Mons. Héctor Luis Peña: un Buen Pastor en tiempos recios

Hay gente que ha vivido mucho y de la cual, por ende, se pudiera decir mucho. Pero hay vidas que no necesitan grandes gestos para ser elocuentes. Basta mirarlas de cerca, en su persistencia silenciosa, en su fidelidad cotidiana, para comprender que ahí se ha jugado algo esencial. La vida y el ministerio de Mons. Héctor Luis Lucas Peña Gómez pertenecen a esa categoría rara de existencias que, sin estridencias, terminan convirtiéndose en testimonio.

De sus noventa y seis años de vida, setenta los vivió como sacerdote y, de ellos, cincuenta y cinco como sucesor de los apóstoles. Veintiséis años estuvo al frente del rebaño holguinero y tunero. Mons. Peña no fue simplemente el primer obispo de la Diócesis de Holguín, la primera diócesis, por demás, erigida por san Juan Pablo II en el mundo. Fue, sobre todo, un pastor que se quedó. Ordenado sacerdote en 1955, permaneció fiel a su rebaño durante los años más oscuros para la Iglesia en Cuba. Cuando muchos partieron, otros fueron expulsados y no pocos sucumbieron al miedo o al cansancio, él permaneció. Y esa permanencia, sostenida durante décadas, es ya una forma de martirio, aunque no esté escrita con sangre.

En los años sesenta, cuando ejercer el ministerio sacerdotal significaba aceptar el aislamiento, la sospecha y la marginación social, el entonces Padre Peña eligió no abandonar a su pueblo. Esa elección, reiterada día tras día, configura un testimonio profundamente evangélico. No fue un héroe épico, sino un pastor concreto, con nombre y rostro, que asumió las consecuencias de ser fiel en circunstancias adversas.

Su cercanía al pueblo no fue un discurso pastoral, sino un modo de vivir. Mons. Peña tenía una memoria privilegiada. Conocía los caminos, los barrios, las cocinas, los rostros y los nombres de su rebaño. Cocinaba para otros, algo que disfrutaba sobremanera y que hacía con notable destreza. Siempre fue de preparar el desayuno, conversar sin prisa, escuchar con atención. En un país donde la escasez ha marcado generaciones, su episcopado estuvo atravesado por una espiritualidad de lo cotidiano, de lo posible, de lo cercano. No se colocó nunca por encima de la gente, sino en medio de ella, procurando siempre cómo ayudar, cómo ser útil.

Pero esa cercanía tenía también un rostro profundamente paternal. Para muchos laicos, religiosos y sacerdotes Mons. Peña fue, en todo momento, un padre. Un padre que acompañaba, que sostenía en silencio, que sabía corregir sin humillar y animar sin imponer. Su autoridad no nacía del cargo, sino de una presencia constante y confiable. En un contexto marcado por la fragilidad institucional y la presión política, esa paternidad espiritual fue, para no pocos, un verdadero refugio.

Ese estilo episcopal campechano, creativo y confiado en los laicos resultó profundamente contracultural. Mons. Peña creyó en la Iglesia cuando era pequeña, pobre y socialmente irrelevante. Apostó por los laicos cuando no había estructuras, por las comunidades cuando no había templos, por la esperanza cuando no había garantías. “No les pongo trabas”, decía de los laicos. Esa confianza no fue ingenuidad. Fue visión eclesial y lucidez histórica.

Fundar una diócesis es siempre una tarea compleja. Hacerlo en el contexto cubano lo es aún más. Como obispo constructor, levantó parroquias, invitó congregaciones, formó estructuras y acompañó procesos. Pero su verdadera obra no se mide en edificios ni en estadísticas, sino en la solidez humana y espiritual de una Iglesia local que aprendió a caminar con pocos recursos y mucha fe. Cuando la Diócesis de Holguín nació en 1979, lo hizo sin visibilidad pública ni respaldo institucional. La prensa de entonces ni siquiera se hizo eco de la noticia. Nació, como tantas cosas en Cuba, casi en silencio. Mons. Peña aceptó ese silencio como parte de la misión.

Su celo pastoral se expresó también en una preocupación constante por las vocaciones. Consciente de que el futuro de la Iglesia se jugaba ahí, acompañó de cerca a jóvenes, alentó discernimientos y creó condiciones para que las vocaciones sacerdotales y religiosas pudieran nacer y sostenerse. No se limitó a esperar. Salió al encuentro, invitó, animó, confió. Su empeño por traer congregaciones religiosas y por formar al laicado respondió, en el fondo, a esa misma intuición de una Iglesia viva necesitada de servidores y comunidades enraizadas.

Hay, además, en su vida, un rasgo que no conviene edulcorar. Mons. Peña conoció el dolor, la incomprensión y la soledad, en ocasiones provenientes de laicos, sacerdotes e incluso de hermanos obispos. Su ministerio transcurrió bajo un sistema que redujo la presencia pública de la Iglesia y vigiló de cerca a quienes no se plegaban al relato oficial. Eso no lo acobardó ni le hizo retirarse. Supo apoyar, cuando fue necesario, a laicos, religiosos, sacerdotes e iniciativas que el régimen consideraba problemáticas o disidentes. Baste un ejemplo: de no haber sido por su postura firme, el hoy obispo auxiliar de Holguín, Mons. Marcos Pirán, habría sido expulsado del país en los años posteriores a la Primavera Negra. Sin embargo, Mons. Peña nunca convirtió estas experiencias en resentimiento. Su testimonio fue el de la perseverancia serena, la fe probada y la esperanza que no se rinde.

Por eso hablar de Mons. Peña en pocas palabras resulta difícil. Es hablar de un testimonio martirial en sentido amplio. El martirio de la fidelidad prolongada, del servicio sin reconocimiento, del pastor que envejece con la Iglesia y con su pueblo, y no se desentiende de ellos cuando llegan los años o las dificultades. “Trata de seguir lo ya comenzado”, le dijo al entregar la diócesis a Mons. Emilio Aranguren en 2005. Esa frase resume bien su comprensión del ministerio porque nadie empieza de cero y nadie es imprescindible. Lo importante es no romper el hilo.

Al despedirlo, la Catedral de Holguín llena, la procesión por las calles y el pueblo acompañándolo hasta el cementerio dicen más que cualquier elogio. Mons. Peña no fue un obispo de despacho, sino un pastor reconocido por su gente. Y eso, en la Cuba de hoy y de ayer, es un signo elocuente.

Él mismo decía que su vida había sido “milagrosa”: venir de un pueblo pequeño, de una familia pobre, y querer ser sacerdote para “pasar por el mundo haciendo el bien”. Tal vez ahí esté la clave última de su legado. Mons. Héctor Luis Peña Gómez pasó por Cuba haciendo el bien, sin ruido, sin alardes, sin abandonar nunca el camino.

Y en tiempos donde la tentación del abandono es fuerte, su vida sigue preguntándonos, con la fuerza tranquila del Buen Pastor, si estamos dispuestos, como él, a quedarnos.

Síntesis de su vida y servicio pastoral

Mons. Héctor Luis Lucas Peña Gómez nació el 18 de octubre de 1929 en el poblado de Velasco, municipio de Gibara, entonces provincia de Oriente, en el seno de una familia de siete hermanos. Fue hijo de Miguel Peña Santiesteban y María Luisa Gómez de la Fuente.

Recibió el bautismo a los dos años en Velasco, de manos del P. Constancio González, ante la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre. En aquel momento, Velasco pertenecía al territorio parroquial de San Andrés, donde quedó asentada su partida bautismal.

El 7 de octubre de 1942, con apenas 13 años, ingresó en el Seminario San Basilio Magno, donde cursó los estudios básicos y las etapas de Humanidades y Filosofía. Posteriormente, por disposición del arzobispo de Santiago de Cuba, Mons. Enrique Pérez Serantes, fue enviado a completar los estudios teológicos en Santo Domingo, República Dominicana.

Fue ordenado sacerdote el 25 de junio de 1955, a los 26 años de edad, y destinado como vicario cooperador a la parroquia San Isidoro de Sevilla, en la ciudad de Holguín. El 12 de enero de 1970, con 41 años, fue nombrado obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba por el papa Pablo VI. Recibió la consagración episcopal el 19 de marzo de ese mismo año en la iglesia de San Isidoro de Holguín, siendo el obispo consagrante Mons. Cesare Zacchi, entonces encargado de Negocios de la Santa Sede en Cuba. Adoptó como lema episcopal Quam incomprehensibilia Dei (Rom 11,33).

En 1979, al erigirse la diócesis de Holguín —separando parte del territorio de la Arquidiócesis de Santiago de Cuba—, san Juan Pablo II lo nombró su primer obispo. La celebración de erección canónica tuvo lugar el 27 de mayo de 1979, solemnidad de la Ascensión del Señor, en el templo de San Isidoro, elevado entonces a Iglesia Catedral. Con ello, Cuba creaba una nueva diócesis por primera vez desde comienzos del siglo XX.

Durante su episcopado promovió decididamente la presencia de la vida consagrada y misionera, invitando a establecerse en la diócesis a los Hijos de la Caridad, los Hermanitos de Jesús y la Sociedad del Verbo Divino, así como a once congregaciones femeninas, presentes en diversas localidades y barrios de Holguín y Las Tunas.

En el ámbito nacional y continental, tuvo una participación activa en la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba, donde presidió las comisiones de Catequesis, Pastoral, Juventud, Laicos y Familia. Fue delegado ante el CELAM y participó en la III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y Caribeño (Puebla, 1979), en el Sínodo sobre la familia cristiana (1980), en el Encuentro Nacional Eclesial Cubano (1986), así como en diversas visitas ad limina.

Fomentó de manera sostenida la corresponsabilidad de los laicos en la vida y misión de la Iglesia, impulsando su formación y participación activa en la pastoral diocesana.

Entre las principales iniciativas y realizaciones de su ministerio episcopal destacan:

  • La erección de 12 nuevas parroquias.
  • La ordenación de 11 presbíteros y 4 diáconos permanentes.
  • La restauración de la Santa Iglesia Catedral de Holguín, consagrada en 1997 por el cardenal Camilo Ruini, vicario general del papa para la diócesis de Roma.
  • La creación del Centro Diocesano de Formación y Promoción Laical “San Arnoldo Janssen” (1994).
  • El inicio de la publicación del Boletín Diocesano Cocuyo (1996).
  • La fundación del Centro Juvenil Diocesano.
  • La creación de la Casa de la Divina Misericordia, destinada a la atención de personas necesitadas.

En los últimos años de su ministerio impulsó un significativo itinerario pastoral que incluyó el Encuentro Diocesano de Familia (2003), el Simposio Mariano (2004) y el Congreso Eucarístico Diocesano (2005), orientados a fortalecer la vida familiar, la devoción mariana y la centralidad de la Eucaristía en la vida de la Iglesia particular.

Promovió asimismo iniciativas de alcance nacional, como las peregrinaciones con la imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, iniciadas en la diócesis de Holguín a comienzos de la década de 1980 y posteriormente extendidas a otras diócesis del país. De igual modo, impulsó la construcción del primer templo católico en Moa, cuya primera piedra fue bendecida por san Juan Pablo II durante su visita apostólica a Cuba en 1998.

Conforme a lo establecido por el Derecho Canónico, presentó su renuncia al cumplir 75 años, la cual fue aceptada en 2005. El 11 de diciembre de ese mismo año entregó el gobierno pastoral de la diócesis a su sucesor, Mons. Emilio Aranguren Echeverría.

El ministerio de Mons. Héctor Luis Peña Gómez dejó como legado una Iglesia diocesana estructurada, participativa y cercana, con una fuerte presencia laical y un profundo sentido de comunión eclesial.

Falleció a las 3:45 a. m. del 18 de diciembre de 2025, como consecuencia de un ictus intracraneal provocado por una caída ocurrida en la noche del 15 de diciembre.

 

Manuel A. Rodríguez Yong (Holguín, 1990).
Productor y Realizador Audiovisual egresado de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV).
Licenciado en Dirección de Medios de Comunicación Audiovisual por la Universidad de las Artes de Cuba.
Fue Presidente de SIGNIS Cuba y Miembro de la Junta Directiva de SIGNIS ALC.

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