Jueves de Yoandy
El segundo domingo de mayo es la fecha más popular para celebrar el Día de las madres. El próximo día 10 de mayo podremos honrar a las madres cubanas que dan muestras de su heroísmo en la cotidianidad. En las circunstancias actuales, cuando más se ha usado el término resiliencia, poco se ha hablado de su protagonismo dentro de ese proceso de superar las adversidades.
Se ha vuelto un lugar común hablar de la “resiliencia” del pueblo cubano, pero esa palabra palidece ante la realidad de quienes sostienen, sobre sus hombros, el peso de una nación en crisis: nuestras mujeres.
El heroísmo en Cuba cobra nuevos significados. No se trata de gestas épicas o grandes hazañas recogidas en los libros de historia, sino, por ejemplo, de la capacidad milagrosa de las madres para multiplicar “el pan y los peces” a la hora de comer, de encontrar la luz y la sal de la vida en medio del apagón, de mantener la ternura cuando casi todo en derredor convida a la desesperanza.
Para la profesora Dolores Aleixandre, de la Universidad de Comillas: “La mujer es el eje sobre el cual gira la estabilidad de la familia y, por ende, de la sociedad misma”. Pero en la Cuba actual ese eje está sometido a una tensión extrema. La mujer cubana de hoy, y las madres fundamentalmente, son malabaristas del tiempo y la carencia. El amor de una madre es el mejor ejemplo de resistencia que se puede conocer. No la “resistencia creativa” a la que nos llama el gobierno, sino la resistencia que proviene de un amor entrañable a los suyos y que empuja a no rendirse jamás.
El papel de la mujer-madre no es casual, responde a su esencia más profunda que es el cuidado. Por su fuerza moral y su fuerza espiritual, esa confianza especial que depositamos en ella se traduce en la mujer que cuida al anciano sin tener medicinas ni recursos dignos; la que alimenta a su prole a veces dejando de comer para que no les falte a los demás; la que educa a sus hijos desde pequeños en valores y virtudes a pesar de un sistema educativo erosionado por la ideología y la falta de libertad; la que sostiene la fe en el ámbito doméstico porque, aunque a veces también flaquee, aparece ante todos como el mejor ejemplo de valentía para afrontarlo todo.
Juan Pablo II, que mucho escribió sobre la mujer y sobre las madres, subrayaba que la mujer tenía una “profecía” propia que se basaba en recordar que lo humano está siempre por encima de lo material. Y en Cuba esa profecía se convierte en realidad cada vez que una madre, una abuela, una ama de casa o una profesional logra que la casa siga siendo considerada como un hogar y no solo un refugio para contrarrestar la intemperie social.
Sin embargo, el reconocimiento de este heroísmo no debe constituir una invitación al conformismo o a la pasividad de quienes observan, sin ayudar y sin hacer nada para que la situación cambie y se respete la dignidad de la mujer y la plena dignidad de todos los demás seres humanos. Ese reconocimiento de la dignidad de la mujer cubana lleva implícito también la denuncia del desgaste al que es sometida. Si como decía la religiosa educadora Aleixandre, “educar a una mujer es educar a un pueblo”, entonces descuidar o agobiar con tantas cargas a la mujer es condenar un pueblo al desamparo.
El Papa polaco fue especialmente protector de la dignidad de la mujer y su magisterio tuvo un enfoque particular hacia la maternidad. Su agradecimiento en la Carta a las Mujeres (29 de junio de 1995, No. 2) es también una manera magistral de agradecer: “Te doy gracias, mujer-madre, que te haces seno del ser humano con la alegría y los dolores de una experiencia única, mediante la cual te haces sonrisa de Dios para el niño que viene a la luz y te haces guía de sus primeros pasos…” Esta elevación del trabajo cotidiano de la madre cubana al nivel de “sonrisa de Dios” le asigna a su función en la sociedad una categoría espiritual superior.
Él reconocía un genio femenino para ejercer el difícil rol de educar. “A la mujer se le confía de un modo especial la educación de los hijos. Esta educación, de un modo particular, está ligada a la maternidad, que es el primer momento en que se manifiesta el ‘genio’ de la mujer” (Carta a las familias Gratissiman Sane, 2 de febrero de 1994, No. 16).
Sobre el don de la vida y el sacrificio de una madre, Juan Pablo II expresaba en la Carta Apostólica Mulieris Dignitatem: “La maternidad implica una comunión especial con el misterio de la vida que madura en el seno de la mujer… Este modo de ser propio de la mujer es también un modo de amar que se expresa a menudo a través de una profunda capacidad de sacrificio” (15 de agosto de 1988, No. 18).
En otros de sus textos pontificales realza el papel de la madre como cimiento de la sociedad: “¡Cuántas madres, en la historia de la humanidad y en la de nuestra propia patria, han sido y son todavía el pilar invisible pero sólido sobre el que se apoya la vida de las familias y de la sociedad!” (Homilía en la Santa Misa para las familias, Córdoba, Argentina, 8 de abril de 1987). A la vez que establece la relación existente entre la madre, la paz y el respeto a la vida: “La mujer que es madre tiene una sensibilidad especial hacia todo lo que es vida y hacia todo lo que amenaza la vida. Por eso, la madre es, por su propia naturaleza, una constructora de paz” (Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, 1 de enero de 1995, No. 4).
El “genio femenino” del que hablaba Juan Pablo II es hoy un pilar fundamental en la Isla; es el “eje estabilizador” que considera Dolores Aleixandre puede conducir no solo a la estabilidad familiar, sino también social. En medio de la precariedad, las madres cubanas continúan siendo un reservorio de esperanza, una fuente de sabiduría, un acicate para alcanzar la necesaria dignidad plena. El heroísmo de las madres cubanas no es el de la sobrevivencia, porque no es digno, y no es el del ruido, porque las obras de infinito amor no necesitan alarde. El heroísmo de las madres cubanas es el del silencio fecundo que, a pesar de todo, sigue apostando por la vida.
Yoandy Izquierdo Toledo (Pinar del Río, 1987).
Doctor en Humanidades por la Universidad Francisco de Vitoria, Madrid, España.
Máster en Ciencias Sociales por la Universidad Francisco de Vitoria, España.
Máster en Bioética por la Universidad Católica de Valencia y el Centro de Bioética Juan Pablo II.
Licenciado en Microbiología.
Miembro del Consejo de Redacción de la revista Convivencia.
Responsable de Ediciones Convivencia.
Reside en Pinar del Río.

