Jueves de Yoandy
Desde tiempos inmemoriales la civilización humana se ha organizado en comunidades, unas veces de acuerdo a intereses económicos, otras veces políticos y otras religiosos. Lo cierto es que, con la evolución de la sociedad, el desarrollo de las relaciones sociales, el trabajo, la comunicación y fenómenos más contemporáneos como las redes sociales y la globalización, la persona humana no se considera un ente aislado, sino el centro de múltiples interacciones de todo tipo. Esta interrelación multidimensional exige unas formas y unos comportamientos para hacer de la vida una estancia más llevadera aquí en la tierra.
La vida en comunidad no se refiere, como en su momento, por ejemplo, a la comunidad primitiva; aunque algunos a modo de broma, a día de hoy, hacen ciertas comparaciones por las condiciones de vida y la carestía, con los primeros aborígenes que poblaron la isla de Cuba. Esta fue una forma de organización anterior al surgimiento de estratos sociales, estructuras económicas sólidas y sistemas políticos más organizados como el Estado y el gobierno.
Quisiera hablar de la vida en comunidad sin la connotación geográfica, ni organizacional, sino a la forma de congregarnos dentro de esa geografía o dentro de esa organización, ya sea política, cultural, religiosa.
Educados en la cultura del “sálvese quien pueda”, en un ambiente en que “el hombre es lobo para el hombre”, proliferan actitudes como la desconfianza, la incomunicación, la crispación, las falsas aseveraciones, las “bolas” y todo un clima adverso para lo que podemos llamar una convivencia sana. Formar comunidad no significa uniformarse, que de eso bien sabemos e incluso, increíblemente, a veces cuesta menos responder a esos llamados que disponerse a nuclear en lugar de dividir, rechazar o aislar. Formar comunidad en biología se trata del conjunto de diferentes poblaciones, pues en el plano sociológico podemos hacer el paralelo con unir en la diversidad a los miembros de una sociedad que busca el bien, la estabilidad y la prosperidad.
Esta búsqueda, porque hablamos de comunidad, es una asunto común. Nada hacemos con halar unos para un lado y otros en dirección y sentido opuesto. Entonces solo llegará el colapso, la cuerda se tensa y se rompe, y nos alejamos de las soluciones, ocasionando nuevos y más grandes problemas en las relaciones interpersonales, nacionales e internacionales.
Cuando se habla de comunidad, si fuéramos a analizar la palabra según su morfología o etimología, tenemos que proviene de la común unión o la unión común. ¿De qué? De historia, de fines, de intereses, de aspiraciones, de vivencias, de objetivos y resultados, de características que unifican y de valores que construyen.
Los ejemplos más gráficos, para entender mejor el significado de comunidad, los encontramos en la comunidad política partidista, que se reúne con un fin específico y agrupa a miembros del mismo partido, coalición, movimiento. O en la comunidad religiosa, que agrupa a miembros que profesan el mismo credo. Sin embargo, aún en estas comunidades, que por su actividad casi obligatoriamente exigen dinamismo, colaboración, mancomunidad, vemos muchas veces esa ausencia de bien común, de nuevos horizontes para todos, de convivencia cívica y fraterna.
Ese caminar juntos, que no surgió como una necesidad de los últimos tiempos con el proceso sinodal al que convocó la Iglesia Católica, sino que ha sido un propósito a lo largo de los siglos de la humanidad, necesita que seamos personas abiertas al intercambio personal y comunitario. No podemos seguir viendo en la persona del otro un enemigo a priori. No debemos juzgar sin conocer, y aún así ¿quién soy yo para juzgar? No tenemos el derecho de sentar cátedra con nuestras suposiciones o a partir de la poca información que poseemos que, por demás, puede ser falsa o incompleta. Nada de ello edifica una comunidad, y mucho menos, fortalece el alma humana.
Caminar juntos no significa la inscripción nominal en un movimiento o asociación. Ni una asignación de tareas que, de tan elevado nivel, se pueden convertir en irrealizables. Es más que un hecho concreto, un espíritu para vivir, un estilo de vida, una voluntad de edificar lazos no dividir en pedazos. Ese espíritu de confraternidad reconoce que solos no somos autosuficientes, que necesitamos de este o de aquel para completarnos. Este o aquel serán imperfectos, como todos nosotros, porque perfecto solo es Dios. Todos, sin excepción, somos pecadores, pero justo en la comunidad nos formamos para superar nuestras debilidades y fortalecernos en la búsqueda de la verdad que nos libera, y de la belleza y la bondad, que nos hacen mejores personas.
Vivir en comunidad es vivir en fraternidad y saber perdonar. Conociendo nuestras miserias humanas somos capaces de entender que lo diverso no es un problema, sino que la complementariedad es necesaria para ejercitar el diálogo y la negociación.
Vivir en comunidad es entender que la discrepancia respetuosa construye una ciudadanía comprometida con su entorno que, sin olvidar el plano personal, otorga relevancia a las cuestiones comunitarias y sociales.
Siempre existen aquellos que no solo no entienden qué es una comunidad, sino aquellos que buscan la homogeneidad imposible de lograr. Ante todos ellos no debemos exasperarnos, porque estaríamos respondiendo con los mismos métodos con los que se intenta destruir el necesario ambiente de fraternidad y paz en la comunidad y en la sociedad.
Saludarnos aunque discrepemos, hacer el bien aunque nos hagan un mal, ayudar al que habla mal de nosotros, no es hipocresía. Eso dicen los que no han conocido bien a Cristo que nos enseña a perdonar, a vencer el mal a fuerza de bien, a amar a nuestros enemigos y a no mirar la paja en el ojo ajeno cuando lo que debemos es sacarnos la viga que tenemos en el nuestro. Nada de esto es hipocresía, es cristianismo. Con ese espíritu, contribuimos a edificar la familia, el barrio, la comunidad cristiana y la sociedad cubana.
Aprendamos a convivir con todas esas actitudes que intentan alejarnos de la vida comunitaria. Esa convivencia no es ser hipócritas, sino cultivar la decencia que será, cuando la comunidad pase sus podas de crecimiento, lo único que hablará bien de sus miembros.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Licenciado en Microbiología por la Universidad de La Habana.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia. Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.