era triste y desconectada…
En las calles hay muchas personas sentadas en las puertas de sus casas o en las esquinas, siento que sin esperanzas. Lo cierto es, que no se ve por toda la ciudad el más mínimo movimiento de gestión en la recuperación, al menos por dónde caminé hoy. Hace rato que en la ciudad existe un silencio que no percibo sano, viene de los apagones y el cansancio del día a día de esta crisis ya muy larga…
Y conforme a su sentir de psicóloga termina diciendo:
¡Conversemos con nuestros niños, que se sientan acompañados, y que de alguna manera puedan experimentar simplemente eso… su niñez!
Los daños materiales son enormes, mas hay que mirar hacia dentro, para descubrir lo que no se ve por fuera y destruye internamente.
Entre los poblados arrasados está El Cobre, conocido porque en él está el Santuario que guarda, como su mayor tesoro, la imagen de la Virgen de la Caridad, la Patrona de Cuba, que para ser Madre nuestra quiso quedarse en el pico de un monte casi olvidado. Mucho se ha publicado en las redes sobre su rápida restauración, su pintura, luego serán los vitrales que llevará más tiempo hacerlos de nuevo. Todo esto gracias a donativos de cubanos de todas partes del orbe que ven, en esa pequeña imagen cuatro veces centenaria, un símbolo de cubanía. No obstante, aunque esto es loable, casi mágico, me hace experimentar un hondo pesar.
Y en imaginario coloquio conmigo misma, me digo, me amonesto, me cuestiono y respondo. Hasta siento vergüenza por verla tan bella, desbordando hermosura entre tanto desastre. Que crezcan las palmas, que cante el ruiseñor, que vuelvan los alados carpinteros a picotear los troncos y el colibrí precioso alegre la tarde de los niños sin techo, sin paredes, sin piso… El plato de comida es preciso, urgente, salvador de ayunos ya demasiado largos; sublime cuando la mano izquierda no se entera del bien que hace la derecha, pero, aunque necesario, no es suficiente.
El pueblo escogido por María del Cobre, el terruño enclavado entre verdes praderas, montañas preciosas y rico mineral, ha perdido gran parte de sus casas -arrancadas de raíz-, otras no tienen techo… No digo más.
El antiguo Seminario, primero construido especialmente para ese fin hace casi un siglo, ha sufrido duro el embate de los vientos tormentosos. Hay techos que han cedido rompiendo su estructura, pero en medio del dolor de saber que la capilla también perdió su techo me llena de regocijo saber que los viejos vitrales de la pared del fondo siguen en pie: el Descendimiento de la Cruz y María con los apóstoles recibiendo al Paráclito en Pentecostés. Para mí esos vitrales incólumes son el signo de un nuevo comienzo, que, como la Pasión, empieza pasando por la Cruz.
Esos claustros están llenos de historia, de nuestra Historia. Han sido testigo de sueños vocacionales, decisiones pastorales, de ilusiones compartidas, de ensueños forjadores de una Patria libre. Esa Casa la llevo en mis recuerdos con cariño especial. Será siempre objeto de mis sueños
… Ya hoy es domingo y he ido a mi parroquia con mi hija y mi bastón. Ya hace más de una semana que pasó el huracán. Cuántos escombros y basurales en las calles, cuántos cables caídos, postes virados, recostados, cuánto desastre en tan pocas cuadras. Junto al mal olor de la podredumbre pululan los insectos y pasean los roedores. Increíble el peligro, más espantosa aún la inacción de quienes pueden recoger tanta inmundicia. La enfermedad se propaga velozmente, y ésa –que no es letal según divulgan– arranca vidas…
Quiero ver mis calles llenas de voluntad de recuperación, en práctica sin teoría vacía: donde nadie manda dando ideas porque todos trabajan por igual. Sólo así saldremos de este estado de mugre, contagios y pestilencia. Quiero ver la mano tendida al hermano sin afán de lucro. Quiero que la tierra que tiembla mientras sus hombres siguen firmes despierte del letargo. “Orientales heroicos al frente” resuena en mis oídos el Himno Invasor. Toque a degüello el ángel catedralicio su trompeta, salgan los caracoles a llamar a los dormidos, que ya se aprestan los siboneyes al combate contra la adversidad. Muévase la historia de la “Muy Noble y muy Leal”.
Cuando tenemos un porqué para la vida podemos soportar cualquier cómo, decía Nietzsche. Nuestro motivo es inconmensurable: rehacernos nosotros mismos, revivir a nuestro pueblo, reconstruir nuestra ciudad. Todos podemos hacer algo por pequeño que sea.
En lo personal, una de las cosas que me ayudó fue releer “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl; su enseñanza central (aprendida como sobreviviente en los campos deconcentración) es que quien tiene algo por lo que vivir, encuentra el sentido de su vida. Ese porqué, es la luz que sirve de guía para seguir adelante.
El cimiento de mi porqué ha sido la oración. En medio de las pruebas aprendamos a convertir nuestros problemas en plegarias, confiados plenamente en que el auxilio verdadero sólo nos viene del Señor que hizo el cielo y la tierra (Sal 121). Él es el sentido que ilumina nuestra senda y la fortaleza que nos sostiene cuando nuestra propia fuerza se agota.
¡Señor! Sé que no soy más que polvo que al polvo ha de volver. Pero sé que ese polvo ha brotado de tu Amor. ¡Bendito sea el polvo que brota de tu Corazón! Por eso, llena de confianza, te elevo mi súplica por esta tierra amada que me vio nacer, por esta Naciónirredenta que busca la libertad por caminos de justicia, que está sedienta de paz para ver a sus hijos crecer sin miedo en la Patria con todos y para el bien de todos que soñara el Apóstol.
María Caridad Campistrous Pérez (Santiago de Cuba, 1943).
Profesora de Física jubilada.
Profesora del Instituto Pastoral Pérez Serantes.
