Fue hace ya unos cuantos años, más de 20. Mientras buscaba información y datos para mi obra Mujeres de la Patria, me puse en contacto con diferentes escritores e historiadores cubanos para que me guiaran en aquel proyecto que por entonces era tan solo un sueño. Uno de aquelloshistoriadores fue el Dr. Jorge Castellanos Taquechel, conocido investigador, historiador y escritorcubano ya fallecido, quien publicó desde la época republicana innumerables libros, ensayos y artículos sobre cultura cubana, siendo una de sus grandes obras Cultura afrocubana, escrita junto a su hija, Isabel Castellanos, y publicada por Ediciones Universal, Miami, en cuatro volúmenes, entre 1988-1994. En aquel momento en que me comuniqué con el Dr. Castellanos este tuvo la gentileza de contestarme enseguida y, como no tenía ningún dato concreto sobre las mujeres cubanas durante las guerras que yo le pedía, me envió un testimonio personal que he guardado desde entonces como un tesoro. Dada su importancia y valor histórico, ya que es una verdadera revelación de primera mano, la hago pública hoy, con permiso de su hija, para que los interesados en nuestra historia la puedan apreciar como hice yo entonces.
Es esta una historia real de los miembros de su valiente familia guantanamera durante las luchas por la libertad de Cuba en varias regiones orientales, que no se puede perder, y que es nuestrodeber salvaguardar para las generaciones futuras. Aquí veremos cómo actuaron aquellos valientes cubanos, hombres y mujeres íntegros, que con coraje y con amor lo sacrificaron todo por la libertad de la Patria.
A continuación, les dejo el testimonio del Dr. Jorge Castellanos Taquechel.
A petición de mis hijas, recojo aquí lo que recuerdo del pasado de mi familia. Estos datos llegaron hasta mí como testimonio oral de algunos de mis antecesores, sobre todo de mi abuela paterna, mi madre y mi padre. ¿Cuánto hay en ellos de absoluta objetividad histórica y cuanto de leyenda o parcializada mitológica? ¿Cuánto realmente recuerdo yo y cuánto agregan mi admiración y mi cariño a lo que era ya recuerdo amoroso de mis informantes? No lo sé. Pero para mí, con plena honestidad, todo lo que narro aquí es historia: pasado vivo y real, auténtica tradición de una familia sin importancia. O sea que se non e vero, e ben trovato. Con el corazón puesto en MI verdad.
Don Aquilino Castillo
Era mi abuela paterna, Doña Antonia Castillo y Garcell, una admirable narradora: poseía un riquísimo vivero de noticias que sabía organizar con gracia de verdadera artista, convirtiéndolas en historietas fascinantes. Había vivido mucho y muy intensamente (murió a los 92 años, con su mente intacta) y no necesitaba recurrir a la fantasía para entretener a sus nietos. Le bastaba con contar -mondo y lirondo- el agitado pasado familiar.
Por ella supe yo lo poco que ahora recuerdo de mi bisabuelo, Don Aquilino Castillo. Era un hombre robusto, de mediana estatura, de ojos muy azules, larga barba rubia y… una pierna depalo- y ¿cómo perdió esa pierna abuelita? La pierna derecha, decía la abuela, se la cortaron hasta aquí (y señalaba un punto varias pulgadas por encima de la rodilla). Pues fue en la guerra. En la primera guerra de independencia, la del 68. Mala pata, pudiéramos decir. Mi papá y dos de mis tíos salieron un día de su finca – y mencionaba un nombre, que he olvidado– rumbo al pueblo que se llamaba Jamaica. Poco antes había pasado por el lugar una columna mambisa y ellos la habíanayudado con viandas, bacalao salado y algunas medicinas. Mi familia era muy mambisa, pero en esa época solo el más joven de mis tíos se había ido al monte. Al poco rato se aparecieron tropas españolas. Que dónde estaban los hombres de la casa… Que habían salido para Jamaica, sargento, tome seis hombres a caballo y vuelen a buscarlos. La infantería va detrás de ustedes. Eso lo sé, porque mi tía me lo contó, decía mi abuela. Nadie sabe bien lo que pasó. Parece que los españoles alcanzaron a mi papá y a mis tíos. Papá decía que sin saber cómo ni por qué,empezó un tiroteo. Y una bala le destrozó la rodilla. El dolor fue muy intenso. Perdió elconocimiento y cayó del caballo. Cuando volvió en sí se dio cuenta de que lo llevaban en unacarreta por un camino pedregoso. Preguntó por sus hermanos. No le contestaron. Lo llevaron aGuantánamo. Y allí le cortaron en frío (entonces no había anestesia) la pierna gangrenada, y en el hospital un médico español le dijo que podía darse por dichoso porque sus dos hermanos habíanmuerto “en el encuentro”. Encuentro no, asesinato, decía mi abuela con indignación. ¡Eran unos asesinos!
Don Aquilino se salvó de puro milagro. Estuvo preso en el hospital, primero, pero luego lo dejaron ir a su casa. Mi abuela juraba que lo había salvado una estampa de San Lázaro (quesegún se decía, era muy poderosa en casos de amputaciones). Una negra vieja, antigua esclava, -de la familia, logró meterla en el hospital de contrabando, un día que llevó ropa limpia al herido. Y luego los trabajos que pasó Don Aquilino con el carpintero para encontrar la “pata de palo” que mejor se ajustara al muñón, adolorido siempre. Yo era muy niño, decía, pero me acuerdo. Luego papá aprendió a manejar la pierna postiza muy bien. Montaba a caballo, y un día se fue para el monte con los mambises y no regresó sino dos o tres años después, cuando la Paz delZanjón en 1878… A pesar de todo lo que había pasado, era un hombre alegre, me ponía la mano áspera sobre la cabeza y me llamaba “su niña bonita”… y sonreía más con los ojos azules que con la boca tapada por el bigote y la barba rubísimos… Mi abuela siempre recordaba a su padre con grandes muestras de cariño y devota admiración.
Doña Antonia y Don Manuel
Mi abuela Doña Antonia Castillo Garcés y mi abuelo Don Manuel Castellanos Castillo, eran primos hermanos. Yo creo haberle oído decir a mi abuela un día: “Cuando Manuel se fue a la guerra, éramos primos; cuando regresó, nos vimos una vez y ya fuimos novios… y ¿sabes unacosa? ¡nos casamos enseguida…! Por eso no se fue él a la Guerra Chiquita… ¡la guerra!, ¡la guerra! Esa palabra aparecía una y otra vez en los relatos de mi abuela, a veces con tono de terror y maldición, a veces con reflejos de enorme admiración y hasta de añoranza… Tres fueron las que a ella le tocó vivir: la “Grande”, de 1868 a 1878; la Chiquita, de 1879 a 1880; la de“Independencia“, de 1895 a 1898. ¡Aquellos tiempos! Los tiempos de las guerras eran para miabuela tiempos de epopeya. Eran tiempos de un espantoso apocalipsis. Y tiempos de un heroísmo sin límites. De la desolación y la muerte y de la inmarcesible gloria patriótica… ¡Ah, pero aquellos eran hombres! ¡Aquellos gigantes…! Todo eso fue lo que mejor quedó grabado en mi memoria: la versión de una gran gesta cubana tal como fue vivida por la familia Castellanos-Castillo.
“Manuel era un muchachón cuando se fue para el monte la primera vez, allá por los años setenta y pico. ¡Qué loco! ¡Qué loco!, susurraron en la mesa cuando oí la noticia… Después pasaron meses y no se decía nada de él… Luego, cuando lo mencionaban, bajaban la voz. Ya es teniente, dijeron un día. Y otro: ya es capitán. Más tarde, cuando mi papá también se fue al monte con los mambises, los dos nombres iban siempre juntos: Aquilino, Manuel. ¡Aquellos tiempos!¡Aquellos hombres!“
No parece -por lo que pude averiguar, aparte de la apasionada visión de mi abuela– que DonManuel Castellanos fuera un modelo de belleza masculina. Estatura mediana. Más bien delgado. Muy derechito, eso sí. Y muy fuerte. Nervudo. “Era un jinete de primera”. En su cuarto guardaba mi abuela su retrato, algo brumoso, siempre adornado con flores que ella misma cultivaba. (La jardinería siempre fue su afición favorita.) Retrato de la edad madura. De seguro más de cincuenta años. Pelo canoso. El bigote también. Labios finos y el ojo izquierdo totalmente desviado casi “ido” tras los pequeños cristales de una leve armadura de oro fino.
Mi abuelo era terriblemente bizco… Y ese defecto producía en su rostro -al menos en el retrato-un cierto tremor de inestabilidad, una ausencia de balance, una extrañeza que siempre alzaronuna barrera entre él y yo mientras fui niño… Pero para mi abuela, ni Adonis, ni Hérculessuperaban a su Manuel, por cuya alma rezaba dos rosarios todos los días, uno por la mañana yotro por la tarde, sentada en su cuarto, en un pequeño balance, junto a su cama. “Él era un buenhombre. Pero, por si acaso…”. Mi mamá me informó un día cual era la razón de ese, “por siacaso”–Doña Antonia (me dijo mi mami) siempre creyó que don Manuel era muy mujeriego y lo celó perseverantemente hasta muy viejo. “La verdad es (sostenía mi madre) que Don Manuel era un santo varón, que no miraba sino por los ojos de su mujer… Él me lo dijo una vez, quejándose de las cosas de Antonia, del genio de Antonia: “Mira Albertina, en la primera guerra sí. –Era yo soltero, ¿no? Pero después, te lo juro, nada más que Antonia. Pero ella me persigue… No me deja vivir. Hay días que me vuelve loco, machaca y machaca, desde que el sol amanece… ¡Mírame, mírame bien, mi hija, mírame y dime si hay quien sea capaz de hacerle caso a este viejo, calvo, manco y bizco!“. “Tu abuelo, por aquel entonces, tenía más de sesenta años…” decía mi madre.
Bueno, pues se casaron en el año ochenta y en el ochenta y uno tuvieron una niña que ¡murióenseguida! y en el ochenta y dos un niño, Rafael Arturo de la Caridad, quien, a los treinta y tres años de su edad, en 1915, vio nacer a su hijo Jorge Arturo Andrés, este humilde narrador deustedes… (el Dr. Jorge Castellanos quien escribe estas líneas).
De la primera guerra trajo el comandante Castellanos la mano izquierda inutilizada por un balazo español, lo que le mortificó por el resto de su vida. Los huesos de esa muñeca nunca volvieron a funcionar debidamente. (“Menos mal que no fue la derecha, que era la de agarrar el machete.”) Y trajo también un juramento mambí de volver a la manigua cuando las condiciones lo permitieran. Cosa que no pudo cumplir sino una década y medio después…
Un matrimonio mambí
Cuando el Grito de Baire (24 de febrero de 1895) que dio comienzo a la Guerra deIndependencia, mis abuelos tenían siete hijos: tres varones y cuatro hembras. La familiadisfrutaba de una desahogada situación económica. Una finca ganadera muy cerca de la ciudadde Guantánamo, administrada desde el pueblo por Don Manuel con la ayuda de un “encargado”in situ, producía lo suficiente para vivir con comodidad. Los muchachos iban a las mejoresescuelas y el mayor, mi padre, estudiaba ya bachillerato.
“Nunca podré olvidar esa tarde del 24 de febrero“ -me contaba mi abuela-. “El tiroteo del puente de San Justo (sobre el río Guaso) se oía clarito en el patio de mi casa. ¿Qué es eso?, preguntóalguien. Es la guerra, otra vez la guerra, dije yo. Y ahí mismo supe, sin que nadie me lo dijera, supe allá dentro, que Manuel se iba al monte. Pese a todo, se iría al monte. Tardaría más omenos, pero Manuel se iba de seguro a esa guerra…“.
Para un observador superficial esa seguridad podría aparecer algo caprichosa. La situación política de Guantánamo, en el campo mambí, no era nada agradable para los veteranos mambises del 68. Por una larga cadena de circunstancias, el jefe de la conspiración dentro de la Isla, Don Juan Gualberto Gómez, había decidido colocar al frente de ella en Guantánamo al general Periquito Pérez… ¡que había peleado como oficial español contra los cubanos en la Guerra Grande ¿Cómo aceptar ahora de jefe al antiguo enemigo? Para muchos viejos luchadores resultaba imposible. Además, el propio Periquito, a la hora de conspirar, ignoraba a los veteranos mambises, pero mi abuela debe haber conocido muy bien a su marido pues apenas se enteró del comienzo de la nueva campaña, formuló en el secreto de su más íntima convicción ese axioma, para ella tremendo: “Con Periquito o sin Periquito, Manuel se va a la guerra”.
Y así fue. Aunque no de inmediato. Por algunas semanas mi abuelo permaneció en Guantánamo, aparentando vivir como siempre, pero preparando en secreto la condiciones para poder irse al monte. Cada día la situación se hacía más difícil. “Un día estaba Manuel en la barbería cuando se aparecieron dos individuos, uno español y otro cubano. ¿Es usted don Manuel Castellanos? Servidor. Nosotros estamos reclutando voluntarios para el ejército español. Venimos a pedirle que se inscriba usted. Muchas gracias, pero no, no me voy a inscribir“. ¿No quiere usted hacerse voluntario? No señor. ¿Por qué? Eso es asunto mío. ¿No será usted un mambí solapado? ¿Bueno, díganme, están ustedes reclutando voluntarios o reclutan obligatorios? Pues yo ni de obligatorio voy. ¿Qué les parece? La cosa se iba poniendo fea. Intervino el barbero, que era amigo del español. Y este convenció al cubano de dejar las cosas como estaban. Manuel, que siempre tuvo muy buen carácter, llegó a la casa hecho un basilisco. Creo que por primera vez le oí decir una mala palabra…” “¿Qué mala palabra, abuela?” le pregunté yo… “No, niño, esas palabras no se repiten“.
En fin, que a los pocos días se apareció en casa un español llamado don Fulano (he olvidado el nombre que me dio mi abuela). Eran como las dos de la tarde. Manuel había salido muy tempranito para la finca. Y yo no lo esperaba hasta por la noche. Don Fulano entró y se sentó: Con su permiso, Doña Antonia, usted sabe que yo soy buen amigo de Manuel. Pero, bueno, ya usted sabe, es que, bueno… -se fue a la guerra, le dije yo. –Si, señora, con perdón… no pude convencerlo… Bueno, me pidió que viniera y se 1o dijera. Yo no sé despedirme, me dijo. Hazlo tú por mí. Bueno… mire, aquí tiene este dinero que el dejó para usted. Son setecientos pesos. Me dijo que pronto mandaba a buscarla. Que espere noticias. ¡Qué locura, señora! Bueno, aquí tiene usted. Si necesita algo, cualquier cosa, estoy a su disposición. Yo soy español, pero soy amigo de Manuel. Muy buen amigo que es Manuel. ¡Bueno, a sus órdenes!
Fueron unos días largos de preocupaciones, de miedo, de tensión. Por fin, lo recuerdo bien fue undomingo por la mañana cuando, con el lechero, me llegó el mensaje:
La odisea de una mambisa
“El miércoles a las diez de la mañana toma usted a los muchachos y sale con ellos hacia el puente de San Justo. Cierre la puerta de la calle y deje todo dentro. Cuando estén en el puentesigan derecho hasta las dos grandes matas de mango que hay frente a frente en el camino-. Ahí estarán dos hombres y unos caballos. Hagan lo que ellos les digan”.
Así se hizo. Salieron de la casa a pie, con lo puesto. Las dos niñas más chiquitas iban en brazos,Una de la abuela; la otra del hermano mayor. Antoñico y Manolo llevaban unas jaulas “con reguilete” para coger pajaritos. Georgina y Corina insistieron en sacar sendas muñecas. Al llegar al puente, el centinela, siguiendo su rutina, gritó el ¡Alto!, ¿quién vive? A lo que había quecontestar: ¡España! ¿Qué gente? Mire, señor, aquí voy con mis muchachos a buscar pajaritos alotro lado del río… Pase usted… Luego, el camino, que tramo tan largo, ¡con el susto! Por fin, lasmatas de mango, los dos hombres, negros los dos, con los caballos. Y aquí venía la parte delrelato de mi abuela que a mi más me gustaba, porque los caballos a cada rato abandonaban elcamino y seguían, en algunos trechos, por el lecho de los arroyos… “para no dejar rastros…
Igualito que son las películas de vaqueros que yo veía en el cine
“Actualidades”. Hicieron varias paradas, monte arriba, “para que las niñas descansaran”. Bien entrada la tarde llegaron a un bohío grande de guano, situado en una pequeña meseta rodeada de lomas. “Esta es su casa. Los muchachos, embullados, la encontraron pintoresca. Comenzaron a explorarla. Atrás, en el colgadizo, un fogón. Leña. Algunas provisiones. Un poco más lejos, un“excusado”. Los muchachos, encantados, a los pocos metros encontraron una siembra. Maíz,sobre todo… “El comandante Castellanos estará aquí dentro de muy pocos días, a lo mejor pasado mañana… Ahí, cerquita, al cantío de un gallo, vive una familia. Yo les aviso que ustedes llegaron. Ellos los van a ayudar”. Mi abuela, mujer fuerte, mordiéndose los nudillos, se negaba a llorar.
“Se llamaba Brígida“, me dijo mi abuela. “Era una mulata alta y fuerte. De muy buen carácter. Ella fue mi salvación; ¿qué hubiera sido de mi sin Brígida? ¿Qué sabía yo de vivir en el monte? Sin nada. Sin nada. Brígida fue mi maestra y mi consuelo. Al día siguiente se me apareció. Habíadejado su bohío en manos de su hija y venía a ayudar en lo que pudiera. Estuvo con nosotros un buen tiempo. Con ella llegó su hijo Eutimio, que con sólo quince años ya estaba hablando de irse a pelear junto a su padre. Él se hizo capitán general de los varones, que tampoco saben nada decampo, pero que con ese jefe pronto aprendieron a adaptarse a la nueva vida“.
“Manuel llegó cuatro o cinco días después y estuvo con nosotros más de una semana. Y todo se fue organizando. Y Rafael Arturo aprendió a dar guataca. Y Antoñico a usar el machete. Y todos a cazar y encontrar huevos. Vida dura, esa. Pero lo peor fueron las enfermedades de las dos niñasmenores. Se me fueron. Se me fueron los dos angelitos. Y cuando abandonamos el bohíotuvimos que dejar sus tumbas ahí…” Y ahora, a la hora del recuerdo, sí dejaba escapar unalágrima.
“En el bohío de “La Confianza” vivimos casi dos años. Vida dura, esa. Pero no quedaba másremedio. Cuba tenía que ser libre. Manuel vería cuando podía, y cuando no, mandaba propios con provisiones y alguna ropa. Había que ver como nos vestíamos. A veces me daba risa. Otras veces rabia. Bueno, como a los dos años, cuando los mambises habían limpiado bien el campo de tropas españolas, nos fuimos a… (Aquí vuelve a fallarme la memoria) un pueblecito situado al lado de un hospital de sangre. Allí había dos médicos. Una maestra (no muy ilustrada, la pobre). Y hasta un horno grande para hacer pan de vez en cuando. Yo ayudé en muchas ocasiones en el hospital. Las cosas que vi ni te las puedo contar. Vida dura, esa. Pero, con todo, lo peor fue cuando Rafael Arturo se nos fue para el cuartel general, donde mandaba Periquito Pérez. Primerhijo que se desprendía de la familia… (Menos las pobrecitas que se habían muerto). Tu papáescribía muy bien. Iba como secretario. Estará un poco más protegido, había dicho mi abuelo. Aunque en el monte nunca se sabe. Gran verdad“. Mi papá terminó la guerra a caballo, como sargento, a los dieciséis años– Fue uno de esos “niños gigantes”, como luego los llamó el Generalísimo Máximo Gómez, que Dios tenga en su gloria.
“Por esa época hirieron dos veces a tu abuelo- primero en una pierna. Un balazo que tardó unbuen poco en curarse. Y luego le dieron un tiro en la cabeza. ¿En la cabeza, abuelita? Si, en lo alto de la cabeza, Pero gracias a Dios fue a sedal, aunque Manuel perdió el conocimiento, cayódel caballo y se estropeó bastante una rodilla y un tobillo. Cuando recobró el conocimiento se dio cuenta que estaba acostado, con sangre por toda la cara, a la sombra de una mata. Se viró para la derecha. El tipo que tenía a su lado estaba muerto. Se viró para la izquierda. El tipo que tenía a su lado también estaba muerto. Pensó: yo estoy muerto, esto es el cementerio –pero no, mucha sangre y un tremendo dolor de cabeza, pero de ahí no pasó, gracias a Dios. Esa es la guerra– Cuando tu abuelo vino a vernos después del tiro en la cabeza ya la herida estaba casi curada, aunque tenía tremendo postillón… El pobre, yo no sé por qué le tocaron tantos balazos”. Es que era valiente, dije yo. “Temerario más bien“, comentó mi abuela.
La familia futura
Al terminar la guerra -y esto no me lo contó mi abuela, sino que lo averigué por otras fuentes– ocurrió un hecho curioso que merece ser relatado aquí. Como bien se sabe, los Estados Unidos intervinieron en el conflicto hispano cubano cuando los mambises tenían a la metrópoli casi vencida. El 25 de abril de 1898 el congreso norteño declaró la guerra a España. La escuadraespañola se refugió en la bahía de Santiago de Cuba y fue destruida por la norteamericanacuando intentó una salida el 3 de julio. Esta situación provocó un pánico en la poblaciónsantiaguera. Se daba por seguro que si España no se rendía la ciudad sería bombardeada.Algunos ciudadanos prominentes trasladaron en seguida a sus familias, utilizando coches, alcercano poblado de El Caney. (Entre ellas se encontraba la que iba a ser la mía por parte de mimadre, formada por Don Alberto Taquechel Sallier, su esposa Doña Guadalupe Martí Alayo ysus cuatro hijas: Emelina, de once años; Albertina, de nueve; Leonor, creo que de seis, y MaríaLuisa de cuatro).
Detrás de los ricos salieron de Santiago más de quince mil personas de menos recursos: que hicieron el viaje a pie. (Entre ellas, la futura familia de la que iba ser mi segunda esposa, con Doña María Camacho a la cabeza y su hija, la niña de nueve años, Enriqueta FernándezCamacho, de la mano.) La situación en El Caney pronto se hizo crítica. Se temían epidemias, porque la mortalidad había aumentado notablemente desde la llegada al pueblo.Afortunadamente todo terminó en poco más dos semanas. España, antes que entenderse con sushijos rebeldes, prefirió rendirse a su enemigo anglosajón. Y, poco a poco, los refugiadosvolvieron a Santiago de Cuba.
También se encontraba por ese entonces en El Caney Luis Llanos Polanco, un jovencito de 16 años hijo del capitán del ejército español, Segundo Llanos. Andaba buscando el cadáver de su padre, que había muerto en la batalla de San Juan, peleando contra los Rough Riders de Teddy Roosevelt. Le costó gran trabajo localizarlo, pero pudo encontrar su tumba, de donde creo haber oído que sus restos fueron trasladados, años después, al cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba. Y, aunque no en el poblado propiamente, pero si en las cercanías, se hallaba el sargento Rafael Arturo Castellanos, junto con las tropas mambisas al mando del general Calixto García, a las que pocos días después el gobierno militar de los Estados Unidos les negaba el derecho de entrar victoriosamente en la ciudad de Santiago de Cuba, que habían ayudado a liberar. De ese modo se juntaron, por pura casualidad, sin conocerse, en El Caney o sus cercanías, en 1898, los cuatro futuros abuelos de mis hijas Helena, Gabriela y Toa. Un dato curioso de la historia de nuestra familia, siempre tan ligada a la historia de nuestro país.
Mamá Juanica parece haber sido un gran carácter. Sus nietas la adoraban. “Todo lo que sé, a ella se lo debo”, decía mi mamá. Se contaba que, en una ocasión, durante la Guerra de Independencia (1895-1898) un día se presentó en su casa un teniente del ejército español con un cabo, un sargento y varios soldados- “Señora -le preguntó el teniente-; ¿tiene usted un hijo peleando junto a los mambises contra España?” “Sí, señor. Eso lo sabe todo el mundo en Guantánamo“. Puesalguien ha denunciado que su hijo regresó del monte mal herido, murió y fue enterrado por usted en el primer cuarto de esta casa”. “Eso no es verdad. Jamás haría yo tal cosa. Después de muerto mi hijo, ¿qué tendría que ocultar? Puede usted examinar el piso y ver que todos los ladrillos están donde han estado por casi cien años”. El teniente le dio una larga mirada y le ordenó al cabo: “Vaya usted a ese aposento y levante dos ladrillos pegados a la pared”. Y poco después se dirigióel teniente al cuarto con el sargento y le dictó: Escriba. Levantado parte del piso correspondienteno se ha encontrado evidencia alguna de que nadie fuese enterrado en esa habitación, etc., etc. Después me lo pasa en limpio para firmárselo y dirigiéndose a Mamá Juanica: “Perdón, señora.Con su permiso.” A lo que ella contestó: “Es suyo, caballero”. Y, sin más, todos se fueron. (Asíme lo contó más una vez mi mamá Albertina Taquechel).
Mi abuelo Don Alberto Taquechel se casó en segundas nupcias con Felina Pérez. Tuvieron seis hijos: Alberto, Eloísa, Antonia, Lucía, Lili (cuyo nombre de pila no recuerdo) y Onelia (Neli).
Hasta aquí la narración del Dr. Jorge Castellanos Taquechel, proporcionada a la historiadora,Teresa Fernández Soneira, en Miami, el 17 de abril, 2003.
© Teresa Fernández Soneira. Prohibida la reproducción. Todos los derechos reservados.
Nota biográfica sobre el autor
Jorge Castellanos Taquechel (1915-2011), profesor cubano de historia y literatura. Nacido en Guantánamo en 1915, se graduó de Doctor en Filosofía y Letras en la Universidad de La Habana en 1940. Estudió bajo Elías Entralgo, Luis A. Baralt y Roberto Agramonte. En los años cincuenta fue profesor del Instituto de Segunda Enseñanza en Santiago de Cuba y profesor de historia en la Universidad de Oriente. En febrero de 1961 marcha al exilio a EE.UU. y en 1962 es profesor de historia en el Marygrove College en Detroit, Michigan. Desde 1987 residió en Miami, ya jubilado, donde continuó desarrollando su labor intelectual sobre temas históricos y literarios cubanos. Falleció en Miami en el 2011.
- Teresa Fernández Soneira (La Habana, 1947).
- Investigadora e historiadora.
- Estudió en los colegios del Apostolado de La Habana (Vedado) y en Madrid, España.
- Licenciada en humanidades por Barry University (Miami, Florida).
- Fue columnista de La Voz Católica, de la Arquidiócesis de Miami, y editora de Maris Stella, de las ex-alumnas del colegio Apostolado.
- Tiene publicados varios libros de temática cubana, entre ellos “Cuba: Historia de la Educación Católica 1582-1961”, y “Mujeres de la patria, contribución de la mujer a la independencia de Cuba” (2 vols. 2014 y 2018).
- Reside en Miami, Florida.