Jueves de Yoandy
El 30 de julio de 1987 fue jueves, y ese día nací yo. Cuando comenzamos las columnas diarias de Convivencia, hace exactamente ocho años, once meses y cinco días, para un total de 466 columnas escritas, escogí el jueves como mi día. Y así surgieron los Jueves de Yoandy. Al parecer ha habido una “predestinación” por este día de la semana. Pero hoy no vengo a hablar de esas “coincidencias” del calendario, sino de algo que justo a mis 39 años, viviendo en Cuba, puedo decir aunque a algunos les parezca paradójico: soy una persona libre.
Hace también justo una semana que tomé la foto que ilustra esta columna, la cual me ha provocado escribir sobre la libertad, mis libertades y cómo he podido vivirlas o experimentarlas en esta Isla cárcel o en el mundo abierto y plural. A fin de cuentas, la libertad más profunda depende de nosotros mismos, de lo que decidamos ser y hacer, a pesar del vendaval y sin importar la geografía.
Puedo decir este día que he sido libre para elegir desde qué quería estudiar hasta cuándo y cómo lo quería ejercer. En la etapa del bachillerato tenía claro que iba a ser algo de biología y cuando tocó la decisión de elegir carrera mis padres no objetaron para que fuera a la capital, lejos de casa y con todos los sacrificios económicos que significaba esa elección. En el momento de pasar a la vida laboral, otra fuerte decisión, la de permanecer en La Habana o regresar a mi ciudad natal, Pinar del Río, donde no habían centros de investigación afines, ni se vislumbraba un futuro para mis estudios posteriores. Igualmente pude elegir seguir lejos, pero en algo que me apasionaba, la investigación científica en oncología molecular. Luego, por el costo que tiene el ejercicio del libre pensamiento en sistemas totalitarios como el nuestro, comenzó la vigilancia, aumentaron las trabas para la investigación y una serie de hechos que condujeron a la libre decisión de abandonar ese centro de investigación y ese tipo de investigaciones, para adentrarme en otras de corte más cualitativo y de ciencias sociales.
He sido libre para elegir trabajar en el Proyecto y revista Convivencia y luego en el Centro de Estudios Convivencia (CEC) que fundamos en 2015. Nunca fui tan libre como cuando esa oportunidad se presentó en mi vida y llegó para quedarse. Quien me conoce sabe que es mi mayor fuente de felicidad y donde he volcado mis mejores energías y los dones, pocos o muchos, que Dios me ha regalado. En el CEC he podido experimentar cómo es la vida en libertad a pequeña escala y cómo debería proyectarse, libremente, el país futuro.
He sido libre para pensar y escribir en un país donde la libertad de expresión no es respetada, y solo queda plasmada, como letra muerta, en el Capítulo de Derechos de la Constitución. Libremente también he decidido hablar bien de unos, y por ética y por respeto no hablar de otros. La libertad termina cuando con nuestros hechos libérrimos limitamos la de los demás.
He sido libre para tomar la decisión de vivir en Cuba, a pesar de las oportunidades, a pesar de haber estudiado en dos alma mater europeas y haber alcanzado fuera de Cuba el máximo grado académico, a pesar de aquellas primeras tentaciones, incluso venidas de personas muy cercanas, allá por 2014, para que no regresara a la Isla, porque era joven y aquí no tendría futuro.
He sido libre para amar, porque aunque alguna vez me haya equivocado, siempre el origen fue una decisión libre, y el desenlace el mayor ejercicio de libertad. El amor, si es verdadero, respeta también la libertad y jamás pone condiciones.
Y ser libre cuesta. Más aún en un país comunista. Más aún cuando perteneces a una institución libre e independiente como la Iglesia Católica y a un proyecto de sociedad civil, que en Cuba viene a ser catalogada como “oposición”. Pero ya lo decía el apóstol José Martí: “La libertad cuesta cara, y es necesario o resignarse a vivir sin ella, o decidirse a comprarla por su precio.” El precio ha sido alto: citaciones, interrogatorios, hostigamientos, prohibiciones de salida del domicilio, de la provincia o del país, censura para trabajar en instituciones educativas y una serie de intentos para limitar esa libertad inherente de cada persona.
Así que, por esa misma libertad, regalo de Dios, el día de cumplir años es también la mejor ocasión para dar gracias por la vida, por la familia, por el amor, por los amigos, por los proyectos.
Mirar atrás un día como hoy no es un ejercicio de nostalgia, sino una profesión de fe. Cuando medito sobre los pasos recorridos, comprendo que ninguna citación, ningún interrogatorio ni ninguna traba han tenido el poder de encarcelar mi pensamiento. Los intentos de aislamiento solo sirvieron para enseñarme a mirar más lejos; los límites impuestos por otros se convirtieron en la prueba irrefutable de que mi espíritu permanecía intacto, sin cadenas y sin dueño.
He pagado el precio, sí, pero lo he hecho con la sonrisa intacta de quien sabe que la dignidad no tiene rebajas. Cada “no” dicho a la complicidad, cada “sí” pronunciado por convicción y cada palabra escrita desde las entrañas de esta Isla han sido mi humilde contribución a un bien mayor. Porque ser libre en medio de la opresión no es solo una victoria personal; es un acto de resistencia colectiva, un faro encendido en la noche para recordarles a los nuestros que la luz existe, que siempre ha estado aquí, dentro de nosotros.
Hoy, al soplar una nueva vela en el calendario, no pido milagros. Solo pido la gracia de seguir fiel a este compromiso con mi conciencia, con Dios y con mi gente. Abrazo el amor que me sostiene, agradezco a quienes caminan a mi lado sin pedir nada a cambio y miro a Cuba no con el dolor del desengaño, sino con la certidumbre madura del que sabe que la libertad sembrada con dolor termina, tarde o temprano, floreciendo.
Que vengan los años que tengan que venir: mientras me quede aliento, con la ayuda de Dios, seguiré eligiendo la libertad.
- Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
- Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
- Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
- Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
- Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
- Reside en Pinar del Río.

