El riesgo de los extremos

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

En la arquitectura de las sociedades suele existir una confusión: al equilibrio algunos le llaman tibieza, debilidad o falta de carácter. Sin embargo, en tiempos de una aguda polarización, el centrismo no es un refugio para los indecisos, sino un ejercicio de valentía intelectual y ética. Es el equilibrio frente a la fuerza de gravedad de los extremos que, aunque no se presenten necesariamente como antípodas, terminan inevitablemente por tocarse en sus métodos y comportamientos.

Uno de los fenómenos más irónicos de la radicalización que caracteriza a las posiciones extremistas es la mimetización. Es lo que podría llamarse también “la trampa del espejo”.

Con frecuencia, en el afán por combatir un sistema o una ideología que consideramos opresiva, terminamos replicando exactamente las mismas estructuras de intolerancia que denunciamos. Criticamos ciertas actitudes y recaemos en las mismas o en algunas peores. Y así, la persona del extremista puede ser descrita por algunos de los siguientes rasgos:

La deshumanización del otro: es una vieja estrategia que, junto a la descalificación de quien se critica, desencadena en la exclusión del adversario. Esto hace que todo pueda terminar en la misma exclusión, con la misma ferocidad, de quien no piensa igual. Y eso niega la inclusión y la pluralidad.

El dogmatismo: se sustituye una “verdad absoluta”, obviamente construida, por otra, manteniendo intacta la incapacidad de diálogo. Esto no solo cierra la puerta al diálogo que puede abrir nuevos horizontes, sino que intenta reescribir los hechos, tergiversando la realidad.

La estructura del poder: este es un parámetro de medición de ese proceso de réplica de lo que no queremos. Por un lado se busca el cambio de actores, pero no el cambio de las dinámicas de control.
​Cuando los extremos se tocan, lo hacen en un punto muy confuso: la convicción de que el fin justifica los medios. Aquí, llegado a este extremo, la crítica se vacía de contenido y se convierte en una simple disputa por quién se mantiene en la cúpula y a quién es necesario desterrar hasta la base. Estas estructuras de poder mal establecidas, tambaleantes, tienden a caer por su propio peso, porque carecen de coherencia.

​El equilibrio no es la media aritmética entre dos errores, sino la búsqueda de una tercera vía que priorice la salud del tejido social sobre la victoria parcial de una facción. El equilibrio es el pilar de la reconstrucción. La importancia del centrismo radica en su capacidad para actuar como un amortiguador ético-moral en medio de sociedades marcadas por tantas deformaciones de la educación ciudadana.

Ante los rasgos de extremismo, que vemos pulular en nuestros centros de trabajo, en las propias familias y en la sociedad en general, debemos cultivar algunos pilares de nuestra eticidad que hoy parecen escasos.

En primer lugar, la humildad intelectual, la cual nos permite reconocer que ninguna ideología posee el monopolio de la solución y que la complejidad de la realidad supera cualquier parámetro preestablecido, lo que requiere de análisis integral, trabajo en equipo y, por tanto, diversidad de criterios.

En segundo lugar, la diferenciación de roles nos permite entender que la unidad no es uniformidad. El equilibrio permite que existan diversas voces sin que la disidencia sea interpretada como traición.

En tercer lugar, la memoria histórica crítica. A través de un apego real y válido a ella, podemos aprender que los procesos pendulares suelen ser destructivos. Si solo nos movemos de un extremo al otro, el progreso es una ilusión que oculta un círculo vicioso.

Es por ello que el centrismo es, en última instancia, sinónimo de madurez política. Significa tener la fuerza de detenerse antes de convertirse en aquello que se combate. En la reconstrucción de cualquier convivencia civil, el mayor desafío no es derrotar al “enemigo” externo, sino vencer la tentación interna de replicar su autoritarismo. ¡Cuánta vigencia para Cuba!

​El verdadero cambio pacífico y duradero solo ocurre cuando somos capaces de proponer un modelo que no solo sea distinto en el discurso, sino profundamente diferente en su ética y en su respeto por el equilibrio, no por ubicarse en los extremos.

Ante el riesgo de los extremos debemos pensar que el centrismo no es inercia, ni plegarse a un sistema, sino una posición que nos mueve por el largo camino hacia ética de la moderación.

Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

 

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