Jueves de Yoandy
La figura de San José, que hoy 19 de marzo celebramos los cristianos, constituye no solo un pilar de la fe, sino un referente ético de gran vigencia. En el contexto de la realidad cubana actual, donde la estructura familiar enfrenta múltiples desafíos que atentan contra su integridad, entre los que se encuentran los flujos migratorios, el desastre económico, el envejecimiento poblacional y la crisis de valores, San José, el “Padre Putativo” ofrece lecciones de una profundidad silenciosa pero transformadora.
El primer valor del que podemos hablar referido a San José, es el valor de la presencia. San José es el santo del silencio. Las Sagradas Escrituras no registran sus palabras, sino describen sus acciones. Para el padre cubano de hoy, San José representa la custodia, es decir, el compromiso de proteger el núcleo familiar por encima de las carencias materiales. En una sociedad donde la figura paterna a veces se desdibuja o se ve forzada a la ausencia, o se aparta por los divorcios, las misiones o colaboraciones internacionales, o la emigración, su ejemplo nos recuerda que la paternidad es, ante todo, un ejercicio de presencia espiritual y responsabilidad moral.
Podemos hablar además del valor de la educación como cimiento de libertad. Así como la enseñanza de San José, recordamos que la educación de los hijos no se limita a la instrucción técnica, sino a la formación del ser humano integral. José enseñó a Jesús el valor del trabajo honrado y la fidelidad a sus principios. Ello nos viene a recalcar, al menos, dos elementos esenciales: el trabajo como promotor de dignidad y la importancia de la transmisión de valores morales.
En medio de las dificultades cotidianas, no solo debemos rescatar el valor del esfuerzo propio, también debemos esforzarnos para dignificar el trabajo en cuanto a condiciones, medios y salarios acordes con el costo de vida.
La transmisión de valores, con la figura del santo, nos recalca que la familia es la primera escuela de virtudes cívicas. La humildad de José no era sumisión, sino la fortaleza de quien conoce su deber y lo cumple con entereza. La humildad es reconocer que el bienestar de la familia está por encima del ego individual. La resiliencia de San José nos convoca a vivir y desarrollar esa capacidad de sobreponernos a las situaciones adversas (como la huida a Egipto por la persecución del rey Herodes) sin perder la fe ni el rumbo de nuestras vidas. La unidad de la familia debe ser la meta constante para mantener los lazos afectivos fuertes, aun cuando la geografía intente debilitarlos, dividirlos o romperlos.
Si logramos que la familia cubana, y en especial los padres cubanos, vean en José el esposo fiel de la Virgen María, un modelo inspirador, estaremos sembrando las semillas de una nación más cohesionada. La educación en el amor, el respeto a la verdad y el sentido del deber son las herramientas que, como carpintero, José nos invita a usar para reconstruir nuestro propio tejido social, para reconstruir nuestras familias.
Hoy celebramos a José, pero sobre todo, celebramos la posibilidad de ser mejores guías para las nuevas generaciones de cubanos en medio de la realidad caracterizada por escenarios de crisis e incertidumbres. La tozuda realidad debe afincarnos en la necesidad de proteger lo más sagrado en entornos hostiles.
Transformar el problema en oportunidad, analizar la realidad y transformarla sin perder la identidad y educar con el ejemplo, no con el discurso, son pilares inquebrantables sobre los que debe edificarse y sostenerse la familia cubana.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

