El fanatismo que no conoce límites

Yoandy Izquierdo Toledo

Jueves de Yoandy

Ser fanático no es bueno. El fanatismo es un apasionamiento desmedido en la defensa de creencias y opiniones personales, especialmente religiosas o políticas. A veces llega a ser irracional porque esa pasión extrema tiende a anular la razón. En el mundo en que vivimos solemos convivir con fanáticos del deporte, de la música y de sus representantes, de los animales, pero quizá en esas esferas no es tan notable como en otras que tienen que ver con la esencia humana.

Los fanáticos, como si se tratara de una enfermedad (y así aparecen descritos, por ejemplo, muchos síndromes religiosos) pueden ser analizados a través de una serie de características que confirman su diagnóstico. Lo primero, que hace más difícil el tratamiento, es que la persona del fanático tiene la convicción de que siempre tiene la verdad. La verdad absoluta sobre todas las cosas; misma que no conoce, sino que anula la diversidad tan necesaria para romper la monotonía. El ser fanático es fomentar la falta de creatividad, es ser estático y no dinámico, como exigen la vida y los procesos sociales. Se provoca una especie de nublado mental que, al caer en meras reproducciones de discursos preestablecidos o defender a ultranza ideas concebidas por uno mismo o por otros, pero inamovibles, queda limitada la capacidad humana de abrirse a las bondades de la interacción entre congéneres. Se va atrofiando la facultad humana de rectificar cuando uno se equivoca y cada vez nos alejamos más de la riqueza que significa ser plural en un mundo que así lo es y, por tanto, necesita contar con todos. No en balde cuando se intenta buscar algún sinónimo de fanático, saltan enseguida intransigente e intolerante.

Todo esto es más fácil de digerir, y se hace más visible cuando hablamos de fanatismo religioso y de fanatismo político.

El fanatismo político es llamado por algunos autores como hijo del dogmatismo y nieto de la cerrazón ideológica. Bien sabemos los cubanos, de aquí o de allá, qué significa convertir una idea en verdad absoluta, qué significa “endiosar” a un líder, sea del partido que sea, y hacerse fanático hasta no ver lo mal hecho, aún cuando eso mismo repercuta negativamente sobre nosotros. Entonces se defiende la idea, se defiende a la persona que la genera, sin análisis crítico y sin miramiento.

A veces pensamos que los que se dicen comunistas son el mejor ejemplo de fanáticos. Sin embargo, como todos los extremos se tocan, también los hay hacia el otro lado del espectro político, si es que a día de hoy se puede seguir hablando de izquierdas y de derechas. Da igual dónde se ubique la persona que no escucha, la que padece de amnesia selectiva y de ceguera inducida a su conveniencia, la que incluso mantiene su voto electoral por mantenerse fiel al partido, más allá de hacer un análisis de la realidad de su desempeño. En cualquier caso podemos seguir diciendo que eso es ser fanático. El costo del desempeño de la fanaticada es alto y, a la larga, todos terminamos pagándolo.

Si bien es cierto e innegable que toda persona tiene, en el ejercicio de su libertad, el derecho a descubrir, defender y mantener aquello que considere pertinente, no podemos olvidar que esa libertad tiene una frontera, a veces difusa, entre todo lo que nos atrae o es producto de nuestras pasiones y lo que va en contra de la lógica y el entendimiento. El fanático carece de objetividad; más bien parece necesitar esa carencia para hacerse impermeable ante cualquier observación, cuestionamiento o refutación.

Los ejemplos abundan, todos ellos confirman que el fanático político: posee una escasa, si no nula, capacidad de autocrítica; considera que toda opinión contraria a sus ideas es sencillamente falsa o manipulada (puede ser una proyección); desconoce la medianía, el equilibrio, el punto medio: no existe la escala, sino los extremos, blanco o negro, no hay matices; intenta imponer la opinión personal a otros a través de discursos que pueden llegar a la violencia verbal. A todos estos rasgos se suma uno que, probablemente, sea más difícil de entender: la devoción sacrificada o sacrificial. Sin entrar en grandes explicaciones sobre el concepto, se trata del mantenimiento de ciertas ideas sin considerar que estas pueden causar un constatable perjuicio social. Vayamos a las fraseología que coloquialmente le identifica: “el fin justifica los medios”, “sacrificarnos ahora para obtener un bien mayor mañana”, “estas cosas suceden porque ellos «allá arriba» no se enteran, sino fueran diferentes”, “el necesario reordenamiento”, entre otras.

En el más original tratado de moral escrito en Cuba, “Cartas a Elpidio”, el Padre Félix Varela proponía brindar, a través de la lógica, herramientas metodológicas para superar el fanatismo político que, según sus propias palabras: “…no es menos funesto que el religioso y los hombres muchas veces con miras a parecer los más patriotas, destruyen su patria, encendiendo en ella la discordia civil”.

Por su parte, el fanatismo religioso es la incapacidad para admitir que el mundo es diverso en cuanto a creencias, lo que puede generar una sociedad anclada en un tiempo y una forma fija de ver las cosas, es decir, a una sola doctrina. El fanatismo religioso se puede definir a través de tres rasgos fundamentales: la fe ciega sin cuestionamientos interiores y mucho menos públicos, la persecución de los disidentes y la ausencia de análisis de la realidad.

En la propia Biblia, el apóstol san Pablo nos dice que debemos evitar carecer de autocontrol, para no recaer en estas actitudes que deforman a la persona religiosa, más que conducirla por los caminos que buscan la verdad y el bien común.

El fanatismo religioso esconde tras de sí, como cualquier medicamento que provoca reacción natural o cuando es mal administrado, terribles efectos secundarios. El más importante y elemental, que justifica toda aversión a este tipo de fanatismo, es la limitación de la libertad. De otro lado tenemos el empobrecimiento de la espiritualidad humana al cultivar la doctrina y no el ejercicio de la comunicación y rechazar la vida comunitaria rica en opiniones, carismas y servicios diferentes. Además, reduce la riqueza de matices de la vida y en muchos casos niega el ecumenismo, es decir el camino incesante hacia la unidad de los cristianos. Incluso, lo que es peor, puede desembocar en la negación de la dignidad humana.

Las religiones, como propuestas humanizadoras, tampoco están exentas del fanatismo. Quizá, incluso porque tratan directamente la relación humana y de la persona con el Trascendente, sean más fáciles de visualizar los síndromes fanáticos. Entre ellos: el síndrome del fundamentalismo, que juzga con arbitraria superioridad y no justifica ideas, sino se erige sobre el fundamento como roca; el síndrome de la obsesión, que conduce a la polarización de las implicaciones religiosas a nivel ético casi exclusivamente al ámbito de la sexualidad; el síndrome del milagrero, que lo padecen aquellas personas que viven la religión esperando todo el tiempo que suceda “algo” sin mover “nada” aquí y ahora; y, entre otros, el síndrome de la sobre-culpa religiosa, viendo pecado incluso donde no existe, o reconociendo a la religión como fuente de culpa, ya sea basados en una tergiversación de la teología del cuerpo o la teología moral.

Ante el fanatismo, que es probablemente una de las peores actitudes humanas, debemos seguir apostando por la educación sólida e integral. Esa que nos enseña la tolerancia, que lo más preciado de nuestra humanidad es la libertad, que la verdad importa y el análisis crítico de la realidad, también. Por estos días de fanatismos de todo tipo, acudamos a tiempo para, como decía Voltaire, no esperar a que este mal nos gangrene el cerebro y ya la enfermedad sea incurable.


Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).

Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.

Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.

Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.

Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.

Reside en Pinar del Río.

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