
Jueves de Yoandy
El pasado 15 de mayo vio la luz la primera carta encíclica escrita por el Papa León XIV, Magnifica Humanitas, “Magnífica Humanidad”. El mismo día en que, hace 135 años, el Papa León XIII publicara la carta encíclica Rerum Novarum , “De las cosas nuevas”. Si bien esta encíclica, Rerum Novarum, de 1891, es considerada la primera piedra del ya hoy robusto edificio de la Doctrina Social de la Iglesia Católica (DSI), porque definía los derechos laborales ante los problemas sociales y económicos que había generado la Revolución Industrial, la reciente carta “Magnífica Humanidad” viene a ser un urgente y necesario llamado a un pacto ético global en este cambio de época que se está produciendo con la actual revolución de la Inteligencia Artificial.
Magnifica Humanitas, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial (IA), aborda como tema central el desafío que supone salvaguardar la dignidad humana en la era de las tecnologías avanzadas como la IA y las tecnologías de la información. Los principios, los fundamentos y las reflexiones sobre las res novae (las realidades nuevas) que plantea la encíclica, al estar en concordancia con la DSI, permiten aplicar no solo sus frases sino, y fundamentalmente, sus contenidos, al tejido de la sociedad civil y política en Cuba.
Me gustaría desglosar el texto, que puede ser visto según una diversidad de claves de interpretación, en las tres siguientes: el sentido del diálogo, la búsqueda incesante de la verdad y la libertad intrínseca de la persona. La encíclica ofrece, a la luz de estos tres ejes una luz orientadora para la realidad cubana actual.
En primer lugar, nos recalca la función del diálogo como superación de la uniformidad y como ejercicio de corresponsabilidad civil, contraponiendo de forma magistral dos actitudes históricas y también espirituales: el “síndrome de Babel” y el “camino de Nehemías”.
Por un lado, “Babel revela (…) el límite de toda construcción que, por grandiosa que sea, surge de la absolutización de lo humano y de su pretensión de autosuficiencia, sacrifica la dignidad de las personas en aras de la eficiencia…” (No. 7). Por otro lado, el relato de Nehemías “muestra cómo la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo…” (No. 8).
En el caso cubano, donde ha prevalecido un modelo centralizado y monolítico, estas frases son contundentes e iluminadoras ante la urgencia de una conversión hacia la cultura del encuentro efectivo. Frente a la colectivización impuesta por el Estado, el Papa advierte sobre proyectos sustentados por “una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización”. Partido único, discurso único, ideología única, realidades de la Isla que hablan de la uniformidad que rompe la comunicación y conduce a la dispersión de los ciudadanos; ya sea porque no toman partido en la cosa pública o porque huyen en éxodo masivo.
La encíclica propone el método de reconstrucción plural en esa nueva edificación y florecimiento del país. Para ello, la acción concreta de “desarmar las palabras” significa en entornos de polarización y confrontación ideológica, abandonar la agresividad verbal y los prejuicios para edificar un terreno común de escucha, donde ubiquemos a Cuba y a la persona en el centro. Es legítimo opinar, respuestosamente, en los espacios públicos. Ha pasado el tiempo de las catacumbas, aunque en Cuba sigamos viviendo la falta de libertad religiosa plena. León XIV cita a su predecesor, el Papa Francisco, recordando un derecho humano: “nadie puede exigirnos que releguemos la religión a la intimidad secreta de las personas, sin influencia alguna en la vida social y nacional, sin preocuparnos por la salud de las instituciones de la sociedad civil”. Esto valida el derecho y el deber de la Iglesia y, especialmente de los laicos, también los laicos cubanos, de expresarnos y actuar de forma crítica y constructiva sobre la realidad que nos afecta.
El segundo eje articulador a través del cual he realizado una primera lectura de esta encíclica es el que indica la búsqueda de la verdad como bien común frente a las narrativas sesgadas. En el capítulo cuarto, específicamente, Magnifica Humanitas define la verdad como un bien común. Para Cuba, un escenario donde el control de la información es estricto y la desinformación o la propaganda van a la delantera, las aplicaciones de este texto son muy claras.
La verdad frente al control supone que “una información veraz, de hecho, no surge de un control centralizado o automatizado” (No. 132). Y la verdad pública “se construye a través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un diálogo honesto con los demás y con el mundo” (No. 132). Todo ello nos advierte contra la sumisión pasiva ante las narrativas oficiales o ideológicas, invitando en su lugar al ejercicio del pensamiento crítico y la participación ciudadana.
El Papa León XIV describe con precisión un mal endémico de los sistemas ideológicos: “existe un idealismo que, para salvar su propia visión del mundo, selecciona los hechos, los manipula, los renombra y termina habitando una realidad construida a la medida de sus propias convicciones”. Esto es una radiografía del triunfalismo retórico que nada tiene que ver con las carencias materiales y espirituales del pueblo cubano.
El tercer eje es el del respeto a la libertad intrínseca de cada persona. El fundamento antropológico de la encíclica es que la dignidad humana es infinita, absolutamente incondicionada, fundamentada por su propio ser. La dignidad no es otorgada por el Estado, nadie la otorga porque “no se adquiere, no debe ganarse ni necesita ser demostrada” (No. 53). Existe un límite ético infranqueable frente al totalitarismo o paternalismo estatal. Los derechos fundamentales del ciudadano cubano le pertenecen por su condición de ser humano e imagen de Dios, y no están condicionados a su fidelidad política, su nivel de idoneidad ideológica o su permanencia dentro del marco estatal.
Aunque el Papa se refiere en el texto al control algorítmico y digital, relacionado con la IA, las dinámicas de dominación que denuncia reflejan fielmente los mecanismos de vigilancia social e institucional presentes en Cuba: “el control no pasa sólo por prohibiciones explícitas, sino por la arquitectura de la visibilidad: lo que se amplifica o se vuelve invisible, lo que se recompensa o se penaliza, termina moldeando opiniones y elecciones, generando conformismo y autocensura” (No. 171). Romper el conformismo y la doble moral (autocensura) es, según la propia encíclica, el primer paso para recuperar la libertad interior.
El texto también subraya que los seres humanos pierden su libertad cuando los modelos sistémicos prosperan a costa de sus vulnerabilidades, tratando a “la persona […] como un medio y no como un fin” (No. 170). La libertad intrínseca de los cubanos se ve vulnerada cada vez que el ciudadano se ve obligado a concentrar todas sus energías en la supervivencia material inmediata, o cuando es instrumentalizado políticamente, o cuando es considerado un número más dentro de las estadísticas.
El Papa recoge en la encíclica citas de importantes autores como la filósofa social Hannah Arendt, fundamentalmente para hablar de la verdad y el control que ejercen sobre ella algunos sistemas:
“El desinterés por la verdad conduce lenta pero inexorablemente hacia el totalitarismo, para el cual, como escribió la filósofa Hannah Arendt, los súbditos ideales no son tanto aquellos ideológicamente convencidos, sino «las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)” (No. 134).
Esta primera encíclica del Papa León XIV nos convoca a la sociedad cubana toda a “permanecer profundamente humanos”, o lo que es lo mismo: rechazar la inercia, la desesperanza o la postura de asumir que los problemas son demasiado grandes y el ciudadano demasiado pequeño. Con las mismas palabras conclusivas del pontífice, la reconstrucción de la nación requiere que cada cubano asuma responsablemente “su propio tramo de muralla” para ser “constructores de comunión, no arquitectos de Babel”.
En esta hora de Cuba, la hora de las propuestas, cada cubano debe asumir su protagonismo. El Papa también, de una manera muy peculiar, nos lo recuerda citando a Tolkien (Gandalf, El retorno del rey):
“No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir” (No. 213).
Y los que vivimos aquí y ahora, en la Cuba de 2026, tenemos la responsabilidad de un futuro mejor en nuestras manos y en nuestros pensamientos.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.
