La utopía, la senda y la nación

Armando Chaguaceda

Cuba languidece en una coyuntura de crisis agravada. Las protestas populares no cesan pero no confluyen, organizadas, para desmontar al sistema. Las reformas anunciadas siguen mostrando sus limitaciones, bajo un esquema de poder que se niega a revisar el modelo mismo. Frente a esto, la estrategia paciente de continuidad de las presiones, anunciada por Marco Rubio según texto en el medio Axios presentan hasta 2029 como fecha límite.

Dejando de lado los justos reclamos que nacen desde la población cubana por la naturaleza cambiante del discurso hacia la Isla -constatable en cualquier búsqueda en Internet- y dando por serios los dichos del Secretario de Estado, es menester anticipar que puede suceder con esta nueva dilación de la agenda de presiones y transformaciones. Para ello, partiendo del análisis de la estructura de poder cubano y del comportamiento del régimen ante sanciones y presiones como las existentes hasta la actualidad, debemos preguntarnos: ¿en qué medida es plausible que esta estrategia de presiones constantes pero dilatadas surta efectos? ¿Qué puede lograr y a costa de qué o quiénes, si es que sucede?

Ciertamente, hay elementos que sí distinguen la coyuntura actual de rondas anteriores de presión, entre estas la pérdida del patrocinador externo. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 cortó abruptamente el suministro venezolano de hasta 100 000 barriles diarios de petróleo, un flujo que Cuba llevaba años revendiendo para obtener divisas. A diferencia de la crisis post-soviética, hoy no hay un sustituto claro a la vista; ni Rusia ni China han mostrado voluntad de asumir ese costo a la escala que lo hacía Venezuela.

Además, se ha puesto énfasis en el cierre sistemático de válvulas de escape. Rubio afirmó que “cada vez que crean un nuevo mecanismo para intentar librarse del cerco, simplemente lo bloqueamos”, refiriéndose directamente a las 176 reformas económicas que el régimen aprobó en junio para descentralizar la economía. Washington interpreta explícitamente estas reformas no como apertura genuina sino como “táctica dilatoria” del régimen, lo que sugiere que el objetivo no es solo sancionar, sino neutralizar las estrategias de adaptación que Cuba usó exitosamente en el pasado.

Por último -pero no menos importante- hay que considerar que se están implementando sanciones dirigidas al núcleo militar-económico. Estas rebasan el embargo genérico para golpear directamente a entidades militares y funcionarios como el Ministro de las Fuerzas Armadas. Es decir, al corazón del poder real (GAESA), no solo a la periferia. Una acción necesaria.

Sin embargo, ante semejante horizonte temporal explícitamente largo -Rubio subrayó que “una de las cosas que hemos perdido en la política exterior y la geopolítica de nuestro país es el concepto de paciencia y persistencia”, y descartó que la presión ceda incluso ante un eventual cambio de ciclo político en Washington- hay varios factores estructurales que juegan en contra del éxito de esta apuesta, incluso con sus elementos nuevos. Se trata de una situación que merece un análisis de varios niveles —estructura de poder, precedente histórico, elementos genuinamente nuevos en el contexto actual— porque la plausibilidad depende de si esta ronda de presión es cualitativamente distinta a las anteriores o simplemente una versión más intensa de algo que Cuba ya sabe absorber.

Para ello es útil comenzar examinando las dinámicas institucionales cubanas y presiones geopolíticas para un análisis equilibrado. El sistema cubano no depende de un liderazgo carismático vulnerable a la presión externa, sino de un entramado donde las Fuerzas Armadas —a través del conglomerado GAESA— controlan buena parte de la economía formal (turismo, remesas, comercio exterior), mientras el aparato del Partido y la seguridad del Estado garantizan el control político. Esta arquitectura fue diseñada precisamente para sobrevivir a shocks externos: ya lo hizo tras el colapso soviético (Período Especial) y ha absorbido más de sesenta años de embargo estadounidense sin que ello se tradujera en una transición política. La resiliencia histórica del régimen no es casualidad, es una característica estructural.

El costo previsible del alargamiento de las sanciones, sin estrategias y acciones decisivas que neutralicen a la actual dirigencia y su aparato represivo, se traslada a la población, no a la élite. La experiencia histórica muestra que el régimen absorbe el deterioro económico repartiéndolo hacia abajo (escasez, apagones, emigración) mientras la cúpula militar-partidaria mantiene privilegios relativos. El malestar social bajo represión sostenida no se traduce automáticamente en cambio de régimen, mientras el aparato represivo sigue intacto. Nada en la presión económica externa debilita directamente la capacidad de vigilancia y control interno, que ha sido históricamente el factor decisivo para contener el descontento.

Adicionalmente, hay que destacar que la meta declarada es deliberadamente elástica. Rubio no promete la caída del gobierno para 2029, sino que Cuba esté “como mínimo, en una trayectoria irreversible hacia un futuro distinto” —un criterio de éxito lo bastante ambiguo como para poder declararse cumplido sin que haya habido transición política real. Búsqueda de aliados alternativos dentro del propio régimen. El hecho de que Washington esté cultivando contactos con figuras como Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, sugiere que la apuesta real no es el colapso del sistema sino una transición pactada desde dentro —objetivo más modesto y más plausible que una ruptura total, que es lo que demanda la población cubana, dentro y fuera de la Isla; también lo codificado en la política hacia Cuba establecida en la Helms-Burton.

En resumen: con las evidencias disponibles es razonable pensar que esta ronda de presión sí producirá un deterioro económico más profundo que las anteriores, precisamente por la ausencia simultánea de patrocinador externo y de “distracción” estadounidense. Eso hace plausible que Cuba llegue a 2029 en peores condiciones materiales. Pero que ese deterioro se traduzca en la “trayectoria irreversible hacia un futuro diferente” que promete Rubio es una apuesta bastante más incierta: depende de variables que la presión externa por sí sola no controla —cohesión de la élite militar, capacidad represiva interna y continuidad de la propia política estadounidense más allá de 2029. La historia reciente de Cuba sugiere que el régimen es más hábil sobreviviendo a la presión externa que trasladándola en reforma política real.

Quiero terminar recuperando una metáfora que compartí en redes sociales en días pasados. A modo de resumen -del contexto, los actores y las consecuencias- la biología ha sido, desde el origen de los tiempos, fuente e inspiración para el pensar político. Volviendo a ello, creo que una mirada aproximada sobre la Cuba actual -y su crisis y entorno- sería considerar a la nación cubana como un cuerpo vivo, pero agotado, que lucha por sobrevivir. Muchos de sus órganos internos convivieron de un modo bastante pasivo con el mal que le aqueja; pero han comenzado a reaccionar defensivamente al mismo. Otros órganos, externos, consiguieron escapar parcialmente al padecimiento; pero olvidaron con el tiempo cómo utilizar sus fuerzas para combatirlo.

El castrismo es, a su vez, esa mortal enfermedad crónica que -prometiendo en su origen ser un beneficio corporal- parasita desde hace siete décadas a la nación cubana; con un ritmo y efectos tan profundos que ponen hoy en riesgo la propia existencia de aquella y, acaso paradójicamente, la suya propia. En lugar de enfrentar semejante peligro -que amenaza más alla de las fronteras de la Isla- la llamada Comunidad internacional opera como un gremio médico que -en todo el orbe- han hecho caso omiso a los gritos de la paciente. Al punto de admirar, algunos de ellos, a la enfermedad y de culpar a la paciente por su extensión. Deviniendo en claros corresponsables del padecimiento.

Los Estados Unidos son, por su parte, un team médico con modales y fines contradictorios, pero el único que ha mostrado tener la cercanía, medios e intereses para resolver, de algún modo, la convalecencia. Recientemente, una parte del equipo ha ido aumentando -correctamente- la dosis de la curación; ofreciendo en paralelo paliativos… pero sin decidirse a operar. Otra parte del team, de forma inconfesa, parecería querer mantener con vida al parásito, para utilizarlo en beneficio de sus pesquisas y negocios.

La coyuntura cubana es hoy crítica para todos: paciente, parásito, galenos. Y las respuestas deben atender -analítica, política y éticamente- a esa cruda realidad. Entre la “utopía que se aleja” de Canel y la “senda irreversible” de Rubio hay millones de vidas languideciendo. Y no se trata de equiparar aquí la responsabilidad directa y criminal de la dictadura castrista con las contradicciones e indecisiones del gobierno de EE.UU. Pero dos años son demasiado tiempo para una nación moribunda. Sobre todo, cuando cada noche los calderos y tranques nos recuerdan que no esperan pasivamente su destino. Y cuando toda la credibilidad e influencia de EE.UU. en su región priorizada- pasa por el filo de una (in)decisión prolongada.


  • Armando Chaguaceda Noriega (La Habana, 1975).
  • Politólogo e historiador. Especializado en procesos de democratización en Latinoamérica y Rusia. Reside en México.
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