
En días recientes ocurrió en La Habana un hecho del que podemos sacar varias enseñanzas. Me refiero al juicio celebrado contra Anna Bensi y su madre, por filmar y subir a las redes las imágenes de un oficial en el desempeño de sus funciones públicas mientras les entregaba una cita oficial. Es de amplio conocimiento lo sucedido, por eso no me detendré en la narración de los hechos, sino que, pasados varios días, quisiera destacar algunos aspectos positivos y algunas enseñanzas que podemos sacar de lo ocurrido el día 1 de octubre de 2026.
Justicia
En la misma calle de La Habana del Este donde está el tribunal que condenó a Anna Bensi y a su madre, se pudo constatar la diferencia entre el actuar de la injusticia y el comportamiento de los que defendían la justicia.
En efecto, mientras en un lado de la calle se atropellaban los Derechos Humanos de dos ciudadanas con un amplio despliegue de fuerzas, con un pastor reducido por la fuerza en el suelo, esposado y conducido como un criminal por el simple hecho de querer ingresar a la sala del tribunal; en el otro extremo de la misma calle, se obligó a un grupo de personas a alejarse lo más posible del escenario de la injusticia. El contraste evidenciaba la naturaleza de cada uno de los actores. Estos que defendían la justicia no usaban la fuerza, ni la violencia, ni los insultos. Estos con actitud, gestos y posturas pacíficas, oraban, entonaban himnos religiosos y coreaban un deseo convertido en plegaria: “Cuba para Cristo”, Patria y Vida, Libertad.
¿Cómo es posible catalogar este comportamiento como fundamentalismo religioso? Pienso que: no se sabe qué es ser fundamentalista en el mundo de hoy, o no se sabe qué es ser religioso.
El fundamentalismo es una corriente religiosa o ideológica, extremista, sectaria, excluyente y violenta que llega a defender y ejecutar la eliminación de los diferentes, imponer su ideología a la fuerza hasta dar la orden de combate, o en el caso de que el fundamentalismo sea religioso convocar a la absurda y contradictoriamente denominada “guerra santa”, o al fomento del terrorismo con pretexto o motivación religiosa o ideológica. Todos recordamos ejemplos: el ataque a las Torres gemelas de Nueva York, el ejército de Isis, los atentados de Atocha en Madrid, entre otros muchos.
Por la otra parte, lo verdaderamente religioso no debe ser fundamentalista. En el caso del cristianismo su vocación es el amor universal. Universal sí, y encarnado y profético también. Por tanto, que los cristianos expresemos e incluso defendamos pacífica y civilizadamente nuestra fe y las aplicaciones sociales, económicas, políticas, culturales y morales de nuestra fe cristiana, no es fundamentalismo, es la práctica coherente de lo que somos y creemos. Es libertad religiosa plena, encarnada y profética.
Esto se evidenció en aquella calle del contraste. En todo caso, el fundamentalismo y una religión alienada no tenían nada que ver con el grupo que rezaba, cantaba y coreaba pacíficamente. Otra cosa es confundirse de términos y llamar fundamentalista a una corriente conservadora -no fundamentalista- que opta y defiende, con métodos pacíficos y el ejercicio del voto, aquellos valores eternos que otros consideran “conservadurismo”, como son los valores de la familia, de la vida desde su origen hasta la muerte natural, de la responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos, y de la primacía y dignidad de la persona humana por sobre las ideologías, la economía, el mercado y la política, por encima de todas la instituciones y dinámicas sociales que deberían estar a su servicio.
Solidaridad
Otra de las enseñanzas de este primer día de octubre ha sido que la solidaridad humana, que es una expresión del amor cristiano en unos, y de la fraternidad cívica o amistad ciudadana en otros, constituye la más alta expresión del desarrollo humanista y del civismo frente a la injusticia.
En efecto, si observamos las imágenes de aquel grupo de personas que oraba y cantaba, se podía constatar no solo la más amplia diversidad, sino y sobre todo la tremenda convocatoria, natural y pacífica, provocada por las más flagrantes injusticias. Creo que un conocido pensamiento del admirado Papa San Juan Pablo II es la mejor síntesis de lo que nos enseña esta experiencia en la calle del tribunal: “No hay libertad sin solidaridad”.
Los cubanos debemos aprender que si queremos libertad es necesario fomentar y dar ejemplo de solidaridad efectiva y pública como la del juicio de Anna Bensi y su madre. Atomizados, dispersos, divididos o enfrentados, no alcanzaremos la libertad de Cuba. Se habla mucho de una pretendida unidad, pero el verdadero nombre, espíritu y programa de una unidad que respete la diversidad de métodos, opciones y caminos es la solidaridad.
Cada vez que callamos ante la injusticia infligida a uno que piensa, cree o siente diferente a mí, no solo me convierto en cómplice de la injusticia sino que perjudico seriamente a la lucha pacífica por la libertad. Al contrario, como ocurrió el 1 de octubre en La Habana, cada vez que apoyamos públicamente a alguien que sufre una injusticia con nuestra solidaridad afectiva y efectiva, no solo contribuimos a la implantación de la justicia, sino que contribuimos significativamente a la causa de la libertad.
En fin, digámoslo claramente y aprendamos la lección: La solidaridad en la unidad de propósito desarma y vence pacíficamente a los enemigos de la libertad.
Aún más, la unidad de propósito acelera la llegada de la libertad mientras la diversidad de estrategias, caminos y métodos confunde y dispersa a la injusticia.
Aprendamos a saltar por encima de las vallas de nuestros grupos, proyectos, religiones u opciones políticas para trabajar solidariamente por la libertad de todos.
Ecumenismo
Y la tercera enseñanza que podemos sacar de lo acontecido en aquella calle de La Habana es el espíritu y la acción pacífica de personas de diferente credo y de diferentes denominaciones cristianas. Esta vocación y misión ecuménicas entre discípulos de Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, único Salvador, único Mesías y único Señor, es el más grande, bello y edificante testimonio proveniente de diversos seguidores del Maestro de Nazaret cuando nos mandó:
“Buscad el reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura” (Mateo 6, 33).
El ecumenismo es tratar de vivir unidos en un mismo Espíritu por el vínculo de la justicia, de la paz y del amor. Es cumplir aquel deseo de Jesús: ,“Padre, que sean uno… para que el mundo crea” (Juan 17, 2). Pero ese espíritu ecuménico no puede quedarse solo en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos en enero de cada año. El 1ro de octubre de 2026 nos enseñó que también se puede vivir un ecumenismo en acción por la justicia del Reino de Dios.
Al contemplar el traje clerical de pastores evangélicos y sacerdotes católicos, junto al hábito religioso de las Hijas de la Caridad y junto al dignísimo hábito dominico de Fray Bartolomé de Las Casas, unidos a un numeroso grupo de fieles laicos cristianos, a hermanos judíos, a cubanos de creencias afrocubanas, incluso a ateos y agnósticos, juntos, orando y cantando unidos con una sola alma y un solo Espíritu, me dije: yo quiero que la Cuba que edifiquemos entre todos sea así. Esto creo que queremos decir cuando pedimos: “Cuba para Cristo”.
El 1 de octubre de 2026, ha sido un hito del que podemos aprender que cuando nos unimos por la justicia, la solidaridad y el ecumenismo, en apoyo a un hermano y compatriota, algo crece en nuestro compromiso cívico por la libertad.
Si cada Iglesia apoyara así a sus miembros más comprometidos y las demás denominaciones se unieran a ese apoyo, estoy seguro de que la libertad de Cuba llegaría más rápido y el edificio de la democracia y el progreso se levantaría sobre sus más sólidos cimientos: la fe, la libertad, la justicia y el amor.
Hasta el próximo lunes, si Dios quiere.
Dagoberto Valdés Hernández (Pinar del Río, 1955).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Ingeniero agrónomo.
Premios “Jan Karski al Valor y la Compasión” 2004, “Tolerancia Plus” 2007, A la Perseverancia “Nuestra Voz” 2011 y Premio Patmos 20a17.
Dirigió el Centro Cívico y la revista Vitral desde su fundación en 1993 hasta 2007.
Fue miembro del Pontificio Consejo “Justicia y Paz” desde 1999 hasta 2006.
Trabajó como yagüero (recolección de hojas de palma real) durante 10 años.
Es miembro fundador del Consejo de Redacción de Convivencia y su Director.
Director del Centro de Estudios Convivencia (CEC). Reside en Pinar del Río.
