
Hace cinco años, el 19 de julio de 2021, partía hacia la Casa del Padre Monseñor José Siro González Bacallao, quien fuera el sexto obispo de Pinar del Río. Los 90 años de su peregrinación por esta tierra pinareña fueron un valiente testimonio ejemplar de su consagración con el crisma bautismal y episcopal como “parte de Cristo sacerdote, profeta y rey-servidor”.
Su sacerdocio lo vivió ofreciendo en la Eucaristía, diariamente, la vida, los sufrimientos y los gozos de nuestro pueblo. Al mismo tiempo, iluminaba, con su predicación serena y fuerte, esa misma vida ofrecida sobre el altar. Cuando quería enfatizar el mensaje evangélico en circunstancias muy graves siempre comenzaba diciendo: ¡Hijitos!… Lo que venía después era siempre estremecedor e iluminador.
Su profetismo fue uno de sus principales servicios pastorales. Fue un obispo profético con su palabra “a tiempo y a destiempo”, sin disimulos ni silencios cómplices. Fue profético con las obras que patrocinó y defendió “con mitra y báculo” como acostumbraba a decir frente a autoridades de todo tipo. Fue profético con su vida por la coherencia heroica entre lo que creía, pensaba, decía y hacía. Sin alarde, sin fisura.
Fue servidor con la sencillez y el tesón incansable de un guajiro pinareño. En primer lugar, fue un servidor de los pobres, personalmente, la mayoría de las veces sin intermediarios, con una delicadeza y un cariño admirables. Sirvió a la Madre Iglesia con una fidelidad y humildad recias. Le escuché muchas veces decir: “Dago, tenemos que amar a la Iglesia siempre, aunque duela, y amarla es servirla, honrarla, engrandecerla, con toda nuestra vida. Y cuando sean mayores sus arrugas y defectos: cuidarla, defenderla, y otra vez, amarla”. Eso aprendí de él en cada coyuntura. Y trato de honrarlo viviendo ese “sensus eclesiae”.
En resumen, vivió las virtudes heroicamente, con sencillez y pobreza franciscanas, con una entrega y sacrificio inclaudicables. En mi última visita a su casita alquilada en Mantua, unas semanas antes de su muerte, me pidió 100 copias de la Carta de los Obispos “El amor todo lo espera”, para “repartir a todo el que venga a verme”. Y antes de darme su Bendición, casi con un susurro me insistió: “Dago, recuerda lo que te dijo, hace muchos años, Mons. Stella, y que ahora te pide tu obispo: piensa y escribe, reza y escribe… son semillas… ¡no te canses!” Solo atiné a decirle: rece por mí para que sea fiel hasta el final…
Eso mismo le pido hoy, cinco años después, con la esperanza de que sea iniciada la fase diocesana de su causa de beatificación como la de los obispos Adolfo y Meurice. Tres grandes pastores en tiempos de prueba.
¡Ruega por Cuba y por su Iglesia, querido Monseñor Siro!
Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.
Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Ingeniero agrónomo.
Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 20a17.
Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
Director del Centro de Estudios Convivencia (CEC). Reside en Pinar del Río.
