El mar como espejo interior. La obra de Yoandy Suárez

El vuelo de la gaviota. Óleo sobre lienzo. 180 x 130 cm. 2024.

En la obra de Yoandy Suárez (Matanzas, Cuba, 1984) hay una fusión entre realismo y evocación emocional; el artista atiende a una tradición figurativa contemporánea, marcada por un trazo fuerte y ágil, pero preciso, en la que los efectos naturales juegan un papel fundamental. Es precisamente este énfasis en el tratamiento de la atmósfera, lo que encarna las emociones de los personajes que representa. El reflejo de los cuerpos sobre el agua, y en ocasiones sobre la arena mojada, está logrado con notable maestría.

Uno de los ejes más potentes de esta obra es la dialéctica entre el cuerpo humano y el paisaje costero, donde ambos aparecen imbricados a través del reflejo, la luz y el movimiento. Las figuras humanas —ya sea en grupo o en solitario— no son simples modelos anatómicos, sino vehículos de una experiencia existencial profunda: se afirman, se abren, se expanden o se disuelven en la inmensidad del agua. Yoandy elige cuerpos reales, a menudo rotundos y sensuales, no idealizados según cánones normativos, lo que aporta una lectura contemporánea de la belleza, en la que la dignidaddel cuerpo se celebra sin retórica.

Lo virtuoso de la representación de la figura humana consiste aquí en que, aún dentro de su intencional desenfoque —esa ausencia de detalles que caracterizaba a los impresionistas— mantiene el volumen y el movimiento; la pincelada gestual y líquida reproduce con eficacia la sensación visual del agua reflejando el cielo y a los personajes,en una comunión cromática que disuelve los límites entre lo material y lo atmosférico.

Desde su peculiar simbolismo, Yoandy opera construyendo una metáfora visual de la transitoriedad. Las figuras humanas, caminando descalzas por la orilla, están representadas con un carácter efímero: no son retratos, sino presencias momentáneas, casi fantasmas de luz y sombra. Esta estética difuminada evoca la fugacidad del instante, lo cual conecta con los ideales del flâneur moderno, pero trasladado del entorno urbano al litoral, al espacio abierto y mutable del mar.

Hay obras como El vuelo de la gaviota, en las que ocurre algo que va más allá de su habitual discurso, aquí se establece una relación simbiótica entre la libertad, el cuerpo y la naturaleza. La mujer, con los brazos abiertos y la cabeza hacia el cielo, adopta una postura de apertura, receptividad y comunión con el entorno. Es una figura que celebra su presencia en el mundo sin reservas. Esta postura, junto con la aparición de la gaviota blanca en pleno vuelo, establece una metáfora directa: la libertad espiritual y física, la elevación, la posibilidad del desprendimiento.

La gaviota —ave tradicionalmente asociada al mar, al viaje y al anhelo— actúa como símbolo de trascendencia o inspiración, y su proximidad visual a la cabeza de la mujer sugiere una conexión entre pensamiento y vuelo, entre deseo y acto. Aquí vemos un gesto sereno y entregado, que se desmarca del erotismo superficial para entrar en el terreno de la afirmación personal: un cuerpo real, representado con fuerza y dignidad, en armonía con su entorno.

También cuando acude al autorretrato su lenguaje se torna más complejo. En obras como Historias revividas la noción del reflejo se transforma en un portal entre realidades. Las gafas oscuras —tradicionalmente asociadas a una barrera o a la ocultación— se convierten en este caso en superficie de revelación: lo que el espectador no ve en los ojos del artista lo descubre en su visión interna proyectada hacia fuera. En estos autorretratos, el artista no solo mantiene la coherencia con su universo acuático, sino que profundiza en el mar como territorio del inconsciente, siguiendo una línea simbólica que va desde los simbolistas del siglo XIX hasta Carl Jung.

En general, sus cuadros pueden leerse como una respuesta contemporánea al canon tradicional, una reivindicación de cuerpos diversos en entornos míticos, pero sin artificios. La presencia de aves marinas, especialmente gaviotas, no es accidental, ellas funcionan como símbolos de libertad, intuición y vínculo con lo trascendente, dialogando directamente con las figuras humanas o constituyéndose en estudios autónomos, donde el artista muestra su capacidad de observación directa y su dominio del gesto.

La obra de Yoandy Suárez se afirma como un proyecto coherente, en el que la exploración del mar y sus elementos —agua, aves, cuerpos, reflejos, luz— da lugar a una poética visual de la apertura, la libertad y el renacer, sin caer en lo decorativo ni lo banal. El mar no es solo un paisaje, es un estado del alma.

 

 


  • Ángel Alonso (La Habana, 1967).
  • Graduado de la Academia de Arte San Alejandro en 1987.
  • Reside actualmente en Barcelona, España.
  • Se desempeña como analista de arte y artista visual.
  • Sus artículos se han publicado en revistas como El Caimán Barbudo, Revolución y Cultura, La Gaceta de Cuba y Arte Cubano. Ha publicado además en múltiples medios digitales como La Jiribilla y Alter Cine (IPS), así como en BRAC (Barcelona Research Art Creation). Actualmente trabaja como editor de la revista Artepoli, de Barcelona.
  • Ha publicado los libros Artistas con Mayúsculas. Antología de artículos (Servicios editoriales Barcelonarte, 2023), Pedro de Oraá. De lo concreto a lo infinito (Fundación Pedro de Oraá / Arte 92, 2024) y Travesía en Chivichana (La Chivichana, 2024).

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