Cuba: Estrella de Occidente

I
Partiendo desde su natal Camagüey rumbo a España, la ínclita poetisa Gertrudis Gómez de Avellaneda escribía «Al partir», expresando su tristeza al abandonar la isla de Cuba. Considerado uno de los más importantes poemas de la antología de Avellaneda, en él la autora se refiere a su país como «estrella de Occidente», cuyo dulce nombre halagaría por siempre su oído. Pero esa estrella está en nuestros tiempos separada de su fuente moral y espiritual —los pilares de Atenas, Jerusalén y Roma— pues de no estarlo, contra aquellos pilares se estrellaría el nefasto proyecto político y social de la dictadura comunista.

Es triste (pero innegable) el daño antropológico que ha hundido a la república y a la nación. De más está decir que ningún pueblo que desee prosperar material y espiritualmente puede permitirse semejante perdición de conciencia, porque de ella solamente puede fluir el triunfo indefinido de la tiranía. Para vivir los cubanos en libertad, deben zanjar sus heridas multigeneracionales: ello implica un ejercicio de introspección en el cual nos descubramos a nosotros mismos —como dijera José Lezama Lima— en nuestras manifestaciones «estelares y telúricas».

De dicho ejercicio prevalecerá la noción de que ser cubano es ser occidental. Porque, en efecto, nuestra patria es hija legítima del mundo clásico, cristiano e ilustrado; es hija de la Ilíada y de la caverna platónica, hija de Cicerón y de Virgilio. Y es hija de los apóstoles de Cristo, de Ireneo y de Aquino, de Teresa de Ávila y de Juan Pablo II. Cuba es hija además de Rousseau y Locke, de Jefferson, Burke y Montesquieu; Cuba se halla a sí misma en Bolívar y en Martí porque éstos amaron y defendieron las revoluciones de Estados Unidos y de Francia; porque se fundieron en la bandera tricolor de Libertad, Igualdad y Fraternidad, y en el ideario de Gettysburg, pronunciado sobre cadáveres gloriosos.

II
Aunque dijera el maestro que Nuestra Grecia es más importante que aquella que no es nuestra, la verdad es que Hellas , la primogénita de Occidente, también es sumamente nuestra. En el Palacio Presidencial de La Habana centellea un cuadro marcial, La Fuerza, obra de Antonio Rodríguez Morey, que muestra un hoplita parado sobre sus rivales vencidos, como extrapolando el valor espartano a los libertadores de la manigua. No muy lejos de la portentosa residencia está el Capitolio Nacional, que antaño fuera sede de la Cámara de Representantes y del Senado.

Esas y muchas más constituyen huellas de la Grecia clásica en la Perla de las Antillas, y reflejan la sacralidad de la idea democrática en los mejores hijos de Cuba. Al mismo tiempo, Sócrates, esa gran víctima de la democracia ateniense, también vive en nosotros como el guía dialéctico de nuestros hombres y mujeres fundacionales. ¿Quiénes son esos grandes hombres y mujeres fundacionales? Son pedagogos y escritores, teólogos y científicos; individuos cuya labor era hacer pensar, sabiendo que sólo con ciudadanos pensantes podía pervivir una polis virtuosa. Pensemos —primordialmente— en Félix Varela y Morales, sacerdote que rehusó ante su abuelo la carrera militar porque quería salvar almas, en lo cual obró bajo la égida del obispo Espada a principios del siglo XIX. Tras su nombramiento a las Cortes Españolas como representante de la isla de Cuba bajo el régimen constitucional de Cádiz de 1812, Varela, en perjuicio de su seguridad física y honor, defendió no sólo la abolición de la esclavitud en América, sino también la independencia de Cuba, destacando que ella debía ser isla en lo político tanto como en lo geográfico.

Así, al igual que Sócrates, Varela enseñó a sus compatriotas a pensar libre y críticamente; y por ello fue condenado a muerte —aunque, a diferencia de Sócrates, escapara nuestro santo de aquella España revuelta para seguir en los Estados Unidos con sus labores cívicas y pastorales. Pero los discípulos de Varela, incendiados con su prédica, continuaron su trabajo conscientes de que venían formando parte de una tradición cuyo origen podría encontrarse en aquellas tertulias didácticas a pie del Partenón.

Mas de Grecia no solamente hemos heredado la democracia y el pensamiento socrático, sino también la cultura helenística que con insuperada ambición propagó Alejandro Magno hasta los confines del mundo: ello es, la poesía, el teatro, las artes plásticas, y sobre todo aquel rasgo tan presente en la Hispanidad que es el amor a la gesta. El Grito de Yara no hubiera sido posible en aquella madrugada nebulosa sin la resistencia de María Pita en La Coruña ni la revuelta de Juan Bravo en Segovia; y estas páginas gloriosas de nuestra historia serían a su vez impensables sin que Héctor batallara contra Aquiles, u Odiseo removiera su túnica de páupero para anunciar a todos los itacenses su vuelta a casa.

En Cuba ha habido muchos ejemplos de este dramatismo homérico, como los duelos de honor realizados hasta mediados del siglo XX, algunos de ellos —como el de Orestes Ferrara y Enrique Loynaz del Castillo— públicos y notorios. Asimismo, la muerte de Eduardo Chibás tras no poder demostrar la alegada corrupción de Aureliano Sánchez Arango obedece a la inmolación del espartano Aristodemo, quien, tras volver de la Batalla de las Termópilas con un ojo infectado, dio muerte en la de Platea a numerosos rivales persas antes de caer redimido. Poca memoria tendría el cubano que mirara en su pueblo una columna dórica o el busto de un prócer sin pensar, como pensó nuestro poeta nacional Agustín Acosta al escribir sobre su Matanzas:

«Y en sus cumbres graciosas y serenas
al clarín vencedor que grita: ¡Esparta!
el arpa ilustre le responde: ¡Atenas!»

III
¿Y cómo hemos recibido a Grecia, sino a través de Roma? En Cienfuegos, una ciudad hecha por franceses en el siglo XIX, se conmemora la independencia nacional con la frase «Los obreros de Cienfuegos a la República Cubana», esculpida en un modesto pero elegante arco triunfal. Si bien el más célebre arco del triunfo es el de París, con su ángel imperial y su Napoleón coronado, el Arco de Constantino, construido en Roma en el siglo III de nuestra era para conmemorar la victoria en la Batalla del Puente de Milvio, es el más raizal.

Y esa raíz afloró en un vibrante parque cienfueguero porque de Roma somos heraldos los cubanos; heraldos de su abundosa literatura, arquitectura, ordenamiento jurídico y amor a la virtud. Heraldos somos, además, de la idea republicana, edificada en el Lacio tras el derrocamiento de la monarquía etrusca en torno a un Estado de soberanía popular. Aunque Cuba fuese una de las últimas repúblicas americanas en nacer (Panamá se independizó un año después, en 1903), es notable que nunca hubo entre los forjadores de la nación ningún impulso monárquico ni imperialista.

Esa aversión a lo monárquico no era universal en la América Española, pues países como México y Brasil habían tenido periodos de vocación expresamente antirrepublicana. Pero Cuba, isla de perpetuos insurrectos, nunca dejó de tronar entre sus lindes los ecos del incorruptible Catón. La República Romana, señora del Mediterráneo durante cinco siglos, permaneció impoluta entre los Padres de la Patria, como si éstos hubieran hurgado en lo más hondo de sí para hallar ese desprecio natural hacia los reyes temporales.

Sin embargo, la historia nunca está desprovista de ironía, pues esa misma Roma regicida la hemos recibido de una nación cuyo reino sobrevivió dos veces a su república. La Roma cubana fue, en este sentido, una expansión ultramarina de la Roma española, entendiendo que España no fue recóndita comarca del gran imperio, sino porción integral del mismo; así como la península ibérica fue tan romana como la itálica, Cuba fue y es perla de la España americana, y por consiguiente, la Roma americana.

Dicho romanismo es, por lo demás, aplicable a Hispanoamérica toda, pues España, a diferencia de otras potencias, no veía en América meros puestos de extracción, ni colonias en el sentido decimonónico de la palabra (piénsese en el Congo belga o la Indochina francesa), sino la oportunidad de reproducir —con el Evangelio como punta de lanza— la Roma que había heredado y por la cual había luchado durante siete siglos hasta llegar, bajo el liderazgo de Isabel la Católica y Fernando de Aragón, triunfal a los jardines de la Alhambra. En consecuencia, la Roma que somos los cubanos, esa Roma hispana levantada de una Reconquista apoteósica, no es solamente la Roma de todos los ilustres paganos del Mediterráneo, sino la Roma vertida sobre sí por la revolución moral más grande de la historia: la del carpintero de Nazaret.

IV
De las heridas del continente surgieron las voces seminales del Derecho Internacional Humanitario. Fray Antón de Montesinos denunció, en un histórico sermón en 1511, los horrores de la falsa evangelización; Bartolomé de las Casas escribió su Brevísima relación de la destrucción de las Indias , que cuenta con tétrico detalle los desmanes contra indígenas en las nuevas tierras; Francisco de Vitoria, figura neurálgica de la Escuela de Salamanca, desarrollará el marco jurídico de las guerras justas y, concomitantemente, de las prohibiciones que habrían de regir a los soldados en la aventura única del encuentro civilizacional.

De este choque de heroísmos y canalladas, las canalladas habían sido históricamente actos ordinarios y predecibles; pero lo descomunal, lo inesperado, fue la cohorte de defensores de los débiles —algo que jamás habría ocurrido bajo el César ni bajo las satrapías de Alejandro—. Ello, insisto, debido a la fuerza avasalladora de la revolución cristiana. Pero difícilmente se le da al cristianismo su justo crédito, pues ha sido absorbido e invisibilizado por su propia ubicuidad. El historiador británico Tom Holland —quien es agnóstico— lo expresa así en su libro Dominion , al decir, no sin un toque de comicidad, que «somos peces nadando en una pecera cristiana». Puede que el pez no quiera, o no pueda, ver el agua, pero es esa agua la que sostiene toda su realidad. Por tanto, es imprescindible no verla como el estado natural de las cosas, sino como el fruto de un ministerio humilde en un rincón inocuo del Levante, en la Judea romana.

V
Y el último y más reciente pilar occidental en Cuba es la Ilustración, movimiento moral, político y científico del que surgieron las democracias modernas, y del cual nuestra independencia es fenómeno inseparable. A grandes rasgos, la Ilustración ve en la condición humana un ente perfectible, el cual, dueño de su libre albedrío, puede y debe mejorar la vida en uso de sus poderes intelectivos.

Lejos de negar a Dios, la Ilustración lleva en sí una fortísima matriz cristiana, y despliega ese dominio concedido al hombre en el Edén para desafiar la inercia lodosa de los antiguos señores feudales. El hombre ilustrado extrae, además, lo mejor del pensamiento griego y romano y, como Demóstenes o Séneca, desconfía y repudia la figura monárquica, abogando por un Estado en donde el pueblo no sea solamente soberano y legislador, sino en donde los derechos individuales limiten lo que el poder es capaz de hacer (más allá de su popularidad o impopularidad).

He aquí al liberalismo, idea cumbre de la Ilustración política, según la cual el buen gobierno es aquel que prioriza el derecho del individuo a hacer lo que quiera, siempre y cuando no infrinja el derecho de otro individuo a hacer lo mismo; o lo que Immanuel Kant llamara en su ensayo Sobre la paz perpetua , garante de paz hasta para un pueblo de demonios. Y es por esa libertad y ese gobierno de estrictos límites que murieron los libertadores cubanos en la manigua.

Antonio Maceo exclamó —a modo de desafío al oprobioso Pacto de Zanjón — que la rebeldía continua de los cubanos quedaría acompañada por los espíritus de Washington, Lafayette y Bolívar. También Ignacio Agramonte, aquella estrella fugaz del Camagüey, alzó el blasón de la Revolución Francesa —la mayor esparcidora de las ideas ilustradas en el mundo latino— en su tesis doctoral en Derecho cuando, en la Universidad de La Habana, dijo que:

«La centralización llevada hasta cierto grado, es por decirlo así, la anulación completa del individuo, es la senda del absolutismo; la descentralización absoluta conduce a la anarquía y al desorden. Necesario es que nos coloquemos entre estos dos extremos para hallar esa bien entendida descentralización que permite florecer la libertad a la par que el orden.»

Y ese liberalismo cubano prosiguió durante las etapas posteriores de la construcción nacional como su gran brújula moral y política. El caso de José Martí es el más notable, pues no solo predicó en sus escritos y discursos esta doctrina de la libertad, sino que la practicó en su virtuosa reticencia a asumir posiciones de liderazgo centralizado, así como en su promoción —enojosa y agria— del poder civil como máxima autoridad de la República de Cuba, aun en medio de una guerra cruenta.

Ya en la independencia, intelectuales y estadistas trabajaron en torno a un liberalismo enriquecido por sensibilidades hondas de igualdad y justicia social, amén de que el país nuevo fuese gestado en el seno de un sacerdote noble. Pero quizás el momento que mejor ilustra toda la gloria Occidental, antigua y moderna, en la isla de Cuba, es el discurso de Guy Pérez de Cisneros, delegado cubano ante la recién creada Naciones Unidas como parte del voto realizado para aprobar la Declaración Universal de los Derechos Humanos en 1948.

Cisneros, eximio diplomático, periodista, y crítico de arte, resumió, fusionó, y proyectó todo el pensamiento cubano anterior al evocar las palabras de José Martí en Tampa: Con todos y para el bien de todos. Rafael Almanza, ilustre escritor y poeta cubano contemporáneo, observa que, al repetir la fórmula del amor triunfante, Cisneros no concluye su discurso dando las gracias a los oyentes, sino que guarda silencio y deja la frase apostólica flotar tensamente para que cale mejor en la asamblea universal.

VI
Ahora bien, toda esta charla del valor de Occidente y de su influencia sobre Cuba podría suscitar una crítica; y es que de alguna manera se estuvieran pasando por alto los elementos culturales en nuestra tierra que no son de origen occidental; es decir, las fuertes influencias de naciones africanas, indígenas, y asiáticas, que también son parte indispensable de nuestro rico patrimonio.

Su omisión en la anterior exposición, aunque conspicua, es, al fin, ilusoria; lo que se propone no es ignorar que esos pueblos sean una porción vibrante de nuestra alma, sino que la nación cubana, forjada después de siglos de coloniaje, racismo, migración, esclavitud, destierro, y guerra, es (como lo evidencia su emancipación misma) hija de Occidente. La presencia fortísima de otras civilizaciones no debilita tal posición, sino todo lo contrario, la fortalece.

El genio de Occidente es, precisamente, su capacidad asimiladora de gentes que, bajo circunstancias diferentes – y aún entre las barbaries propias de todas las civilizaciones – no se hubieran juntado. En Roma cupieron multitudes diversas, sobre todo en la cuenca mediterránea, pero también en los extremos geográficos de aquel mundo, como el Oriente próximo o el Atlántico Norte. Aquellos pueblos, aunque diferentes en muchos aspectos, se sometieron (o fueron sometidos) a una ciudadanía común.

Similar heterogeneidad vivió la recién nacida nación española siglos después: celtas, visigodos, moros, mozárabes, judíos, habitaron la península ibérica al momento de llegar España a las costas americanas. El mandamiento de Isabel la Católica de casarse con los indígenas no fue más que una imitación de lo que en tu propia tierra, y en la Roma que los antecedió, se vivía a diario.

El cristianismo también contribuyó a que Occidente terminara siendo una mezcla fabulosa de culturas, pues es una fe que se infunde y se esparce por distintas latitudes con un mensaje común y universal; no es, por el contrario, religión que dependa de ninguna identidad étnica o lingüística. Prueba de ello es que el cristianismo no es una religión occidental (aunque no falta el racista que así lo crea) sino que, al introducirse en Occidente (insinuarse, como diría Edward Gibbon), lo dotó de un espíritu de síntesis y concordia. En este sentido vale la pena consultar la bendición que Jesús de Nazaret, el Cristo, diera al centurión romano en el Evangelio según Mateo.

Aquí se nota con claridad que la revolución que Jesús viene a liderar es una en donde nuestra humanidad compartida trasciende fronteras de índole cultural, y nos pliega a todos como hermanos (de ahí que los grandes movimientos abolicionistas tuvieran marcada inspiración bíblica). Y finalmente, la ilustración y el liberalismo, al tipificar como delitos sólo aquellos actos que proporcionen daños concretos (como físicos o financieros) al prójimo, permitió en Occidente la convivencia entre pueblos diversos bajo un ordenamiento jurídico culturalmente agnóstico.

Pudiera decirse, pues, que los tres pilares de Occidente aquí tratados, conspiran deliciosamente para hacer posible la existencia en Cuba y en América de una vibrante mixtura global de la cual hemos de estar orgullosos, y sin la cual la cubanía misma se convierte en una sombra de su esplendor natural.

VII
Otra objeción a este argumento histórico podría ser que poco ayuda a mejorar las realidades concretas que viven los cubanos bajo el totalitarismo y la pobreza aplastante. En este punto no puedo sino extender mi más puro y vehemente desacuerdo. Es un error muy grande pensar que hay una separación ontológica entre el mundo de las ideas abstractas – políticas y morales – y las condiciones palpables de la cotidianidad.

Por el contrario, es justamente el imperio de nociones como la democracia, el republicanismo, los derechos cívicos, y la economía de mercado, lo que marca el doloroso contraste entre países como Cuba, que han dado la espalda a esas nociones, y otros que, al incorporarlas plenamente a su vida pública, gozan de mayor libertad, prosperidad, y seguridad individual y colectiva. Cada acción, desde que la persona amanece hasta que se acuesta a dormir, obedece (como afirmara Aristóteles en Ética a Nicómaco ) a un deseo de lograr un bien – mayor concretez y aplicabilidad a cómo conseguir alimentos, transporte, medicinas, combustible, luz eléctrica, y realización personal, imposible. Porque si sabemos que toda acción persigue a una idea determinada del bien, hemos por implicación de saber cuál es el bien objetivo y verdadero. Y, sin perjuicio a otras grandes civilizaciones (de las cuales nos queda por aprender muchísimo) la civilización occidental, especialmente en los tres pilares que conciernen esta exposición, ha recorrido un largo camino en aras de dignificar la vida humana.1

La riqueza material y la emancipación vividas después de la Segunda Guerra Mundial se produjeron en la medida en que las naciones del mundo adoptaron la democracia republicana, la moral cristiana, y el liberalismo ilustrado. Las naciones que adoptaron sistemas alternativos, bien por equivocación sincera o bien por la maldad y alevosía de sus gobernantes, viven peor en el orden físico y metafísico. La reivindicación de Cuba pasa, por lo tanto, por un feliz descubrimiento, y es que el glorioso triunvirato de ideas que edifica y sostiene nuestra civilización, es al tiempo, la piedra angular de nuestra patria. Esa patria que ruge, solloza, y no se rinde en su longeva contienda libertaria, esa patria que Gertrudis Gómez de Avellaneda reconoció como estrella de Occidente, siendo a la vez Occidente, la estrella de Cuba.

 

1 No porque las ideas sean occidentales (el bien objetivo es agnóstico a la geografía). De haberse desarrollado fuera de Occidente – como es el caso del judaísmo y el cristianismo – estas ideas, estos pilares, conservarían toda su fuerza y toda su veracidad. Un ejemplo en el sentido contrario es que el marxismo (la idea que encadena a Cuba) es una idea occidental, nacida, como dijera Martí, para remediar males europeos; es decir, los males ocasionados por la revolución industrial.

 

Bibliografía
Acosta, Agustín. Matanzas. Poeticus.
Agramonte y Loynaz, Ignacio. “Acto de recibir la investidura del grado de Licenciado en
Derecho Civil y Canónico, ante el Claustro de la Real Universidad de La Habana.”
Almanza, Rafael. [Video]. Grupo Homagno, YouTube.
Aristóteles. Ética a Nicómaco.
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Cisneros, Guy Pérez. “ONU, 1948: Presentación a Votación del Proyecto de Declaración Universal de los Derechos del Hombre.”
Varela y Morales, Félix. El Habanero. Ediciones Universal.
Escalona Delfino, José Antonio. Antonio Maceo: Una breve mirada a las premisas filosóficas de su pensamiento. La Habana: Editorial Académica Cubana.
Gibbon, Edward. Historia de la decadencia y caída del Imperio romano. Londres: Strahan & Cadell, 1776–1788.
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Holland, Tom. Dominion: How the Christian Revolution Remade the World.
Kant, Immanuel. Sobre la paz perpetua. Königsberg: Friedrich Nicolovius, 1795.
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Mirow, M.C. Law and Christianity.
Prado, Fernando. “En las Termópilas no murieron todos los espartanos.” El Debate.
Rodríguez Morey, Antonio. La Fuerza. Cuadro, Palacio Presidencial, La Habana, 1920.
https://mapio.net/pic/p-80235932/ .
Valdés, Dagoberto. “¿Es irreversible el daño antropológico en Cuba?” Árbol Invertido. https://www.arbolinvertido.com/sociedad/es-irreversible-el-dano-antropologico-en-cuba .
Vitoria, Francisco. “Reelecciones del Estado, de los indios, y del derecho de la guerra.”
Yunior García Aguilera. “El reto a duelo entre patriotas cubanos.” 14 y medio.
Cervera, César. “Así promovió España los matrimonios mixtos 500 años antes de que fueran legales en EEUU.” ABC.
Lissardy, Gerardo. “El imperio del Brasil, un viejo sueño portugués aún vigente.” BBC News Mundo.

 

Eduardo Álvarez (La Habana, 1996).
Es abogado graduado de la Universidad Internacional de la Florida.
Sus intereses se centran en la reconstrucción jurídica y moral de la nación y el Estado cubanos, a
partir de sus tradiciones históricas más ricas y de las mejores prácticas contemporáneas.
Reside en Miami.

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