Jueves de Yoandy
El 20 de mayo de 1902 es una fecha histórica que no tiene en Cuba la connotación y la celebración que debería tener. Aquel día se inauguró la andadura como nación soberana, por mucho que se le llame República mediatizada o se haga énfasis en los males que le fueron aquejando. Aquel día se ponía fin a una intervención condicionada y al devastador saldo de las guerras libertarias. Hoy, a más de un siglo de distancia, la fecha suele balancearse entre la nostalgia estéril de lo que pudo ser y la retórica oficial que no reconoce como corresponde ese día luminoso. De hecho, en 2026, con el pulso acelerado de las tensiones entre Estados Unidos y Cuba, desde el oficialismo el 20 de mayo es visto como una fecha negativa. Algunos le han llamado “el último día de la Revolución”.
Sin embargo, más allá de las disputas historiográficas, la efeméride nos puede ofrecer una lección viva si la miramos desde la óptica del filósofo español José Ortega y Gasset: “A la república solo ha de salvarla pensar en grande, sacudirse de lo pequeño y proyectarse hacia el futuro”. Esto hacemos desde hace muchos años en el Centro de Estudios Convivencia (www.centroconvivencia.org)
El nacimiento de la República de Cuba no fue un error ni un milagro de la voluntad colectiva, sino el resultado del sacrificio de hombres y mujeres que querían fundar un hogar nacional “con todos y para el bien de todos”. El problema vino después, cuando la cotidianidad de la vida política transformó los ideales fundacionales de Varela y Martí en intereses de una facción o de otra. Entonces, poco a poco, se fue contrayendo una deuda histórica con los ciudadanos: la de construir una institucionalidad donde verdaderamente quepamos todos.
“Sacudirse de lo pequeño”, es decir, de las miserias humanas, en estos tiempos significa que, para salvar la República, tanto la del recuerdo como la de la esperanza que permite avisorar el futuro, el primer paso es despojarla de todo lo que se le ha ido adhiriendo por el camino. La demagogia, el populismo, el control del hombre-masa, la obsesión por el control de todo, que es la esencia del totalitarismo, y la falta de proyecto político verdadero para la nación son algunos de los elementos del despojo. Otros, quizá más subjetivos, pero también más importantes porque atacan la esencia humana, son: la incapacidad para ver a todo el que piensa diferente como un compatriota y no como un enemigo, y la violación sistemática de las libertades fundamentales.
Una nación no puede sobrevivir alimentándose de agravios pasados, ni de trincheras ideológicas de las que muchas veces no está convencido ni el propio emisor, porque padece de un relativismo moral y una doblez en el carácter. Cuando la política se reduce a la supervivencia del día a día o a la defensa de las cuotas de poder, el espíritu republicano se asfixia. “Sacudirse de lo pequeño” no es restarle importancia a los pequeños pasos en la dirección correcta, sino que implica entender que Cuba es de todos, “no feudo ni capellanía de nadie”, como decía Martí, y que el alma de la nación, resentida, dividida y cansada, necesita un tratamiento eficaz para sanarse, para salvarse.
Ese camino de salvación, esa cura, necesita un buen proyecto de futuro. El verdadero patriotismo no es vivir en la melancolía del pasado o en los hallazgos de la historia como si se tratase de una investigación arqueológica. Celebrar o realizar un análisis del 20 de mayo debería servir para presentarnos el mayor desafío de la cubanidad contemporánea: diseñar un porvenir plural. Una república moderna exige instituciones sólidas, separación de poderes, prosperidad económica y, por encima de todo, el respeto irrestricto a los derechos humanos. Y en ese camino los cubanos sí tenemos tareas pendientes para emprender una hoja de ruta.
“Pensar en grande” significa establecer un diseño de país del que sus ciudadanos no quieran escapar, sino un espacio donde deseen aportar lo mejor de sus talentos y puedan echar raíces, y dar flores y frutos. Significa pasar de la épica de la resistencia a la lógica del desarrollo y de la libertad.
Cuba merece, hoy más que nunca, superar los capillismos y sectarismos de cualquier color. Cuba merece pensarla en grande.
¡Viva el Día de la Independencia de Cuba!
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

